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'Christiane F, 13 años, drogadicta y prostituta': VII

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Séptima entrega de la novela 'Christianne F, 13 años, drogadicta y prostituta', por Kai Hermann y Horst Rieck. Traducción al español de Xrisí Athena Tefarikis. xrisit@namb.zzn.com

Nota: Contenido sólo para adultos

Christiane F.3El prestigio de Kessi no se debía solamente a su aspecto físico y a sus hechuras de mujer adulta, si no que al hecho de que andaba con Milán.

Nosotras, las chicas, teníamos una imagen muy precisa de aquello que nos agradaba de los varones. Por ejemplo: no debían vestir pantalones con pata de elefante. Lo que si debían usar eran jeans ajustados, zapatos a la moda (nada de zapatillas de gimnasia: daban la sensación de fragilidad), de preferencia botas, y decoradas. Y también tacones altos. Despreciábamos a los nenes que tiraban bolitas de papel o restos de manzanas en la sala de clases. Eran los mismos que en el recreo tomaban leche y jugaban a la pelota. En tanto que los tipos realmente atractivos desaparecían en el rincón de los fumadores. Y tomaban cerveza. Recuerdo cómo me impresioné cuando Kessi me contó que Milán se había embriagado.

Yo me preguntaba qué podía hacer para lograr que un tipo como Milán se interesara en mí. O bien- en lo profundo de mi ser- que Kessi me considerara amiga suya. Hasta su nombre era exquisito. Para mis adentros pensaba que no valía la pena lucirse ante los profesores, a los que veía de vez en cuando. Lo importante era ser aceptada por las personas que comparten tu jornada diaria. De repente me empecé a comportar muy mal en clases.No guardaba ninguna relación personal con los profesores. La mayoría de ellos, por su parte, parecían fastidiarse por todo, no tenían autoridad sobre los alumnos y se conformaban con vociferar para demostrarnos su malestar. Yo lograba que se pusieran de todos los colores.En poco tiempo, fui capaz de desorganizar un curso completo. Naturalmente, aquello me valió la consideración de mis compañeros.

Raspaba los cajones de los armarios de mi casa para encontrar algunas monedas que me permitieran comprar cigarrillos y poder compartir el rincón de los fumadores. Kessi se dirigía allí durante todos los recreos. Cuando comencé a ir con más frecuencia, sentí que ella pareció interesarse en mi persona.

Nos juntábamos a la salida del colegio. Finalmente me invitó a su casa. Tomamos cerveza- me marié como pollo- y conversamos acerca de nuestras respectivas familias. Ella tenía los mismos problemas que yo. Y peores aún. Su madre cambiaba continuamente de pareja y estos, naturalmente, no querían a Kessi. Ella venía saliendo de un período espantoso a raíz del último amigo de su madre, un tipo que era bueno para los golpes. Un día agarró a patadas todo el mobiliario de la casa y para terminar, cogió el televisor y lo tiró por la ventana. Pero la madre de Kessi no era como la mía. Ella se mostraba severa con su hija, salvo un permiso excepcional, y la obligaba a estar de regreso a las ocho de la noche en casa.

En la escuela todo empezó a funcionar súper bien. Debo admitir que logré ganarme la consideración de mis compañeros de clases. Ese fue un combate difícil, casi permanente, que no me dejaba tiempo ni para estudiar. Mi día de gloria fue aquel cuando Kessi me autorizó para sentarme a su lado. Me enseñó a escapar de la escuela. Cuando ella no quería asistir a un curso, se desaparecía para ir a juntarse con Milán o hacía cualquier cosa, lo que se le antojaba. Las primeras veces me aterré. Pero muy pronto me di cuenta que podía ausentarme de una o dos clases. Durante el día a sabiendas de que nadie lo notaría.No se pasaba lista después de la primera clase de la mañana. Los profesores eran incapaces- los cursos eran demasiado numerosos- de saber quiénes estaban allí y cuáles eran los ausentes. Por eso, muchos de ellos se desaparecían.

Kessi se dejaba besar y acariciar por los muchachos. Frecuentaba el ''Hogar Social'': era una vivienda para los jóvenes que funcionaba bajo el alero de la Iglesia Reformista. En el subterráneo había una especie de discoteca: ''El Club''. Sólo se permitían la entrada a partir de los catorce años.Pero Kessi demostraba más de trece…

A fuerza de suplicarle a mi madre que me comprara un sostén logré tener uno a pesar de que aún no me hacía falta. Comencé también a maquillarme. Y Kessi me llevaba al Club, el que abría a las cinco de la tarde.

A la primera persona que divisé en el sótano resultó ser un muchacho de nuestra escuela. Tenía trece años, y ante mis ojos era el tipo más fabuloso que existía. Incluso era superior a Milán. Era más buen mozo. Sobretodo daba la impresión de ser muy seguro de si mismo. Se paseaba por el Hogar Social con la soltura de un astro de cine. Se notaba que se sentía superior a todo el mundo. Se llamaba Piet. Sus amigos y él se mantenían a cierta distancia del resto.Todo ese grupo tenía un aspecto deslumbrante. Los muchachos eran más refinados que los demás: vestían jeans ajustados, botas con tacones muy altos, chaquetas de género de jeans bordadas, o de fantasía, con tejidos originales y bonitos.

Kessi los conocía y me los presentó. Yo estaba emocionada y encontraba genial que Kessi me permitiera aproximarme a ellos. En el Hogar Social todo el mundo los respetaba. Y nosotras teníamos el honor de sentarnos con ellos.

A la noche siguiente, los muchachos de aquella pandilla trajeron una gigantesca pipa de agua. Yo no sabía ni para que servía. Kessi me explicó que ellos fumaban ''hachís''. Yo tampoco sabía muy bien que era aquello: sólo que era una droga y que estaba estrictamente prohibida.

Encendieron ese aparato e hicieron circular el tubo. Cada uno aspiró una bocanada. Lo mismo hizo Kessi. Cuando me tocó el turno, lo rechacé. No tenía intención de aspirarlo pero por otra parte tenía tantos deseos de pertenecer a una pandilla… Pero ¿ingerir droga?... ¡No’ No podía, no todavía! Aquello me producía un miedo espantoso.

Mi actitud me hizo sentir muy mal, incómoda. Tenía ganas de que me tragara la tierra. Pero no podía abandonar la mesa. Tenía la sensación de haber acabado con la pandilla porque ellos fumaban hachís. Decreté que tenía ganas de tomarme una cerveza. Reuní las botellas que estaban dispersas por todas partes. Cambiaban cuatro botellas vacías de cerveza por una llena. Me emborraché por primera vez en mi vida mientras los otros aspiraban el tubo de la pipa de agua. Hablaban de música. Yo no sabía gran cosa respecto de aquello. Mi cultura pop-rock era más que deficiente. Por lo tanto, no podía participar de la conversación. Por otra parte, me encantó estar ebria porque me evitó sentir un tremendo complejo de inferioridad.

No tardé mucho en comprender la música que fascinaba a los muchachos de la pandilla y dejé de renegar en contra de David Bowie, etc. Ante mis ojos, pasaron a convertirse en mis ídolos. Por detrás, todos los integrantes de la pandilla se parecían a David Bowie, aunque ninguno superaba los dieciséis años.

Los miembros de la pandilla eran seres superiores y sus modales me enloquecían de fascinación No gritaban, no reñían, no jugaban al terrorismo. Eran muy silenciosos. La superioridad emanaba de ellos: así de simple. Entre ellos también eran increíbles. Jamás se disputaban entre ellos..Cuando se reunían se besaban entre ellos,- un pequeño beso en la boca. Eran los muchachos los que mandaban, pero las chicas eran bien recibidas. En todo caso, entre ellos no existían esas peleas estúpidas como las que ocurren entre hombres y mujeres.

En una ocasión, Kessi y yo abandonamos el colegio durante los dos últimos períodos escolares, como era nuestra costumbre, para ir a la estación Wutzkyalle del metro. Allí se encontraría con Milán. Como éste se demoró en llegar, nos deslizamos con mucha cautela por la estación Wutzkyalle temerosas de visualizar la aparición de algún maestro: era muy riesgoso huir de clases en ese horario.

Kessi estaba a punto de encender un cigarrillo cuando yo divisé a Piet, un chico de la pandilla junto a su amigo Charly. Así fue como comenzó un sueño tan anhelado para mí: hacía tanto tiempo que deseaba encontrarme con Piet - o con otro- durante el día para invitarlos a mi casa. ¡Ah, ese habría sido todo un honor para mí! Todavía no estaba interesada en el sexo opuesto, contaba con sólo doce años y todavía no me llegaba la regla. Lo que deseaba era poder contar que Piet había estado en mi casa para que el resto pensara que ''andábamos'' juntos o que, al menos, yo era un miembro integrante de esa pandilla.

A esa hora no había nadie en casa. Mi madre y su pareja estaban en sus respectivos trabajos. Le dije a Kessi:'' Vamos a ver a esos muchachos. Así aprovechamos de conversar con ellos un rato….'' Mi corazón comenzó a latir como un tambor. Después de algunos minutos, y con una voz que denotaba una gran seguridad, - la que contrarrestaba mi pánico interno- le pregunté a Piet:'' ¿Les gustaría ir a mi casa? No hay nada y la pareja de mi papá tiene unos súper discos: Led Zeppelín, David Bowie, Teen Years After, Deep Purple, y el álbum del Festival de Woodstock.''

Había logrado avanzar bastante. Me había familiarizado con la música que les gustaba a ellos pero también con su lenguaje. Hablaban de un modo diferente que el resto. Me dediqué a aprender su vocabulario, tan novedoso para mí. Y eso me parecía más importante que las matemáticas o los verbos en inglés.

Piet y Charly aceptaron de inmediato. Me puse loca de alegría. Estaba totalmente henchida de orgullo. Una vez que llegamos a casa exclamé:'' Mierda, muñecos: no tenemos nada para beber''. Juntamos una monedas y partí con Charly al supermercado.

La cerveza estaba muy cara. Teníamos que tomar mucho para embriagarnos. Finalmente, por dos marcos compramos un litro de vino tinto. Y la conversación prendió. Bebimos el vino con avidez y el tema de la conversación giró en torno a la policía. Piet dijo que ellos desconfiaban de una manera muy peculiar de los consumidores de hachís. En general, hablaron muy mal de los policías. Dijeron que vivíamos en un estado policial.

Todo aquello era nuevo para mí. Hasta ese momento no conocía otros representantes de la ley que fuesen aborrecibles aparte de los guardias de los edificios: unos tipos que la atrapaban a una cuando se estaba divirtiendo. Los policías uniformados encarnaban un mundo absolutamente desconocido para mí. Fue así cómo me enteré que en Gropius vivíamos en un universo policial. Y que los policías eran mucho más peligrosos que los guardias. Y si lo decían Piet y Charly aquello no podía ser más que la estricta verdad. Una vez vaciada la botella de vino, Piet anunció que todavía le quedaba hachís en su casa. Los otros dos quedaron maravillados. Piet salió por el balcón (era lo que yo hacía también ahora que vivíamos en un primer piso) y regresó con una bolsa del tamaño de una mano, con mercadería dividida en diez unidades que tenían un valor de diez marcos cada una. También trajo consigo un ''shilom'', una pipa especial para fumar hachís que tenía forma de tubo de madera de unos veinte centímetros de largo. Colocó en ella tabaco y a continuación la rellenó con una mezcla de tabaco y hachís. Fumamos boca arriba con la cabeza echada hacia atrás y sosteniendo el tubo tan verticalmente como fuera posible para que no cayeran cenizas en el suelo.

Yo observaba bien cómo lo hacían. Sabía que ahora no podía rehusarme ya que Piet y Charly estaban de visita en mi casa. Resolví afirmar con decisión:''Me vendría bien un poco de hierba'' como si ya hubiera fumado mucho antes. Bajamos las persianas. La luz se filtraba por las rendijas y se podían visualizar espesas nubes de humo. Puse un disco de David Bowie. Yo inhalaba desde el ''shilom'' y almacenaba el humo en mis pulmones hasta que me sentí presa de un ataque de tos. Nadie dijo nada. Escuchábamos la música con la vista perdida en el vacío.

Yo esperaba que algo me sucediera. Me decía a mi misma:'' Ahora estás drogada y deberías sentir algo realmente extraordinario''. Pero no sentía nada. Sólo me sentí un poco somnolienta, pero ese efecto se debía especialmente al vino. No sabía, que en la mayor parte de los casos, el hachís no provocaba nada- al menos, conscientemente- la primera vez. Se requería de un poco de entrenamiento para experimentar los efectos. El alcohol produce efectos mucho más inmediatos.

Piet y Kessi estaban sentados en el sofá y cada vez se acercaban más el uno al otro. Piet acariciaba el brazo de mi amiga. Al cabo de un rato, ambos se levantaron y se fueron a encerrar a mi cuarto. Y yo me quedé allí completamente sola con Charlie .El se sentó en el brazo de mi butaca y pasó su brazo alrededor de mis hombros. En esos instantes me gustó más que Piet. Y estaba encantada de que él se interesara en mí. Siempre tuve temor de que los muchachos se enterasen que tenía sólo doce años, me tomaran por una mocosa y me rechazaran. Charly comenzó a manosearme. Ya no supe si aún estaba contenta. Lo que si es que me sentía terriblemente acalorada. De miedo, quizás. Estaba petrificada. Intenté mascullar algo acerca del sujeto que estaba interpretando la canción en el disco que había colocado recién. Cuando Charly empezó a tocarme los pechos - bueno, los que serían mis pechos- me levanté de un salto y me precipité encima del tocadiscos fingiendo que tenía que arreglar algo. Piet y Kessi salieron de mi cuarto. Tenían un aspecto extraño, preocupado, entristecido. Sus miradas se evitaban. Estaban extrañamente silenciosos. Kessi tenía el rostro encendido. Tuve la impresión de que había pasado por una experiencia macabra. En todo caso, lo sucedido no le aportó nada a ninguno de los dos.Eso debió ser penoso para ambos. Finalmente, Piet me preguntó si yo iría esa tarde al Hogar Social. Eso me impactó. ¡Había triunfado! Todo había ocurrido tal como lo había soñado: había invitado a unos muchachos de la pandilla a casa y pasé a integrarme , en definitiva, en parte de ellos.

Piet y Kessi se fueron trepando por el balcón. Charly se retrasó. El miedo volvió a apoderarse de mí. No quería estar a solas con el... Le dije claramente que ya era hora de ordenar el departamento y que además debía atender mis deberes escolares. De repente, adivine sus pensamientos… Charly se fue. Me tiré en mi cama con la vista fija en el techo para intentar ver cómo salía adelante de aquella situación.

El tenía buena pinta pero no sabía porqué me había dejado de gustar. Transcurrió una hora, una hora y media. Sonó el timbre. Miré a través de la mirilla de la puerta. Era Charly. No abrí y me encaminé silenciosamente hacia mi cuarto en la punta de los pies. Me aterrorizaba permanecer a solas con ese tipo. Me desagradaba. Además, tenía un poco de vergüenza. No sabía específicamente si era a causa de la droga o de Charly.

Me sentí triste. Por fin había sido admitida dentro de la pandilla pero en el fondo ese no era mi sitio. Era demasiado niña para escuchar los cuentos de aquellos muchachos. Me di muy buena cuenta de ello. Cuando se pusieron a hablar acerca de la policía, del Estado, etc., no sentí el menor interés en escucharlos.

De todos modos, decidí ir al hogar desde temprano. Fuimos al cine. Traté de sentarme entre Kessi y un chico al que no conocía pero Charly logró deslizarse a mi lado. Durante la exhibición de la película, comenzó a manosearme. Me metía la mano entre las piernas. No lo rechacé Ese tipo logró impactarme tremendamente... Estaba como paralizada, terriblemente asustada. Tenía deseos de largarme a correr a más no poder pero me dije a mi misma:'' Christianne, este es el premio por haber sido admitida en la pandilla''. No me moví y permanecí en silencio. Sólo que cuando el me pidió que lo acariciara porque me tocaba el turno y me agarró la mano para atraerla hacia él, me liberé y crucé mis manos sobre mis rodillas con firmeza. No me moví y permanecí en silencio.

Finalmente la película acabó. Aliviada, me apresuré para reunirme con Kessi.Le conté todo lo que me había ocurrido y ella me aconsejó que no debía volver a Charly. Ella estaba enamorada de él y por eso era que ella los había invitado para que se reuniera con nosotros. Ella no me lo contó pero me enteré de eso después. Kessi se puso a llorar en pleno Hogar Social porque el no le prestó mayor atención que a las demás chicas. Más tarde, me confesó que en esa época ella realmente loca por él, Charly andaba medio parqueado…

De todos modos, yo logré integrarme a la pandilla. Por cierto me decían ''pequeña''. Pero yo lo acepté. Ningún chico intentó tocarme. Se sabía y se admitía que yo era demasiado joven para aquello. En ese aspecto, nuestra pandilla era diferente a la de los alcohólicos. Esos se hundían en la cerveza y el aguardiente. También eran muy duros con las chicas que ''tenían modales''. Se mofaban de ellas, las insultaban y las maltrataban. Entre nosotros, aquello no existía. Jamás hubo violencia. Nos aceptábamos los unos con los otros tal como éramos. Por lo demás, rodos nosotros éramos bastante parejos, o al menos, estábamos todos metidos en el mismo bote. No requeríamos de largos discursos para entendernos. Entre nosotros nadie gritaba ni decía obscenidades. Los aullidos de los demás no nos interesaban. Estábamos por encima de ellos.

Aparte de Piet, Kessi y yo, todo el mundo tenía un empleo. Y todos gozaban de la misma sensación: no estaban contentos en su casa ni con sus trabajos. Pero así como los alcohólicos arrastraban su stress al Hogar y se desahogaban de manera agresiva, los muchachos de mi pandilla eran capaces de desconectarse de sus problemas. Cuando acababan su jornada laboral hacían las cosas que les agradaba: fumar droga, escuchar buena música. Así se hallaban en paz. Nos olvidábamos de la mierda que nos había traído el día.

Yo aún no me sentía completamente como los otros. Pienso que era demasiado niña. Pero ellos eran mis modelos. Yo quería parecerme a ellos, aprender de ellos a vivir estupendamente porque ellos no se fastidiaban por estupideces ni por toda la mierda del mundo. De todos modos, ni mis padres ni mis profesores tenían ya influencia sobre mi persona. Lo único que me importaba, aparte de mis animales, era la pandilla. Las cosas de esa manera, la vida en mi casa en mi casa se me hizo insoportable. Lo peor era que a Klaus, la pareja de mamá, le tenía miedo a los animales. Al menos, eso era lo que yo pensaba en aquel entonces.

Durante el primer período que vivió con nosotros se dedicó a criticar todo sin parar. Decía que el departamento era demasiado pequeño para mantener toda esa colección de fieras. Luego le prohibió el acceso a la sala a mi perro, aquel que me había regalado papá. Entonces yo exploté. Nuestros perros habían sido toda la vida parte de la familia. ¡Y ahora este tipo pretendía ahuyentar a mi perro de la sala!

Eso no era todo: me prohibió que durmiera a un costado de mi cama. Quería- y lo decía en serio- que yo le construyese una casa en mi dormitorio, que ya era minúsculo de por sí. Naturalmente, no hice nada de eso.

Después Klaus me asestó el golpe de gracia. Decretó que tenía que deshacerme de todos mis animales. Mi madre se puso de su lado y dijo que yo ya no me preocupaba de éstos. ¡Fue el colmo! Seguramente, cuando yo llegaba, a menudo, tarde por las noches, se veían obligados a sacar el perro. A partir de entonces, consagré todo mi tiempo libre a mis animalitos. Lloré y grité cuando se llevaron a mi perro. Se lo dieron a una señora muy buena y simpática. Pero ella se enfermó de cáncer y no lo pudo conservar. Por lo que entendí, parece que mi regalón fue a parar a una taberna. Era un animal extremadamente sensible y no soportaba los gritos. En un ambiente como ese no iba a sobrevivir mucho tiempo. Yo eso lo sabía muy bien. Si el llegaba a morir sería a causa de Klaus y de mamá. Yo ya no tenía nada en común con aquellas personas.

Todos esos acontecimientos se sitúan en la época en la que empecé a frecuentar el Hogar Social y a fumar hachís. Me quedé con mis dos gatos. En las noches dormían sobre mi cama. Pero durante el día, no me necesitaban. Sin mi perro ya no tenía ningún motivo para estar en casa. No tenía deseos de salir a pasear completamente sola. Esperaba con impaciencia que fueran las cinco de la tarde: era la hora en que abrían el Hogar Social.

En ocasiones, me reunía con Kessi y algunos compañeros de la pandilla justo después de almuerzo y fumaba todas las tardes. Entre nosotros, los que tenían dinero lo compartían con los demás. Por eso no me inquietaba fumar hachís. Por lo demás, en el Hogar Social no se ocultaba nada. De tarde en tarde aparecían los anfitriones que se las daban de moralistas. Pero la mayoría de ellos reconocían que se sentían tentados por fumar. Venían de la Universidad, del movimiento estudiantil en donde se consideraba totalmente normal fumar hachís. Sólo nos decían que no exagerásemos, etc. Y sobretodo, que no pasáramos a las drogas duras.

Esos consejos no nos daban ni frío ni calor. ¿Porque se entrometían esos patanes con nosotros? Ellos también fumaban. ¿Acaso no era así? Uno de los muchachos les preguntó francamente:'' ¿Porqué a ustedes no les preocupe que el fumador sea estudiante? Piensan que sabe lo que hace. Pero si les provoca pánico que lo haga un principiante o un obrero. ¿Qué es lo que se han figurado? Sus argumentos no son válidos''.

El tipo no supo qué responder. Eso le debe haber creado un gran cargo de conciencia.

Por mi lado, ya no me contentaba con fumar. Cuando no estaba drogada, bebía vino o cerveza. Aprovechaba mis salidas de clases o en la mañana cuando me iba al colegio. Necesitaba estar todo el tiempo un poco evadida, un poco rodeada de nubes. Deseaba escapar de toda esa mierda de escuela y de esa mierda de casa... La escuela, de todos modos, llegó a fastidiarme completamente.

Físicamente también había sufrido un gran cambio.. Estaba cada vez más delgada porque apenas me alimentaba. Flotaba dentro de todos mis pantalones. Mi rostro se había hundido. Pasaba mucho tiempo frente al espejo. Mi nueva apariencia me agradaba. Cada vez me asemejaba más y más al resto de mi pandilla. Al final perdí mi apariencia inocente, mi rostro infantil. Estaba obsesionado con mi físico. Obligué a mi madre que me comprase pantalones ajustados que asemejaran una segunda piel en mi cuerpo y zapatos con tacones altos. Me peinaba con una raya al medio y mis cabellos largos tapaban mi rostro. Quería lucir un aspecto misterioso; nadie debía reconocerme en el día y nadie podía dudar de lo sensacional que era tal como lo demostraba a través de mi nuevo ''look''.

Una noche me encontré con Piet en el Hogar Social y me preguntó si yo había realizado un ''viaje''.''Por supuesto, viejito'' le respondí. Comprendí que hablaba de LSD. Piet sonrió. Me di cuenta que no me había creído. Como había escuchado a varios referirse a su último ''viaje'', intenté relatar mi supuesta experiencia haciendo uso de informaciones ajenas. Pero Piet no me creyó absolutamente nada. No lo podía engañar tan fácilmente. Me sentí avergonzada. ''Si quieres intentarlo'' me dijo ''tendré de la buena el domingo. Te convidaré un poco'' agregó. Esperé el fin de semana con impaciencia. Cuando me lanzara con el LSD sería igual que los demás. A mi llegada al Hogar Social, Kessi ya se había iniciado en ''viajar''.Piet me señaló:'' Si estás realmente decidida, te daré la mitad de uno. Será suficiente para la primera vez''. Me pasó un rollo de papel de cigarrillos. Allí encontré un pedazo de comprimido. No me lo podía tragar tal cual delante de todo el mundo. Estaba terriblemente nerviosa. Además, tenía miedo de ser cogida en delito flagrante. Por otra parte quería otorgarle una cierta solemnidad al acontecimiento. Al final, me fui a encerrar al baño y me tragué el asunto.

A mi regreso, Piet dijo que yo había ido a lanzar el comprimido por el W.C

Por mi parte, esperaba con impaciencia que la droga me hiciera efecto para que los demás creyeran que efectivamente me había engullido el comprimido. A las diez, hora del cierre del Hogar, todavía no sentía nada especial. Acompañé a Piet al metro. Nos encontramos con Frank y Paulo, dos amigos suyos. Ellos respiraban una calma extraordinaria. Me agradaron. ''Están inmersos en la heroína'' me dijo Piet. En ese instante no les presté atención alguna. Estaba ocupada en lo mío. El comprimido comenzaba a hacerme efecto. Tomamos el Metro. A esas alturas, yo deliraba. Estaba completamente volada. Tenía la impresión de estar al interior de una caja de conserva o de alguna mezcolanza junto a una cuchara gigante. El estrépito que hacía el vagón dentro del túnel era espantoso. ¡Insoportable! Los pasajeros tenían unas máscaras horribles. Con eso quiero decir que lucían sus rostros habituales, los muy puercos…Fue entonces cuando los pude ver mejor, que me di cuenta hasta qué punto tenían un aspecto vomitivo, los burgueses de siempre. Debían de venir de regreso de sus asquerosos trabajos. Después verían la tele, de allí a sus camas, y a recomenzar la faena: metro-trabajo-dormir. Yo pensaba para mis adentros:''Tu tienes la suerte de no ser como ellos. De contar con la pandilla. De haber tomado ese asunto que te está permitiendo ver la realidad dentro del Metro. ¡Pobres infelices ! Esas eran las mismas ideas que cruzaban mi mente durante mis siguientes ''viajes''. De repente, hoy en día, esas mismas máscaras me inspiran temor. Yo miraba a Piet. El también me pareció más feo de lo habitual, con un rostro minúsculo…pero dentro de todo, conservaba su rostro más o menos normal

Luego llegamos. Estaba contenta de encontrarme afuera. Allí despegué definitivamente. Todas las luces eran de una intensidad increíble. Jamás el sol me había parecido tan brillante como aquel farol que se hallaba encima de nuestras cabezas. En el Metro sentí frío. Después me dio mucho calor. Tuve la sensación de estar en España y no en Berlín. Las calles se convirtieron en playas, los árboles en palmeras, como los bellos afiches de la agencia de viajes de Gropius. La luz era deslumbrante. No le comenté a Piet que estaba volada. Mi viaje era tan fantástico que quería realizarlo sola. Piet, que estaba volado también, propuso que fuéramos a la casa de una amiga. Una chica a la que el quería mucho. Era probable que los padres se encontraran ausentes. Nos dirigimos entonces al aparcamiento para comprobar si el auto aún se encontraba allí. Me vino una crisis de angustia. La techumbre del garaje que de por sí era baja, yo la sentía descender más y más…Estaba adquiriendo el aspecto de una bóveda. Los pilares de cemento oscilaban…

El coche de los padres de Piet se encontraba allí.

Piet exclamó con rabia ¡Dios mío! ¿Qué haremos en esta porquería de garaje? Luego, al pensar que yo estaba volada me preguntó:''Dime ahora dónde está el comprimido que tenías'' Me miró y al cabo de un rato dijo:''mocosa de mierda''. No he dicho nada. Tienes las pupilas vagamente dilatadas''.

Entonces el mundo se embelleció nuevamente. Me senté sobre la hierba. Una casa, el vecindario, compartían un muro anaranjado resplandeciente. Se diría que el sol se había levantado para reflejarlos. Las sombras danzaban como si quisieran borrarse ante la presencia de la luz. El muro se hundía y de repente pareció que iba a estallar en llamas.

Nos fuimos a la casa de Piet. El tenía un talento de pintor impresionante. Uno de sus cuadros, colgado en su recámara, representaba un esqueleto armado de una guadaña sobre un enorme caballo. Me precipité enfrente del cuadro. No era la primera que lo veía y siempre había pensado que representaba a la Muerte. En esa ocasión, no me produjo miedo alguno. Comencé a sentirme invadida por pensamientos muy ingenuos. Creí que ese esqueleto era incapaz de maltratar a un caballo tan vigoroso. Hablamos largamente acerca del cuadro. Cuando me iba, Piet me prestó algunos discos para ''aterrizar''. Entré a la casa.

Mi madre, por cierto, me esperaba. Fue el eterno lío de siempre: qué dónde había estado, que no podía continuar así, etc. La consideré absolutamente ridícula, gorda y grasienta enfundada en su camisa de dormir blanca y su rostro retorcido por la rabia. Como los personajes del Metro.

No abrí la boca. De todos modos, no le hablé más. Justo lo indispensable y sólo frases cortas sin importancia. Ya no quería que me tocara. Yo me figuraba, en aquel entonces, que ya no necesitaba a una madre ni una familia. Ahora vivíamos en mundos completamente diferentes. Mi madre y su pareja por un lado y por el otro estaba yo, completamente sola. Ellos no tenían la menor idea de lo que yo hacía. Pensaban que yo era una niña totalmente normal que atravesaba el difícil período de la pubertad. ¿Y qué podía yo contarles? De todos modos, ellos no comprenderían. Y no hacían otra cosa que bombardearme de prohibiciones. En todo caso, eso era lo que creía. El único sentimiento que albergaba por mi madre era el de compasión. Me apenaba verla regresar del trabajo, estresada y nerviosa, extenuada, para comenzar con las labores domésticas. Pero yo pensaba que eso era por culpa de ellos, los viejos, por llevar una vida tan estúpida…

LA MADRE DE CHRISTIANNE

¿Cómo fue posible que no me diera cuenta de lo que le ocurría a Christianne? Me he hecho esa pregunta en numerosas ocasiones. La respuesta es simple: me hizo falta mantener un contacto permanente con otros padres para asumir la realidad. No me quería rendir ante la evidencia de que mi hija se había iniciado en las drogas. Así de simple. Mantuve los ojos cerrados el mayor tiempo que pude.

Mi pareja, -el hombre con el que vivía después de mi divorcio- estaba sospechoso de la situación hacía tiempo. Pero yo le decía:''Son ideas tuyas. Ella nos es más que una niña''. Ese fue, sin dudas, el error más grande: uno se imagina que sus hijos son incapaces de estar involucrados con las drogas. Yo comencé a preguntarme porque Christianne, evitaba cada vez más el contacto con nosotros, y partía los fines de semana con sus amigos en lugar de realizar cualquier actividad con la familia. Al cabo de un me pregunté a mí misma porque ella actuaba así. Me tomé las cosas muy a la ligera.

Sin duda, cuando uno trabaja, no se preocupa lo suficiente de lo que les sucede a nuestros hijos. Uno ansía conservar la paz y en el fondo está contenta de verlos seguir su propio camino. Por cierto, Christianne llegaba, en ocasiones, con retraso. Pero ella siempre me daba una buena excusa y yo tendía a creer lo que ella me decía. También traté de justificar su creciente rebeldía como algo típico de su edad y pensaba que se le iba a pasar.

Yo no quería ser exigente con Christianne. Personalmente, sufrí mucho en mi adolescencia por ello. Tuve un padre extremadamente severo. En el pueblo de Hesse, en el que nací, era un ciudadano notable, dueño de una cantera. Su educación consistía exclusivamente en prohibir. Si yo tenía la desgracia de hablar con muchachos- sólo conversar con ellos-, ya era merecedora de un par de bofetadas. Jamás olvidaré la tarde de un domingo en particular. Yo me paseaba con una amiga. Dos muchachos nos seguían, a unos cien metros de distancia. Y de pronto, por casualidad, pasó mi padre por allí. Se detuvo en seco, bajó de su auto, y me dio una bofetada en plena calle, me introdujo en el auto, y me llevó de regreso a casa. Todo eso porque dos muchachos caminaban detrás nuestro. Eso me sublevó. Tenía dieciséis años en esa época y sólo penaba en una cosa: en cómo abandonar Hesse.

Mi madre era una mujer con un corazón de oro. Pero ella no tenía derecho a opinar en estas cuestiones. Yo soñaba con convertirme en una mujer culta, pero mi padre me obligó a realizar estudios de comercio para que así pudiera llevar la contabilidad en su empresa. Fue en esa época que conocí a mi esposo, Richard. El tenía un año más que yo y recibía instrucción agraria para dedicarse a la administración de empresas. El también estudiaba para satisfacer los deseos de su padre. Al comienzo, lo nuestro se inició como una relación amistosa solamente. Mi padre decidió impedir que me viese con él. Y mientras más se obstinaba, más me empecinaba yo en contra. suya. Al final de cuentas, no veía más que una solución para conquistar mi libertad: quedar encinta y obligar a Richard a que se casara conmigo.

Tenía dieciocho años cuando esto ocurrió. Richard tuvo que suspender sus estudios y nos fuimos a instalar al Norte, al pueblo en el que vivían sus padres. Nuestro matrimonio fue un completo fracaso. Desde el comienzo, no podía contar con mi marido a pesar de mi embarazo, me dejaba sola durante noches enteras. El sólo pensaba en su Porsche y en sus grandes proyectos. Ningún trabajo le parecía digno de su persona. El quería ser, a toda costa, un individuo destacado. Repetía constantemente que antes de la guerra su familia había sido prominente y que sus abuelos eran propietarios de un diario, de una joyería, de una carnicería y de algunas haciendas.

Aseguraba que el podía perfectamente llegar a tener su propia empresa. En ocasiones, se obstinaba en montar un negocio de transportes, después en la venta de automóviles y también en asociarse con un amigo en un negocio de horticultura. Pero en la realidad, el nunca llegó más allá de los contactos preliminares. Y en la casa, se desquitaba con las niñas. No me atrevía a interponerme porque las pequeñas lloraban. Era yo la que aportaba la mayor parte de los ingresos que requeríamos para subsistir. Cuando Christianne tenía cuatro años encontré un buen trabajo en una agencia matrimonial. En ocasiones, me vi. obligada a trabajar durante los fines de semana- el contrato así lo establecía-, y entonces Richard me ayudaba. Después de dos años, las cosas marcharon relativamente bien. Luego Richard se disputó con mi jefe y perdí mi trabajo. Richard había decidido abrir una agencia matrimonial a todo vapor. Con sede en Berlín. Nos trasladamos en 1968. Yo esperaba que este cambio de escenario le brindaría una nueva oportunidad a nuestro matrimonio. Pero en lugar de un bello departamento y suntuosos escritorios para atender al público, terminamos aterrizando en uno de dos cuartos y medio del sector Gropius, casi en los suburbios de Berlín. Richard no encontró los medios necesarios para desenvolverse. Todo comenzó a ser como en el principio. Su ira la volcó en las niñas y en mí. Una vez, en uno de esos períodos encontró trabajo en el comercio. En el fondo, el era incapaz de resignarse a ser como los otros habitantes de Gropius: un individuo de la clase media baja.

Yo pensaba a menudo en el divorcio pero me faltaba coraje para tomar una resolución definitiva. La poca confianza en mí misma que me había inspirado mi padre, mi marido se encargó de destruirla.

Felizmente, encontré rápidamente trabajo en Berlín: una vacante de empleada de una oficina que me pagaban mil marcos al mes. El sentimiento de ser considerada, de hacer algo nuevamente, me devolvió las fuerzas. Dejé de aceptar totalmente a mi marido. Comencé a considerar ridícula su megalomanía. Nuestros choques comenzaron a ser cada vez más frecuentes y luego cada vez más violentos. Hicimos varios intentos de separarnos pero nunca resultaron. Aún me sentí muy ligada a él- quizás porque fue el primer hombre de mi vida. Y también a causa de nuestras hijas. No podía encontrar un par de vacantes en un jardín infantil para las pequeñas, y por otro lado, tampoco podía costear ese gasto. Es por eso que yo estaba tan contenta cuando sabía que Richard estaba en casa de cuando en cuando… Así fue como comencé a aplazar mi decisión. Finalmente, en 1973, me sentí lo suficientemente fuerte para reparar en mi error. Fui a ver a un abogado y solicité el divorcio. Aquello que había logrado quería inculcárselo a Christianne: me juré a mí misma desde el día en que nació que no sería necesario que hiciera lo que hice yo para desposarme con el primer hombre y menos para huir de la casa. Debía abrirse paso libremente, sin exigencias. Yo deseaba ser una madre moderna. Lo que ocurrió posteriormente fue que me demostré demasiado permisiva.

Una vez que obtuve el divorcio, tuve que buscar un nuevo departamento para vivir. Richard rehusó trasladarse. Encontré uno por 600 marcos mensuales (con garaje incluido aunque no lo necesitaba porque no teníamos auto). Era mucho para mí pero no tenía otra alternativa. Quería abandonar a mi marido y deseaba, a cualquier precio, que las niñas y yo pudiéramos iniciar una nueva vida.

Richard no tuvo que invertir en una pensión alimenticia. Yo me decía:''Sólo queda una cosa por hacer: tú lo asumiste por lo que trabajarás horas extraordinarias pero las niñas llevarán una vida decente. Entonces ellas tenían diez y once años respectivamente y en toda su infancia no habían conocido más que un departamento mal amoblado con lo estrictamente necesario. Ni siquiera teníamos un sofá decente. Me dolía el corazón el no poder ofrecerles un hogar confortable a mis hijas.

Ahora que me había divorciado deseaba que esa situación cambiase. Quería tener, finalmente, un bonito departamento en el que las tres nos sintiéramos contentas. Para eso trabajaba, para realizar mi sueño. Pero también para poderles comprar de vez en cuando algún dulce a mis hijas, hermosos vestidos, y poder salir a pasear algún fin de semana sin fijarnos en los gastos.

Perseguí ese propósito con obstinación y entusiasmo. Las niñas pudieron tener un bonito cuarto y ellas mismas eligieron los papeles de los muros y los muebles a su gusto. En 1975 pude comprarle un tocadiscos a Christianne. Todo aquello me llenaba de alegría. Estaba tan contenta de poder, finalmente, brindarles algún bienestar a mis hijas.

A menudo, les compraba confites cuando regresaba a casa después de la oficina. A veces, cualquier tontería. Pero yo me sentía tan contenta de poder comprarles cualquier cosa en esas grandes tiendas…Por lo general, se trataba de artículos que estaban rebajados: un simpático sacapuntas, un artefacto corriente, alguna que otra golosina. Ellas se me arrojaban al cuello. Aquello me daba la impresión de que estábamos siempre en Navidad.

Ahora me doy cuenta, por supuesto, de que era una forma de tranquilizar mi conciencia, una compensación a cambio de mi falta de dedicación a ellas. Debí prestar menos importancia al dinero y ocuparme de mis hijas en vez de trabajar tanto fuera de casa.

Hasta la fecha no logro comprender bien mi actitud. ¿Por qué las dejé solas? Los confites no reemplazaban lo demás. Quizás debí haber solicitado un subsidio familiar del gobierno cuando las niñas me necesitaban pero para mi desgracia habría sido criticada por mis padres: ellos se oponían a que uno viviera dependiente del Estado. Por otra parte, quizás debí solicitarle a mi ex -marido una pensión alimenticia para sostener a las niñas- No lo sabía. En todo caso, a fuerza de haber escogido una opción negativa como lo fue el procurar tener una decoración atractiva en mi casa, perdí completamente de vista las prioridades reales. Cambié el sentido real de todas las cosas al punto que siempre me reprocho nuevamente que dejé a mis hijas libradas a su propia suerte. Y Christianne, seguramente, necesitaba una guía, un apoyo mucho más sólido. Ella era más inestable, más sensible que su hermanita. Tampoco se me pasó por la mente, en aquella época, que ella había comenzase a rodar por una mala pendiente. Observaba muy bien lo que ocurría a nuestro alrededor, en nuestro barrio, Gropius. Allí había riñas todos los días. Se bebía de vez en cuando y no era extraño ver a un hombre, o a una mujer, o también a un adolescente, perdidamente borrachos y tirados en el piso. Sin embargo, yo pensaba que si uno les daba un buen ejemplo, si les impedía salir, las niñas nos imitarían porque representábamos sus modelos de vida y que todo marcharía bien. Yo pensaba, honestamente, que estaban encaminadas por la buena senda. Por las mañanas, las niñas iban al colegio, al mediodía ellas se preparaban su almuerzo, y en la tarde a menudo iban al club de los ponys. Ambas sentían una verdadera pasión por los animales.

Al cabo de un tiempo, todo funcionaba bien, aparte de algunas escasas escenas de celos entre las niñas y Klaus, mi pareja, que se vino a vivir con nosotras. Yo quería estar un poco disponible para él, además de mi trabajo, la casa y las niñas. El era, en cierto modo, mi tabla de salvación. Pero cometí un grave error: por dedicarme más a él permití que la hermana de Christianne regresara a la casa de su padre. Richard se sintió solo y le prometió un montón de cosas. Por lo tanto, Christianne se empezó a encontrar sola cuando regresaba a casa después del colegio. Comenzó a tener malas compañías. Pero yo no me daba cuenta de nada. Pasaba, a menudo las tardes con su amiga Kessi, lo que me parecía muy razonable para su edad. Y la madre de Kessi controlaba de vez en cuando a las dos niñas. Éramos vecinas y así como Christianne iba a la casa de Kessi, ésta a su vez frecuentaba la nuestra.

Ellas tenían entre doce y trece años, la edad en la cual se empieza a sentir curiosidad por todo, a desear tener experiencias. Tampoco encontré nada que objetarles cuando iban por las noches al Hogar Social, el centro juvenil patrocinado por la Iglesia Evangélica. Yo estaba convencida que entre aquellas personas, Christianne se hallaba en buenas manos. Por eso mismo, ni en mis peores pesadillas habría soñado que allí fumaban hachís. Por el contrario, después de ver a Christianne tan triste después de la partida de su hermana podía apreciar en ella a una adolescente muy alegre. Después de trabar amistad con Kessi se comenzó a reír de nuevo. Se ponían a hablar un montón de tonterías que ni yo podía impedir reírme. ¿Cómo podía haber adivinado que aquella alegría, esas risas tontas, era producto del hachís o de cualquier otra droga?

CHRISTIANNE.

Mi familia era la pandilla. Con ellos encontré la amistad, la ternura y aquellos sentimientos que se asemejan al amor. Sólo el pequeño beso de recepción me pareció un cuento fantástico. Cada uno le aportaba al otro una pequeña dosis de ternura y amistad. Mi padre jamás supo brindarme tanto afecto. Los problemas en la pandilla no existían. Jamás hablábamos de nuestros problemas. Nadie fastidiaba a los otros con sus problemas familiares o laborales. Cuando estábamos reunidos, toda la porquería del mundo exterior desaparecía. Hablábamos de música y de drogas; algunas veces de trapos y en otras nos referíamos a aquellas personas que eran tratadas a patadas por esta sociedad policial. Considerábamos ''correcto'' que cualquiera pudiese robar un auto, desvalijar un banco o un departamento.

Después de mi primer ''viaje'' me sentía una más entre los otros. Fue espectacular. Tuve mucha suerte. Para la mayoría de las personas, el primer ''viaje'' era desagradable y les provocaba pánico. Pero yo me sentí espectacular… Tuve la impresión de haber aprobado un examen. Y después ocurrieron algunas cosas dentro del grupo. Se empezó a sentir una sensación de vacío. La hierba y los ''viajes'' ya no nos estimulaban realmente. Estamos habituados a sus efectos y aquello ya no nos provocaba sensaciones especiales, era como permanecer en la normalidad. Nada especial…

Una tarde, un miembro de la pandilla llegó al Hogar y anunció: ''Camaradas, traigo conmigo algo que es totalmente nuevo; se llama Efedrina. Un asunto fabuloso. Me tomé dos comprimidos de Efedrina- era un estimulante- sin saber lo que estaba tragando. Tomé cerveza junto con los comprimidos porque era lo que estaban haciendo los demás. Tuve que hacer un esfuerzo. Me disgustaba mucho la cerveza porque sentía pánico al ver personas adictas a la cerveza. De repente, en el Hogar comenzó a circular todo tipo de comprimidos. Algún tiempo después comencé a ingerir los Mandrakes- un poderoso somnífero. Aquella vez, el mundo me pareció maravilloso y mis compañeros de pandilla, encantadores. Durante las semanas siguientes arrasamos con todas las farmacias.

En la escuela las cosas iban de mal en peor. Renuncié a realizar mis deberes escolares. Por las mañanas no estaba nunca lo suficientemente despejada- Pasé de curso. Me preparaba un poco en determinadas materias, como en Letras y en Instrucción Cívica cuando algún individuo lograba interesarme. Pero era justamente en aquellas materias que había aprobado en donde justamente encontraba las mayores dificultades: con los profesores como los compañeros de curso. La manera cómo nos trataban, - y las formas como se comportaban los muchachos entre ellos, me parecía abominable. Recuerdo como estallé ante un profesor que nos habló acerca del medio ambiente. La clase era absolutamente apática y no le interesó a nadie. No había que tomar apuntes ni nos daban lecciones para estudiar en casa. El bla bla bla del profesor me exasperaba y consideraba que no pasaba la materia que era la que realmente importaba. Fue por eso que en una ocasión exploté y vociferé:'' ¿Qué significa la protección del medio ambiente? Es la manera en que las personas deberían aprender a vivir armónicamente entre ellas. Es eso lo que deberíamos aprender en esta estúpida escuela: a interesarnos los unos por los otros. Pero, al contrario, cada cual intenta gritar más fuerte que su vecino, trata de ser más poderoso que el otro, y gasta la mayor parte de su tiempo haciendo fechorías para lograr una mejor calificación. Y los profesores deberían preocuparse de lo que ocurre a su alrededor y juzgar a sus alumnos en forma más equitativa''. Así eran las cosas en la escuela. Ocurría lo mismo con las otras clases. Había un profesor al que me gustaba verlo sentado -porque el sólo hecho de verlo de pie me irritaba- y desde mi asiento, lo insultaba.

La escuela me tenía realmente hastiada. No manteníamos ningún contacto entre los alumnos, no teníamos ninguna relación personal con los profesores. Y la unión entre los alumnos se anulaba porque tomábamos distintos cursos. El objetivo, una vez más, era liquidar al vecino. Nadie le tendía una mano al otro y cada cual velaba por lo suyo propio y basta. Los profesores aplastaban a los alumnos. Ellos sustentaban el poder. Eran ellos los que ponían las notas. Y a la inversa, si caían en manos de un profesor bonachón y que no sabía imponerse, eran los alumnos los que hacían gala de un poderío colectivo.

Yo estaba consciente de aquello pero eso no me impedía molestar en las clases cada vez que se me ocurría. Mis compañeros no entendían que yo lo hacía porque me daba cuenta que el profesor había dicho en ese momento una estupidez cualquiera. Sin embargo, tampoco se daban cuenta cuando yo intentaba hablar en serio, cuando decía que la escuela era una mierda….

En el fondo eso no me importaba mayormente porque mis intereses residían en ser reconocida por los muchachos de la pandilla. Y en la pandilla, toda esa mierda, la competencia, el stress, etc. no existían. Pero al mismo tiempo terminé por sentirme con frecuencia un poco aislada y participaba cada vez menos de las discusiones. De todos modos, siempre hablaban de lo mismo: de las drogas, de la música, el último ''viaje'' y después se sucedían algunas preguntas respecto del precio de la hierba, del LSD y de diversos comprimidos. Por lo general, me sentía tan deprimida, que no sentía ganas de hablar y sólo aspiraba a estar absolutamente sola en mi rincón.

En el ínter tanto descubrí un nuevo objetivo: la ''Sound''.Toda la ciudad estaba repleta de afiches que anunciaban: ''Sound, la discoteca más moderna de Europa''. Los muchachos de la pandilla iban con frecuencia pero no admitían menores de dieciséis años y yo recién había cumplido trece. Falsifiqué la fecha de mi nacimiento en el carné de identidad escolar pero igual sentía temor de que no me dejasen entrar. Yo sabía que en la ''Sound'' existía La Parva, (lugar de encuentro entre drogadictos y revendedores). Allí había de todo, desde hierba hasta heroína pasando por el Mandrake y el Valium.

Yo pensaba que ese sitio estaba repleto de tipos caperuzos. Un lugar fabuloso para una niña como yo que de Berlín sólo conocía sólo el trayecto entre Rudow y el sector de Gropius. Yo imaginaba la ''Sound'' como un verdadero palacio, deslumbrante por todos los ángulos, con efectos de luces enloquecedoras, y una música genial. Y los tipos más sensacionales estaban allí y que todo en ese sitio era igualmente fuera de serie…

Yo ya había programado muchas veces ir a ese sitio con los otros pero nunca me resultó. En una ocasión, Kessi y yo ideamos un plan de batalla preciso: le diría a mi madre que iba a dormir en la casa de Kessi el sábado por la noche y ella le contó el mismo cuento a la suya, es decir, que dormiría en mi casa. Nuestras madres cayeron en la trampa. Una amiga de Kessi llamada Peggy (era un poco mayor que yo) vendría con nosotras. Nos juntamos en su casa para esperar a su novio, Micha. Kessi, con aire de importancia me explicó que Micha se inyectaba heroína. Yo estaba fascinada, impaciente por conocerlo. Era la primera vez que iba a conocer a alguien que yo supiera en forma fehaciente que se inyectaba.

Micha llegó. Me impresionó muchísimo. Lo encontré más atractivo que a los chicos de mi pandilla. De repente, nuevamente me afloró el complejo de inferioridad. Micha nos trató con mucha condescendencia. Me consolé pensando que sólo tenía trece años y que ese Yunki (así les decían a los tipos que ingerían drogas duras) era un individuo extraño, y además mucho mayor que yo. Sin duda, me sentía muy inferior a él. Micha murió algunos meses más tarde.

Tomamos el Metro hasta la estación Kürfunstenstrasse. En esa época, eso significaba para mí un largo trayecto. Me sentía muy alejada de casa. El lugar tenía un aspecto deprimente. Estaba lleno de chicas con aspecto de vagabundas. No tuve duda alguna del los sitios en los que se desempeñaban….Vimos también a unos tipos que caminaban con un tranco muy lento. Peggy dijo que eran revendores. Si alguien me hubiese dicho que en un tiempo más caminaría ese trayecto hacia la horrible Kürfunstrasse´, y que lo haría a diario, habría pensado que estaba demente.

Nos fuimos a la ''Sound''. Cuando me encontré en el interior, casi me fui de espaldas. Nadie me contó ni imaginé nunca lo que vi. ''La discoteca más moderna de Europa'' era un subterráneo, con un techo muy bajo, sucia y ruidosa. La gente brincaba en la pista de baile y cada uno bailaba por su cuenta. Un grupo de imbéciles que no tenían ningún contacto entre ellos. El lugar olía mal y había olor a vino en el ambiente, en general. De vez en cuando, un ventilados, removía los efluvios…

Me senté en un banco y no me atrevía a moverme. Tenía la impresión de ser observada, que todo el mundo tenía la impresión que yo no tenía nada que hacer allí. Kessi entró apresuradamente al baño. Ella corría de derecha a izquierda en busca de un súper mino. Dijo que nunca había visto tantos minos juntos. Yo estaba como petrificada. Los otros andaban premunidos de alguna droga y tomaban cerveza. Yo no quise tomar nada. Pasé toda la noche delante de dos jugos de frutas. Si me hubiera escapado habría regresado a mi casa., pero no podía hacerlo. Mamá pensaba que yo dormía en la casa de Kessi. Esperé hasta las cinco, hora del cierre. Durante un instante deseé que mi madre se enterase de todo y que me viniera a buscar. Si de pronto hubiera podido verla a mi lado….Luego me dormí. Las otras me despertaron. Eran las cinco de la madrugada. Kessi dijo que regresaría con Peggy. Tenía un espantoso dolor de estómago. Nadie se preocupó de mí. Completamente sola, me encaminé a la Kürfurstentrasse para dirigirme a la estación del metro., a las cinco de la mañana. El metro estaba repleto de borrachos. Sentí deseos de vomitar.

Hacía mucho tiempo que no me sentía tan contenta de abrir la puerta del departamento y de ver salir a mi madre salir del cuarto para acostarse. Le dije que Kessi se había despertado muy temprano y que yo había regresado para poder dormir a pierna suelta hasta más tarde. Cogí a mis dos gatos y los llevé junto conmigo hasta mi cama y me acurruqué bajo los cobertores.''Christianne'', me dije a mi misma, ''esto no es para ti. Te equivocaste de camino''.

Me levanté al mediodía, todavía media atontada. Deseaba hablar con alguien acerca de lo que me había ocurrido. Entre los chicos de la pandilla, nadie me comprendería… Eso ya lo sabía. No podía conversar de aquello sino que con mi madre. No sabía cómo comenzar. Le dije: ''Escucha, mamá, ayer en la noche fuimos con Kessi a la ''Sound''. Mi madre me miró horrorizada. Le dije:''No es tan terrible. Es un centro nocturno enorme. También hay un cine''.

Por su lado, mi madre me dirigió uno de sus habituales reproches. Esperé que me hiciera preguntas. Pero mamá no me hizo ninguna.

Ella estaba estresada nuevamente porque ese domingo al mediodía tuvo que asear, cocinar y discutir con Klaus. No tenía ganas de trenzarse en una discusión conmigo. Quizás, ella tampoco quería enterarse realmente de lo que ocurría.

Yo no tenía valor para hablar. Por otra parte, yo no estaba totalmente consciente de tener deseos de hablar. En aquel entonces, no tenía conciencia de nada, vivía de acuerdo a mis estados de ánimo, jamás pensaba en el mañana ni hacía proyectos. ¿Qué proyectos podía tener? No hablábamos nunca del futuro.

Al fin de semana siguiente, Kessi vino a pasar la noche a mi casa, tal como habían convenido nuestras madres. La arrastré hasta mi casa. Estaba completamente volada. Yo también había tomado algo pero todavía no se me hundían los ojos. Kessi se plantó en la mitad de la calle y se extasió al contemplar que dos autos alcanzaron a frenar justo delante de ella. Me vi obligada a arrastrarla a la vereda para que no la aplastaran. La deposité luego en mi cuarto. Pero mi madre, por cierto, se puso en estado de alerta de inmediato.

Kessi y yo tuvimos la misma alucinación: mi madre estaba demasiado gorda para penetrar en la habitación. Y permanecía inmovilizada en el umbral de la puerta. Aquello nos provocó un ataque de risa que nos impedía parar de hacerlo. Veía a mi madre transformada en un dragón.- un robusto dragón bonachón- con un hueso en la cola a modo de decoración. Estábamos dobladas en dos de la risa y mi madre reía alegremente con nosotros... Debió pensar: ''Estas dos chicas están enfermas de la risa''.

De allí, todos los sábados iba a la ''Sound'' con Kessi. Al comienzo, yo simplemente la acompañaba porque de lo contrario no sabía qué hacer los sábados por la tarde. Y, poco a poco, me habitué a la ''Sound''. Se lo conté a mi madre quién estuvo de acuerdo siempre que regresara con el último viaje del metro.

Hasta allí todo iba bien hasta una tarde de un sábado veraniego del año 1975. Habíamos decidido pasar toda la noche en la ''Sound'' y - como de costumbre-, ambas mentimos al decir que la una se iba a alojar en la casa de la otra. Eso funcionó siempre bien porque ninguna de las dos teníamos teléfonos en nuestros domicilios. Por lo tanto, ninguna de ambas madres podía espiarnos. Nos fuimos al Hogar Social donde se consumieron diez botellas de vino y después hicieron una mezcla espantosa de drogas. Kessi engulló además algunas cápsulas de Efedrina y en cierto momento se largó a llorar. Yo ya conocía esa canción. La Efedrina, en algunas ocasiones, provoca crisis de remordimientos. Sin embargo, cuando noté que Kessi había desaparecido, me sentí desfallecer. Tenía una vaga idea en dónde la podría encontrar y me largué en dirección al Metro. Estaba bien. Dormía estirada encima de un banco. En el suelo había un cucurucho de papas fritas, que se habían deslizado por su mano caída. Antes de que lograse despertarla se detuvo un carro del metro y de allí descendió la madre de Kessi. Ella trabajaba en un sauna y entraba alrededor de las diez de la noche. Descubrió a su hija que estaba durmiendo supuestamente en mi casa. Le propinó un par de bofetadas: una a la derecha y la otra a la izquierda. Se escuchó cómo restallaban. Kessi se despertó con vómitos. Su madre la agarró de un brazo- la saco al más piro estilo policial- y se la llevó consigo.

Este par de bofetadas que se brindaron en la estación del Metro sirvieron para dos cosas. Si no hubiera sido por éstas, Kessi habría aterrizado antes que yo en los escenarios de las drogas duras como la Estación Zoo del Métro y en la práctica del prostitución infantil. Además, no habría estado en condiciones de aprobar el bachillerato.

A Kessi le prohibieron volverme a ver para siempre y de allí en adelante la encerraron en su casa todas las noches. Después de algún tiempo, volví a sentirme muy sola. La pandilla no me aportaba gran cosa. Continuaban reuniéndose en el Hogar Social por las noches pero yo no me podía imaginar los sábados por la noche sin la ''Sound''.Cada vez la encontraba más genial y admiraba a las personas que allí acudían. Ellos eran ahora mis ídolos. Ellos eran más perversos que los muchachos de la pandilla, que después de todo, no metían jamás sus narices fuera de la zona Gropius. Ahora estaba casi siempre parqueada. Kessi recibía cien marcos para su mesada y eso nos alcanzaba para comprar hierba y comprimidos. En lo sucesivo, debía encontrar la forma de obtener dinero por mi cuenta, porque lo necesitaba para ''volar''.

No tenía con quién ir a la Sound y empecé a partir hacia allí completamente sola. Al viernes siguiente del lío de las bofetadas, fui a la farmacia a comprar una caja de Efedrina- ese fármaco lo vendían sin receta. Ya no me bastaban dos comprimidos. Ahora necesitaba cuatro o cinco. Me detuve en el Hogar Social para mendigarle a alguien que me comprara una bebida semi-alcohólica y me largué hacia el Metro.Ya no pensaba más en Kessi y desde allí en adelante, no pensé en nadie más. Flotaba en un mundo extraño y fantástico. Me alegraba muchísimo cuando en cada estación íbamos recogiendo clientes para la ''Sound''. Se notaba de inmediato: presentación esmerada, cabellos largos, botas con tacones de diez centímetros. Aquellos eran mis ídolos, los ídolos de la ''Sound''. Nunca más tuve temor de dirigirme hasta allí.

En la escala de la ''Sound'' me tropecé con un chico. Me miró y murmuró algo. Lo encontré súper atrayente. Era alto, delgado, con cabellos largos y rubios y con un aspecto extraordinariamente calmo. Permanecimos en la escala para iniciar una conversación. Me sentía increíblemente bien. Nos entendíamos increíblemente bien, cada frase nos aproximaba, nos gustaba la misma música, hacíamos los mismos ''viajes''. Se llamaba Atze. Fue el primer chico que encontré realmente sensacional. Para mí, ese fue el primer flechazo y era la primera vez en mi vida que sentía un sentimiento tan importante por un hombre. Atze me presentó a sus amigos. Era una pandilla espectacular, realmente una maravilla. Partí de inmediato al baño. Ellos se quedaron conversando acerca de drogas y los nuevos métodos para ''aterrizar'' y diferentes maneras de realizar ''buenos viajes''. Yo sabía tanto como ellos aparentaban saber. También hablaron de heroína. Estuvieron de acuerdo en reconocer que era una porquería y que era preferible volarse los sesos que involucrarse con esa porquería. Entonces dije:'' las inyecciones de heroína son para los vulnerables.'' Después hablamos de trapos: cómo se podían angostar los jeans. También pude opinar acerca de ese asunto. Adelgazaba tanto que todas las semanas me tocaba estrechar mis pantalones. Los jeans ultra apretados pasaron a constituir una suerte de marca de fábrica para los clientes de la ''Sound''. Fue por eso que les pude contar algunos trucos: enangostar pantalones era el único trabajo manual que sabía realizar.

La pandilla me adoptó de inmediato sin que tuviera que hacer el menor esfuerzo por lograrlo. Y me sentía con tal confianza en mí misma, tal calmada, que ni yo misma lo podía creer.

Había otro chico en la pandilla al que encontré muy simpático. Se llamaba Detlev. Era muy diferente de Atze, muy dulce, con la cara muy tierna porque aún conservaba su rostro infantil. En la pandilla le decían '' el bañista''. Tenía 16 años. Yo hablaba en forma muy espontánea cuando conversaba con él. En aquella época el tenía una novia. Ella era una chica me caía podrida. Se llamaba Astrid. Tenía clase. Y cuando contaba una anécdota todos se doblaban en dos de la risa. Siempre decía lo preciso y lo conciso. Y yo la admiraba por ello. Había sólo un tipo del que había que desconfiar: Blacky. Podía ser muy hiriente si se lo proponía. En una ocasión le comenté que mientras ''viajaba'' en el Metro me había puesto a jugar con un bebé que parecía un verdadero ángel. Blacky de inmediato emitió un comentario retorcido.. Había que poner mucha atención en lo que se decía delante de él. Había otro muchacho que tampoco me gustaba mucho: era medio rastrero y no podía dejar de compararlo con Charly. No lo podía tolerar. Sin embargo, los chicos mencionados no constituían ni la mitad de esta nueva pandilla.

Estuvimos conversando toda la noche y de a momentos nos arrancábamos para ir a un fumar un pito. Cuando cerraban la ''Sound'' nos íbamos a pasear a la Kúrfurstenstrasse. Cuando regresaba en el Metro, me sentía inundada de bondad. Aterrizaba muy dulcemente, sentía una agradable sensación de cansancio, y por la primera vez en mi vida, sentí que estaba enamorada.

De allí en adelante, vivía para esperar los fines de semana.

Atze era tierno, lleno de atenciones. En nuestro tercer encuentro en la ''Sound'', el me besó y yo le devolví su beso. Eran besos muy castos. Yo no deseaba llegar más lejos Atze lo notó sin que fuera necesario hablar más sobre el asunto. Esa era la gran diferencia que existía entre los alcohólicos y los drogadictos La mayor parte de los drogadictos son muy sensibles ante los sentimientos ajenos, al menos, eso ocurría entre los miembros de mi nueva pandilla. Los alcohólicos, cuando atracaban, se arrojaban encima de las chicas. Lo único que deseaban era tener sexo. Nosotros no, nosotros teníamos ideas totalmente diferentes acerca de las cosas importantes.

Atze y yo éramos como hermano y hermana. El era mi hermano mayor. Caminábamos siempre juntos y andábamos del brazo. Eso me daba la impresión de estar protegida. Atze tenía dieciséis años, era aprendiz de vidriería y detestaba su oficio. El tenía ideas muy precisas acerca de cómo debía ser una chica excepcional. Para complacerlo, cambié de peinado y en una tienda usada me compré un abrigo (el tenía un sobretodo). Un abrigo maxi con una rajadura en la parte trasera.

Ya no me podía imaginar la vida sin Atze.

Dejé de regresar a casa cuando cerraban la ''Sound'' porque me quedaba con los amigos de la pandilla. Volábamos o aterrizábamos juntos y paseábamos durante la mañana del domingo por la ciudad. Íbamos a exposiciones, al zoológico, o caminábamos por la Kúrfurstenstrasse. En ocasiones, permanecíamos juntos durante todo el domingo. Le conté a mi madre lo que había ocurrido con Kessi, pero me inventé un par de compañeras que supuestamente me alojaban en las noches durante los fines de semana. Tenía una desbordante imaginación para relatarle a mi madre cómo y con quienes compartía los wikenes…Durante la semana me reunía siempre con la antigua pandilla en el Hogar Social. Pero los sentía un poco distanciados, con un aire misterioso. A veces, les hablaba de mis aventuras en la ''Sound''. Yo creía que ellos me admiraban. Había hecho mayores progresos que ellos. Había avanzado un poco más allá en la aproximación al infierno, pero aún no estaba consciente de ello.Y desgraciadamente, varios de mis compañeros del Hogar me siguieron los pasos.

En la ''Sound'' había todo tipo de drogas. Yo consumía de todo menos heroína: Valium, Efedrina, Mandrake. También probaba un montón de mezclas y por lo menos dos veces a la semana, me compraba algo que me permitiera ''viajar''. Engullíamos estimulantes y barbitúricos por puñados. Todo esto liberaba un combate descarnado dentro de nuestros organismos y por ello era que nos provocaban unas sensaciones tremendas…Uno podía escoger el estado anímico que deseaba disfrutar: bastaba con tomar unos tranquilizantes o estimulantes demás, según fuera el caso. Si yo deseaba estar de ánimo festivo en la ''Sound'', y con ganas de bailar, me inclinaba por la Efedrina. Si prefería estar sentada tranquilamente en mi rincón o ver un film en el cine de la ''Sound'' tragaba Mandrakes y Valiums... Al cabo de algunas semanas flotaba en las nubes a causa de mi buen humor. Justo hasta un espantoso domingo. Al llegar a la ''Sound'', me encontré en una escalera con Uwe, un chico de la pandilla. El me dijo:'' ¿Sabías que Atze abandonó su trabajo?'' Silencio, y agregó: ''Ahora viene aquí todas las noches''. Noté que Uwe tenía una voz extraña e intuí de inmediato: debe tener otra chica…

Luego pregunté: ''¿Qué es lo que pasa?''

Uwe me respondió:''Tiene una pareja: Moni''

¡Qué impacto! Me quedaba una esperanza: podía ser una falsedad, Bajé a la discoteca. Atze estaba allí totalmente solo. Nada había cambiado, me abrazó y después guardó mis cosas en su casillero. En la ''Sound'', las provisiones se guardaban siempre en un casillero, o de lo contrario, a una la desvalijaban.

Más tarde llegó Moni. Yo jamás le había visto puesto atención antes. Se sentó en forma muy natural junto a nosotros. Ella era parte de la pandilla. Me distancié un poco y me dediqué a observarla.

Era muy diferente de mí, bajita, regordeta, siempre sonriente. Ella era muy maternal con Atze. Yo me repetía:'' No es cierto. No es posible. El no me quiere dejar por esta gorda idiota.'' Tuve que hacer un gran esfuerzo por reconocer que ella tenía un rostro muy lindo y bellos cabellos rubios, muy largos. Yo me decía: ''podría ser que el necesite una chica como: maternal y siempre de buen humor.'' Poco a poco me empezó a invadir otra sospecha:'' Atze necesita una chica que acepte acostarse con él. Esa Moni es de ese tipo.''

Yo estaba perfectamente lúcida. Por otra parte, esa noche no tomé nada. Cuando ya no pude soportar más el verlos juntos, me fui a desquitar sobre la pista de baile. A mi regreso, ya habían desaparecido. Los busqué como una loca por todas partes. Los encontré en el cine. Estrechamente abrazados.

Me uní a los demás sin saber mucho lo que hacía. Todos comprendieron lo que me ocurría. Detlev pasó su brazo alrededor de mis hombros. No quería llorar. Siempre pensé que era tremendamente ridículo llorar enfrente de la pandilla ¿porqué ridículo? No lo sé. Pero cuando sentí que ya no podía contener las lágrimas, me precipité hacia fuera. Atravesé la calle y me oculté en un parque que estaba enfrente de la ''Sound''. Lloré como mala de la cabeza.

De repente, noté que Detlev estaba a mi lado. Me pasó un pañuelo de papel y también otro, después. Estaba demasiado preocupada por mi dolor para notar su presencia. Sólo mucho más tarde me pude dar cuenta lo gentil que había sido al ir en mi búsqueda…

No quería volver a mirar a Atze. No habría podido soportar mirarlo a los ojos mientras lloraba delante de todo el mundo por su culpa. Pero Detlev me llevó de regreso a la ''Sound''. De todos modos, era bueno que regresara a la ''Sound'' porque Atze tenía la llave del casillero en donde había guardado mis cosas. Decidí ir entonces al cine para pedirle la llave. Pero no tenía el valor para quedarme allí después de recuperar mis cosas. Detlev no me abandonó en ningún momento.

Pasaron casi dos horas. Había perdido el último tren. Plantada delante de la ''Sound'', no sabía hacia dónde dirigirme. Tenía unas enormes ganas de evadirme. Lo necesitaba. Pero no tenía un cobre. En eso pasó un muchacho de mi pandilla del Hogar Social: Pantera. Yo sabía que el vendía LSD y que siempre tenía mercadería de la mejor calidad. Le pedí que me diera la cantidad necesaria para pegarme un ''viaje''. El me pasó un cristal - de calidad ''extra''- sin preguntarme el porqué tenía una necesidad tan absoluta de realizar un viaje a semejante hora.

Después decidí bajar a bailar. Bailé durante casi una hora y me moví como una loca. Pero no lograba emprender vuelo. Pantera debió de haberme tomado el pelo. Afortunadamente, habían varios compañeros del Hogar Social esa noche en la ''Sound''. Quería ver a Piet para contarle lo que me había ocurrido esa noche con Atze. Pero Piet también andaba volado con LSD y su mente estaba en otra esfera. Se contentó con decirme: ''Olvídalo, mocosa'' ''No era para ti'' y otras frases por el estilo.

Me comí un flan de vainilla mientras me repetía a mí misma: ''Al final, uno siempre está sola. La vida es una porquería''. Me apresuré para ir a buscar mi vaso y recuperar la contraseña- en la ''·Sound toda la vajilla tenía una contraseña porque se la robaban- y de repente sentí una iluminación. Fue como un relámpago: me sentí deslumbrada por la animación y la agitación fenomenal del ambiente. Me levanté y me puse a bailar hasta la hora del cierre.

Afuera me reencontré con los muchachos de la pandilla y también estaban Atze y Moni. No me importó en lo más mínimo. Atze se llevó a Moni a su casa. Nosotros nos dirigimos hacia el Zoológico. Alguien sugirió que podíamos ''aterrizar'' en una pista de patinaje del Europacenter. La noche estaba tibia., había llovido y el hielo estaba cubierto de agua. Me deslicé en aquella agua imaginando que caminaba sobre el mar. Escuché un brusco ruido de vidrios quebrados: los muchachos habían irrumpido en la jaula de vidrio del cajero... Uno de ellos atravesó el vidrio partido, abrió un cajón y nos arrojó un cartucho con monedas. Antes de percatarnos bien de lo que estaba ocurriendo, todo el mundo se echó a correr. Incómoda, con mis tacones altos, caí cuán larga sobre el hielo. Estaba empapada. Detlev me esperaba y me cogió de la mano.

Cuando llegamos al Café Kranzler, procedimos a repartirnos el botín. A cada uno le correspondió su parte. Eso le encontré genial. Todos estaban locos de alegría. A causa del dinero que robamos a los guardias privados que vigilaban el Europacenter, nos tuvieron el ojo puesto durante un buen tiempo... No se repartió el cartucho con las monedas sino que se abrió y se lanzaron las monedas al aire. Las monedas llovían delante de Café Kranzler. El suelo también quedó cubierto con éstas.

Nos fuimos a la estación del Zoo donde ya había abierto un bar. Aquello me produjo una pésima impresión. Era la primera vez que ponía mis pies en la Estación Zoo. Era repugnante, llena de pequeñines, sucios y muy pobres que estaban revolcados en vómito, borrachos, en todos los rincones. Por cierto que no me imaginé nunca que a partir de entonces y durante muchos meses, yo iba a pasar todas las tardes rodeada por aquel entorno.

Alrededor de la seis, decidí regresar a casa. Una vez en mi cama estuve a punto de sufrir un freak-out (un mal ''aterrizaje ''producto de la drogadicción) por primera vez en mi vida. Yo había colgado un poster en el muro en el muro que representaba a una negra que estaba fumando un pito. En un rincón de la imagen, abajo, había una pequeña mancha azul. Al ver cómo esta se metamorfoseaba en una máscara que hacía gestos para luego transformarse en una verdadera cabeza de Frankenstein. Sentí pavor. Resolví, y justo a tiempo, concentrar mi espíritu en otra cosa.

Me desperté al mediodía, muy tensa, insensible, como muerta. Todo lo que se me ocurrió pensar fue:'' Te va a tocar andar coja porque tu primer noviecito te abandonó muy pronto''. Me miré en el espejo. Me odiaba a mí misma. Hasta el día anterior había considerado que mi rostro era estupendo, misterioso, precisamente tenía el aspecto de una chica audaz, que se sabe manejar. Aquel día tenía un aspecto absolutamente siniestro, las ojeras negras bajo mis ojos parecían estar recubierto de gasas. Estaba lívida.

Me dije:''Christianne, la ''Sound'' se acabó. No puedes seguir aparentando ante Atze y su pandilla''. Durante los días siguientes, me esforcé por matar en mí todo sentimiento por los otros. No tomé más comprimidos ni probé el LSD. Me fumaba un pito de tras del otro y durante todo el día tomaba té mezclado con hachís. Al cabo de algunos días me volví a sentir estupendamente. Me propuse no amar a nadie excepto a mí misma. Pensaba que de allí en adelante sería la dueña de mis sentimientos. No quería regresar nunca más a la ''Sound''.

La noche del sábado siguiente viví la noche más larga de mi existencia. Me quedé en casa por primera vez, después de mucho tiempo. Era incapaz de ver televisión y tampoco podía dormir. No tenía drogas para ''viajar'', me rendí ante la evidencia de que no podía vivir sin la ''Sound'' y mis amigos. Sin ellos, la vida me parecía totalmente vacía.

Después que decidí regresar a la ''Sound'' me sorprendí esperando con impaciencia el fin de semana. Interiormente, me estaba preparando para regresar a la ''Sound''. Ensayé diferentes peinados para decidir finalmente no peinarme en forma sofisticada. Consideré que de esa manera tendría un aspecto más misterioso.

El viernes opté por tomarme unos Valiums con un poco de cerveza. Antes de ir a la ''Sound'' me tragué un Mandrake. Así, no tendría miedo de Atze ni de sus compañeros. Estaba apenas consciente. Me puse un gran sombrero de tela de jean, me senté en una mesa, coloqué mi cabeza debajo y dormí casi toda la noche.

Cuando desperté, Detlev había retirado mi sombrero de mi rostro y me acarició los cabellos. Me preguntó qué me ocurría. Le respondí: ''Nada''. Me mostré muy distante, pero lo encontré extraordinariamente amable por ocuparse de mí de esa manera.

Para el wikén siguiente estuvimos casi todo el tiempo juntos. Ahora tenía una nueva razón para ir a la ''Sound'': Detlev.

No fue un flechazo como con Atze. Al comienzo estábamos juntos mientras permanecíamos en la ''Sound''. Conversábamos como locos. Me llevaba muy bien con Detlev pero todo era muy diferente a lo que había conocido a través de Atze. Ninguno era superior al otro ni intentaba imponer su propio punto de vista. Con Detlev yo podía hablar de todo, sin pensar que el explotaba mis puntos débiles. Por otra parte, lo encontré muy simpático desde nuestro primer encuentro. Claro que no era un tipo fuerte como Atze pera era muy tierno, transparente. Así fue cómo me comencé a dar cuenta, poco a poco, que mi amistad con Detlev me aportaba mucho más que mi relación con Atze. Aunque yo estaba a la defensiva- yo nunca más iba a depender de un muchacho- cada semana empecé a quererlo más y más. Y un día me vi obligada a reconocer que estaba enamorada de Detlev. Por siempre y para siempre.

Me transformé en una chica calmada. Eso tenía que ver con el hecho de que casi no tomaba estimulantes aunque de vez en cuando me tomaba unos tranquilizantes. Perdí toda mi vivacidad. Dejé de bailar. Sólo lograba agitarme un poco cuando no podía encontrar un poco de Valium.

Supongo que fui más agradable en la convivencia con mi madre y su pareja. No contestaba, no peleaba, no me oponía a nadie. Había renunciado a cambiar mi comportamiento en casa. Y constaté que eso simplificaba la situación.

Para la Navidad de 1975- tenía trece años y medio- yo pensaba que gracias a mi resignación ahora tendría derecho a renovar las relaciones con mi madre (aparentemente congeladas) para que ella pudiese tener acceso a una parte de la verdad. Le expliqué, entonces, que ya no iba a dormir siempre a la casa de Kessi, que había optado por pasar las noches en la ''Sound'' durante los últimos fines de semana cuando no alcanzaba a coger el último tren del metro. Naturalmente, su reacción fue violenta y me regañó. Le dije que resultaba mejor pasar de vez en cuando una noche en una discoteca y regresar sabiamente a casa después, que aquello era mucho mejor que lanzarme a la vida como tantas otras chicas del sector Gropius. Le dije que era mejor que ella estuviera al corriente y supiese dónde me encontraba a que yo me viera forzada a contarle mentiras. Ella se tragó todo ese cuento. En honor a la verdad, yo no tenía muchos deseos de poner a mi madre al corriente de lo que ocurría en mi vida. Pero aquello de estar contando mentiras en forma permanente me tenía con los nervios de punta. Por otra parte, cada vez me resultaba más difícil inventar historias que resultaran convincentes. Precisamente, esa fue una de las razones de ''mi confesión''.- no encontraba ningún pretexto para irme la noche de Navidad y del Año Nuevo a la ''Sound''. Mi madre me permitió salir todas las tardes durante el período de las fiestas. Yo misma estaba estupefacta. Es cierto que yo no conté cómo era realmente la ''Sound'': un sitio correcto donde una adolescente no arriesgaba- absolutamente nada-, y, por otra parte, todos mis amigos tenían permiso para ir allí. Además, le di a entender que ella debía darme un día de asueto a la semana y así yo podía vivir en paz en mi hogar.

En el ínter tanto, en la ''Sound'', todo cambió. La heroína había causado estragos en forma violenta. En nuestra pandilla no se hablaba al respecto... En el fondo, todo el mundo estaba en contra ya que se habían visto suficientes personas demolidas por la heroína. Eso no impidió que algunos tarados la probaran una y otra vez. Y la mayoría, después de la primera inyección, quedaban enganchados. La heroína destruyó nuestra pandilla. Los que se inyectaban pasaron a formar parte de otro grupo.

La heroína me inspiraba un santo temor. Cuando me sentía tentada por probarla me recordaba a mi misma que tenía trece años. Pero nuevamente comencé a sentir consideración por aquellos que se inyectaban. Ellos pasaron a constituirse en modelos de tipos más valientes, más audaces. Estos eran los yunkis y comenzaron a mirarnos con gran menosprecio. Para ellos, el hachís era droga para bebés. Me deprimía pensar que yo nunca pasaría a formar parte de ellos, que las drogas duras que ingerían no eran para mí. No había ninguna posibilidad de promoción porque esa droga me repugnaba profundamente: era como llegar al fondo del abismo. Lo que hizo que desistiera de la pandilla sin mayor objeción fue que contaba con Detlev. Los otros no contaban para nada porque la relación entre Detlev y yo cada vez funcionaba mejor. Un domingo, a comienzos de 1976, lo llevé a casa. Sabía que mi madre y su pareja se encontrarían ausentes. Cociné para Detlev y le preparé un verdadero banquete. Nos sentamos en la mesa y almorzamos, como le correspondía a una pareja de veras. Lo pasamos realmente estupendo.

Después de aquella ocasión, no dejé de pensar en Detlev toda la semana. Esperé con impaciencia el día viernes y el momento de reencontrarlo en la ''Sound''. Llegué súper contenta y sin haber consumido ninguna droga antes. Detlev estaba emparejado con una chica que tenía aspecto de náufrago. Me senté al lado de ellos pero Detlev apenas me miraba. Estaba bastante ausente. En un momento pensé que me volvería a pasar lo mismo que con Atze. Pero ese idiota no me iba a plantar por esa morcilla viciosa…

Por de pronto, no se hablaban entre ellos y sólo intercambiaban una que otra frase incoherente. Lo único que comprendí es que hablaban de heroína. Y de súbito caí en la cuenta. Detlev le estaba pidiendo heroína o ella le estaba solicitando que le consiguiera una dosis a ella. Algo así. Sentí un pánico espantoso. Y aullé literalmente:'' ¡Muñeco de mierda! ¡Estás totalmente trastornado! ¡Tienes dieciséis años y sin embargo ya te quieres inyectar! ''

El no tenía deseos de escuchar. Yo proseguí:'' ¡Mándate tres viajes de una vez! Yo te los conseguiré, pero no te metas en líos, te lo imploro.'' Le supliqué suave y dulcemente. El reaccionó peor aún, con gran indiferencia. Y fue entonces que cometí un error garrafal- ahora que lo recuerdo bien. Estaba tan aterrada que volví a gritarle: ''¡Si te inyectar se acabó todo entre nosotros! Tienes el campo libre. No quiero verte más''. Después me levanté y me fui a bailar. Me moví como una idiota. No debí hacer ese espectáculo. Debí esperar a reencontrarme con él y hablar calmadamente. Yo ejercía influencia sobre él. Y sobretodo, no debí dejarlo sólo, ni un segundo, porque el ya estaba volado…

Dos horas después, alguien me dijo que Detlev y Bernd, su mejor amigo, se habían inyectado una pequeña dosis. Primero habían inhalado y después se inyectaron.

Volví a ver a Detlev en el transcurso de la noche. El me sonrió, - una sonrisa que parecía desde muy lejos. Tenía un aspecto muy alegre… Tampoco intentó acercárseme. Y yo no quería estar junto a él. Fue peor que aquella noche en que perdí a Atze. Detlev se fue. Partió a un mundo que no era el mío. De un plumazo, a causa de una inyección, ya no existía nada en común entre nosotros.

Yo continué frecuentando la ''Sound''. Detlev encontró pronto una nueva pareja. Se llamaba Angie. Era horrible y despojada de sentimientos. Pude constatar que entre ellos no existía contacto alguno. Jamás vi. a Detlev hablarle. Pero ella se inyectaba. Detlev iba a verme de vez en cuando pero se comportaba como un extraño. Por lo general aparecía cuando necesitaba cinco o seis marcos para inyectarse. Cuando tenía dinero se lo daba.

Los domingos por la mañana eran siniestros. Me arrastraba hacia el metro pensando:''Todo esto es una buena mierda''. Ya no supe quién era yo. No sabía porqué iba a la ''Sound'', porqué me drogaba, porqué debería intentar hacer otra cosa- no sabía absolutamente nada de nada, en que mundo vivía-… El hachís no me aportaba gran cosa. Cuando aterrizaba me encontraba en un aislamiento total, incapaz de hablarle a nadie de lo que me sucedía. Pero como ya no tenía a Detlev a mi lado de vez en cuando, comencé a acercarme más a los otros. Y cada vez consumía mayor cantidad de comprimidos.

Un sábado en el cual me encontré con dinero en el bolsillo llegué más lejos. Como estaba completamente bajoneada, me tomé tres Captagon, dos Efedrinas, algunos comprimidos de ''coofies'' (de cafeína) y los mezclé con una buena cantidad de cerveza. Como no me surtieron el efecto deseado, pesqué un Mandrake y una buena dosis de Valium y me los zampé. Todavía no sé cómo regresé a casa esa noche. En todo caso, me resbalé en alguna parte en un vagón del metro camino a casa. Vi unos peldaños delante de una tienda, me arrastré hacia allí, estaba extenuada. Al cabo de un rato, logré levantarme apoyándome en todo lo que pillé. De un farol a un árbol, de un árbol, al próximo farol, y así sucesivamente. El trayecto me parecía interminable. Pero era necesario hacerlo, hasta que pudiese caminar con más seguridad. De lo contrario moriría allí, en la calle. Lo peor era ese dolor en el pecho. Tenía la impresión de que alguien me había perforado. Era como si me hubiera hecho pedazos el corazón.

A la mañana siguiente, era lunes, vino mi madre a despertarme... Y en la tarde, cuando regresó de su trabajo, yo todavía estaba allí, inmóvil. Me hizo tragar numerosas cucharadas de miel Sólo después del martes, al mediodía, fui capaz de levantarme. Le conté a mi madre que estaba con gripe y bajo un fuerte estado emocional... Efectivamente, eso se me ocurrió de repente. Le expliqué que varias compañeras de curso estaban con ese bajón, que aquello era producto de la pubertad y del cambio de etapa de niña a adolescente. Evité a toda costa que llamase a un médico porque temía que se enterase de lo que ocurría realmente. Ella parecía estar siempre satisfecha cuando yo le proporcionaba informaciones de mi estado anímico. Mi bolso estaba repleto de pastillas. No tomé ninguna hasta el sábado siguiente. Me sentía muy mal.

El domingo, cuando fui a la ''Sound'', decidí regalarme un ''viaje''. Fue horroroso. Por primera vez sufrí un freak-out total. La máscara de Frankenstein que aparecía sobre la mancha azul en la parte baja del póster, comenzó a gesticular nuevamente. Después tuve la impresión que se chupaba mi sangre. Eso duró dos horas. No podía caminar, no podía hablar. Escuchaba sin entender en la sala de cine de la ''Sound'' y pasé cinco horas en la butaca con la sensación que se estaban chupando mi sangre.

No me quedó más alternativa que acabar con los comprimidos y con el LSD. Hacía tiempo que no fumaba ''hachís''. Sólo ingería uno que otro Valium y no probé absolutamente nada después durante un período de tres semanas. Fue un período macabro.

Nos cambiamos de casa, en la calle Kreuzberg, muy cerca del muro. El sector era feo pero los arriendos eran más bajos. Entonces tardaba media hora en el metro para llegar a mi escuela que estaba en Gropius. La ventaja era que estaba cerca de la ''Sound''. La ''Sound'' sin droga era una porquería. No pasaba absolutamente nada. Al cabo de unos días ví que por todas partes habían unos afiches absolutamente fuera de serie. Decían: ''David Bowie viene a Berlín''. ¡No podía creerlo! David Bowie era nuestro súper ídolo, el mejor cantante de todos, su música era lo máximo. Todos los chicos querían imitarlo. Y ahora, David Bowie venía a Berlín. Mi madre me dijo que en su oficina se había conseguido dos localidades gratuitas para el concierto. Curiosamente, de inmediato supe a quién le iba a regalar la otra entrada. A Frank. ¿Porqué a él? No me lo cuestioné. Frank pertenecía a la antigua pandilla de la ''Sound'' y era idéntico a David Bowie. Tenía el cabello rojo teñido con Henna igual que el cantante. Quizás fue por eso que lo escogí.

Frank había sido el primero de la pandilla en inyectarse. El primero que cayó en la dependencia física. Anteriormente le habíamos puesto el sobrenombre de ''Pavo frío''. Después todo el mundo le decía Macabeo, porque tenía el aspecto de un cadáver ambulante. Tenía dieciséis años, como la mayoría de los chicos de la pandilla... Pero era extraordinariamente perspicaz para su edad. Estaba por encima de todos y a pesar de ello, nunca adquirió aires de superioridad., ni menos ante una pequeña fumadora como yo. Escogí precisamente a un vicioso, a un drogadicto hasta los huesos, para que acompañara al concierto de David Bowie, a la noche que yo consideraba iba a ser la más importante de mi vida. En honor a la verdad yo no había tomado conciencia de lo importante que era todo este asunto hasta que se lo propuse espontáneamente a Frank. En aquel entonces mis actos eran producto de mi subconsciente. Estaba cambiando de actitud respecto de la heroína en el transcurso de aquellas semanas en que me asumí que ya no interesaban ya los comprimidos, ni el hachís ni el LSD… En todo caso, las barreras infranqueables que me aislaban de los viciosos comenzaron aparentemente a derrumbarse.

El día del concierto quedamos de encontrarnos con Frank en la Hermannplatz. Nunca había advertido lo muy delgado y alto que era. Me explicó que no pesaba más de sesenta y tres kilos. Venía del Servicio de Transfusión Sanguínea. Frank adquiría parte de su mercancía vendiendo su sangre. Y allí se la aceptaban a pesar de su aspecto cadavérico y de sus brazos repletos de pinchazos. Además, los viciosos solían padecer de hepatitis.

En el metro me recordé que había olvidado tomarme un Valium . Y se lo dije a Frank. Ya me había tomados algunos ya para sentirme bien pero no como para ''viajar'' al escuchar a David Bowie, y quería tener algunos más en caso de… De pronto, Frank no pensaba más que en ese Valium. Quería que regresáramos a mi casa por ellos. Le pregunté que porqué insistía en el asunto, El se conformó respondiendo que debíamos regresar a casa. Lo miré con mayor atención y me caí e la cuenta: sus manos estaban temblando, estaba con el síntoma de ''cold turkey''. Turkey es una palabra inglesa que significa ''pavo''. Cuando un pavo se pone nervioso se pone a batir sus alas. Entre nosotros usábamos ese vocablo a menudo para nombrar aquellas manifestaciones que se presentaban por carencia de droga, muy corriente entre los adictos. El efecto que provocaba la carencia de la inyección de heroína era macabro.

Le advertí a Frank que llegaríamos retrasados al concierto. Me dijo entonces que no había traído drogas ni dinero. A causa del concierto, no había podido comprar absolutamente nada, dijo que era un crimen ir a un concierto de David Bowie y no tener un solo Valium. Yo había visto a menudo personas con síndrome de abstinencia sin saber realmente de qué se trataba ese asunto.

En la Deutchlandhalle, en el lugar que se iba a realizar el concierto, el ambiente era espectacular. El público, fantástico, y sólo había fans alrededor nuestro. Unos soldados norteamericanos fumaban una pipa con hachís. No nos quedó más que conformarnos con mirarlos para ver si después la compartían con nosotros.

Frank estaba tirado en el piso como un pavo. Y cada vez se ponía peor.

David Bowie comenzó. Era espectacular. Mucho mejor de lo que yo imaginaba. ¡Sensacional! Pero cuando se escucharon los primeros compases de ''It is too late'', me deprimí. De repente descubrí que estaba arranada en el asiento como una idiota. Durante aquellas últimas semanas en las que no sabía que sentía ni porqué sentía, esa canción me tocó hasta la médula. Descubrí que la letra relataba una situación idéntica a la mía. En ese momento me habría venido de perillas un Valium.

Al finalizar el concierto, Frank apenas se sostenía de pie. Estaba completamente en completo ataque de abstinencia. Nos encontramos con Bernd, el amigo de Detlev. Dijo que había que hacer para ayudar a Frank. Se había inyectado una dosis antes del concierto pero que podía aguantarse otra.

Bernd trajo consigo dos dosis de LSD. Las vendió rápidamente a la entrada de la Deutchschlandhalle. Eso nos proporcionó algún dinero pero no nos alcanzaba. Para conseguir el resto había que sablear a los transeúntes. Yo era una maestra en la materia. Así era como recolectaba casi todo el dinero que necesitaba para drogarme en la ''Sound''.Delante de la Deutchschlandhalle eso marchó sobre ruedas. Entre las personas que salían del concierto, estaba lleno de esos que tienen mucho dinero y a los que no les sorprendía ser sableados por los drogadictos. Utilicé mi estrategia habitual:'' No tengo dinero para el metro…'' y las monedas tintineaban cada vez más dentro de mi bolso de plástico. Había que hacer un esfuerzo extra para poder comprar dos inyecciones de heroína. En esa época la mercadería buena aún era de buena calidad.

Bernd fue a comprarlas y de repente se me ocurrió algo: eres tú la que te conseguiste el dinero. Al menos, deberías probarla. Deberías comprobar si ese cuento es realmente tan espectacular. Si los que se la inyectan lucen tan felices después de aplicársela…No pensaba nada más allá de eso. Todavía no me había percatado que en aquellos últimos meses me había estado preparando sistemáticamente para pasar a la heroína. Tampoco me había dado cuenta de que estaba bajo una fuerte depresión, que ese ''It ¨s too late'' me había trastornado, y que las otras drogas no eran más que auxiliares. Aquel era el resultado lógico de mi historia del vicio... Yo me decía solamente que rogaba para que Bernd y Frank no se largaran y me dejaran sola en mi desesperación. Entonces les dije a los muchachos que quería, que deseaba intentarlo. Frank ya no tenía fuerzas para hablar pero empezó a sentir una rabia negra. Me dijo: ''No vas a hacerlo. No tienes la menor idea de cómo es este asunto. Si lo haces, te vas encontrar en un vacío desesperante como en el que me encuentro yo. Te vas a convertir en un cadáver.'' El sabía perfectamente que lo apodaban Macabeo.

Yo no fui, por lo tanto, la pobre niñita pervertida por unos drogadictos perversos. o por un desalmado revendedor. Ese era el tipo de historias que se leían en los diarios, pero no conocí ningún caso como ese, eso de ser ''drogadicto a la fuerza''. La mayoría de los muchachos acababan en la heroína cuando estaban maduros para hacerlo. Y yo ya estaba preparada. La rabia balbuceante de Frank sólo logró reforzar mi decisión. El estaba con crisis de abstinencia. Más que un tipo fantástico y superior ahora se había transformado en una pobre criatura que me necesitaba, y yo no lo iba a aceptar que me diera órdenes así como así. Le respondí: ''Entonces esa mercadería es mía porque al final de cuentas yo fui la que recolectó el dinero. Así que déjate de hablar estupideces. Yo no me voy a convertir en lo que tú eres. Yo me sé controlar. Quiero probar, quiero saber cómo es y después no tocarla nunca más''.

Entonces ignoraba hasta qué punto la crisis de abstención podía debilitar a una persona. Frank parecía estar muy impresionado con mi discurso y no abrió la boca. Bernd masculló algo pero no lo escuché. Les dije claramente que si ellos no querían dejarme probar, tenían que darme mi ración de todas maneras. Nos fuimos a esconder en el vestíbulo de un edificio. Y Bernd dividió la heroína en tres partes iguales. Yo estaba terriblemente ansiosa. Sin pensarlo mucho y sin mala intención, me obsesionaba una sola cosa: probarlo y reventarme de una vez por todas; hacía mucho tiempo que no tenía una sensación similar. Pero temía inyectarme. Les dije a los muchachos; ''No me voy a inyectar. Voy a inhalar.'' Bernd me explicó cómo lo debía hacer, pero no valió la pena. A fuerza de oír tanto acerca de la heroína ya sabía de memoria cómo hacerlo.

Cogí mi dosis y la consumí. Era amarga y desagradable; al principio, eso fue todo lo que experimenté. Reprimí mis deseos de vomitar y escupí parte del polvo. Después me hizo efecto y muy rápido. Tenía las piernas y los brazos muy pesados, pesados, pesados y después los sentí muy ligeros. Estaba horriblemente cansada pero me sentía de maravillas. Todos mis problemas desaparecieron de un solo viaje. Más que con ''Its too late''. Jamás me había sentido tan a mis anchas. Eso ocurrió el 18 de Abril de 1976, un mes antes de cumplir los catorce años. Jamás olvidaré esa fecha.

Frank y Bernd se fueron a inyectar al coche de un toxicómano. Quedé de reunirme con ellos en la ''Sound''. Ya no me importaba en lo absoluto estar sola. Al contrario, encontré que era una sensación maravillosa. Me sentía muy fuerte. En la ''Sound'' me senté en una banqueta. Astrid, mi mejor amiga de esa época, llegó, me miró y gritó: ''Dime la verdad. ¿Consumiste heroína?

¡Qué pregunta tan idiota! Entonces exploté: ''Fuera de aquí'' ¡Apresúrate en salir de este lugar''! Yo no comprendía porqué actuaba de esa manera…

Frank y Bernd llegaron. Frank había vuelto ser el tipo sensacional de antes. Detlev no estaba allí. Tenía sed y fui a buscar un jugo de frutas. No bebí más que eso en toda la noche. En aquellos momentos, el alcohol me disgustaba profundamente.

Como a las cinco de la mañana, Bernd propuso que fuéramos a su casa.Y fuimos. Me colgué alegremente del brazo de Frank. El jugo de frutas se me empezó a revolver en el estómago. Sentí náuseas. Vomité en el camino y me dio exactamente lo mismo ¿Los otros? Tampoco parecieron notarlo

Tenía la impresión de haber descubierto una nueva familia en la que había refinamiento y elegancia. Yo no hablé mucho pero tenía la impresión de que podía confiar en decir cualquier cosa delante de esos muchachos. La heroína nos convirtió en hermanos. Estábamos a parejas. Podía revelarles mis más secretos pensamiento. Después de esas semana de desamparo tuve la impresión de no haber sido nunca tan feliz.

Dormí con Bernd, en su cama. El no me tocó. Nosotros éramos hermanos y también estábamos hermanados en la heroína. Frank se acostó en el piso y apoyó la cabeza en el sofá. Permaneció allí hasta las dos y media de la tarde. Después se levantó porque de nuevo estaba con crisis de abstinencia y tenía que inyectarse.

Yo comencé a sentir una comezón en todo el cuerpo. Me había acostado desnuda y me rascaba con el cepillo para el cabello. Me rasqué hasta sangrar, en especial, en los tobillos. No estaba sorprendida porque sabía que los adictos sufrían de comezón. Era por eso que los reconocía en la ''Sound''. Las pantorrillas de Frank estaban en carne viva- excepto un trozo de piel que se había salvado. El no se rascaba con un cepillo pero si usaba un cortaplumas para hacerlo.

Antes de salir me dijo:'' La droga que me diste te la devolveré mañana'' El estaba convencido que yo ya me había convertido en una viciosa. Comprendí lo que quiso decirme entrelíneas y le respondí con gran desparpajo:''No, déjalo, no importa si no me la devuelves hasta dentro de un mes''.

Volví a dormirme, calmada y contenta. En la noche, regresé a casa. De vez en cuando me perseguía un pensamiento:'' Mierda, tu sólo tienes trece años y ya te pasaste a las filas de la heroína''. Pero lo ahuyentaba de inmediato. Me sentía demasiado bien como para reflexionar más allá. Al comienzo no se tienen crisis de abstinencia. Me sentí de maravillas durante toda la semana. En la casa, ni una pelea. En el colegio, me tomé las cosas de un modo muy relajado, estudiaba poco y sacaba buenas calificaciones. En el transcurso de las semanas siguientes, recobré mi autoestima. Me sentía verdaderamente reconciliada con la vida y con lo que me rodeaba. Durante la semana, regresé al Hogar Social. Cuatro compañeros se habían pasado a la heroína como yo. Me sentaba junto con ellos- ahora éramos cinco-, marginados de los demás. Muy rápidamente, el Hogar Social empezó a albergar muchos heroinómanos. El polvo blanco comenzó a dispersarse como polvareda sobre el sector Gropius.

JURGEN QUANDT

Pastor, Capellán de la Juventud y responsable del Centro Socio-Cultural Protestante ''El Hogar Social''.

El sótano del Hogar Social fue, con el correr de los años, el principal punto de encuentro de los jóvenes de la Comunidad Gropius y del barrio Neukolln. Allí acudían por las tardes alrededor de quinientos jóvenes hasta Diciembre de 1976, cuando tuvimos que cerrarla porque el consumo de las drogas estaba causando estragos. Nosotros pensamos que la clausura atraería la atención de los Servicios Públicos acerca de aquella catastrófica situación.

Nosotros los educadores fuimos los primeros en sorprendernos en observar la rapidez con que las drogas duras se habían empezado a imponer en la Comunidad Gropius. Durante la época del movimiento estudiantil discutimos acerca del uso de las drogas dulces para que surgiera una conciencia crítica en nuestro ambiente. Sin embargo, en el corto lapso de unos pocos meses, unas cincuenta personas de nuestro Hogar estaban involucradas con las drogas duras. Todo esto ocurrió como si nuestras tentativas de vigilancia, nuestros esfuerzos por persuadir a los jóvenes del peligro con argumentos, - en vez de recurrir a medidas disciplinarias-, fueron acogidas como una invitación a llegar ''más lejos'', como una ratificación de nuestra impotencia en la lucha contra la droga.

Nuestro trabajo en el Hogar Social nos hizo constatar rápidamente que los Servicios Públicos se negaban todavía a admitir que la ''epidemia de la droga'' no se batía en retirada. Por el contrario, si el problema se hubiese atacado cuantitativamente como cualitativamente, no habría logrado alcanzar dimensiones comparables a la de los Estados Unidos.

Las personas más amenazadas hoy en día son los jóvenes trabajadores sin formación y los chicos cesantes. Por lo tanto, a nosotros .los educadores no nos quedaba otra alternativa que protestar públicamente contra la política del avestruz de las autoridades. El cierre del sótano debió- así opinamos nosotros- encender una luz entre muchos que preferían dejar este problema a la sombra. Efectivamente, los Servicios Públicos de Berlín Oriental han tomado conciencia del problema de la droga y se están preocupando en forma responsable de este problema.

Nosotros reabrimos el sótano después de haber recibido algunas satisfacciones en numerosos objetivos. Estas son las condiciones que se impusieron en esta nueva incursión. Una consulta especializada, subvencionada por el Estado fue creada en Neukölln y en la Comunidad Gropius para poner en marcha un centro de prevención móvil. Estábamos mejor equipados en materias terapéuticas. A pesar de eso, dos años después, los problemas de la droga no carecían de gravedad e igual habrían arrasado con la nueva generación. En lo que se refiere a los que estaban sumidos en el mundo de la heroína durante los dos últimos años….la mayoría falleció.

Las condiciones de vida de los jóvenes de Gropius no habían mejorado. A los antiguos problemas se habían agregado otros. Cada vez, y con mayor frecuencia, los muchachos portaban armas, y no dudaban dado el caso, en hacer uso de éstas. Se constató, asimismo, que había surgido un nacionalismo agresivo acompañado de una propensión a dejarse influir por el pensamiento fascista.

La mayoría de los jóvenes con los que trabajábamos en el Hogar Social provenían de familias de obreros. A pesar de la aparente mejoría de su nivel social, sus condiciones de vida no habían cambiado y durante los últimos años tendían a empeorar. La escuela les imponía un creciente stress, una lucha por la vida cada vez más dura para sobrevivir en el seno de hogares en los que prevalecía la cesantía y los conflictos familiares.

Una circunstancia agravante: dentro del gran conjunto de la Comunidad Gropius en el que viven 45.000 personas, todos los problemas se cuestionan en términos masivos (masas de jóvenes cesantes, masivos fracasos escolares, familiares, etc.)

Por otra parte nos encontramos con el problema del ''entorno natural'' que no admitía casi ninguna naturaleza ''real'' y por tanto, ofrecía reducidas posibilidades de relajación y de reposo. Los más frágiles; los niños, los adolescentes y los ancianos, son los más expuestos y los que más sufren con esta inquietante situación.

En la Comunidad Gropius, por ejemplo, no había espacios para que jugaran los niños porque cuando terminaron los trabajos de construcción se percataron de que no había terrenos disponibles para la recreación de sus habitantes. No existían espacios para los momentos de esparcimiento de los adolescentes y los adultos, y por sobretodo, no había lugares para el disfrute de los ancianos. Allí no hay ni un gran parque, ni césped ni bosques: ningún sitio en donde los niños puedan jugar libremente y en donde los adultos pudiesen salir a pasear.

Estos grandes conjuntos fueron concebidos únicamente en función de la rentabilidad del capital y no de acuerdo a requerimientos de seres humanos. También les impusieron a las personas que viven allí, una manera de vivir en donde las condiciones solamente podemos sospecharlas hasta la fecha, y que comienzan a ser en la actualidad, cada vez más evidentes…

Las dificultades materiales constituyen siempre el origen de numerosos conflictos y problemas. El alto costo de los arriendos, la permanente alza en los precios de los productos de primera necesidad, obligan a ambos padres a salir a trabajar, induce a hombres y mujeres a invertir una mayor cantidad de energía y fuerzas vitales en sus trabajos cotidianos, sin que por esto reciban un aporte real de bienestar y recompensa económica suficiente.

La droga, es desde siempre, uno de los más horribles medios utilizados para impedir que los hombres tomen conciencia de que son víctimas de las revoluciones sociales. Este fue exactamente el rol que ejerció el alcohol durante largo tiempo entre las clases obreras. Durante los últimos decenios, otras drogas se han introducido en el mercado: los medicamentos psicotrópicos, en donde el comercio es legal y cada vez más fructífero. Abundan productos ilegales pero no menos rentables como la heroína y la cocaína.

De hecho, lo más asombroso no es el nombre de los toxicómanos, pero si el de aquellos que a pesar de sufrir enormes dificultades, no recurren a la droga. Este hecho es válido también para los jóvenes: al tomar cuenta de su situación, el aumento de la toxicomanía, la delincuencia, la violencia y la propagación de modas de orientación fascista, no deja de ser sorprendente que existan muchachos que no hayan caído en el vicio de la droga.

CHRISTIANNE

Al fin de semana siguiente de haber ingerido mi primera dosis de heroína, me encontré con Detlev en la ''Sound''. Se me dejó caer de inmediato: ''Lo has hecho. Me parece que estás totalmente chiflada''. Astrid se había encargado de propagar la noticia.

Le respondí:''Calma., chiquito. Tú estarás enganchado pero yo no me pienso enviciar''.

Detlev no quiso responder. De todos modos, en esos momentos no estaba con crisis de abstención- todavía no había alcanzado el estado de dependencia física- pero ya había empezado a inyectarse con frecuencia. Terminó por decirme que andaba con ganas de comprar un poco de droga pero que andaba corto de plata.

Yo: ''Tú sabrás, chiquito. Ese es problema tuyo.'' Luego le sugerí que juntos consiguiéramos unos marcos. Estuvo de acuerdo pero lo mataba la curiosidad de saber cómo íbamos a solucionar el problema económico. En veinte minutos recolecté veinte marcos. Detlev consiguió bastante menos pero teníamos suficiente para ambos. A esas alturas del partido necesitábamos una dosis mínima para pasarlo bomba. El asunto de la repartija no entró en discusión, estaba tácitamente establecida. Aquella tarde Detlev se inyectó y yo aspiré. Ese fue mi despegue: mis auspiciosas promesas de no volver a aspirar heroína se esfumaron.

Detlev y yo comenzamos a andar juntos de nuevo. Como si nunca nos hubiéramos separado, como si esas semanas en las que nos vimos envueltos en la ''Sound'', cuando nos tratamos como extraños, no hubiesen existido jamás. Ni el ni yo hicimos ningún comentario al respecto. El mundo había vuelto a ser tan hermoso como ese domingo en el que cociné para Detlev y almorzamos después.

En el fondo, estaba contenta de que las cosas hubieran tomado ese rumbo. Si no hubiera insistido en la heroína, nunca más habría vuelto a ver a Detlev. Pensé que en el futuro me convertiría en una toxicómana de wikén. Uno siempre cree que puede cuando se inicia para luego comprobar que los toxicómanos de wikén no existen, que nadie se puede conservar en esa condición. Además, imaginaba que podía salvar a Detlev, que podía impedir que se transformarse en un drogadicto desde la punta de los pies hasta la punta de la cabeza. Me sentía satisfecha haciéndome esas ilusiones.

Es muy posible que mi subconsciente no compartiera aquellas ilusiones. No quería escuchar que me hablasen de la heroína: si alguien se atrevía a hacerlo