Christiane F, 13 años, drogadicta y prostituta:V

'Christiane F, 13 años, drogadicta y prostituta': V

Quinta entrega de la novela 'Christianne F, 13 años, drogadicta y prostituta', por Kai Hermann y Horst Rieck. Traducción al español de Xrisí Athena Tefarikis. xrisit@namb.zzn.com

Nota: Contenido sólo para adultos

Christiane F.Esto es super pero super entretenido. Mi mamá se la pasa todo el día embalando y llenando cajas y maletas. Parece que vamos a empezar una vida nueva. Recién cumplí seis años y después del traslado me va a tocar entrar a la escuela. Ahora que veo a mi mamá embalando todo lo que pilla me doy cuenta de que está súper nerviosa y por eso me voy a ir a pasar el día a la granja Volkel. Me dedico a esperar que las vacas regresen de su pastoreo y después me voy al establo para la ordeña. Les doy de comer a los chanchos y a los pollos, me revuelco en la paja con mis amigos y salgo a pasear con mis gatitos en los brazos. ¡Este ha sido un verano maravilloso! Es también, el primero en el que soy consciente de mis actos.

Sé que muy pronto nos iremos a vivir muy lejos de aquí a una ciudad muy grande que se llama Berlín.Mamá partió antes para encontrar un departamento apropiado para nosotros cuatro. Mi hermanita menor, mi papá y yo vamos a viajar dentro de un par de semanas. ¡En avión! Para nosotras, mi hermana y yo, se trata de un bautizo aéreo. Todo este cuento me está resultando fascinante.

Nuestros papás nos han contado muchísimos cuentos fantásticos de nuestra nueva vida. Nos iremos a vivir a un enorme departamento con seis cuartos grandotes. Ellos van a ganar cualquier plata. Mi mamá nos ha dicho que cada una de nosotras va a tener un cuarto grandote y que vamos a comprar unos muebles sensacionales. Nos han descrito en forma muy precisa la decoración de nuestros cuartos. Todavía me acuerdo de todas esas promesas porque durante mis primeros años de vida siempre soñé con todo eso. Y a medida que pasaban los años, mi imaginación embellecía más y más esos sueños.

Tampoco puedo olvidar como era el departamento cuando llegamos a vivir en Berlín. Me inspiró un verdadero sentimiento de horror, sin duda alguna, Era tan grande y tan vacío que tenía temor de perderme dentro de éste. Cuando uno hablaba un poco más fuerte, los muros resonaban de modo alarmante.Sólo tres de las piezas estaban ligeramente amobladas: dos camas y un armario viejo de la cocina en el que mi madre guardó nuestros juguetes. En la otra pieza estaba la cama de mis padres. La tercera, la más amplia, tenía instalado un diván viejo y algunas sillas. Ese era, en síntesis, nuestro departamento de Berlin-Kreutzberg, esquina con Paul- Lincke.

Al cabo de unos días de nuestra llegada agarré mi bicicleta y me aventuré sola por las calles. Había visto jugar a unos niños un poco mayores que yo. En nuestra casa del campo, los niños mayores jugaban con los más pequeños y los cuidaban también. Los niños berlineses exclamaron de inmediato:'' ¿Qué está haciendo ella aquí?''. Luego se apoderaron de mi bicicleta. Cuando la recuperé, me habían desinflado un neumático y abollaron el guardabarros.

Mi padre me dio una paliza por haber destrozado mi bicicleta. Ya no me servía más que para pasearme entre los seis cuartos del departamento. Tres de éstos estaban previstos para ser utilizadas como oficinas. Mis padres querían instalar una agencia matrimonial. Pero los escritorios y los sillones anunciados para habilitar esas habitaciones no llegaron nunca. Y el armario viejo de la cocina permaneció en el cuarto de los niños.

Un día, el diván, las camas y el armario fueron trasladados por un camión a un lugar ubicado en el Conjunto habitacional llamado Gropius. Nos instalamos en un departamento de dos piezas y media, pequeñitas, en un onceavo piso. La media pieza era el cuarto de los niños.todas las cosas hermosas de las que nos había hablado nuestra madre, al final, nunca las conocimos.

El Conjunto Gropius albergaba a 45.000 personas, entre edificios para viviendas, el césped y los centros comerciales. Desde lejos, todo esto daba la impresión de algo nuevo y bien cuidado pero cuando uno se encontraba en el interior, es decir, dentro de las torres habitacionales, todo apestaba a orina y excrementos. Esto se debía a todos los perros y a todos los niños que vivían allí. Y en la caja de la escala, el olor era mucho más penetrante.

Mis padres estaban furiosos y culpaban a los hijos de los obreros porque decían que eran ellos los que ensuciaban las escalas. Pero la culpa no era de los hijos de los obreros. Recuerdo muy bien aquella primera vez que sentí la necesidad urgente de correr al baño mientras jugaba afuera. Mientras el ascensor bajaba y luego tardó en subir hasta el onceavo piso, yo no me pude aguantar...Mi padre me golpeó por lo que hice. Después de tres o cuatro experiencias similares y haciendo abstracción de las palizas recibidas, yo hacía como los demás: buscaba un rincón discreto, me ponía en cuclillas y cagaba en el lugar más seguro que descubrí y éste termino siendo la caja de la escala.

Los niños del sector me consideraban una pequeña retrasada mental porque no tenía juguetes como los suyos ni pistola de agua. Me vestía diferente de ellos, hablaba diferente y desconocía sus juegos. ¡Los detesté!

En el pueblo nosotros pescábamos nuestras bicicletas y partíamos con frecuencia al bosque. Llegábamos a un arroyo que era atravesado por un puente. Allí construimos unos diques y castillos en medio del agua. Después juntábamos todo lo que habíamos construido y lo repartíamos por partes iguales. Y esto lo hacíamos con el beneplácito de todos, incluso la decisión de destruir nuestras obras cuando nos retirábamos del lugar. Y todos nos quedábamos felices. Nadie dictaba normas. Cada uno de nosotros podía proponer un juego. Luego, lo discutíamos. En ocasiones, los mayores cedían ante los más pequeños y nadie los censuraba por ello. Se trataba de una verdadera democracia infantil.

En Gropius teníamos un jefe. El era el más poderoso y poseía la mejor pistola de agua. A menudo jugábamos a las brigadas policiales. La regla principal era que todos los niños tenían que obedecerlo ciegamente.

La mayor parte del tiempo no jugábamos juntos en realidad: más bien peleamos por bandos, los unos en contra de los otros. Por ejemplo, quitarle el juguete nuevo a un niño para luego destrozarlo. Se trataba de fastidiar al otro y obtener alguna ventaja para si mismo. Había que conquistar el poder y hacer alarde de ello. Los más frágiles eran los grandes receptores de golpes. Mi hermanita era muy delgadita y también algo temerosa. Ella fue víctima de sus flaquezas y yo no podía hacer nada por remediarlo.

Al terminar las vacaciones estaba con muchas ganas de entrar al colegio. Mis padres me dijeron que tenía que portarme muy bien y sobretodo, ser muy obediente, en particular, con la profesora. Para mí, eso era algo muy natural. En el pueblo, los niños respetaban a los adultos. Y yo pensaba que en la escuela, la mayoría de los niños tenía como obligación respetar al profesor...pero aquí sucedía todo lo contrario. Al cabo de los primeros días, los alumnos se paseaban y reñían en la misma sala de clases. La profesora se sentía absolutamente impotente. No dejaba de gritar:'' ¡Siéntense!'' sin más resultado que provocar las risotadas de algunos y la provocación de mayor alboroto por parte de otros.

Desde muy pequeña yo adoraba a los animales. Todo el mundo en mi familia se moría por ellos también. Era una verdadera pasión. Y yo era la más fanática de todas. No he conocido otra familia en mi vida que quisiera tanto a los animales como la nuestra. Y compadecía a esos pobres niños a los que sus padres no les permitían tener mascotas en la casa.

Nuestros dos cuartos empezaron, poco a poco, a convertirse en un verdadero zoológico. Yo tenía cuatro ratitas, dos gatos, dos conejos, un canario, además de Ayax, nuestro perro que había viajado con nosotros desde el campo.

Ayax se acostaba a un costado de mi cama. Cuando yo dormía, solía tirar los cobertores hacia atrás para tocarlo y cerciorarme de su presencia.

También conocí otros niños que tenían perros en sus casas. Con ellos lo pasábamos divino. Descubrí luego que en Rudow, no muy lejos de mi vecindad, subsistía un pequeño espacio donde había naturaleza real y viva. De tanto en tanto, íbamos allí con nuestros perros. Usábamos como territorios de juegos unos viejos vertederos colmados de tierra. Nuestros perros jugaban mucho con nosotros en ese lugar. Y el juego predilecto era el del ''Sabueso'' en el que el animal tenía que reconocer a su dueño a través de su olfato. Entonces uno de nosotros se escondía y en el ínter tanto, los otros retenían al perro. Mi Ayax era el mejor de todos. A mis otros bichos los llevaba a zambullirse a una pila de arena y otras veces los llevaba a la escuela. La profesora los usaba como material de muestra en las clases de biología. A veces me dejaba llevar a Ayax a la sala de clases. El no molestaba jamás. Se quedaba sentado a mis pies, inmóvil, hasta que sonaba justo el timbre que anunciaba el recreo.

Gracias a mis animales yo me sentía contenta porque las cosas en mi casa andaban de mal en peor. En particular con mi padre. Mi madre trabajaba. El se quedaba en la casa. El proyecto de la Agencia Matrimonial se fue a pique. Mi padre esperaba que le propusieran un trabajo que le agradase.Y sus explosiones de rabia comenzaron a ser cada vez más frecuentes.

En las tardes, cuando mamá regresaba, me ayudaba a hacer mis deberes escolares. Durante un tiempo tuve problemas para distinguir la letra H de la K. Mi madre me explicaba con paciencia angelical pero yo apenas la escuchaba. Tenía pánico que se enojara papá. Luego ocurrió lo siguiente: el se iba a la cocina en busca de un escobillón y me golpeaba. Después yo le tenía que decir cuál era la diferencia entre la H y la K. Por supuesto, me enredaba entera con lo que me aseguraba una paliza extra y después me mandaba a mi cuarto.

Esa era su forma de ayudarme a hacer mis deberes.El quería que yo fuese una buena alumna y que fuese ''alguien'' en el futuro. Al final de cuentas, su abuelo había sido muy rico: tuvo una imprenta y un diario, entre otras cosas. Después de la guerra, fue expropiado por la RDA (República Alemana del Este). Era por eso que mi padre se ponía furioso cuando pensaba que me iba mal en la escuela.

Aún recuerdo ciertas veladas hasta en los más mínimos detalles. En cierta ocasión me pidieron que diseñara casas en el cuaderno de matemáticas: seis cuadrados de largo y cuatro de alto. De repente, mi padre se sentó a mi lado. Me pidió le dijera desde dónde y hasta dónde quedaría ubicada la siguiente casa. Me asusté tanto que no conté más los cuadrados y me puse a contestar al azahar. Cada vez que me equivocaba recibía un golpe. Y después, sopeada en lágrimas, era incapaz de contestar a ninguna otra pregunta. Entonces se levantó y se dirigió a la cocina. De allí sacó una huincha de goma. Se la añadió a una vara de bambú y me golpeó en el trasero hasta que mis nalgas sangraban en carne viva, Comencé a temblar por lo que pudiese ocurrir encima de la mesa... Si hacía cualquier movimiento resultaría trágico y si intentaba proseguir con mis deberes, de nuevo me golpearía. Apenas me atrevía a tocar mi vaso de leche.Comencé a tener pavor de que se encontrara de malas antes o después de la cena. Todas las noches le preguntaba muy gentilmente si iba salir. Lo hacía a menudo y nosotras tres respirábamos profundo. Aquellas noches eran maravillosamente apacibles. Cuando regresaba, la atmósfera se enrarecía. La mayor parte del tiempo estaba borracho y ante el menor pretexto-por ejemplo- si los juguetes o nuestras ropas estaban tiradas, había una explosión. Una de las fórmulas favoritas de mi padre era que lo más importante en la vida era el orden. Y si llegaba a medianoche y descubría que mis cosas estaban desordenadas, me sacaba de la cama y me daba una paliza. Después le tocaba el turno a mi hermanita. Después, tiraba todas nuestras cosas al piso y nos daba cinco minutos para que dejáramos el cuarto impecable. Por lo general, no alcanzábamos a ordenar todo esto en ese lapso de tiempo y los golpes nos llovían.

La mayoría de las veces mi madre observaba estas escenas de pie desde el umbral de la puerta, llorando. Era muy raro que ella se atreviera a actuar en defensa nuestra porque después el la golpeaba también a ella. Sólo mi perro, Ayax, se interponía en nuestra defensa: se ponía a gemir de una manera que a mí me reventaba de pena. Era lo único que hacía entrar en razón a mi padre, porque como todos nosotros, adoraba a los perros. Muchas veces llegó a enojarse y a ser muy brusco con Ayax pero jamás lo golpeó.

A pesar de todo, yo quería y respetaba a mi padre. Lo consideraba lejos, muy superior a los demás. Le tenía miedo pero su conducta para mí era totalmente normal. Los otros niños de Gropius no corrían mejor suerte. De vez en cuando lucían moretones y sus madres también. A veces encontraban a algunos padres tirados en las calles, absolutamente embriagados, También se veían esas escenas en los sitios que teníamos para jugar. Mi padre nunca se emborrachaba hasta ese punto. A veces, también veíamos volar muebles- .los que se estrellaban contra el piso- y a las madres de familia correr por los pasillos gritando para que los vecinos llamaran a la policía. Lo cierto es que en nuestra casa no pasaban cosas tan graves como esas.

Mi padre adoraba su auto, un Porsche, más que a nada en el mundo. Lo limpiaba hasta dejarlo brillante cada día. Seguro que ese era el único Porsche en Gropius. Y yo creo que era el único cesante que circulaba en Porsche por Berlín.

Mi padre le reprochaba constantemente a mi madre que no supiera administrar nuestro dinero. De todos modos, era ella la que nos mantenía. En ocasiones, mamá reclamaba porque papá se gastaba la plata en juergas, mujeres y que el combustible del coche se comía la mayor parte de nuestras entradas. Entonces se agarraban a golpes.

Por cierto, en esa época yo no entendía qué era lo que le sucedía a mi padre ni cuál era el motivo de sus reiteradas crisis. Más tarde, cuando comenzaron a hablar más a menudo con mamá, intuí cuál era la explicación. El no se encontraba a sus anchas: era así de simple. Lo devoraba la ambición y fracasaba en todo. Su padre lo menospreciaba por eso. El abuelo se lo había advertido a mamá antes del matrimonio. Decía que su hijo era un pillo. La verdad es que su propia familia había albergado grandes esperanzas en su persona: pensaban que mi padre debía recobrar el pasado esplendor que ellos poseían antes de la expropiación.

Si el no hubiese conocido a mamá haría sido en la actualidad un administrador de empresas- estuvo a punto de serlo- y también un criador de perros. Pero como mamá se quedó encinta abandonó sus estudios y se casó con ella. Por lo tanto, el debía tener metido en la cabeza que mi mamá y yo éramos las responsables de su fracaso. De todos sus sueños sólo le quedaban el Porsche y sus amigos fanfarrones. El no sólo detestaba a su familia sino que pura y simplemente, nos rechazaba. Esto llegaba al punto de que ninguno de sus amigos podía saber que el era casado y padre de familia. Cuando nos encontrábamos con el en algún lugar, o lo venían a buscar a casa teníamos que decirle ''tío Richard''. Yo tenía que aprender con mucho esfuerzo mis deberes (también con golpes) para poderlas repetir a la perfección en presencia de extraños. Y papá pasaba a convertirse en ''mi tío''.

Algo similar ocurría con mi madre. Ella tenía prohibición de decir que era su esposa en presencia de sus amigos y sobretodo, de comportarse como tal. Creo que el la hacía pasar por una hermana.

Los amigos de mi padre eran menores que él. Tenían todo el futuro por delante. Mi padre quería ser como ellos y no un hombre que tenía que cargar con su familia y es incapaz de satisfacer sus necesidades.

Naturalmente- en este período- entre los seis y ocho años de edad todo esto me resbalaba completamente. El comportamiento de mi padre sólo confirmaba simplemente a mis ojos las reglas de la vida que aprendí en la escuela y en la calle: golpear o ser vencida. Mi madre, que ya había recibido su dosis de golpes en la vida, había llegado a la misma conclusión. No cesaba de repetirme:'' No comiences una pelea pero si te pegan, pega de vuelta''. Y hazlo con mucha, mucha energía.'' Ella nunca pudo devolver los golpes que recibió.

Poco a poco fui aprendiendo la lección. En la escuela comencé a atacar al profesor más débil. Actuaba sistemáticamente de payaso en sus clases y hacía reír a los demás. Cuando intentaba interrumpir en clases a los profesores más temibles, contaba con el apoyo de mis compañeros para hacerlo. Aquellos primeros éxitos me envalentonaron Comencé a fortalecer mi musculatura. En realidad, yo era más bien frágil pero la rabia duplicaba mis fuerzas. No dudaba en desafiar a alguien más fuerte que yo. Casi me alegraba cuando me desafiaban otros y tenía que encontrarlos a la salida de la escuela pero la mayor parte del tiempo no tenía necesidad de pelear porque la mayoría de los niños me respetaban.

Luego cumplí los ocho años. Mi deseo más ferviente era el de crecer pronto, de convertirme en una adulta, adulta como mi padre. Para poder ejercer poder realmente sobre los demás. En el inter tanto, me medía con los que podía.

Mi padre encontró un empleo que no le aportaba mayores satisfacciones pero se entretenía con su Porche y sus andanzas de hombre joven. A la salida de la escuela, me empecé a encontrar sola con la única compañía de mi hermanita menor (ella tenía un año y medio menos que yo). Me hice amiga de una niña dos años mayor que yo y eso me enorgullecía mucho. Junto a ella me sentía bastante más protegida. Jugábamos casi todos los días y decidimos incluir a mi hermanita. Me tocó aprender un juego nuevo. Recogíamos colillas de cigarrillos en el trayecto de nuestra escuela a nuestra casa para luego juntarlas y fabricarnos unos pitillos. Luego los fumábamos. Cuando mi hermana quería imitarnos los apagábamos en el dorso de su mano. Nosotras éramos las que dábamos las órdenes: debía lavar la vajilla, pasar el trapo al polvo en poco tiempo para luego hacernos cargo de todas las otras labores del aseo que nuestros padres nos encargaban. Después pescábamos nuestras muñecas, encerrábamos a nuestro ''juguete'' dentro del departamento y salíamos a dar un paseo. No liberábamos a mi hermana hasta que hubiese terminado de asear toda la casa.

En esa época, -yo tenía entre ocho y nueve años de edad-, se instaló un poni club en Rudow. Al principio estábamos furiosas al ver que el único lugar que teníamos para ir a jugar con nuestros perros estaba tapiado con barrotes. Sin embargo me simpatizaban los empleados y los ayudé con algunos servicios. Los ayudaba a cepillar los caballos y limpiar las caballerizas. En retribución tenía derecho a cabalgar unos minutos durante la semana. Era algo fantástico.

Adoro a los caballos y sentía una inmensa ternura por el burrito que pertenecía también al club. Pero había otra cosa que me fascinaba: cabalgar. Cabalgar para mí era una demostración de fuerza y de poder. Mi caballo era más fuerte que yo pero se sometía a mi voluntad. Cuando me caía, volvía a montarme de inmediato. Hasta en eso me obedecía. Un día me despidieron. De allí en adelante si quería cabalgar tendría que pagar por ello. Como mi mesada no me alcanzaba, decidí hacer algunas trampitas: logré que me reembolsaran (a escondidas por cierto) los cupones de la cooperativa y los envases de las botellas de cerveza.

Cuando me aproximaba a mi décimo cumpleaños comencé también a robar. Merodeaba en los supermercados y sustraía aquellas cosas de la que estábamos privados en casa. Confites, en particular. Casi todos los niños tenían derecho a comer confites. Nosotros, no. Mi padre decía que eran dañinos para nuestra dentadura.

En Gropius se aprendía, por decirlo de alguna manera, a trasgredir las prohibiciones de manera sistemática. Por otra parte, todo o casi todo estaba prohibido y sobretodo aquello que a uno más la divertía. Gropius estaba repleto de carteles que demostraban una suerte de defensa. Los pretendidos parques construidos para separar las torres habitacionales eran verdaderas bosques de paneles. Y en casi todos los paneles se prohibía alguna cosa para los niños. (años más tarde transcribí todas las prohibiciones en mi diario de vida). El primer cartel estaba instalado en la puerta de la entrada de nuestro edificio. De hecho, los niños podían desplazarse tan sólo desde la escala hasta el acceso de la entrada del edificio en punta de pies. Estaba prohibido jugar, correr, andar en bicicleta o en patines de ruedas. Por todas partes se podía ver algo de hierba y también los siguientes carteles: ''No caminar encima del césped''. Tampoco teníamos derecho a sentarnos con nuestras muñecas. Una miserable mata de rosas adornaba la siguiente expresión: ''Espacio verde protegido'' acompañado de todo tipo de amenazas si uno intentaba aproximarse a las flores. Por consiguiente, nosotros fuimos relegados al llamado ''terreno de los juegos''. Había uno por cada conjunto de torres. Se componían de un montón de arena hedionda a orina, unos cuantos aparatos rotos y, evidentemente contaban con un feroz cartel. Un cartel salvaguardado por sólidos grilletes de fierro para impedir que nosotros acabásemos con el. ''Reglamento del terreno de juego''. Debajo se podía leer que estaba ''a disposición de los niños para su alegría y descanso''. Sin haber revisado si estaba correctamente dispuesto, informaba en trazos gruesos: ''El acceso está autorizado de 8:00 a 13:00 horas y de 15:00 a 19:00 horas. En otras palabras, no se contemplaba ningún recreo a la hora de la salida de la escuela que ocurría a las 13:00 horas.

Mi hermana y yo no podíamos acudir porque siempre, conforme al cartel, no podíamos hacer uso del ''terreno para juegos'' más que ''con el consentimiento y bajo la vigilancia de una persona encargada de su educación. Además, sólo tenían acceso los que además participaran ''con la condición de no hacer ruido''. Se nos rogaba ''respetar la necesidad de dormir de los co-propietarios''. Teníamos todo el derecho y las ganas de tirar una pelota: los niños suelen hacerlo. Pero ''los juegos de pelota de carácter deportivo están prohibidos''. Descartados el voleibol y el fútbol. Esto era particularmente penoso para los niños que pierden la oportunidad de gastar sus energías en deportes porquen dependen de instalaciones y, por cierto, de los carteles. Lo que si debe costar dinero es renovar los últimos en forma permanente.

Los guardias del edificio estaban encargados de velar por las prohibiciones. Yo no le agradé al nuestro durante mucho tiempo. Desde que llegamos a Gropius encontré espantosamente odioso el ''terreno para los juegos'' con esa construcción fría, la arena fría y ese minúsculo tobogán de metal. Había muchas otras cosas interesantes. Los desagües de las alcantarillas instaladas en la construcción de hormigón para escurrir las aguas de lluvias. En ese tiempo estaban todavía recubiertas por una rejilla movible (después las refaccionaron). Me entretenía levantar la rejilla y entonces, mi hermana y yo, metíamos toda clase de objetos dentro del agujero. En una ocasión nos descubrió el guardia y nos arrastró a la oficina de la Gerencia donde nos hicieron identificarnos. Aunque teníamos cinco o seis años respectivamente, fuimos consideradas culpables. Se lo comunicaron a nuestros padres y así papá tuvo una buena razón para darnos una paliza. Yo no podía entender muy bien por qué era tan grave haber tapado ese desagüe.

En el pueblo, cuando jugaba en el borde de un arroyo, lo hacían también otros niños y jamás fuimos censurados por un adulto. Fue así como llegué a la conclusión que los únicos juegos autorizados eran aquellos previstos por los adultos. Había que hacer buenos moldes de arena y deslizarse por el tobogán. Tener ideas resultaba peligroso.

Mi próximo encuentro con el guardia fue bastante peor. Y lo pasé muy mal. Ocurrió lo siguiente: salí a pasear con Ayax y andaba con la idea de cortar algunas flores para mamá. Antes, cuando vivía en el pueblo, solía llevarle un ramo de flores cada vez que salía de paseo. Entre medio de las torres sólo florecían unas rosas enclenques.Corté tres o cuatro y me clavé todos los dedos. No pude leer el cartel que lo prohibía porque no sé si aún no sabía leer o no entendí bien lo que decía. Lo que si comprendí de inmediato es que vi al guardia correr hacia mí a gritos y agitando los brazos cuando cruzaba el prohibido césped. Presa del pánico, yo exclamaba: ¡Cuidado, Ayax!

Mi Ayax levantó las orejas en punto, se puso rígido, se asomaron los pelos de su nuca: aguardaba al malvado con un aspecto muy desafiante. El guardia se batió en retirada a toda prisa y pisoteó una vez más el malogrado césped. No emitió un solo sonido hasta que alcanzó la entrada del edificio. Allí se largó a gritar. Yo estaba satisfecha pero disimulé las flores porque presentí, que una vez más, había hecho algo prohibido.

Cuando llegué a casa, la Gerencia ya se había hecho escuchar. Por teléfono, al parecer: yo había amenazado al guardia con hacerlo morder por un perro. En vez de recibir un beso maternal que daba por descontado a cambio de mis flores, obtuve un correctivo paternal.

En el verano el calor en Gropius muchas veces se tornaba insoportable: toda esa construcción de hormigón, el asfalto, la acumulación de piedras y la sensación de aire cálido en la atmósfera. Nuestros escasos y macilentos árboles no nos brindaban sombra alguna. Las torres detenían los vientos. No había piscina ni una cubeta en la cual los niños pudiesen chapotear. En el centro de la plaza había un chorro de agua donde íbamos a veces a chapotear un rato, a arrojarnos agua. Naturalmente eso estaba prohibido y nos apresurábamos para que los guardias no nos alcanzaran.

Hubo un tiempo en que nuestra pasión eran las canicas. Pero ¿dónde podíamos jugar a las canicas en Gropius? Entre el cemento, o el asfalto y el césped prohibido, era imposible. Y sobre la pila de arena no daría resultado. Descubrimos un lugar en donde el suelo era duro y se podían abrir pequeños agujeros. Habíamos encontrado un terreno casi ideal: debajo de los arces. Para que no se asfixiaran, dejamos una abertura circular en el asfalto alrededor de los troncos. Era el suelo ideal para jugar a las bolitas.

Sin embargo, desde que nos instalamos teníamos a nuestras espaldas al guardia y también al jardinero. Ellos se encargaban de ahuyentarnos reforzados por pavorosas amenazas. Y luego un día, se les ocurrió la gran idea: en lugar de emparejar la tierra, pavimentaron. ¡Adiós al juego de las canicas!

Cuando llovía, el hall de entrada se convertía en una fantástica pista de patinaje sobre ruedas. Al menos, pudo haber sido. Como no había departamentos en el primer piso no molestábamos a nadie si hacíamos ruido. Efectivamente, las primeras veces nadie se quejó. Pero un día la aseadora decretó que estábamos rayando el piso. ¡Adiós patines! Por ellos, amerité una paliza doble.

Era falso aquello de que cuando hacía mal tiempo uno se podía refugiar en Gropius. Ninguno de nosotros tenía derecho de llevar a los compañeros a su casa. Por otra parte, los cuartos de los niños eran demasiado pequeños: la mayoría de los niños dormían en el mismo medio cuarto que nos habían asignado a mi hermana y a mí.

Cuando llovía, me quedaba, en ocasiones, sentada en la ventana y recordaba lo que hacíamos en el pueblo cuando llovía: por ejemplo, trabajar la madera. Eso siempre estaba muy organizado. Cuando hacía buen tiempo, trasladaban desde los bosques grandes trozos de corteza de encina y luego, cuando venían los días lluviosos tallábamos pequeñas embarcaciones. Cuando llovía mucho, nos colocábamos nuestros impermeables para salir camino al arroyo para salir a probar nuestros botecitos recién fabricados. Construíamos puertos imaginarios y emprendíamos verdaderas competencias con nuestras embarcaciones hechas de corteza.

Vagabundear entre las torres bajo la lluvia no era en modo alguno, divertido. Había que descubrir algo entretenido. Algo que estuviera estrictamente prohibido. Por ejemplo: jugar a los ascensores. Evidentemente, se trataba de fastidiar a los otros niños. Al atrapar a uno se lo encerraba en el ascensor y lo hacíamos apoyarse sobre todo los botones mientras se inmovilizaba el otro ascensor. El prisionero estaba obligado a subir hasta el último piso deteniéndose, a su vez, en todos los pisos. A mi me tocó hacerlo a menudo, de preferencia cuando sacaba a pasear a mi perro y estaba urgida por regresar a casa para cenar. Aquello duraba un tiempo agobiador y Ayax terminaba con los nervios de punta. Cuando esto se convertía en algo repugnante era cuando se tomaba por asalto el ascensor que conducía a un niño apremiado por ir al baño. Por lo general, no alcanzaba a contenerse. Pero más repugnante todavía resultaba quitarles la cuchara de madera a los más pequeños. La cuchara de madera era un accesorio indispensable para ellos: su largo mango les permitía alcanzar los botones del ascensor. Sin ellos estaban perdidos y no les quedaba otra alternativa que subir ocho, nueve o diez pisos a pie porque evidentemente, los otros niños no los ayudaban y los adultos creían que se dirigían a entretenerse en los ascensores y que deseaban destruirlos.

Los ascensores solían estar a menudo en panne y nosotros no siempre no éramos responsables de ello. Hacíamos carrereas de ascensores. Al principio todos tenían la misma rapidez pero existían algunos trucos que permitían que uno ganara la carrera en unos pocos segundos. Se cerraba la puerta de afuera muy rápido pero suavemente para que no se volviera a abrir, entonces la puerta interior de cerraba automáticamente pero permitía acelerar el proceso. Si se hacía el movimiento en forma manual (en ciertas ocasiones esta estrategia impedía el normal funcionamiento de los ascensores). A mi me fue bastante bien en las carreras de ascensores.

Al cabo de un tiempo los trece pisos no nos resultaban suficientes. Por otro lado, teníamos a los guardias permanentemente a nuestras espaldas. El acceso a otros edificios estaba absolutamente prohibido para los niños y por otra parte, no teníamos llaves para ingresar. Pero siempre había una segunda entrada que estaba cerrada con una rejilla para los muebles y otros objetos que estaban allí arrumbados. Yo descubrí la forma de entrar a ellos a pesar de la rejilla: primero había que introducir la cabeza y girarla un poco. Luego encoger bien el cuerpo. El único requisito necesario era no ser gordo. Así fue cómo obtuvimos acceso a un verdadero paraíso jugando a los ascensores: un viaje de treinta y dos pisos en ascensores tremendamente sofisticados. Nunca sospechamos antes la cantidad de cosas que se podían hacer dentro de un ascensor. Uno de nuestros juegos favoritos era ''El salto'': cuando el aparato estaba en movimiento, todos saltábamos al mismo tiempo. Entonces el ascensor se detenía y se abría la puerta de seguridad. ¡Era genial! Otro juego entretenido consistía en hacer girar la manilla del freno de seguridad hacia el lado en vez de estar hacia abajo y la puerta de seguridad permanecía abierta igual que cuando funcionaba el ascensor. Eso nos permitía darnos cuenta de la prodigiosa rapidez de esos aparatos. Se podía ver deslizar el botón y las puertas a una velocidad asombrosa.

El colmo de la temeridad - la gran demostración de coraje- era la de apretar el timbre de alarma. Se escuchaba un ruido estridente y después la voz del guardia que hablaba por micrófono. Después de eso, había que escapar rápidamente. Un viaje de treinta y dos pisos ofrecía más posibilidades de escapar. De todos modos, el guardia nos acechaba todo el tiempo pero muy pocas logró atraparnos.

Sin embargo, el juego más apasionante lo realizábamos cuando hacía mal tiempo. Se llamaba ''el sótano''. Se comprende que estaba absolutamente prohibido. Cada habitante del edificio disponía de un apartado individual cerrado con rejillas (aunque no enteramente) hasta el techo. Por lo tanto, se podía pasar por debajo. Allí realizábamos unos formidables escondites. Era aterradoramente delicioso encontrarse atrapados en la penumbra entre medio de todo ese revoltijo de cosas desconocidas. Además, podíamos ser sorprendidos por uno de los locatarios. Nosotros sabíamos muy bien que ese juego era, al menos, doblemente prohibitivo.

Era más divertido hurguetear dentro de las cajas y descubrir los objetos más increíbles: juguetes, trapos (El vestuario para nuestros disfraces. Por cierto, después no nos acordábamos donde habíamos extraído esto o aquello, por lo que decidimos esconder nuestros descubrimientos debajo de la rejilla, al azar. En ocasiones, cuando encontrábamos algo muy especial nos apropiábamos del objeto. Naturalmente, el ruido no tardó en propagarse y se comenzó a sospechar de inesperados visitantes en el subterráneo. Pero jamás nos atraparon.

De este modo, se aprendía automáticamente, que todo aquello que estaba permitido en Gropius era súper aburrido y aquello que estaba prohibido, por el contrario, era muy entretenido.

El centro comercial que estaba enfrente de nuestro edificio era igualmente un sitio relativamente prohibido, ''protegido'' por un guardia particularmente feroz, que nos perseguía de modo intransigente. Aquello que me sacaba de quicio era cuando me veía llegar con mi perro. El decía que el centro comercial estaba sucio por nuestra culpa. Es cierto que había mal olor. Las tiendas eran más modernas, más elegantes y distinguidas que las otras pero los botes de basura desbordaban en los patios de la parte trasera. Había restos de helados y excrementos de perros los que estaban insertos dentro de las latas de cerveza o de Coca Cola.

En las tardes, al guardia le tocaba limpiar todo aquello.No era de extrañar que se pasará la tarde atisbando quiénes eran los que ensuciaban. Sólo que a los comerciantes no les podía decir nada cuando arrojaban sus inmundicias fuera de los botes de basura. Tampoco se atrevía a arremeter en contra de los muchachos ebrios que botaban latas de cerveza por todas partes. Y a los niños que se paseaban con sus perros los recriminaba severamente. Sólo le quedábamos nosotros, los niños, para descargar su rabia.

Los comerciantes tampoco nos querían. Cuando uno de nosotros recibía su mesada o lograba tener algo de dinero en su bolsillo, se dirigía a la ''Boutique de Café'' donde también vendían pasteles. Por cierto, íbamos acompañados de otros niños porque se trataba de todo un acontecimiento. Cuando los vendedores veían entrar a una media docena de mocosos que discutían durante un cuarto de hora para decidir qué tipo de bombones elegirían, se exasperaban. Y así fue como nosotros nos comenzamos a sentir, poco a poco, invadidos por una suerte de resentimiento en contra de los comerciantes y nos parecía bien engañarlos.

En el centro comercial había también una agencia de viajes. Apegábamos nuestras narices en los ventanales hasta que nos echaban. Ese lugar estaba lleno de afiches maravillosos que en el costado tenían la imagen de un avión: playas, palmeras, negros, animales salvajes. ¡Cuántas maravillas! Nosotros nos imaginábamos a bordo del avión viajando a esas playas: Luego trepando esa palmera para contemplar a los leones y rinocerontes.

A un costado de la agencia de viajes estaba el Banco para el Comercio y la Industria. En esa época no nos preguntábamos todavía que hacía el Banco para el Comercio y la Industria en Gropius, donde vivían asalariados que no tenían nada que ver con la industria y el comercio. Nosotros queríamos mucho a aquella institución. Los señores que andaban de punta en blanco no fueron jamás desagradables con nosotros... Eran bastante menos violentos que los vendedores. Yo fui a cambiar dos monedas de diez pfennings que la había robado de la caja donde mi madre guardaba el sencillo. (En la ''Boutique del Café'' nos insultaban cuando pagábamos con monedas de poco valor).Incluso nos regalaban alcancías si las solicitábamos de buenas maneras. Pensarían que éramos niños muy económicos para requerirlas.La verdad es que nosotros usábamos esas alcancías con formas de elefantes y cerdos para jugar al zoológico sobre una pila de arena.

Cuando en nuestros conjuntos habitacionales comprobaron que cada vez hacíamos más desmanes nos construyeron un ''terreno para aventuras''. Yo no sé qué concepto de ''aventura'' tienen los individuos que inventaron esa hazaña. Sin duda creyeron- los adultos- que así los padres podían imaginar que sus hijos podrían vivir experiencias extraordinarias e impedirles realizar alevosas maldades. Eso les costó, sin duda, una buena suma de dinero. En todo caso, perdieron un lamentable tiempo en construirlo. Y cuando finalmente nos autorizaron para que fuésemos, nos recibieron de manera muy amable, unos profesores. ''Vamos, ¿qué desean hacer?'' etc. La aventura consistió en que estábamos perpetuamente vigilados. Tenían herramientas de verdad, tablas bien pulidas y clavos. Por lo tanto teníamos acceso para la construcción de objetos. El profesor velaba para que nadie se martillara los dedos. Cuando alguien se enterraba un clavo, se acababa el asunto y no se insistía en aquella construcción. Tampoco se podía sugerir una nueva alternativa. Por tanto, cuando uno quería realizar algo diferente, no se podía porque había que insistir en las fórmulas probadas...

Un día le conté a uno de los profesores como fabricábamos cabañas en el campo sin usar clavos ni martillos. Lo hacíamos precisamente con ramas y cortezas de árboles que recogíamos por aquí y por allá. Y cada vez que regresábamos a la ''obra'' deshacíamos y cambiábamos todo. ¡Eso era muy entretenido! El profesor, por supuesto, lo comprendió, pero el tenía responsabilidades y un reglamento que respetar. ¿Acaso no era así?

Al principio podíamos hacer uso de nuestras propias ideas. Por ejemplo, se propuso jugar a ''la familia de la edad de piedra'' y cocinar una sopa de verdad al calor de unos leños. El profesor encontró genial la idea. Desgraciadamente, no podíamos hacer una hoguera y en consecuencia, tampoco la sopa. ¿Por qué no construíamos, en lugar de eso, una cabaña? ¿En la Edad de Piedra?

Posteriormente, el ''terreno de aventuras'' fue clausurado. Nos dijeron que tenían que realizar un trabajo para poder protegernos cuando hiciera mal tiempo. Más tarde vimos llegar cargamentos con vigas de hierro, mezcladores de hormigón y un grupo de albañiles... Iban a construir un ''bunker''. No se trataba de una cabaña, de un chalet o del algo por el estilo. Se trataba de una verdadera fortaleza que tenía dos o tres ventanas incrustadas. Los cristales se quebraron de inmediato. No sé si los niños fueron los responsables pero si me di cuenta que esa mole de cemento los puso agresivos. También nos preguntamos si acaso nos habían construido esa fortaleza de cemento porque en Gropius, todo aquello que no era construido con cemento y fierro era rápidamente demolido. La sala de juegos de la fortaleza acabó con gran parte del ''terreno de aventuras''.

Después construyeron justo al lado, una escuela, con su propio campo de juego equipado con un tobogán, un pórtico y algunas estacas de madera muy apropiadas para orinar. Ese campo de juegos colindaba con nuestro ''terreno de aventuras'' y pusieron una reja metálica para separar ambos ambientes. Quedamos reducidos a la mínima expresión.

Poco a poco, el pequeño ''terreno'' que nos quedó pasó a convertirse en el lugar de encuentro de una pandilla de personas que nosotros apodamos ''Los Rockers''. Por lo habitual, llegaban después del mediodía ya embriagados, atemorizaban a los niños y se dedicaban a destrozar lo que pillaban. El vandalismo, por definirlo de algún modo, era su única ocupación. Los profesores jamás se disgustaban con ellos. De golpe, el ''terreno de aventuras'' estaba cerrado casi todo el tiempo.

En revancha, nosotros los niños, tuvimos acceso a una verdadera maravilla. En el barrio instalaron una cancha para trineos. El primer invierno resultó sensacional. Éramos libres para escoger nuestras pistas: algunas eran fáciles para deslizarse pero había una llamada ''el anillo de la muerte''.Los ''Rockers'' eran peligrosos. Hacían una cadena con sus trineos e intentaban, sistemáticamente, derribarnos. Pero rápidamente aprendimos a escaparnos a través de otra pista. Esos juegos en la nieve los recuerdo como los más hermosos durante mi permanencia en Gropius.

Durante la primavera, proseguíamos en nuestros intentos de divertirnos en las pistas para trineos. Salíamos con nuestros perros y brincábamos, y hacíamos piruetas con ellos para luego rodar tras la pendiente. O aun mejor: ¡descendíamos en bicicleta! Y ¡zas! nos caíamos... pero aquello era menos peligroso que volar por los aires. Los golpes eran amortiguados por la espesa hierba.

La prohibición, sin embargo, no se hizo demorar. Se declaró que las pistas para trineos no era lugar para hacer cabriolas ni tampoco para velódromo. Por otra parte, había que dejar reposar el césped...Nosotros ya estábamos en una edad en la que los '' Se prohíbe que...'' dejaron de impresionarnos y no los tomábamos en cuenta. Entonces llegaron hasta allí los del Servicio de Horticultura. Rodearon el lugar de una verdadera muralla de espinos artificiales. Nosotros nos dimos por vencidos...por algunos días. Luego, cada uno se procuró unas cizallas y se confeccionó una brecha tan ancha que nos permitiera atravesar el pasaje con nuestros perros y bicicletas. Cada vez que cerraban, nosotros volvíamos a abrir.

Algunas semanas más tarde, regresaron los albañiles. Se pusieron a tapiar nuestras pistas de trineos, a cimentar, a alquitranar. Nuestro ''anillo de la muerte'' se convirtió en una escalera. La plataforma de la partida estaba recubierta de placas de hormigón. Al retirarse, dejaron tirados restos de paja sobre el césped.

En el verano, ese sitio estaba desprovisto de todo interés. En el invierno era particularmente peligroso subir a la antigua cancha porque ahora había que trepar las entrecortadas escaleras en tramos embadolsados. Cuando caían heladas- lo que sucedía con frecuencia- no obteníamos más que moretones y heridas. Muchos niños sufrieron malas caídas que les provocaron conmociones cerebrales.

Poco a poco, Gropius alcanzaba la perfección. Para el espíritu de los urbanistas, allí se encontraba un gran conjunto urbanístico modelo: una magnífica realización. A nuestra llegada, aún no estaba terminada.Los alrededores del sector de las torres, en particular, fueron perjudicados y estuvieron lejos de alcanzar la perfección requerida.

A pocos minutos de caminar- en paseos que los niños realizaban por si mismos- se llegaban a descubrir verdaderos rincones paradisíacos. Nuestro sitio preferido se extendía a lo largo del Muro de Berlín (Gropius no estaba lejos de allí) y nosotros lo llamábamos ''la tierra de nadie'' o el ''pequeño bosque''. Se trataba de una franja de tierra de apenas veinte metros de ancho pero de unos quinientos metros de largo. Una maraña de altos arbustos -tan altos como nosotros- de árboles, matorrales, orificios con agua por doquier cubiertos por tablas viejas.

Nos encaramábamos en los árboles, jugábamos a las escondidas, después nos convertíamos en exploradores que cada día necesitan encontrar algo nuevo, hasta ahora desconocido, como por ejemplo, un misterioso bosque virgen. También podíamos hacer fogatas, enviar señales de humo y dorar manzanas sobre las brasas. Eso ocurrió hasta que se percataron que los niños de Gropius habían descubierto ese sitio y se divertían. ¡Había que restablecer el orden! Nuestro rincón se plagó de carteles. No teníamos derecho a hacer nada. Había prohibición de andar en bicicleta, de subirse a los árboles, de que anduviesen perros por allí... Los policías estaban siempre allí por la proximidad del Muro de Berlín y vigilaban nuestro comportamiento. Oficialmente, nuestra ''Tierra de nadie'' pasó a convertirse en ''Zona de protección de los Pájaros''. Algún tiempo más tarde se transformó en un vertedero público.

Nos quedaba el antiguo vertedero recubierto de tierra y de arena donde íbamos a menudo a jugar con nuestros perros. Pronto nos encontramos con un cinturón dentado y una empalizada... y nos prohibieron la entrada. Construyeron en ese lugar un restorán panorámico.

También nos gustaba ir a los campos. Había uno cercano a Gropius, en un lugar baldío: el Estado había comprado el terreno para construir sitios de esparcimiento. Aún quedaban brotes de trigo pero predominaban las plantas de cardenales, las amapolas, las ortigas y unos arbustos tan altos que las cubrían totalmente. Fueron eliminadas todas: una por una. Se instaló allí un club para ''ponies'' y en el terreno restante construyeron una piscina. En lo sucesivo, se habían terminado todos los lugares para evadirnos de Gropius. Mi hermana y yo salimos favorecidas: al menos nos dejaron trabajar en el picadero y nos daban permiso para montar a caballo. Al comienzo se podía pasear por donde uno quisiera. Más tarde, construyeron una alameda para caballos y todo el resto de las calles y caminos estaban prohibidos. Hicieron una bella alameda, enarenada y todo se construyó de acuerdo a las reglamentaciones requeridas. Debió costar muchísimo dinero ya que se extendía a lo largo de la vía férrea. Estaba a dos pasos de los rieles. Por lo que yo sabía, ningún caballo podía reprimirse de lanzar estruendosos resoplidos al estar próximo a la pasada de un tren. Afortunadamente, no era el caso de los nuestros. Ellos alcanzaban a salvarse mientras nosotras rezábamos como locas para que no se arrojaran encima del tren.

Yo tenía más suerte que los otros niños porque contaba con mis animales. En ocasiones, llevaba a mis tres ratas al ''terreno de juegos'' para que se revolcaran en la arena. Al menos el reglamento no prohibía a las ratas. Construimos unos pasillos y las hacíamos correr.

Una tarde, una de las ratas se introdujo en el prohibido césped. No la volvimos a encontrar. Estuve un poco triste pero me consolé pensando que seguramente sería más feliz allí que dentro de una jaula.

Justo esa misma noche mi padre vino a nuestro cuarto, miró la jaula de las ratas y exclamó:''Pero aquí no hay más que dos. ¿Dónde está la otra? No sentí temor porque su pregunta me pareció imbécil. A él jamás le gustaron las ratas y me decía en forma permanente que me deshiciera de ellas. Yo le contesté que la rata estaba a salvo en el ''terreno de los juegos''.

Mi padre me miró con un aspecto absolutamente demente. Entendí que dentro de treinta minutos de descontrolaría. Se puso a golpear y a aullar. Yo estaba en mi cama. Inmóvil. Era imposible salvarme. Y me pegó. El nunca me había golpeado tan fuerte y llegué a pensar que me mataría. Cuando se alejó para comenzar a arremeter en contra de mi hermana, salté instintivamente hacia la ventana. Creí que estaría a salvo. Desde un onceavo piso...

Pero mi padre me atrapó y golpeó sobre la cama. Mi madre, para variar, estaba de pié, llorando y apoyada en el umbral de la puerta. Yo no alcanzaba a verla. Sólo pude ver cuando ella se arrojó encima de mi padre que estaba encima mío.Ella empezó a darle puñetazos desde abajo.

Mi padre perdió totalmente el control y arrastró a mi madre al pasillo sin dejar de pegarle. Bruscamente comencé a sentir más compasión por ella que por mí. Pero él la agarró del pelo. Como todas las noches, la ropa se estaba remojando en la bañera. Aún no podíamos solventar la compra de una máquina para lavar. Mi padre hundió la cabeza de mamá en la bañera que estaba llena de agua. No sé cómo alcanzó a liberarse: no sé si mi padre la soltó finalmente o si ella se liberó por si misma.

Mi padre, lívido, huyó hacia la sala de estar. Mi madre abrió el closet, cogió su abrigo y se fue. Sin pronunciar una sola palabra.

Entonces ocurrió uno de los momentos más terribles de mi existencia: ese minuto en que vi. partir a mi madre, sin una palabra y en el que nos dejó solas a mi hermana y a mí. Al cabo de unos instantes yo pensaba solamente en una cosa: el volvería a arremeter en contra de ella y los golpes proseguirían. Pero desde la sala no se percibía ningún movimiento. El único que se escuchaba era el de la televisión. Cogí a mi hermana y la metí en mi cama. No nos despegábamos la una de la otra, Mi hermana sintió deseos de ir al baño. La verdad es que no sentía deseos de ir al baño pero tenía pavor de mojar la cama porque eso le significaría otra golpiza. Sentimos la voz de papá en la sala de estar. Nos dijo:''Buenas noches''.

Al día siguiente por la mañana nadie vino a despertarnos. Nos fuimos a la escuela. Al final de la mañana mi madre regresó .Sin decir palabra, o casi nada, recogió algunas cosas, metió el gato en un bolso, luego me dijo que atara a Ayax a una cuerda y nos dirigimos a tomar el metro. Pasamos los días siguientes en la casa de una compañera de trabajo de mamá. Y ella nos explicó finalmente que deseaba divorciarse.

El departamento de su compañera era pequeño. Demasiado pequeño para acoger a mi madre, a mi hermana, al gato, al perro y a mí. En todo caso, al cabo de algunos días la dueña de casa estaba bastante enervada. Mi madre rearmó nuestros bultos, cogió a los animales y regresamos a Gropius. Papá regresó justo cuando mi hermana y yo nos estábamos bañando. Se acercó a nosotras y con una voz completamente normal como si nada hubiera pasado señaló: ''¿pero porqué se tuvieron que ir? Ustedes no necesitan, en realidad, ir a alojar a las casas de extraños. Nosotros podemos vivir muy felices los tres aquí. Mi hermana y yo nos miramos, mudas...Esa noche mi padre se comportó como si mamá no existiese. Después hizo lo mismo con nosotras. No nos habló más ni volvió a mirarnos. ¡Eso fue peor que los golpes!

Mi padre jamás volvió a levantar su mano en contra mía. Pero su manera de comportarse, como si no tuviese nada que ver con nosotras, me provocó un efecto terrible. Fue solamente, a partir de entonces, que sentí que era realmente mi padre. En el fondo, nunca lo odié. Y siempre estuve orgullosa de él: porque amaba a los animales y porque tenía ese auto potente, su Porche 1962.

Y de pronto, dejó de ser nuestro padre, aunque vivíamos todo bajo el mismo techo, en aquel minúsculo departamento. En el ínter tanto pasé otro tremendo mal rato: mi Ayax, mi perro, tuvo una perforación abdominal y se murió. Nadie pudo consolarme. Mi madre sólo pensaba en el divorcio y en sus problemas. Lloraba a menudo y no se relajaba jamás.Yo me sentía muy sola...Una noche tocaron a la puerta. Era Klaus, un amigo de papá que fue a buscarlo para ir al bar. Pero mi padre ya se había dio.

Mi madre invitó al fulano a entrar. El era bastante menor que papá. Debía tener entre veintidós o veintitrés años. Y de pronto, invitó a mi madre a cenar con él. Ella respondió en seguida ''Si ¿porqué no?'' Y partió a cambiarse, se fue con el tipo y nos dejó solas.

Quizás otros niños habrían intentado hacer una maldad para amargar su madre o bien haberse puesto a gritar. Yo lo pensé por un momento pero se me pasó muy rápido de la mente porque pensé sobretodo, que estaba contenta por ella. Sinceramente. Ella tenía un aspecto verdaderamente feliz al salir, aunque no lo demostró mucho. Mi hermana tuvo la misma impresión: ''mamá está súper contenta'' dijo. Desde entonces, Klaus venía a menudo cuando papá estaba ausente de casa. Un domingo, -lo recuerdo muy particularmente- mi madre me envió a vaciar el bote de la basura. Al regresar, no hice ningún ruido intencionalmente quizás. Cuando eché una mirada en la sala, vi que Klaus estaba a punto de besar a mi madre.

Aquello me inquietó tremendamente... Me deslicé en mi cuarto. Ellos no me vieron y yo no le conté a mi madre lo que vi. Tampoco a mi hermana con la que no tenía secretos.

A partir de entonces, ese hombre estaba todo el tiempo en nuestra casa. Yo lo encontraba antipático. Pero el era amable con nosotras. Y sobretodo, era muy amable con mi madre. Ella dejó de llorar y de nuevo la escuchamos reír. Comenzó nuevamente a soñar. Hablaba del cuarto que tendríamos mi hermana y yo en el nuevo departamento que habitaríamos con Klaus. Pero todavía no lo teníamos. Papá todavía no se trasladaba de casa.No lo hizo hasta que el divorcio fue un hecho. Mis padres se odiaban pero dormían en el mismo lecho. Por otra parte, andábamos escasos de dinero.

Cuando nos trasladamos finalmente a otro departamento en Rudow, a una estación del metro de Gropius, no todo fue miel sobre hojuelas. Klaus estaba todo el tiempo metido en nuestra casa y eso me desagradaba. El seguía siendo muy amable pero era un obstáculo entre mi madre y yo. En mi fuero interno, yo no lo aceptaba. No pensaba recibir órdenes de ese hombre joven. A su modo de ver, yo me puse cada vez más agresiva.

Terminamos riñendo. Primero por tonterías. A veces era yo la que las provocaba. El motivo más recurrente eran mis discos. Mi madre me había ofrecido un tocadiscos para mi onceavo cumpleaños En las noches, ponía a tocar un disco - tenia algunos tubos electrónicos y un par de discos- y lo ponía a tocar a todo volumen como hacer romper los tímpanos de cualquiera. Una noche, Klaus apareció en nuestro cuarto y me pidió que bajara el volumen. No le obedecí. Se devolvió y retiró el brazo del tocadiscos. Yo volví a ponerlo y me planté delante del tocadiscos para impedirle el acceso. Klaus me empujó. No pude soportar que ese hombre me tocara. Y estallé.

Mi madre, por lo general, se aproximaba prudentemente a mi lado. No fue tan grave el asunto porque mi madre terminó riñendo con Klaus. De pronto me sentí culpable. Había alguien de sobra en ese departamento...

En realidad, hubo riñas peores que aquel pero, después de todo, ocurrían, de tarde en tarde, Nuestras jornadas tranquilas en casa eran así: estábamos todos reunidos en la sala de estar. Klaus hojeaba una historieta o giraba las perillas del televisor; mi madre intentaba entablar una conversación a veces con nosotras, a veces con Klaus y nadie reaccionaba realmente y todos sus esfuerzos eran en vano. ¡Era patético! Mi hermana y yo preferíamos estar sentadas en nuestro cuarto. Y cuando anunciábamos que saldríamos a dar un paseo, nadie protestaba. Al menos Klaus nos parecía francamente contento de vernos partir. Fue por eso que cada vez salíamos con más frecuencia y nos quedábamos fuera el mayor tiempo posible.

Retrospectivamente, pienso en Klaus y creo que no se merece ningún reproche. El no tenía más que una veintena de años. No sabía lo que significaba una familia. El no se daba cuenta que mi madre nos necesitaba y nosotras a ella. Que nosotras la queríamos tener con nosotras y ella quería estar también con nosotras durante el poco tiempo que podíamos compartir con ella: en las noches y durante los fines de semana. El estaba probablemente celoso de nosotras. Y por cierto, nosotras de él. Mi madre deseaba estar disponible para nosotras y conservar a su novio... Una vez más, ella no supo manejarse.

Ante esta situación yo me puse cada vez más ruidosa y agresiva. Mi hermana se puso cada más silenciosa. Ella sufría y seguramente ignoraba el motivo, pero habló de regresar a la casa de mi padre. Ante mis ojos, eso era algo totalmente insensato., después de los que nos hizo. Sin embargo, mi padre nos propuso que regresáramos con él. Ya no era el mismo hombre. Tenía una novia joven y cada vez que nos encontrábamos, el parecía estar de excelente humor. Era extremadamente amable con nosotras. Me regaló otro perro: una hembra.

Tenía doce años y me hacían crecido un poco los pechos y comencé a interesarme muchísimo por los muchachos y por los hombres, en general. Para mí eran unos seres extraños. Brutales, todos. También esos adultos jóvenes que vagabundeaban, a su manera, por las calles como Klaus y mi padre. Me daban miedo. Pero también me fascinaban. Ellos eran fuertes porque manejaban el poder .Los envidiaba. En todo caso, el poder y la fuerza que emanaba de ellos me fascinaban.

En cierta ocasión tuve que utilizar el secador de pelo de mi madre. Me corté un flequillo con una tijera para cortar uñas y me peiné con la partidura al lado. Me preocupaba por mantener en forma mi cabello largo porque solían decirme que lo tenía hermoso. Ya no quise volver a ponerme mis pantalones escoceses de niña. Me hacían sentir débil. Quería unos ''jeans'' y me los compré. Quería usar, de todos modos, tacones altos. Mi madre me dio un par de los suyos.

En ''jeans'' y con tacones altos me paseaba casi todas las tardes por la calle hasta las diez de la noche. Tenía la impresión de que en casa nadie notaba mi ausencia. Pero, por otra parte, me parecía formidable poder gozar de tanta libertad. Pienso que también saboreaba mis disputas con Klaus. Eso me daba sensación de poder por lo que me significaba poder estar enrabiada con un adulto.

Mi hermana ya no soportaba toda aquella situación. Cometió, a mi modo ver, un acto incomprensible: se fue a vivir con papá. Abandonó a mi madre y me dejó sola a mí .Ahora me encontraba más desolada que nunca. Pero el golpe para mi madre fue terrible. Sus llantos recomenzaron. Desgarrada entre su pareja y sus hijas, se encontraba una vez más sobrepasada por sus problemas.

Yo pensé que mi hermana no tardaría en regresar pero ella estaba satisfecha en la casa de papá. El le daba dinero para el bolsillo, le pagaba la lección de equitación y ofreció comprarle un auténtico traje de montar. Para mí, todo aquello me resultaba difícil de soportar. Por mi parte, regresé al Club de los'' ponies ''en donde a cambio de trabajo, se me permitía montar. Pero eso no lo podía hacer con frecuencia. En cambio ella, vestida con su flamante traje de montar se convirtió en mejor equitadora que yo. Finalmente tuve derecho a una compensación. Mi padre me ofreció un viaje a España. Había obtenido un excelente certificado escolar en el que se especificaba que estaba en condiciones de ingresar a la Enseñanza Media. Me había inscrito en la Escuela Polivalente (Estos establecimientos agrupan a diversos tipos de escuelas secundarias que sirvieron como banco de pruebas para la futura enseñanza de la República Federal Alemana. La experiencia fue muy discutida).

Así fue como al pasar por una nueva etapa en mi vida-una etapa que lógicamente debía conducirme al bachillerato- me fui volando a Torremolinos en compañía de mi padre y su pareja. Fueron una súper vacaciones.Mi padre se portó formidable y yo pude constatar que el me quería, a su manera. En ese entonces, el me trataba casi como una adulta.

Y muchas veces me llevaba consigo cuando salía por las noches con su pareja. Se había transformado en un ser razonable. Ahora tenía dos amigos de su edad y no les ocultó el hecho de haber estado casado. Ya no tenía que decirle ''tío Richard''.Yo era su hija. Y el parecía orgulloso de mí. Una sola sombra oscureció el paisaje: el - algo muy propio suyo- escogió la fecha de las vacaciones. Así fue como llegué a mi nueva escuela con dos semanas de retraso.

Me sentía muy desorientada. En mi clase las amistades ya se habían establecido y se habían organizado las pandillas. Yo estaba completamente sola en mi rincón. Pero lo peor fue que en el transcurso de esas dos semanas en las que me ausenté por haber estado en España, ya les habían explicado a los demás el funcionamiento de la escuela. Era un sistema que resultaba muy complicado para cualquiera que provenía de la educación primaria: uno tenía que escoger por si misma sus orientaciones e inscribirse en determinados cursos. Los demás ya habían recibido orientación y asesoría y fueron guiados en sus elecciones mi me tocó desenvolverme sola. Me sentía perdida en ese colegio. Y lo estaría siempre: ya no existiera más, como en la escuela primaria, una profesora que se preocupara individualmente de los alumnos. Cada profesor le hacía clases a varios cientos de alumnos. Si uno quería llegar al bachillerato, se tenía que preocupar por si mismo para lograrlo. Decidirse por trabajar mucho. Hacer lo necesario para ser admitidos en los grupos de nivel de más elevado. Tener padres que le estén diciendo permanentemente lo que debe hacer: haz esto así, hasta esto asá y a una la van impulsando y orientando. Yo estaba perdida...

Ya no me sentía ''alguien'' en esa escuela. Los otros iban adelantados en dos semanas. Era demasiado para una nueva escuela. Intenté mi receta de la primaria: armaba alboroto, interrumpía a los profesores, los contradecía. A veces, en mi opinión, para engañarlos y otras veces, por principio. Yo estaba en pie de guerra. En contra de los profesores y en contra de la escuela. Yo deseaba ser alguien. Existir...

La jefa de nuestra clase era una chica. Se llamaba Kessi. Ella ya tenía pecho de verdad. Se veía por lo menos, dos años mayor que nosotras. Igual, era más madura. Todo el mundo la respetaba. Yo la admiraba. Mi mayor deseo era convertirme en su amiga.

Kessi tenía pololo. Un tipo formidable. Estaba en un curso paralelo al nuestro pero era mayor que nosotras. Se llamaba Milan. Medía por lo menos un metro setenta, sus cabellos eran negros y rizados y le caían sobre los hombros. Usaba unos jeans ajustados y unas botas que eran el último grito. Todas las chicas estaban locas por él.

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