Christiane F, 13 años, drogadicta y prostituta:VIII

'Christiane F, 13 años, drogadicta y prostituta': VIII

Octava entrega de la novela 'Christianne F, 13 años, drogadicta y prostituta', por Kai Hermann y Horst Rieck. Traducción al español de Xrisí Athena Tefarikis. xrisit@namb.zzn.com

Nota: Contenido sólo para adultos

Christiane F.3En ocasiones, los amigos de Detlev me decían:''Desengánchate, eres demasiado joven para andar metida en esto. Desengánchate: podrás detenerte siempre que te separes de Detlev. El no se va salir nunca de este cuento. No seas idiota, bótalo de una vez''.

Los mandaba a la cresta. ¿Separarme de Detlev? Me parecía impensable. Si el decidía matarse, me mataría con él. Pero no les decía nada al respecto, les respondía simplemente:'' Te equivocas, no somos toxicómanos. Nosotros podemos abandonar la droga cuando se nos antoje''. Durante ese mes de Noviembre los días me parecían todos iguales. De dos a ocho en la estación Zoo. Después, al ''Treibhaus'', una discoteca de la calle Kurfursterdamm a la que Detlev había adquirido el hábito de frecuentar. Era un lugar de encuentro de drogadictos y era aún peor que la ''Sound''.Me quedaba a menudo hasta las doce y veinte de la noche, a la hora en que pasaba el último colectivo. En realidad, yo no vivía más que para los sábados en la noche. Detlev y yo hacíamos el amor el sábado en la noche. Y cada vez resultaba más hermoso, al menos que estuviésemos demasiados volados.

Llegó Diciembre. Tenía frío. Nunca antes había sufrido de frío. Me empecé a dar cuenta de que estaba físicamente deteriorada. Lo supe un día Domingo al comenzar el mes. Lo advertí cuando estaba en el departamento de Axel. Detlev dormía tendido encima de mis costillas. Yo estaba congelada. Mis ojos se posaron sobre una caja. Y, de pronto, la inscripción que había sobre la caja me saltó a la vista. Era en colores, con esos colores agresivos que le hacen daño a la vista. Resaltaba, sobre todo, un rojo aterrador. Cuando partía en uno de aquellos ''viajes'' siempre sentí temor del color rojo. Pero la heroína lograba que el rojo se transformara en un tono muy suave, lo recubría-, al igual que a los otros colores-, con una especie de velo.

De pronto, el rojo que cubría esa estúpida caja, se tornó siniestro. Tenía mi boca llena de saliva. La tragaba pero reaparecía nuevamente. Volvía a inundar mi boca sin poderla controlar. Después la saliva desapareció bruscamente y empecé a sentir mi boca seca y pegajosa. Intenté tomar algo pero no podía tragar. Temblaba de frío y al minuto siguiente sentía mucho calor. Estaba totalmente transpirada. Desperté a Detlev y le dije:'' algo está ocurriendo''.

Detlev me miró en forma insistente. ''Tienes las pupilas grandes como platillos''. Un largo silencio y después me dijo: ''Y bien, chiquita, eso era''

De nuevo me sentí sacudida de escalofríos. Le pregunté: ''·Eso es ¿qué?''.

''Cold turkey, lo que llaman '' Pavo frío'': la crisis de abstención. La estás sintiendo'' agregó. ''Eres una adicta ''me dije a mi misma''. Pero no era algo tan horrible.¿Porqué harán tanta cuestión sobre este asunto?'' Yo no estaba realmente mal: sólo temblaba, me sentía agredida por los colores y tenía esa extraña sensación en la boca.

Detlev no dijo nada más. Sacó del bolsillo de su jean un pequeño paquete y ácido ascórbico, fue a buscar una cuchara, calentó todo encima de la llama de una vela y me pasó una jeringa preparada. Yo temblaba tanto que me inyecté mal en la vena pero al poco rato me sentí resucitar. Todo regresó a la normalidad: los colores, volvieron a ser suaves, mi boca recobró su estado normal y yo me acurruqué en el hombro de Detlev mientras el aprovechaba la ocasión para inyectarse. Nos levantamos al mediodía y en seguida le pedí a Detlev que me convidara un poco de heroína.

Me dijo: ''No lo hagas. Te pondrás una dosis hoy por la noche antes de regresar a tu casa''.

''Pero yo necesito algo para hoy por la mañana'' le respondí.

''Te diré algo: no tengo suficiente. Y no tengo ganas de ir a la estación Zoo. De todos modos, hoy es Domingo y no debe haber nadie. Esa fue la respuesta de Detlev.

Sentí pánico:'' ¿pero no lo comprendes? Si no tengo con que inyectarme mañana en la mañana, sufriré una crisis de abstención y no podré ir a clases.''

Detlev:'' Te lo había advertido, niñita. ¡Estás atrapada! ''

De todos modos, después fuimos a la estación Zoo. Tenía tiempo para reflexionar. Había tenido mi primera crisis de abstinencia. Ahora me había convertido en una persona dependiente. De la heroína y de Detlev. ¿Cómo sería el amor de una pareja cuando uno depende totalmente del otro? ¿Qué ocurriría si estaba obligada a suplicarle a Detlev para que me diese una ración de droga? Ya había comprobado que los adictos que estaban con crisis de abstención se veían obligados a mendigar, a rebajarse, a sufrir todo tipo de humillaciones. Yo desconocía lo que significaba pedir. Y no comenzaría a hacerlo con Detlev. Por ningún motivo, Si el dejaba de mantenerme, nuestra relación se terminaría para siempre.

Detlev encontró un cliente. Me puse a esperar su regreso. Y se demoró…se demoraba… Tenía que acostumbrarme a esperar para obtener mis dosis matutinas.

Estaba deprimida. Monologaba conmigo misma.''¿Y qué te parece Chtistianne? Obtuviste lo que deseabas. ¿Así fue cómo te lo imaginabas? Seguramente, no. Pero lo deseabas en el fondo. Admirabas a los toxicómanos ¿Verdad? Ya estás metida en el baile. Ahora no te puedes echar para atrás. Cuando hablaban de crisis de abstención debiste abrir bien los ojos. Deberías saber lo que era. No se te ocultó la verdad. Ahora te toca a ti impresionar a otros.''

Pero no me dejé abatir realmente. Pensé en la forma en que había tratado a los yunkis en estado de abstención. No comprendía entonces qué era lo que les ocurría. Solamente había notado que se ponían bastante sensibles, totalmente desarmados y muy vulnerables. Un toxicómano en crisis quedaba de tal forma anulado que no podía contradecir a terceras personas. Me daban deseos de probar con ellos mis apetitos de poder. Cuando uno sabía cómo atacarlos se los podría destruir en un breve espacio de tiempo. Bastaba con golpearlos en el lugar preciso, luego aplicar pacientemente el hierro caliente en la herida para que cayeran derrumbados.

Cuando uno sufre una crisis de abstinencia, está lo suficientemente lúcida para darse cuenta que está convertida en un guiñapo. La fachada ''sensacional'' se acaba y sólo se piensa en lo que hay en el interior de una y en el interior de los demás.

Me decía a mí misma: ''Ahora te toca ti babear cuando te toque una crisis. Se van a dar cuenta que eres fea y desgreñada. Pero después de todo, tú ya lo sabías. ¿No es así? Es extraño que no hayas pensado bien acerca de todo este asunto.''

Mi discurso para mí misma no me condujo a nada. Sentí necesidad de hablar con alguien. Por cierto, podía ir en busca de uno de los compañeros de Detlev que vagabundeaban por esos lados. En lugar de hacerlo, me encogí en un rincón, al lado de la Oficina Central de Correos. Sabía de sobra lo que me dirían:'' No te preocupes, chiquita. Se te va a componer el naipe. Tienes que hacerte una cura de desintoxicación. El Valeron fue creado para eso''. Detlev solía hacer ese tipo de bromas.

Sólo me quedaba hablarle a mi madre. Pero me dije:'' Es imposible. Tú no puedes hacerlo. Ella te quiere. Tú también la quieres, a tu manera. Si le cuentas lo que te ocurre, ella va a sufrir. Y de todos modos, ella no puede ayudarte. Quizás decida ponerte en un internado. Y aquello ¿a quién le servirá? Las medidas forzadas no logran que las personas retornen al buen camino. Y sobretodo a ti. Saltarás el muro y partirás corriendo. Y eso sería todavía peor''.

Continué monologando a media voz:''Abandona todo esto de una vez por todas. Sufrirás de abstención durante algunos días pero te las arreglarás para capear el temporal, Cuando regrese Detlev le dirás: ''No deseo más heroína. Acabé con eso. Y tú debes hacer lo mismo. De lo contrario, nos separamos. ¿tienes dos raciones de mercadería en el bolsillo? OK viejito. Nos pegaremos la última volada y mañana se acaba todo.'' No me di cuenta que en medio de todo aquel discurso estaba con muchos deseos de inyectarme. Y yo murmuraba como si me estuviera revelando un secreto a mi misma.''De todos modos, Detlev no lo logrará. Y tú sabes de sobra que tú no lo dejarás a él. Deja de contarte cuentos. Llegaste al punto final, al punto más final… No has hecho gran cosa con tu vida pero lograste lo que deseabas''.

Detlev regresó. Sin intercambiar ninguna palabra enfilamos hacia la Kurfurstendamm en busca de nuestro habitual revendedor. Consumí mi dosis, entré a casa y me refugié en mi cuarto.

Dos semanas después, Detlev y yo nos encontrábamos solos en el departamento de Axel. Estábamos totalmente bajoneados. El día anterior, al no encontrar a nuestro revendedor habitual, le compramos mercadería a otro tipo que nos engañó. La droga que nos vendió estaba tan infectada que el domingo por la mañana nos tuvimos que inyectar una dosis doble para estabilizarnos.

Ese domingo al mediodía estábamos sin un gramo para colocarnos. Detlev empezó a transpirar y me di cuenta de que estaba próximo a sufrir una crisis de abstinencia.

Registramos todo con la esperanza de encontrar algo vendible. Sabíamos de antemano que no había nada. Desde la cafetera eléctrica hasta la radio a transistores, todo se había canjeado por inyecciones. Quedaba la aspiradora pero estaba tan vieja que no le sacaríamos ni cinco marcos.

Detlev me dijo:'' Chiquita, es necesario que consigas dinero y rápido. Es posible que dentro de dos horas estemos en plena crisis de abstención y eso sería insoportable. Como es domingo en la noche no voy a poder conseguir por mi cuenta todo el dinero que necesitamos. Me tienes que ayudar. Lo mejor que podrías hacer es realizar una colecta en la ''Sound''. Trata de reunir unos cuarenta marcos. Si logro enganchar un cliente por unos cuarenta o cincuenta marcos, nos quedará un poco de droga para mañana por la mañana. ¿Puedes hacerlo?''

Yo:'' Por supuesto que puedo hacerlo. Haré la colecta. Es mi especialidad''. Quedamos de juntarnos al cabo de dos horas. Yo había recolectado dinero en varias ocasiones. Y sobretodo en la ''Sound''. En ocasiones lo había hecho sólo como un desafío. Y siempre obtuve buenos resultados. Pero no aquella noche. Estaba presionada y la colecta requería tiempo: tenía que elegir bien a los tipos que tenía que sablear, saber cómo abordarlos, a veces, charlar un poco con ellos y sobretodo estar con la autoestima en alto. Para hacer una colecta uno tenía que estar con deseos de hacerla.

Pero yo estaba en crisis y la hice con resentimiento. Al cabo de una hora sólo pude recolectar siete marcos. Me dije a mi misma:'' Jamás lograrás reunir esa cantidad de dinero''. Pensé en Detlev y lo imaginé buscando un cliente en la estación Zoo, un sitio que los domingos por la noche era frecuentado exclusivamente por familias, papá, mamá y los niños. Más allá del acuerdo que hicimos, tuve presente que el estaba sufriendo una crisis. Sentí pánico.

Salí afuera, sin un plan preconcebido. Pensé que probablemente tendría más éxito haciendo la colecta en la calle. Un feroz Mercedes se detuvo. Tenía por costumbre mirar los coches de lujo cuando disminuían la velocidad o cuando se detenían delante de la ''Sound''. En ninguna parte la carne fresca era más solicitada que allí, niñas que no tenían los dos marcos para cancelar el ticket de la entrada se vendían por el ticket y un par de botellas de Coca Cola.

El tipo del Mercedes me hizo una seña. Lo reconocí. Pasaba a menudo por allí y no era la primera vez que me seguía. Su frase habitual:'' ¿No tienes deseos de ganarte un billete de cien marcos?''. En una ocasión le pregunté qué solicitaba el a cambio. Respondió: ''Nada en particular''. Entonces me reí muchísimo de él.

No sé exactamente cuál fue la idea que se me atravesó en ese momento. Quizás algo por el estilo de:''Cómo veo siempre a este tipo voy a intentar saber qué desea en realidad. Quizás podría lograr que soltara algunos billetes.''. Se detuvo hasta que de pronto me vi encaramada dentro del Mercedes. Me dijo que subiera, que no podía detenerse allí. Obedecí.

En realidad, yo sabía muy bien lo que iba a ocurrir. Al tipo no le importó en lo absoluto que estuviera haciendo una colecta. Desde ese día, Los clientes, a partir de entonces, dejaron de ser para mí criaturas de otro planeta. Los veía a menudo en la Estación Zoo, había escuchado suficientes relatos de mis compañeros para saber como iba a continuar la película que acababa de comenzar. Me di cuenta de que se trataba de un cliente que no imponía condiciones. Intenté aparentar estar encantada. Había dejado de temblar. Aspiré un par de fuertes bocanadas de aire y desafortunadamente sólo logré que mi voz sonara vacilante:

Yo: ''¿Y entonces…?

El:'' Y entonces ¿qué? Cien marcos… ¿De acuerdo?''

Yo: ''No nos acostaremos. Por ningún motivo lo haré.''

Me preguntó porqué y en mi nerviosismo no se me ocurrió nada mejor que decirle la verdad:'' Tengo novio. No he tenido relaciones sexuales con otro. Y no tengo ganas de hacerlo.

El: ''Bien. Entonces prepárame una pipa''

Yo: ''No, no podría. Me haría vomitar''.Respondí categórica.

Decididamente, nada lo sacaba de sus casillas. Entonces respondió:''OK. Entonces me vas a manosear…''

Yo:'' De acuerdo. Por cien marcos.''

En aquel momento la cifra no me sorprendió porque me di cuenta de que el tipo quería estar de todos modos conmigo. Cien marcos por hacer eso y en la Kurfurstenstrasse , donde la prostitución infantil era casi regalada… Se quedó enganchado por ese temor que no logré disimular por completo. Yo estaba encogida contra la puerta del automóvil, la mano derecha encima de la manija. El sabía muy bien que no estábamos jugando. Aceleró la marcha. Yo me aterré. Me decía a mi misma:''Seguramente no se va a conformar con eso. Ahora me va a culear. O quizás no me dé el dinero''.

Se detuvo. Estábamos en un parque, cerca de la ''Sound'' Yo solía atravesar ese parque con frecuencia. Era un verdadero centro sexual, había preservativos y pañuelos de papel tirados por todas partes.

Temblaba entera y estaba ligeramente asqueada. El tipo mantuvo siempre un aspecto muy calmo. Apelé a todo mi valor y prosiguiendo con las leyes de la prostitución infantil le dije:'' Ahora, el dinero''. Me lo dio. Yo seguía perturbada. Nadie podía asegurar que de repente me dijera que le devolviera el dinero. Había escuchado muchos cuentos similares. Pero yo sabía que iba a hacer él. Durante el último tiempo, los muchachos del grupo no hacían otra cosa que contar sus aventuras con los clientes. De todos modos, no tenían nada mejor que contar.

Esperé a que se desabotonase el pantalón- estaba demasiado ocupado en si mismo para vigilarme- y aproveché de deslizar los billetes en mi bota. El ya estaba listo. Yo, yo estaba amarrada a la punta de mi asiento en el Mercedes . Inmóvil, sin mirarlo, extendí mi brazo izquierdo. Me tuve que aproximar al tipo. Aproveché de darle un vistazo rápido a su aparato antes de cogerlo en mi mano.

Tenía ganas de vomitar y tenía frío. Mantuve los ojos fijos en el parabrisa intentando pensar en otra cosa. Quise concentrarme en la publicidad luminosa que parpadeaba intermitentemente a lo lejos, también en unos focos de autos que veía brillar detrás de los matorrales.

El asunto terminó bastante rápido. El tipo buscó en su billetera. La sujetaba de manera tal que me permitiera adivinar que dentro de ésta había un montón de billetes. Quería impresionarme. Además me dio veinte marcos. Una propina.

Una vez fuera del vehículo me sentí bastante relajada y comencé a realizar una especie de balance:''Fíjate bien. Ya tienes catorce años y hasta un mes atrás eras virgen. Ahora te prostituyes.''

Después no pensé más en el tipo ni en lo que había hecho. Además estaba muy contenta. Por lo del dinero. Nunca antes había tenido tanto dinero en mis manos. No me preocupé por Detlev. Tampoco me importaba lo que diría Detlev. La crisis de abstinencia se estaba apoderando de mí y sólo una idea giraba en torno a mi mente: comprar mercadería para inyectarme. Tuve suerte porque de inmediato encontré a nuestro proveedor acostumbrado. Al ver esa cantidad de dinero me dijo:'' ¿De dónde sacaste todo eso? ¿Te prostituiste?'' Le respondí casi a gritos: ''¿Estás soñando? ¿Yo? ¿Metida en ese cuento? Si pienso dejar de inyectarme en forma definitiva. Mi padre me lo dio. Por fin se acordó de que tiene una hija.''

Compré dos cuartos por ochenta marcos. Los cuartos eran una novedad en el mercado. Era casi un cuarto de gramo. Antes usábamos un cuarto para tres. Ahora alcanzaba justo una porción para Detlev y otra para mí.

Me dirigí a los W.C. de la Kurfurstenstrasse y me inyecté una dosis. Era mercadería ''extra''. Introduje el resto de la heroína y el dinero en el estuche plástico de mi carné escolar.

La operación completa no tardó más de quince minutos. Hacía cuarenta y cinco minutos que había abandonada a Detlev y estaba segura de encontrarlo en la Estación Zoo. Estaba allí hecho una miseria. Sin ningún cliente a la vista en un domingo al mediodía, y de seguro, en estado crítico. Le dije: ''Ven. Yo tengo''.

No me preguntó cómo lo había hecho ni hizo otras preguntas. El tenía una sola prisa: regresar a su casa. Nos fuimos directamente a los baños. Saqué el carné escolar de mi bolsillo y le entregué una bolsa pequeña. Mientras calentaba el polvo blanco en la cuchara, Detlev vio que en el estuche había otra bolsa similar y unos billetes.

''¿De dónde sacaste ese dinero?''

''La colecta no resultó. No había nada que hacer.Pero había un tipo con un montón de dinero. Se lo manoseé. Eso fue todo, te lo aseguro. No podría haberme acostado. Lo que hice fue sólo por ti''.

Antes de que terminara de hablar, vi que Detlev palideció intensamente. Se transformó en un loco furioso. Se puso a vociferar:'' Mientes. Nadie da cien marcos por tan poco. Y de partida ¿qué significa se lo manoseé y eso fue todo?''. No podía más. Estaba en plena crisis de abstinencia. Todo su cuerpo temblaba, su camisa estaba empapada, tenía calambres en las piernas.

Se puso la inyección en el brazo. Yo estaba sentada en el borde de la bañera y lloraba. Pensaba que el tenía motivos para estar tan furioso. Seguí llorando mientras aguardaba que la inyección surtiera el efecto deseado en Detlev. Aunque fuera así, me podría pegar un par de bofetadas. De seguro que si. Pero yo no me iba a defender.

Detlev retiró la jeringa, salió del baño- yo iba pisándole los talones- sin decir una palabra. Finalmente abrió la boca:''Te acompañaré al bus''. Abrí la segunda bolsita y le entregué parte de ella. La colocó en su Jean. Detlev siguió sin decir nada. Habría preferido que me golpeara, que me gritara, que al menos dijera algo. Pero nada, nada, nada.

Llegó el bus. No me subí. Cuando partió le dije a Detlev:'' Lo que te conté es la estricta verdad. A ese tipo lo manoseé. Eso fue todo. Y no fue tan terrible. Es necesario que me creas. ¿O es que no me tienes confianza?

Detlev: ''Está bien. Te creo''.

Yo: ''Lo hice por ti. Realmente fue así…''

La voz de Detlev se escuchó más firme:''No digas estupideces. Lo hiciste por ti. Estabas en estado de crisis y te despabilaste. Perfecto. Lo habrías hecho de todos modos así yo no existiera. Intenta comprenderlo. Ahora eres toxicómana. Eres físicamente dependiente. Y todo aquello que hagas, lo harás por ti''.

Le respondí:''Tienes razón''. Pero escúchame un poco. No podrás seguir solo en este negocio. Entre ambos consumimos una buena cantidad de heroína . Y no quiero que tú hagas todo el trabajo. Ahora es mi turno. Estoy segura de que puedo ganar un montón de dinero. Y sin acostarme. Te prometo no acostarme jamás con un cliente.''

Detlev no dijo nada. Luego rodeó mi espalda con su brazo. Se puso a llover y no sabía si las gotas de agua que brillaban sobre su rostro eran lágrimas o eran efecto de la lluvia. Otro bus se detuvo. Yo dije:'' Estamos fregados. ¿Recuerdas cuando consumíamos hachís y uno que otro comprimido? Nos sentíamos absolutamente libres. No necesitábamos nada ni a nadie. Y ahora, ahora estamos extrañamente poseídos.''

Dejamos pasar otros tres buses. Murmuramos algunas frases tristes…Lloré acurrucada en sus brazos. El dijo: ''Esto se va a arreglar. Nos vamos a desintoxicar. Nos tenemos que librar de todo esto. Voy a conseguirme el Valeron. Me encargaré de eso mañana por la mañana. Estaremos juntos para iniciar nuestra ''limpieza''

Se detuvo un bus. Detlev me levantó en alto y me puso dentro.

En casa realicé los gestos habituales en forma mecánica. Fui a buscar un yogur al refrigerador. Me lo comí en la cama. En realidad era sólo un pretexto para llevar la cuchara a mi cuarto. La tenía que utilizar la mañana siguiente para preparar mi dosis. Después fui al baño por un vaso de agua para limpiar la jeringa.

Al día siguiente todo sucedió como de costumbre. Mi madre me despertó a las siete menos cuarto.. Me quedé en cama aparentando no haberla escuchado. Regresó al cabo de cinco minutos. Terminé por decirle:''Si, si, me levantaré de inmediato''. Me volvió a interrumpir. Yo contaba los minutos hasta las siete y cuarto para llegar a tiempo a clases.

Cuando finalmente escuché cerrar la puerta del departamento, eché a andar mis automáticos movimientos. Saqué el pequeño sobre de papel de aluminio de mis jeans que estaban colocados a los pies de mi cama. Justo al lado, en la bolsa plástica, estaban mis productos de belleza, un paquete de cigarrillos Roth-Handle, un pequeño frasco de ácido cítrico, la jeringa estaba obstruida como siempre, por culpa de esa mugre de tabaco que se mete por todos lados. La sumergí en el vaso de agua, puse el polvo en la cuchara, agregué unas gotas de ácido cítrico, puse todo a calentar, me coloqué el asunto en el brazo, etc. Hacía todo eso maquinalmente así como otros encendían el primer cigarrillo del día. De repente me quedé dormida y no llegué y no llegué hasta la segunda o tercera hora de clases. Siempre llegaba retrasada cuando me inyectaba en casa.

En ciertas ocasiones, mi madre logró levantarme de la cama y me hacía tomar

el metro junto con ella. En esas oportunidades me veía obligada a zumbarme la heroína en un W.C: de la estación Moritsplatz. Resultaba bastante desagradable. Eran particularmente sombríos y hediondos. Para colmo, los muros estaban llenos de hoyos y siempre habían sido tipos espiando, mirando a las chicas hacer pis. Siempre tuve miedo de que uno de ellos fuese a buscar un guardia para que vieran que solamente me iba a inyectar.

Llevaba casi todos mis utensilios a clases. Por si acaso. Si nos retenían por alguna razón, por alguna actividad extra-escolar, por ejemplo, y no alcanzaba a regresar a la casa, tenía que inyectarme sobre la marcha. En el W.C. de la escuela sólo una de las puertas se podía cerrar. Entonces mi amiga Renée me sostenía la puerta. Ella estaba al corriente. Como la mayoría de mis compañeras de clases, creo. Pero a éstas les daba lo mismo. Un toxicómano ya no causaba conmoción en Gropius.

Me la pasé dormitando en todos los cursos que había tomado. A veces dormía de frentón, con los ojos cerrados y la cabeza encima del escritorio. Cuando la dosis de la mañana resultaba ser muy fuerte, era incapaz de hablar. Los profesores debieron investigar lo que me estaba ocurriendo. No hubo ninguno que me hablara acerca de las drogas, tampoco nunca me preguntaron si tenía algún problema. Otros se conformaban con tratarme de tarada y me endosaban una sarta de ceros. De todos modos, había tal cantidad de profesores que la mayoría de ellos se daban por satisfechos cuando retenían nuestros nombres. No existía tampoco ningún contacto de tipo personal.

Dejaron de interesarse por los deberes que yo debía realizar. En definitiva, dejé de hacerlos. Sacaban el registro de calificaciones cuando teníamos que realizar algún trabajo. Después que anunciaban el título, yo escribía: ''No sé''. Y se los entregaba. Durante el resto de la clase me ponía a garabatear cualquier cosa. La mayoría de los profesores estaban tan poco interesados en los cursos como yo. Eso pensaba, que ellos estaban atorados.. Por lo demás, parecían no estar contentos cuando lograban terminar una clase sin alboroto.

Después de aquel famoso domingo en la noche cuando pasé la prueba de fuego, después de un cierto tiempo, todo parecía funcionar como antes.

Todos los días me encargaba de hacerle un discurso a Detlev para explicarle que lo que gané con la colecta no era nada, y que no podía sobrellevar sólo nuestras necesidades. Detlev reaccionaba con verdaderos ataques de celos. Pero se daba cuenta que no podía proseguir de esa manera, y un día me propuso que trabajáramos juntos.

Había adquirido cierta experiencia con los clientes y sabía que en medio de toda esa maraña de la estación Zoo había bisexuales. Y también había maricas que estaban dispuestos a hacerlo por primera vez con una mujer. Quizás todavía no habían descubiertos aún su potencial masculino. Detlev quedó en escogerme a los clientes. Tenías que ser tipos que no deseaban tener relaciones sexuales y que no me tocarían. Tipos que me pidieran que les hiciera cosas. Esos eran los que prefería Detlev, por lo demás. Pensaba que podíamos cobrar cien marcos, quizás más.

Nuestro primer cliente común fue Maxie-Max. Nosotros le pusimos ese sobrenombre. Era un cliente habitual de Detlev y yo lo conocía bastante. Lo único que deseaba era que yo estuviera con el pecho descubierto y lo golpeara. Estuve de acuerdo. Me dije a mí misma que con golpearlo me desquitaría: siempre me llené de agresividad contra de los clientes de Detlev. Por su parte, Maxie- Max estaba encantada con la idea de que iba a estar con ellos. Por el doble de la tarifa, naturalmente. Nos citamos para el lunes siguiente a las tres de la tarde, en la estación Zoo. Yo estaba retrasada para variar. Max ya estaba allí. Detlev, no. Como todos los adictos, era incapaz de llegar a la hora. Adiviné que se había encontrado con otro cliente, un tipo que pagaba bien y con el que se veía en la obligación de quedarse más tiempo del estipulado. Max y yo lo esperamos durante media hora. Ni rastros de Detlev. Yo estaba hecha un manojo de nervios. Pero Maxie-Max estaba visiblemente más asustado que yo. No cesaba de explicarme que hacía por lo menos diez años que no estaba con una mujer. Y vacilaba antes de pronunciar cada palabra. Siempre había tartamudeado pero ese día estaba inentendible.

Todo aquello me resultaba insoportable. Tenía que encontrar una salida. Además, estaba sin droga y antes de terminar con Max, ya estaría con crisis de abstención. Por otra parte, lo sentía angustiado y me empecé a envalentonar. Terminé por decirle en forma muy audaz:'' Ven, viejito. Detlev nos tendió una trampa. Me voy a ocupar sola de ti y verás cómo te gustará. Pero mantendremos el precio fijado: ciento cincuenta marcos.''

Balbuceó un ''si'' y giró sobre sus talones. Daba la impresión de que no tenía una pizca de voluntad. Lo cogí del brazo y lo conduje hacia nuestro destino.

Detlev me había contado la triste historia de Maxie-Max. Era obrero especializado, tenía alrededor de cuarenta años, y era oriundo de Hamburgo. Su madre había sido prostituta. De niño fue brutalmente golpeado. Por su madre y por sus amigos, y también en las instituciones donde lo colocaban. Lo habían golpeado tanto por dentro y por fuera que nuca pudo hablar correctamente. Para colmo, necesitaba una paliza para alcanzar la plenitud sexual.

Nos fuimos a su casa. Le reclamé de inmediato la paga aunque el era un cliente habitual y no era necesario tomar tantas precauciones: Me entregó ciento cincuenta marcos y yo estaba muy orgullosa de haber logrado sacado toda esa plata de manera tan simple.

Me saqué mi polera y el me pasó un látigo. Parecía que estábamos en el cine. Tenía la impresión de no ser yo misma. Al comienzo, no lo golpeé muy fuerte. Pero el me suplico que le hiciera daño. Entonces lo hice. El gritó:''mamá'' y no sé qué otras cosas. No escuché más y trataba de no mirar. Pero vi. las huellas sobre su cuerpo, y después cómo se hinchaban, y cómo se había reventado la piel por todas partes. Era repugnante y eso duró casi una hora.

Cuando por fin se acabó, me puse la polera y me escapé corriendo. Bajé las escaleras con gran velocidad. Pero apenas estuve afuera mi estómago no resistió más y vomité delante de la casa. Después, le puse punto final a ese asunto. No lloré más ni sentí compasión de mí. Sabía que estaba metida en la mierda y que sólo contaba conmigo misma.

Me dirigí a la estación del Zoo. Detlev estaba allí. No le conté gran cosa. Sólo que estaba cansada porque había hecho toda la pega de Maxi-Max. Le mostré los ciento cuarenta marcos. El sacó otro billete de cien marcos del bolsillo de su jeans. Nos fuimos tomados del brazo a comprar un montón de heroína de calidad extra. Habíamos tenido una jornada sensacional. De allí en adelante comencé a adquirir droga por mi cuenta

Tuve muchísimo éxito, podía elegir a mis clientes y dictar mis condiciones. Jamás en la vida con un extranjero. Para todas las chicas de la estación del metro Zoo, aquellos eran los peores: con frecuencia les gustaba hacer trampas, decían que no tenían mucho dinero- generalmente no pagaban más de veinte o treinta marcos. - además siempre querían acostarse y no llevaban preservativos, No tenía relaciones sexuales con los clientes. Aquello lo hacía solamente con Detlev. Era el último pedazo de vida privada. Yo trabajaba con la mano y por consiguiente utilizaba el estilo ''a la francesa''. Para mí no era tan terrible cuando era yo la que tenía que hacerle alguna ''gracia'' a los tipos, pero no ellos a mí. No quería, sobretodo, que me tocaran. Si lo intentaban, los insultaba a más no poder.

Siempre traté de discutir las condiciones con anticipación. Tampoco hacía tratos con tipos que me disgustaban realmente. Ese último resquicio de amor propio fue una de las actitudes que con el tiempo más me costó desterrar. Encontrar un cliente adecuado, que aceptara todas mis exigencias me tomaba con frecuencia toda la tarde. Pocas veces tuvimos la oportunidad de ser tan prósperos como el día que fui a la casa de Maxi-Max.

Maxi-Max era nuestro cliente habitual común, de Detlev y mío.Ibamos a su casa tanto juntos como separados. En el fondo, era un buen hombre que nos quería sinceramente a ambos. Evidentemente, con su salario de obrero no podía seguir pagándonos ciento cuarenta marcos. Pero se las arreglaba siempre para darnos cuarenta marcos, el valor de una dosis. En una ocasión le faltaba dinero para pagarme y rompió su alcancía en mi presencia pata juntar el resto que necesitaba. Cuando estaba urgida, hacía un alto en su casa, le pedía un adelanto de veinte marcos. Cuando los tenía, me lo daba.

Maxi-Max siempre preparaba algo especial para nosotros. Para mí, jugo de duraznos, mi bebida preferida... Para Detlev, pudding de sémola- a él le fascinaba eso. Max los preparaba el mismo y los guardaba en el refrigerador. Como sabía que a mí me gustaba comer algo después de mi trabajo, solía comprar un surtido de yogures Canon y chocolates. La flagelación pasó a convertirse en un asunto de pura rutina. Una vez resuelta aquella formalidad, comía, bebía y conversaba con nosotros.

El pobre comenzó a adelgazar cada vez más. Le costábamos casi todo su dinero y se mataba de hambre por culpa nuestra. Estaba tan acostumbrado a nosotros, estaba tan contento con nosotros, que casi ya no tartamudeaba cuando estaba junto a Detlev y a mí. Lo primero que hacía al levantarse era comprar los diarios para saber si la lista de fallecidos por sobredosis había aumentado. Un día llegué a su casa para pedirle prestados veinte marcos y lo encontré lívido y más tartamudo que nunca. Había leído que un cierto Detlev W. era la novena víctima de la heroína en lo que llevaba de corrido el año. Casi lloró de alegría cuando le dije que hacía poco rato que había dejado a mi Detlev, y que estaba vivo y coleando. Entonces me repitió por centésima vez que debíamos abandonar la heroína, que nos iba a terminar matando, que algo grave nos podría suceder a nosotros también. Le respondí muy fríamente que si la dejábamos, no regresaríamos a su casa. No dijo nada más.

Nuestras relaciones con Maxi-Max eran bastante peculiares. Nosotros odiábamos a todos los clientes, sin excepción. Por consiguiente odiábamos a Maxi-Max. Pero tampoco lo considerábamos una mala persona (sobretodo quizás porque nunca hizo ningún lío cuando necesitábamos los cuarenta marcos). También experimentábamos por él un sentimiento casi compasivo. Ese fue un caso de un cliente que, en el fondo, era más desgraciado que nosotros. Estaba absolutamente solo y contaba con nosotros, nada más. Se hacía pedazos por Detlev y por mí pero en aquel entonces no nos habíamos dado cuenta. En los meses siguientes fuimos la ruina de varios otros clientes.

En ocasiones pasábamos la noche en la casa de Max y mirábamos juntos la televisión., tranquilamente, antes de dormir. Nos dejaba su cama y dormía en el piso. Una noche en la que estamos totalmente volados, Maxi –Max puso un disco súper movido, peinó una peluca y se la puso, se colocó un abrigo de piel hermoso y se largó a bailar hecho un loco. Nosotros lo mirábamos medios muertos de la risa. De repente, se tropezó y cayó. Su cabeza se golpeó contra la máquina de coser y estuvo inconsciente durante algunos minutos. Nos alarmamos muchísimo. Llamamos a un médico. Max tenía conmoción cerebral. Debía permanecer dos semanas en cama.

Al poco tiempo, perdió su trabajo. Nunca se había drogado, sólo había probado la droga y sin embargo, allí se encontraba totalmente destruido. Destruido por los drogadictos. Por nosotros. Nos suplicó que fuéramos a verlo, sólo a visitarlo. Pero el no podía pedirle ese a un adicto, la gentileza no es el fuerte de los toxicómanos. De partida, no hacen nada en beneficio de su prójimo. Después, andábamos siempre cortos de tiempo, corríamos todo el día para sobrevivir. Detlev le explicó todo eso a Maxi-Max, quién en el ínter tanto nos juró dar un montón de plata. ''Un drogadicto'' le dijo Detlev muy seco ''es como un hombre de negocios. Debe velar para que cada día sus cuentas funcionen en forma armónica. No se pueden dar créditos bajo el pretexto de simpatía o amistad.''

Al poco tiempo que debuté como prostituta pude gozar de la alegría que provocan los reencuentros. Un día, mientras escuchaba a un cliente, vi a Babsi. Babsi, la niñita

que hacía algunos meses me abordó en la ''Sound'' para pedirme LSD. Babsi, la fugitiva, la que después de pegarse una aspirada de heroína, había tenido que regresar a la casa de sus abuelos.

Nos miramos, comprendimos de inmediato en qué onda estábamos, para luego caer una en los brazos de la otra. Era tan increíblemente bueno volver a verse. Babsi estaba súper delgada, ya no se veía si iba por delante o por detrás. Pero estaba más bonita que antes Su cabello rubio le caía sobre los hombros, impecablemente peinados, se la veía totalmente rozagante. Me di cuenta de inmediato que estaba atiborrada de heroína. Sus pupilas estaban del tamaño de una cabeza de alfiler. Pero estoy segura que cualquiera que no la conocía no habría soñado ni por un instante que aquella adorable muchacha era toxicómana.

Babsi estaba muy calmada. No estaba en lo más mínimo acelerada como nosotros, todo el día a la caza de dinero. Me explicó que no tenía necesidad de prostituirse. Me dijo además que me regalaría mercadería para inyectarme y algo para comer. Después subimos a la terraza. Era inútil intentar contarnos todo lo que nos había ocurrido durante nuestra separación. Sin embargo, Babsi no me dijo cómo había obtenido todo ese dinero de la droga. Solamente me confió que después de la fuga su familia se había tornado más severa. Tenía que regresar entre las siete y las ocho de la noche y ni hablar de arrancarse de clases. Su abuela la vigilaba permanentemente.

No me pude aguantar la curiosidad y le pregunté por el dinero y por la droga.''Tengo un cliente- dijo ella-''un tipo de cierta edad pero súper buena onda. Me voy a su casa en taxi. No me paga con dinero, solamente con heroína. Tres cuartos diarios. Lo visitan otras niñas y también les cancela directamente con droga. Pero por ahora, está enganchado conmigo. Voy a su casa por una hora. No nos acostamos, evidentemente. Eso no se transa. Me pide que me desvista, charlamos, de vez en cuando me toma unas fotos o me pide que le haga unos masajes''.

El tipo se llamaba Henri. Tenía una fábrica de papel. Había escuchado hablar de él. Un tipo fantástico que entregaba la heroína directamente, aquello evitaba que uno anduviera corriendo por todos lados. Envidié a Babsi porque llegaba a su casa a las ocho de la noche a más tardar, podía dormir los efectos de la droga y llevaba una existencia mucho más tranquila que la nuestra.

Babsi lo tenía todo. Tenía un montón de inyecciones, también. Nosotros usábamos jeringas desechables y eran difíciles de conseguir. La mía estaba tan desgastada que me veía obligada a afilarla sobre el frotador de una caja de fósforos en cada pinchazo. Babsi me prometió conseguirme tres repuestos completos.

Algunos días después me encontré con Stella en el metro Zoo. Stella era la amiga de Babsi, Grandes abrazos. Por cierto, Stella también se drogaba. Ella no tuvo tanta suerte como Babsi. Su padre había muerto en un incendio hace tres años, su madre se había instalado en un bar con un amigo italiano y se había alcoholizado. Stella siempre robaba dinero de la caja pero en una ocasión se le ocurrió robarle cincuenta marcos de la billetera al amigo de su madre y él se dio cuenta. Desde entonces, no se atrevió a regresar a su casa. Nos pusimos a conversar acerca de los clientes. Stella me relató una negra historia de Babsi, su mejor amiga. Dijo que representaba la decadencia total. Ese Henri era un tipo sucio, un viejo bonachón gordo y sudoroso. Y Babsi se acostaba con él. ''Para mí, esa sería la perdición'' dijo Stella. ''¡Acostarse con semejante tipo''! ¡Con cualquier cliente…! Incluso no importaría partir con un extranjero… una manoseada de esas… OK... pero acostarse…!!!!

En aquel momento me sentí consternada, no podía comprender porque Stella me estaba contando todo eso. Babsi me relató posteriormente que Henri había sido cliente exclusivo. Por eso ella conocía tan bien sus exigencias. Después pasaría yo por la misma experiencia.

Stella me confesó que no había nada más denigrante que prostituirse en la ''Sound''. ''Allí sólo se ven chicas totalmente trajinadas y extranjeros. Yo no permitiría verme continuamente asediada por esos sucios extranjeros.''

Stella trabajaba con los automovilistas, se prostituía al estilo de las toxicómanas de trece y catorce años que circulaban por la Kurfurstenstrasse. Yo consideraba todo aquello espantoso: subirse a un auto sin ningún modo de saber cuáles eran las exigencias del cliente. Le dije a Stella:'' A mi parecer, eso es peor que la Zoo. Hay niñas que se prostituyen por veinte marcos. Dos clientes para una dosis. Yo no podría…''

Estuvimos discutiendo durante casi una hora sobre si resultaba más denigrante prostituirse en la estación Zoo o en la Kurfurstenstrasse. Pero si estuvimos de acuerdo en un punto: Babsi era realmente lo que botó la ola si se acostaba con ese asqueroso.

Aquella discusión acerca de nuestra dignidad de putas la mantuvimos Babsi, Stella y yo a diario durante varios meses. Cada una de nosotros se esforzaba en demostrarse a si misma y a las demás que uno todavía no estaba tan decadente. Y cuando nos encontrábamos de a dos, hablábamos mal de la tercera ausente.

Indudablemente, lo ideal no era estar obligada a prostituirse. Cuando nos volvimos a encontrar con Stella nos persuadimos de que era posible: haríamos nuestro dinero a través de robos y colectas. Stella tenía experiencia al respecto.

Ella tuvo una idea genial. Nos enfilamos de inmediato a realizar la experiencia en una gran tienda, la Kadawe. Las clientas se encerraban en las cabinas privadas de los baños. Generalmente sus carteras colgaban de la empuñadura de las puertas. Cuando terminaban, tardaban en abrocharse sus corsés, y por lo general, las carteras se resbalaban cuando trataban de abrir el picaporte. Había que aprovechar el momento para apoderarse de ellas. Y más aún, si las carteras estaban colgadas en las perchas laterales, éstas oscilaban en sus puestos cuando se sentaban en el water y luego se caían. Era fácil atraparlas, en ambos casos, desde el suelo. Además, las viejas no se atrevían a salir corriendo con el traste al aire y cuando estaban vestidas, ya era demasiado tarde.

Stella y yo nos apostamos en los baños para damas de Kadewe. Pero cada vez que Stella anunciaba: ''¡Ahora!'' a mi me daban cólicos estomacales. Ella no podía trabajar sola y en consecuencia, hacían falta cuatro manos para arrasar con todas las carteras con la debida rapidez. El resultado nos hizo desistir de la operación ''Toilettes'' para damas. Además, para robar, había que tener nervios de acero y ese no era mi caso, todo lo contrario.

Después de ese lamentable episodio, Stella y yo decidimos dedicarnos a la prostitución juntas. En la estación Zoo se daban todas las condiciones. Entre dos nos trabajábamos a un cliente. Teníamos un montón de ventajas. Nos desempeñábamos en silencio. Nos vigilábamos mutuamente Cada una sabía dónde había aceptado ir la otra. Estando las dos nos sentíamos seguras, era más difícil que nos engañaran y nos podíamos defender mejor si un cliente no quería respetar las condiciones. Y por lo demás, todo funcionaba más rápido: una se ocupaba de arriba y la otra de abajo y el asunto quedaba terminado en dos tiempos y tres movimientos.

Por otra parte, encontrar clientes que aceptaban pagarles a dos chicas no era nada corriente. Había algunos que se atemorizaban: los tipos experimentados sabían que mientras estaba ocupados con una, la otra le podía sustraer la billetera. De nosotras tres, Stella era la que tenía mayores problemas para trabajar a dúo: como ya no tenía aspecto de niña, tenía mayores dificultades para encontrar clientes que Babsi y yo.

Babsi era la más afortunada. Como Henri le costeaba sus gastos, ella trabajaba para nosotras. Con sus trece años, su rostro de niña inocente- no se maquillaba jamás- y su silueta plana, era precisamente lo que andaban buscando los tipos en el mercado de la prostitución infantil. Un día ganó doscientos marcos en una hora y trabajó con cinco clientes.

Detlev. Axel y Bernd aceptaron de inmediato a Babsi y a Stella en el grupo. Ahora éramos tres chicas y tres muchachos. Cuando salíamos a pasear siempre íbamos tomadas del brazo de los varones, y yo, del brazo de Detlev por supuesto. Pero no pasaba nada entre las dos parejas. Eramos simplemente una pandilla espectacular. Cada uno podía hablar acerca de sus inquietudes- prácticamente de todas ellas- sin importar a quién se lo contaba. Por supuesto que no parábamos de discutir, pero eso, entre los toxicómanos era casi un ejercicio de sobre vivencia. En el estado en que nos encontrábamos entonces, la heroína nos unía cada vez más. No estoy segura si existían amistadas tan hermosas como las que manteníamos con los muchachos de nuestra pandilla entre los jóvenes que no se drogaban. Y estas amistades estupendas que existían, al menos, entre los ''debutantes'' ejercía una gran atracción entre los demás jóvenes.

La llegada de las otras niñas me creó problemas en mis relaciones con Detlev. Nos amábamos tanto o más que antes pero cada vez reñíamos más a menudo. Detlev estaba irritable. Yo pasaba gran parte del tiempo con Stella y Babsi y eso no le agradaba. Sobretodo- lo que más le disgustaba- era que yo eligiera a mis clientes. Lo hacía por mí misma, o con Babsi y Stella. Detlev me acusó de acostarme con mis clientes. Estaba súper celoso.

Mis relaciones con Detlev no eran ya el centro del universo. Lo amaba y lo amaría siempre, pero había dejado de depender de él. No tenía necesidad de que se preocupara en forma permanente de mí, ni tampoco que me aprovisionara de droga. En el fondo, pasamos a convertirnos en una de esas parejas modernas como aquellas en las que sueñan los jóvenes: dos personas absolutamente independientes la una de la otra. En nuestra pandilla, en ocasiones, las chicas nos convidábamos droga entre nosotras y los muchachos tenían que salir a buscarla afuera.

Al final de cuentas, nuestra amistad era una amistad entre toxicómanos. Cada vez nos íbamos poniendo más y más agresivos. La heroína, la agitación con la que vivimos, la lucha diaria por el dinero y la heroína, el stress de nuestros hogares- había que ocultarse siempre, inventar nuevas mentiras, a nuestros padres, meter nuestros nervios en el refrigerador, en ocasiones. En fin, llegamos a acumular tanta agresividad que llegamos a un punto en el que no nos podíamos dominar, ni tampoco entre nosotros.

Con la que mejor me entendía era con Babsi: por otra parte, ella era la más calmada de todos nosotros. Ibamos a trabajar juntas a menudo Nos comprábamos las mismas polleras negras, ajustadas y con un tajo hasta la cola. También nos poníamos portaligas negras con sus respectivas ligas. Eso enloquecía a todos los clientes, esas ligas y portaligas negras en nuestras figuras adolescentes. Además, nuestros rostros aún se mantenían infantiles.

Poco antes de la Navidad del año 1976, mi padre se fue de vacaciones y mi hermana se iba a quedar completamente sola. Me permitió ir a dormir a su departamento junto con Babsi. Empezamos a tener líos a partir de la primera noche. Babsi y yo tuvimos una pelea de muy bajo nivel, nos gritábamos cada vulgaridad, que mi hermana menor, -tenía un año menos que yo- se largó a llorar. Ella no tenía dudas acerca de nuestra doble vida y nosotros, cuando reñíamos, utilizábamos un repertorio digno de putas.

A la mañana siguiente, Babsi y yo éramos nuevamente las mejores amigas del mundo. Siempre fue así: cuando dormíamos bien y el regreso a la realidad era grato, uno estaba de un humor apacible. Babsi y yo decidimos no inyectarnos de inmediato, por el contrario, había que esperar el mayor tiempo posible. Una experiencia que se practicaba de vez en cuando pasaba a convertirse en un verdadero deporte.

Lo extraño era que no hacíamos más que hablar de obtener un ''golpe'' espectacular, con droga del tipo ''extra''. Como dos mocosas que saborean el placer previo a la entrega de regalos navideños.

Mi hermana terminó por comprender por fuerza que nosotras estábamos en un estado completamente anormal. Ella sabía que nos drogábamos y que estábamos teniendo una experiencia singular. Juró guardar solemnemente el secreto.

A la mañana siguiente, Babsi fue a buscar un asunto para combinar el queso fresco. Para la ocasión escogió un embutido de fresas que la chiflaba. Vivía casi exclusivamente de queso fresco. Mi alimentación tampoco era muy variada: queso fresco, yogures, puddings y unos buñuelos que vendían en la estación del Kurfurstedndamm . Mi estómago no toleraba más que aquellos productos. Babsi preparó entonces su mezcolanza. Parecía la celebración de un rito religioso: nosotras estábamos las tres en la cocina. Babsi oficiaba, mi hermana y yo la contemplábamos con fervor. Estábamos felices de disponernos a ingerir un feroz desayuno de queso blanco. Después que Babsi y yo nos hubiésemos inyectado previamente, por supuesto.

Babsi terminó de batir el queso fresco el que se terminó convirtiendo en una apetitosa masa cremosa. Pero nosotros no podíamos esperar. Le dijimos a mi hermana que pusiera la mesa particularmente bonita y nosotros corrimos a encerrarnos en el baño. Pero las cosas se comenzaron a poner dramáticas. La crisis de absteninencia ya se había apoderado de nosotras.

Nos quedaba sólo una jeringa utilizable y yo declaré que me inyectaría en primer lugar. Babsi se puso furiosa: ''¿Porqué siempre tú primero? Hoy seré yo la que comience. Además se trata de mi mercadería.''

Aquello me sacó de quicio. Era verdad que por lo general ella estaba más aperada de heroína que Stella y yo, pero no soporté el tener que aguantarle sacar siempre ventaja por ello. Le dije: ''Escucha, mi vieja. Estás delirando. Toda la vida te demoras una eternidad''. Era efectivo. A esta buena mujercita le tomaba casi media hora inyectarse. Le costaba encontrar su vena. Y si no despegaba con el primer pinchazo, perdía los estribos, largaba la aguja por cualquier parte y se enervaba terriblemente. Era todo una hazaña cuando lograba acertar a la primera.

En esa época yo no tenía problemas de esa índole. O bien era Detlev el que me inyectaba- un privilegio que estaba reservado sólo para él- o bien yo ponía la aguja en el mismo sitio, en la cicatriz de mi brazo izquierdo. Eso funcionó durante un tiempo justo hasta que me agarré una hemorragia y mi piel se puso como cartón. Entonces yo también comencé a tener dificultades para inyectarme.

De todos modos, esa mañana gané el combate. Tomé la jeringa, la coloqué como correspondía y la operación completa no duró más de dos minutos. Fue un pinchazo terrible: mi sangre borboteaba. Sentí calor, mucho calor. Eché a correr agua fría sobre mi cuerpo, después logré sentirme súper bien y comencé a masajear todo mi cuerpo.

Babsi se sentó en el bode de la bañera, hundió la jeringa en su brazo y así comenzó su show. Se puso a aullar:'' ¡Mierda, me asfixio en este cuartucho! ¡Abre, te digo, esa ventana asquerosa!''

Yo ya estaba bajo el efecto de la droga y me sentía bien. Me importó un pito lo que le sucedía a esa mocosa. Le respondí:''No me huevees más, mierda. Si te asfixias, jódete y no me hinches más.''

Babsi salpicó sangre por todas partes y no lograba encontrar su vena. Perdía los estribos cada vez más hasta que exclamó:'' ¿Qué pasa? ¿No hay luz en esta cloaca?'' ''Anda a buscarme algo. Trae la lámpara del dormitorio''. Me daba flojera ir hasta nuestro cuarto por la lámpara. Pero como Babsi no la cortaba nunca con su cuento, tuve miedo que mi hermana se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo y terminé por seguirle la corriente. Babsi por fin logró asestar el golpe. Se calmó de inmediato, limpió cuidadosamente la jeringa, secó las gotas de sangre sobre la bañera y el piso. No dijo ni una sola palabra más.

Regresamos a la cocina y yo me aprestaba a paladear la crema de queso fresco. Pero Babsi cogió la fuente, la rodeó con su brazo y se puso a darle el bajo. Lo hizo visiblemente forzada pero se comió la fuente entera. Se tomó justo el tiempo para decirme:''Tú sabes porqué lo hice''.

Ambas nos habíamos hecho el propósito de pasarlo muy bien durante algunos días en el departamento de mi padre. Y, sin embargo, a partir de la primera mañana, ya se había armado la trifulca del siglo. Por nada. Pero los que somos toxicómanos sabemos que a la larga, las cosas entre nosotros terminan así. La droga destruye todas las relaciones con los demás. Lo mismo sucedió con nuestra pandilla. Donde nos aferrábamos los unos a los otros- quizás porque todos éramos muy jóvenes- y pensábamos que nos unía un sentimiento excepcional.

Mis disputas con Detlev se fueron poniendo cada vez más desagradables. Ambos estábamos, tanto el uno como el otro, bastante deteriorados físicamente.Yo no pesaba más de de 49 kilos para 1.69 mts. Y Detlev 54 para 1.76 mts. A veces nos llegábamos a sentir tan mal - y con frecuencia- que todo nos enervaba y nos insultábamos mutuamente. Intentábamos hacernos mucho daño y cada cual golpeaba al otro en su ángulo más vulnerable. Tanto para Detlev como para mí, la prostitución la intentábamos considerar como un asunto secundario, de pura rutina.

Ejemplo:'' Crees que tengo ganas de acostarme con una niñita que se mete en la cama con repulsivos extranjeros?''

Y yo ''Me repugna un tipo que se deja culear'' etc., etc.

La mayor tiempo yo terminaba estallando a sollozos. Las variantes eran: Detlev estaba totalmente liquidado y nos poníamos a llorar juntos. Cuando uno de los dos estaba en crisis de abstinencia, uno no tenía inconveniente en reventar al otro. Era hermoso reconciliarse después acurrucándose uno en los brazos del otro como dos niños. Eso no variaba mucho. Lo que ocurría era que veíamos sucesivamente nuestra imagen decadente el uno en el otro, como en un espejo. Era terrible cuando uno se encontraba a si misma fea (o viceversa) y recurría al otro para que le dijese que no era para tanto…

Esa agresividad también se descargaba sobre personas desconocidas. El sólo mirar a algunas señoras en el andén del metro cargando sus bolsas con provisiones me sacaba de quicio. Entonces entraba con una boquilla y un cigarrillo encendido dentro de un vagón para no fumadores. Si se atrevían a reclamar les decía que si no les agradaba, se retirarán de ese lugar. Mi mayor placer era quitarle el último asiento de atrás a una anciana. Aquello provocaba un tremendo revuelco en el vagón. En otras ocasiones, sacudía brutalmente a las abuelas. La forma en la que me comportaba me exasperaba a mí misma también cuando Babsi y Stella cometían la misma maldad. Pero ya no podría reprimirme.

Me importaba un bledo lo que las otras personas podían pensar de mí. Cuando comencé a tener aquellas picazones atroces (también con el roce de las ropas de vestir, bajo los ojos, etc.) que a uno la recorrían por todas partes, me rascaba delante de todo el mundo, sin importarme lo que dirían las personas a mi lado. No tenía ningún empacho- bajo ninguna circunstancia- en sacarme las botas o en arremangarme la pollera hasta el ombligo dentro del metro. La única cosa importante para mí era la opinión que tenían de mí los miembros de la pandilla.

Entre los adictos ocurre que llega un momento en el que nada cobra importancia. Cuando se llega a ese estado, tampoco importa mucho pertenecer a una pandilla. Conocía algunos de aquellos ''viejos toxicómanos'': se inyectaban a lo menos desde hace cinco años y todavía lograban sobrevivir. Sentíamos una serie de sentimientos encontrados hacia ellos. Estos individualistas sin par nos impresionaban, les atribuíamos una fuerte personalidad. Y además considerábamos importante conocerlos personalmente. Por otra parte, los menospreciábamos: eran la decadencia total. Pero sobretodos, a nosotros los jóvenes, nos inspiraban un miedo espantoso. Estos tipos no tenían ya la menor pizca de moral, ni piedad alguna por sus semejantes. Cuando estaban en estado de abstinencia eran capaces de matar a golpes a alguien para quitarles su ración de droga. El peor de todos se llamaba Mana, el Ratero. Todo el mundo le decía así y honraba su sobrenombre. Cuando aparecía, los revendedores corrían más velozmente que cuando llegaba la policía. Cuando atrapaba a un revendedor lo cogía, le quitaba la droga, y se mandaba a cambiar. Nadie se atrevía a auto defenderse. Ahora, con los adictos jóvenes, ustedes comprenderán….

Una vez lo vi. en acción. Yo venía de haberme encerrado en el WC para inyectarme, y de golpe vi que un tipo hacía saltar un tabique desde abajo y se me echó encima, literalmente. Era Manu, el Ratero. Me habían contado que esa era su mejor movida. Se apostaba en las toilettes para damas, esperaba que viniera una chica a inyectarse. Como supe que no dudaría en golpearme, le di de inmediato mi dosis y la jeringa. Salió de allí, se instaló frente a un espejo y se inyectó. En el cuello. Ese monstruo ya no tenía temor de nada y ese era el único sitio de todo su cuerpo en el que todavía se podía clavar una aguja... Sangró como un cerdo.''Creí que se iba a inyectar en la vena'' le dije. Le importó un bledo. Me dijo:''gracias'' y se largó.

Al menos, yo, jamás llegaría a ese extremo. De eso estaba segura. Porque para sobrevivir tanto había que tener una contextura tan fuerte como la de Manu, el Ratero. Era asquerosamente fuerte. Y ese no era mi caso…

En nuestra pandilla todo giraba- y cada vez con mayor intensidad- alrededor de la prostitución infantil y de los clientes. Los muchachos tenían los mismos problemas que nosotras. Todavía nos interesábamos los unos por los otros y nos ayudábamos. Nosotras, las chicas, intercambiábamos nuestras experiencias. Con el tiempo, el círculo de clientes se fue estrechando y lo que era nuevo para mí probablemente era conocido por Babsi o por Stella. Y era muy útil saber a qué atenerse.

Había tipos que eran recomendables, otros menos y algunos que era preferible evitarlos. Una clasificación en la que las simpatías personales no contaban para nada. Nos dejaron de interesar las profesiones de los clientes, su situación familiar, etc. No les hablábamos nunca y por otra parte, si nos hacían confidencias eran acerca de su vida privada. Lo único que nos importaba a nosotras era si se trataba de un buen o de un mal cliente.

El ''buen cliente'' era por ejemplo, aquel que sentía pavor por las enfermedades venéreas y andaba con preservativos. Desgraciadamente, eran pocos. La mayoría de las niñas que no tenía experiencia en la prostitución infantil terminaban contagiándose alguna enfermedad. Como se drogaban, les causaba temor ir al médico para que las revisara y continuaban trabajando como si nada pasara.

El ''buen cliente'' también era el tipo que solicitaba que se lo chuparan y punto. Eso evitaba estar durante horas discutiendo las condiciones. Pero nosotros solíamos poner la mejor calificación a un tipo relativamente joven y más bien delgado que no nos trataba como mercadería sino que se mostraba hasta casi amable. De vez en cuando nos invitaba a cenar.

Pero el criterio principal lo aplicábamos al informe precio-calidad: lo que el tipo estaba dispuesto a pagar a cambio del servicio prestado. Había que evitar a aquellos patudos que no respetaban los convenios y una vez en el hotel, intentaban extorsionar con amenazas o requerir servicios suplementarios ofreciendo a cambio sólo bellas palabras.

Finalmente y sobretodo, intercambiábamos informaciones (intentábamos hacer los retratos lo mejor posible) acerca de los peores de todos: los tipos que después de hacerlo, pedían que les devolviéramos el dinero empleando el uso de la fuerza. El pretexto era que no habían quedado satisfechos. Esa clase de desventura solía ocurrirles con más frecuencia a los pobres muchachos que a nosotros.

Estábamos ya en 1977. Apenas me di cuenta. Invierno o verano, Navidad o Año Nuevo, para mí todos los días eran iguales. Me regalaron dinero para Navidad lo que me permitió hacerme uno o dos clientes de menos. De todos modos, en el período de fiestas no había casi nadie. Pasé algunas semanas totalmente encerrada. No pensaba en nada, no me daba cuenta de nada. Estaba totalmente replegada dentro de mí misma porque ya no sabía quién era yo. En ocasiones, ni siquiera estaba consciente de que todavía estaba viva.

Apenas recuerdo algunos acontecimientos de aquel período. Por otra parte, ninguno de ellos valía mucho la pena de ser registrado. Hasta que algo trascendente sucedió a fines de Enero.

Había regresado a casa de amanecida y me sentía bastante contenta. Acostada en mi cama imaginaba que era una muchacha que regresaba de un baile. Ella había conocido un tipo sensacional, súper amoroso y se había enamorado de él. Comencé a sentirme feliz sólo cuando soñaba y cuando soñaba que tenía otra identidad. Mi sueño favorito era imaginar que yo era una adolescente feliz, tan feliz como aquella muchacha que aparecía ilustrando la publicidad de la Coca-Cola.

Al mediodía mi madre me despertó y me llevó el desayuno a la cama. Lo hacía siempre cuando yo estaba los domingos en casa. Me forcé a tragar algunos bocados. Me resultaba difícil: aparte del yogur, el queso fresco y los flanes, nada más me bajaba. De inmediato, agarré mi bolso de plástico. Estaba en un estado calamitoso, había perdido las manijas y estaba totalmente resquebrajado. De vez en cuando lo rellenaba con mi ropa., además de la jeringa, además de la jeringa y los cigarrillos. Yo andaba tan volada que no se me había ocurrido comprarme uno nuevo. Tampoco se me ocurrió evitar pasar delante de mi madre con el bolso plástico cuando iba al baño .Me encerré. En casa nadie lo hacía. Como todos los días, me miré al espejo. Me devolvió la imagen de un rostro descompuesto, desfigurado. Hacía mucho tiempo que no me reconocía en la imagen que me devolvía el espejo. Ese rostro no me pertenecía. Tampoco ese cuerpo esquelético. Por otra parte, tampoco sentía mi cuerpo. Este último sólo se manifestaba cuando estaba enfermo. La heroína lo puso insensible al hambre, al dolor y también a la fiebre. Ya no reaccionaba más que cuando estaba en crisis de abstinencia.

De pie, ante el espejo, me preparé un pinchazo. Lo estaba necesitando con todas mis fuerzas. Se trataba de un pinchazo especial porque tenía heroína gris - se le decía así a diferencia de la blanca - y era la que entonces se encontraba con frecuencia en el mercado. La heroína particularmente impura era de color gris verdosa y provocaba un ''flash'' (Placer violento y muy breve que se experimenta después de inyectarse en el organismo. Actuaba en el corazón y se debía colocar con sumo cuidado. Si la dosis era excesiva podía acabar con una de un solo paraguazo). Pero yo estaba tremendamente deseosa de experimentar ese súper flash.

Me hundí la aguja en la vena, aspiré, la sangre subió de inmediato. En otras ocasiones yo filtraba la heroína gris pero esta tenía un montón de mugre. Y ocurrió lo siguiente: la aguja se obstruyó. Podía suceder lo peor porque la aguja se tapó en el momento preciso. La sangre se podía coagular dentro de la jeringa y entonces no quedaba nada por hacer. En consecuencia, había que arrojar la dosis.

Empujé con todas mis fuerzas para que esa porquería pasara por la aguja. Acerté: el cuento comenzó a funcionar. Accioné nuevamente la jeringa para inyectarme hasta la última mota de polvo. Pero la aguja se volvió a tapar. Me puse loca de rabia. No quedaban más que diez segundos para que el flash surtiera efecto. Apelé a todas mis fuerzas. El pistón saltó y la sangre se salpicó. El piso del baño quedó cubierto de gotas de sangre. El ''flash'' fue demencial. Un calambre espantoso en la región cardiaca. Un millón de agujas me traspasaron la piel del cráneo. Sujeté mi cabeza con las dos manos para impedir que estallara bajo el martilleo- parecía que alguien me estuviera golpeando por debajo. Y de golpe, mi brazo izquierdo se paralizó.

Cuando fui capaz de moverme, cogí unos Kleenex para limpiar las manchas de sangre las que estaban diseminadas sobre el lavatorio, el espejo y en los muros.

Afortunadamente la pintura era al óleo y no me costó desmanchar. Mientras estaba preocupada de limpiar, mi madre golpeó la puerta. ''Abre. Déjame entrar. ¿Por qué te encierras?? Otra de tus manías, para variar…''

Yo: ''No seas bocona. Ya terminé''. Ella me enervaba, importunarme justo en ese momento. Me puse a tiritar como un pavo. Con la prisa, olvidé las manchas de sangre y dejé el Kleenex teñido de rojo en el lavatorio. Abrí la puerta y mi madre entró como una tromba. No sospeché nada, pensé que tenía apuro para hacer pis. Llevé mi bolso de plástico a mi cuarto, me recosté y encendí un cigarrillo.

Apenas terminé de lanzar la primera bocanada cuando mi madre irrumpió en el cuarto. Me vociferó:''Tú te drogas·'' Yo:''Mira las cosas que se te ocurren. ¿Qué te hizo pensar eso?''

Se me abalanzó encima y me obligó a estirar los brazos. No me defendí realmente. Mi madre vio la huella de la inyección que recién me había puesto. Estaba fresca, aún. Cogió mi bolso de plástico y lo dio vuelta encima de mi cama. Cayó la jeringa, pegoteada con tabaco y una pila de pedazos de papel de aluminio. La heroína venía envuelta en esos papeles que me servían cuando estaba en crisis de abstención: en los días en que no podía conseguir mercadería los raspaba con la lima para las uñas y con los residuos de polvo me fabricaba un pito.

Mi madre no necesitó mayores pruebas. Por otro lado, comprendió todo cuando entró al baño: además del Kleenex y las manchas de sangre, también reparó en los rastros del hollín- que provenían de la cuchara en que calentaba mis mezclas. Y ella había leído suficientes artículos sobre la heroína en la prensa como para saber que dos más eran cuatro.

No quise seguir negándome. Estaba postrada por el pinchazo que me había puesto

recién. Me puse a llorar, me sentí incapaz de proferir una palabra. Mi madre no dijo nada más pero estaba temblando, Lo ocurrido le provocó un extraño schock. Salió de mi cuarto y escuché que hablaba con su amigo Klaus. Regresó. Tenía un aspecto un poco más calmado y me preguntó: ¿'' No puedes hacer nada en contra de…? ''¿No puedes dejarlo…?''

Le respondí: ''Mamá, eso es lo que más quiero. Sinceramente. Puedes creerme. Realmente quiero salirme de toda esta mierda.''

Ella dijo:'' Bueno, entonces, lo intentaremos juntas. Voy a pedir una licencia para poder compartir contigo todo el proceso de abstinencia. Y comenzaremos a partir de hoy''.

Yo:'' Magnífico. Pero todavía queda otra cosa. Yo no funciono sin Detlev. Lo necesito y el me necesita a mí. También quiere desintoxicarse. Lo hemos conversado a menudo''.

Mi madre quedó estupefacta. ''¿Qué?'' ''¿Detlev también''? Ella siempre lo había considerado un buen chico y estaba muy contenta de que tuviera un amigo tan educado. Yo respondí:'' Naturalmente que Detlev también. ¿Acaso crees que me habría metido en esto completamente sola? Detlev no lo habría permitido. Sin embargo, por ningún motivo querrá que me desintoxique sin él.''

De ponto comencé a sentirme muy bien. La idea de que Detlev y yo nos desintoxicáramos juntos me hacía sentir muy feliz. Por lo demás, era algo que teníamos proyectado desde hacía tiempo. Pero mi madre, por su cuenta, tenía treinta y siete años en el cuerpo y estaba verde. Pensé que de un minuto a otro iba a sufrir una crisis de nervios. El cuento de Detlev le provocó un segundo schock. Pero el golpe de gracia lo sufrió al enterarse que yo llevaba dos años metidos en ese boche y que ella nunca había visto ni presentido nada. Comenzó a tener nuevas sospechas, quería saber cómo conseguía el dinero. Y de inmediato asoció dinero con prostitución infantil. Eso era.

Pero yo no tenía fuerzas para decirle la verdad. Mentí: ''Bueno, hacemos colectas. Siempre me encuentro con personas dispuestas a regalarme un par de marcos. También hago limpieza en departamentos de vez en cuando''.

Mi madre no insistió. Como de costumbre, tenía la apariencia de estar relativamente contenta de escuchar cómo yo apaciguaba sus temores. De todos modos, ella había tenido bastante por ese día y estaba exhausta. Sentí compasión por ella, me daba remordimientos verla en ese estado. Partimos de inmediato en busca de Detlev. No estaba en la estación Zoo. Tampoco adelantamos nada yendo a la casa de Axel y Bernd.

En la noche fuimos a ver a su padre. Los padres de Detlev también eran divorciados. Su padre era funcionario estatal. Hacía mucho tiempo que estaba al corriente de lo de Detlev. Mi madre le reprochó que no la hubiera advertido. El casi se puso a llorar. Era extraordinariamente duro tener un hijo que se drogaba y se prostituía. Señaló estar contento que mi madre hubiera tomado cartas en el asunto repetía sin detenerse:'' Si, habría que hacer algo…''

El padre de Detlev guardaba en una gaveta toda una colección de somníferos y tranquilizantes. Me los dio porque le dije que no teníamos Valeron y practicar una abstinencia sin hacer uso del Valeron era espantosa. Llevé conmigo cuatro o cinco Mandrakes, un tubo de Menetrin y cincuenta Valiums del 10. En el camino de regreso, me tomé un puñado de comprimidos en el metro porque sentía venir la crisis de abstención. Todo funcionó bastante bien y pasé buena noche.

A la mañana del día siguiente, Detlev tocó a la puerta de nuestra casa. Estaba en plena crisis de abstinencia. Creo que fue todo un acierto de su parte venir en ese estado, sin haberse inyectado previamente. El sabía que yo no tenía drogas conmigo. ''Quería estar en las mismas condiciones que tú para comenzar el proceso el de abstinencia'' dijo. ¡Qué formidable era!

Como yo, Detlev quería muy sinceramente, desintoxicarse de una vez por todas. Y estaba bastante contento con la idea de que había llegado el momento. Sólo que nosotros, -y también nuestros padres- ignorábamos que era una locura realizar una desintoxicación a dos personas simultáneamente. Porque siempre llega el momento en el que uno recae y arrastra al otro consigo. Bueno, nosotros lo habíamos escuchado pero igual nos hicimos ilusiones de que resultaría. Estábamos convencidos de no estar hechos de la misma madera que los otros toxicómanos. Y de todas maneras, nos resultaba impensable realizar algo de importancia sin la participación del otro.

Gracias a las cápsulas del padre de Detlev, la mañana transcurrió sin dificultad. Hablamos de cómo sería nuestra vida ''después''- en esos instantes lo veíamos todo color de rosa- y nos prometimos conservarnos bien, muy valientes para el día siguiente y los días venideros. Estábamos felices a pesar del dolor que sentíamos aproximarse.

En la tarde se desencadenaron todos los demonios. Nos engullimos las pastillas a puñados rociadas con copiosos vasos repletos de vino. Pero aquello no sirvió de nada.De pronto, perdí el control de mis piernas. Sentí un peso enorme que las aplastaba. Me acosté en el suelo y extendí las piernas para intentar aflojar y contraer continuamente mis músculos. Pero ya no las dominaba. Entonces apoyé mis piernas contra el armario. Después que se adherían se soltaban de inmediato. Me puse a rodar por el piso pero mis pies permanecían de alguna manera, adheridos al armario.

Estaba empapada de sudor helado que me corría hasta dentro de los ojos. Tenía frío, temblaba y esa porquería de sudor olía asquerosamente. Debía ser aquel veneno que estaba eliminando a través de todo el cuerpo. Tuve la sensación de estar viviendo un verdadero exorcismo.

Para Detlev fue todavía peor. Estaba completamente mareado. Temblaba de frío, se quitó su pulóver. Se sentó en mi lugar favorito en la esquina cerca de la ventana, pero parecía dispuesto a pelear. Sus piernas delgadas como fósforos no cesaban de ir y venir en forma muy agitada, sacudidas por terribles estremecimientos. Eso era más que un temblor, era un terremoto. Sin detenerse se secaba el sudor que le inundaba todo el cuerpo, se replegó en dos, se retorcía aullando de dolor. Tenía calambres en el estómago.

Detlev olía peor que yo. Infestamos todo el cuarto. Recordé que había escuchado decir que la amistad entre toxicómanos no resistía jamás una abstinencia exitosa. Pero yo amaba a Detlev más que nunca a pesar de su fetidez.

Detlev se levantó, se arrastró hasta mi cuarto, se plantó delante del espejo, y dijo:'' Ya no puedo más. No voy a poder resistirlo. De veras que ya no puedo más''. No supe qué responderle. No tenía fuerzas para decirle palabras de aliento. Intenté no pensar como él. Intenté concentrarme en una novela de terror. Después hojeé una revista: estaba tan nerviosa que la rompí.

Tenía la boca y la garganta tremendamente secas porque mi boca estaba llena de saliva. Y por tanto tenía mi boca repleta de saliva. Como no lograba tragarla, tosí. Mientras más esfuerzos hacía por tragarla, más tosía. Tuve un acceso de tos que impedía detenerme. Y de repente, vomité. Y todo cayó encima de la alfombra. Una especie de espuma blanca- mi perro vomitaba así cuando se atiborraba de verduras. Tosía y vomitaba…

Mi madre se mantuvo en la sala cerca de nosotros casi todo el tiempo. Cuando vino a vernos quedó totalmente desconcertada. Se la pasó corriendo al centro comercial para comprar cosas que no podíamos tragar. Finalmente acertó al comprar unos caramelos con extracto de malta y eso si dio resultado. Se calmó mi tos. Mi madre limpió el piso . Era adorable y yo ni siquiera podía decirle ''Gracias''.

Después los comprimidos y el vino entraron simultáneamente en acción. Me tragué cinco Valium del 10, dos Mandrakes, y vacié prácticamente una botella de vino. Como para apalear a un individuo normal por varios días. Mi organismo entonces reaccionó. Eso denotaba mi alto grado de intoxicación. Pero, al menos, eso me calmó. Me estiré sobre mi cama. Habíamos instalado una litera al lado. Detlev vino y se tendió y no nos tocamos. Cada cual estaba absorbido en lo suyo. Yo caí en una especie de vigilia. Dormía, pero sabía que dormía y estaba totalmente consciente de esos espantosos dolores. Me levanté y reflexioné. Habían ocurrido tantas cosas. Tenía la impresión de que alguien, sobretodo mi madre podía leer en mí como en un libro, leer mi porquería de pensamientos. Ver que yo no era más que un montón de mierda. Ver que yo no era más que un montón de mierda asquerosa. Mi cuerpo me causaba horror. Si éste pudiese desligarse de mí, lo haría…

En la noche volví a tomarme unos comprimidos. Un individuo normal se habría muerto. A mí me permitían dormir durante algunas horas. Un sueño me despertó: yo era un perro que siempre fui bien tratado por los seres humanos hasta que me encerraron en una perrera. Allí me torturaron hasta matarme. Detlev movía los brazos en todos los sentidos y me golpeaba involuntariamente. La luz estaba encendida. Al lado de mi cama había una cubeta llena de agua y una esponja de baño. Mi madre las había traído. Sequé mi rostro empapado en sudor.

Detlev parecía dormir profundamente pero todo su cuerpo estaba sobresaltado. Sus piernas pedaleaban y sus brazos giraban como un molino.

Me sentí un poco mejor. Tenía fuerzas para enjugar la frente de Detlev con la esponja del baño. No se dio cuenta de nada. Yo sabía que lo amaría siempre, apasionadamente. Un poco más tarde, en mi semi-sueño estaba nuevamente adormecida- sentí que Detlev me pasaba la mano por los cabellos.

A la mañana del día siguiente estábamos definitivamente mejor. La antigua regla de sobre vivencia que indicaba el segundo día de abstinencia como el más terrible, no fue efectiva para nosotros. Es cierto que se trataba de nuestra primera ''limpieza'' y por lo tanto, la más fácil de realizar. Al mediodía pudimos conversar. Primero, de cosas sin importancia, después de nuestro porvenir. Juramos recíprocamente no volver a ingerir drogas: LSD, heroína ni comprimidos. Queríamos llevar una vida apacible, rodeados de personas tranquilas. Fumaríamos hachís como antes, -para nosotros, aquella época era sinónimo de buenos tiempos- porque aceptaríamos tener sólo amigos fumadores. En cuánto a los alcohólicos, los evitaríamos porque eran muy agresivos.

Detlev buscaría un trabajo. ''Regresaré donde mi antiguo patrón, le diré que me había desaparecido pero que ahora había madurado, que me he convertido en una persona razonable. En el fondo mi patrón fue siempre comprensivo. Reiniciaré mi aprendizaje desde el comienzo''.

Yo, yo por mi parte me convertiría en una alumna aplicada, obtendría mi grado y quizás podría intentar el bachillerato.

Entre medio de todos esos planes mi madre hizo su entrada con una sorpresa genial: había ido a visitar a su médico el que le dio una receta de Valeron para nosotros. Detlev y yo ingerimos veinte gotas de acuerdo a la prescripción médica. El Valeron nos hizo efecto de inmediato. Debíamos cuidar de no abusar de los medicamentos y el frasco debía durar toda la semana. Mi madre nos preparó unos bocadillos- teníamos muchísima hambre .Nos compró helados. Todo lo que deseábamos. Montañas de cosas para leer. Dibujos animados. Antes pensaba que la B.D. era aburrida. Ahora no me bastaba con darle solamente una ojeada. Detlev y yo juntos mirábamos de cerca cada dibujo y los encontrábamos tan divertidos que nos doblábamos de la risa.

El tercer día ya estábamos en forma. Evidentemente, todavía estábamos atiborrados de medicamentos; de Valeron y también de cantidad de Valiums y todo eso rociado con vino.

De vez en cuando nuestro organismo se defendía todavía de la abstinencia, reclamaba su veneno, pero en general, nos sentíamos estupendamente bien. La noche del tercer día hicimos el amor por primera vez después de largo tiempo, porque la heroína inhibe el deseo sexual, y, por primera vez, después de mi depuración, hicimos el amor sin estar volados. Fue fantástico. Hacía mucho tiempo que no nos amábamos de esa manera, tan intensamente. Nos quedamos en cama horas mientras duraba, nos acariciábamos; y, por lo tanto, continuábamos transpirando. En realidad, estábamos capacitados para estar de pie a partir del cuarto día pero pasamos otros tres días acostados amándonos, dejándonos mimar por mi madre y tomado Valium con vino. Pensábamos que después de todo no era tan terrible abstenerse, y que era fabuloso estar liberados de la heroína.

Nos levantamos al séptimo día. Mi madre estaba muy feliz. Nos abrazó. La semana que vivimos juntas transformó mi relación con ella. Sentí que me unía a ella una amistad y también una buena dosis de gratitud. Y por otra parte, estaba loca de felicidad de contar con Detlev. Había reencontrado la paz. Me repetía a mí misma que no existían dos como él. Y si en el caso de los otros toxicómanos la abstinencia había matado el amor, para nosotros fue al contrario. Nos amábamos mucho más ahora. Era maravilloso. Le dijimos a mamá que deseábamos salir a tomar el aire: veníamos de pasar una semana entera encerrados en un cuarto minúsculo. Ella estuvo de acuerdo.''¿Adónde iremos?'' preguntó Detlev. No tuve nada que proponerle. Nos dimos cuenta en ese preciso instante que no teníamos ningún lugar al cual acudir. Todos nuestros amigos eran drogadictos. Y todos los sitios que frecuentábamos o en los que nos sentíamos a nuestras anchas, eran aquellos donde los jóvenes se inyectaban. ¿Y los fumadores de hachís? Hacía tiempo que los habíamos dejado de ver.

De repente comencé a sentirme mal. Se nos había acabado el Valeron. Ese era el motivo por el que nos sentíamos enervados dentro del departamento y decidimos salir. Pero el hecho de no tener donde ir nos enervó mucho más. De pronto me sentí completamente atrapada y vacía. La heroína se había acabado y no teníamos dónde ir.

Nos dirigimos hacia el metro. Automáticamente, sin haberlo decidido nosotros mismos. Sin tomar conciencia de ello, estábamos como suspendidos de un hilo invisible. Y de pronto, nos encontramos en la estación Zoo. Detlev, que estaba silencioso desde que salimos de casa, abrió por fin la boca:'' Al menos, deberíamos ir a desearles los buenos días a Axel y a Bernd. Deben estar pensando que estamos en la cárcel o en el cementerio''.

De repente, me sentí aliviada. ''Por cierto. Debemos contarles lo de nuestra abstinencia. Quizás podamos convencerlos de que ellos también deberían hacerlo''.

Nos dejamos caer de inmediato sobre Axel y Bernd. Tenían cantidades de drogas con ellos. Habían tenido un buen día. Detlev les contó lo nuestro. Encontraron formidable lo que hicimos. Y después que nos felicitaron, nos contaron que habían regresado para inyectarse.

Detlev y yo nos miramos. Nuestras miradas se cruzaron y sonreímos. Un pensamiento cruzó durante un instante por mi mente:''Sería de locos el primer día''. Detlev dijo:'' Tú sabes que uno se puede mandar un pinchazo muy a lo lejos, de vez en cuando. Es sensacional. Piensa que es una única súper oportunidad. No nos provocará dependencia. Debemos ser más cautelosos para no recaer en la dependencia porque no me veo volviendo a pasar de nuevo por ese proceso de abstinencia''.

Yo:'' Por supuesto. Un pinchazo muy de vez en cuando. Es sensacional. Además, ya estamos prevenidos. Sabemos que debemos desconfiar de la dependencia.''Había perdido totalmente la razón. Sólo pensaba en una sola cosa: inyectarme.

Detlev le dijo a Axel: ¿''Nos podrías prestar un poco…? Te lo devolveremos apenas podamos. Prometido''. Axel y Bernd intentaron disuadirnos en forma muy diplomática. Dijeron que ellos también se ''limpiarían'' dentro de una semana. Justo el plazo para aprovisionarse de Valeron. Aquello de regresar a sus trabajos habituales les había parecido excelente, así como pincharse muy de vez en cuando. Dos horas después de abandonar el departamento de mi madre, Detlev y yo estábamos de nuevo drogados y nos sentíamos de maravillas.

Nos paseamos del brazo por la Kurfurstendamm. Era formidable la sensación de andar volados y poder pasearse tranquilamente así, sin tener prisa, sin tener que aprovisionarse de droga para la mañana siguiente. Detlev me dijo lleno de alegría:'' Mañana por la mañana haremos un poco de gimnasia para proseguir el día sin una gota de heroína''.

Nos creíamos de fierro. Nuestra primera ilusión había sido imaginar que durante la semana que habíamos pasado en casa de mi madre, sufriendo y vomitando, habíamos llevado a cabo una verdadera desintoxicación. Por cierto, nuestros cuerpos habían expulsado el veneno. Al menos, la heroína, Pero nos atiborramos de Valeron, Valiums, etc. Y tampoco nos preguntamos qué hacer después de la desintoxicación física. Mi madre también había pecado de ingenua. Ella esperaba, de buena fe, que nos habíamos librado definitivamente de todo el asunto. Y por otra parte, ¿Cómo podía saber ella que nada nos pasaría después de la abstinencia?

En realidad, nosotros debimos saberlo. Teníamos suficientes ejemplos. Pero no queríamos enfrentarnos con la realidad. Y además, nosotros sólo éramos unos niños y unos niños muy ingenuos. Con mucha experiencia pero que nos servía para nada bueno.

Nos inyectamos recién un mes después. Logramos hacer lo que nos habíamos prometido: nada de prostituirse, sólo un pinchazo cuando teníamos dinero o cuando alguien nos regalaba una dosis de heroína. Sólo que cada día estábamos más ansiosos por encontrar medios para obtener dinero. O que alguien nos convidara un poco de heroína. Por supuesto, eso nunca lo reconocimos abiertamente.

De todos modos, fue un período espectacular. Dejé de ir a clases- mi madre quiso que esas primeras semanas sin heroína me resultaran particularmente agradables. Además, permitió que Detlev continuase viviendo en nuestra casa. Detlev me reveló nuevos aspectos de su personalidad y yo lo amaba cada vez más. Parecía despreocupado, alegre, desbordante de creatividad. Ëramos como una yunta, siempre de buen humor y llenos de vivacidad. Al menos, eso parecíamos reflejar.

Hicimos largos paseos por el bosque. Llevábamos a mis gatos y les permitíamos treparse arriba de los árboles. Hacíamos el amor casi todas las noches .Todo era maravillosamente ideal. Llegamos a pasar tres días sin inyectarnos. Cuando nos conseguíamos heroína evitábamos ir a la asquerosa estación del Zoo. Nuestro lugar favorito era la Kurfurstendamm: nos paseábamos en el lugar en el que se reunía la burguesía. En el fono, queríamos ser como ellos- sólo que un poquitín diferentes. En todo caso, ellos se querían mostrar y mostrarle al mundo entero que aunque se volaban, no eran toxicómanos.

Ibamos completamente drogados a unas discotecas muy formales. Mirábamos a los otros- a los jóvenes y a los burgueses refinados y bien nacidos- y podría decirse que eran casi como nosotros y de seguro no eran drogadictos.

En ocasiones pasábamos todo el día en casa, conversando de todo un poco, mirando por la ventana, intentando arrancar las hojas enclenques de los árboles que brotaban delante de nuestra casa. Yo me inclinaba por la ventana y Detlev me sujetaba por las piernas y efectivamente, logré atrapar varias hojas. Nos besuqueábamos, leíamos, y las tres cuartas partes del tiempo nos comportábamos como dos felices tórtolos. Jamás hablábamos en serio acerca de nuestro futuro.

A veces, en contadas ocasiones, yo me sentía bastante mal. Cuando tenía algún problema. Por ejemplo: cuando Detlev y yo reñíamos por una idiotez. No me desahogaba, rumiaba para mis adentros y tenía miedo de perder el control de mí misma por una tontería cualquiera. En aquellos momentos ansiaba inyectarme para borrar el problema de un solo viaje.

Pero se presentó un problema real. Klaus, la pareja de mi madre, armó todo un lío a causa de Detlev. Dijo que el departamento era demasiado pequeño para albergar a un extraño. Mi madre no se atrevió a rebatirlo. Y yo, una vez más, me sentí totalmente desarmada.

No hacía mucho tiempo que Klaus me había ordenado separarme de mi perro. De la mañana a la noche, todo empezó a marchar muy mal. Fue el final de aquella época paradisíaca. Tenía que regresar a la escuela y Detlev no pudo regresar a dormir en casa.

No me di cuenta que había perdido tres semanas de clases. De todos modos, hacía mucho tiempo que había perdido el hilo en clases. Pero se me presentó un nuevo problema: el tabaco. Cuando no estaba drogada me fumaba entre cuatro y cinco paquetes de cigarrillos diarios. Uno después del otro. Y a partir de la primera hora de clases, sentía una gran ansiedad y me iba al WC. No paraba de fumar en toda la mañana y vomitaba en el canasto para los papeles. Esa era mi rutina: fumar y vomitar. Apenas metía los pies en la sala de clases.

Al cabo de tres semanas no vi a Detlev por primera vez durante el horario diurno. Decidí ir a la estación del Zoo a la salida del colegio. Mi Detlev estaba allí. Esperaba por un cliente.

Aquello me fastidió. Reencontrarlo en ese asqueroso sitio esperando por un asqueroso marica. Pero me explicó que no tenía un cobre. De todos modos, no sabía hacer nada mejor. Regresó a la casa junto con Axel y Bernd, iba todos los días a la estación del Zoo y regresaba a casa para inyectarse. Si yo deseaba verlo debía regresar a la estación del Zoo. No contaba con nadie más que con él. No podía vivir sin él. Regresé entonces casi a diario, a la estación del Zoo.

LA MADRE DE CHRISTIANNE

Fue un domingo. Aquel domingo en el que vi. el piso del baño salpicado con gotas de sangre y luego examiné el brazo de Christianne. Casi se me cayeron los ojos. Fue un golpe muy duro. Christianne me había demostrado lo absurda que había resultado la educación que le di y de la cual yo me sentía tan orgullosa. Me di cuenta que lo había hecho todo al revés porque quería repetir una sola idea: no repetir los errores educativos de mi padre.

Por ejemplo, cuando Christianne comenzó a frecuentar la ''Sound'' a mí no me agradó la idea. Pero su amiga Kessi y las chicas del ''Hogar Social'' iban. Entonces me dije: ¿Y porqué negárselo a Christianne? Pensaba en todos aquellos placeres inocentes de mi juventud de los que me privó mi padre cuando era muchacha.

Y persistí en mi permisividad cuando Christianne me presentó a su amigo Detlev. Se habían conocido en la ''Sound''. Me causó muy buena impresión. Tenía buenos modales, un aspecto agradable y era simpático.

En fin, era un muchacho encantador. Y encontré totalmente normal que Christianne se enamorase. Me dije:'' Está justo en la edad del primer amor: lo importante es que sea un buen muchacho''. Y yo veía que el amaba de veras a mi hijita.

Si en esa época alguien me hubiera dicho que es par se inyectaba, habría pensado que estaba demente. Aparte de sus sentimientos por Detlev, no reparé nada especial en Christianne.

Por el contrario, me parecía calmada, más equilibrada. Con anterioridad había pasada por una etapa en que andaba peleando hasta con los muros. Lo mismo sucedía en el colegio, daba la impresión de que todo marchaba bien.

Se hablaban por teléfono a diario después de clases y ella me contaba lo que hacía: iba a la casa de una compañera e iba a esperar a Detlev a la salida del taller. Nada de aquello me parecía reprensible.

Durante la semana generalmente cenaba en casa, Si se retrasaba me llamaba para avisarme. De vez en cuando iba por las tardes al ''Hogar Social'' a juntarse con sus amigos. Al menos, eso era lo que ella me decía….

También había comenzado a ayudarme con el aseo de la casa y yo la recompensaba obsequiándole alguna que otro pequeño obsequio: un disco o le añadía un marco a su mesada. Mi amigo Klaus no estaba de acuerdo en lo que yo hacía. Me aconsejaba que de vez en cuando me preocupara más de mí porque Christiannne no hacía más que explotarme. En cierto sentido, quizás el tenía algo de razón pero yo siempre pensaba que debía hacer algo especial por Christianne, que debía resarcirla de alguna manera. Sólo que en esa época yo no tenía las cosas tan claras.

Mi amigo también opinaba que me excedía en los permisos para autorizar a Chrirtianne a quedarse a dormir afuera en casa de sus amigas. De hecho, el no le creía cuando ella decía que se alojaría en tal o cual casa. No podía espiarla porque es una modalidad que se riñe con mi personalidad. Mi padre me había espiado siempre y nunca tuvo un motivo para reprocharme.

Y después Christianne me contó que se había acostado con Detlev. ''Mamá'' me dijo ''el fue tan cariñoso conmigo como no te lo puedes imaginar''. Comprendí entonces, al menos eso creí, porque quería alojarse siempre en la casa de la amiga los sábados en la noche.

Bueno, cuando eso sucedió, no me pareció tan espantoso y le di permiso dos o tres veces para dormir en casa de Detlev. ¿Cómo podía impedir que se acostaran juntos?

Los psicólogos repetían constantemente- tanto en la televisión como en los diarios- que los jóvenes de hoy eran muchos más maduros y que no se debía reprimir su sexualidad. Y yo compartía esa opinión.

Christianne al menos, tenía una relación estable. Eso, me tranquilizaba. Veía a tantas jovencitas del vecindario que cambiaban de pareja como quién se cambia de ropa.

Por otra parte. Y para ser honesta, a veces andaba muy preocupada. La causa eran los nuevos amigos de Christianne, aquellos que había conocido en la '' Sound''. Me había contado que algunos de ellos se drogaban: Jamás me habló de heroína ni hachís ni de ''viajes''. ''Me había contado algunas cosas terribles, ella misma me confesó que su amiga Babsi era toxicómana. Pero ella describía todo aquello de tal manera, como si considerara todo aquello tan degradante, que no imaginaba por un instante que ella hacía lo mismo.

Y cuando le preguntaba: ''¿Y porqué te juntas con esa gente?'' ella me respondía:''Ay mamá, les tengo lástima. Nadie se preocupa de ellas. Necesitan que alguien las ayude. Se sienten tan contentos cuando alguna persona les conversa.'' Christianne siempre había tenido buen corazón. Ahora entiendo que se estaba refiriendo a si misma.

Una tarde, a mediados de semana, regresó muy tarde. Alrededor de las once de la noche. Y me dijo:'' Mamá, te ruego que no te enojes. Fui a un centro de asistencia para jóvenes drogadictos junto con mis compañeras. Tu sabes, es un lugar donde uno conversa con aquellos drogadictos que desean abandonar el vicio.'' Y luego agregó riendo un poco entrecortada. ''Así si llegara a drogarme algún día…'' Yo la observé espantada. ''Ah'', le dije solamente por comentar algo. Por mi lado no hay problema.''

''¿Y por el de Detlev?'' le pregunté yo. Ella se indignó. ''¿Por Detlev? Ni lo preguntes, el no necesita eso.''

Aquello sucedió a fines de 1976. A partir de esa fecha, yo tenía sospechas pero las rechazaba. Y dejé de escuchar las advertencias de mi amigo. El se atrevía a apostar que Christianne se drogaba. pero era yo la que no quería asumirlo. Nos es tan fácil reconocer el fracaso de una madre y reconocer que todo lo que se ha hecho no ha servido para nada. Me obstiné:'' No, mi hija, no''. Intenté acortarle las riendas a y le ordené en buena forma que debía estar de regreso en casa a la hora de cenar. Pero no me hizo caso. ¿Qué más podía hacer? ¿Dónde buscarla en esta ciudad? Pero, igualmente, si yo no hubiera sido tan hábil para rechazar mi subconsciente tampoco habría imaginado jamás que estaba en la estación del Zoo. Me sentía contenta cuando me llamaba alrededor de las nueve para decirme: ''No te inquietes, mamá. Llegaré de inmediato'' Yo no me sorprendía, así de simple.

También debo decir que ella me obedecía de vez en cuando. La escuchaba decir a sus amigas en el teléfono, hasta casi con orgullo: ''No, no puedo salir hoy. No me dieron permiso.'' Aquello no parecía enojarla… Era realmente curiosa aquella contradicción. Por un lado, rugía como una leona, era tremendamente insolente y no había forma de hablar con ella. Por otra parte, cuando se le trazaba claramente la cancha respecto de la línea de conducta que debía llevar, daba la impresión de querer respetarlas. Pero ya era demasiado tarde.

La hora de la verdad se escuchó un domingo de fines de Enero de 1977. Aquello fue terrible. Quería ir al baño. La puerta estaba cerrada, hecho poco habitual en nuestra casa, Christianne estaba encerrada adentro y no abría. En ese momento lo supe y también supe que hasta entonces me había estado mintiendo a mí misma. . De lo contrario, no habría comprendido de inmediato lo que estaba sucediendo en el baño.

Golpeé más de una vez a la puerta pero Chrstianne no abría nunca. Comencé a enrabiarme, luego le supliqué, después la reté. Finalmente abrió y salió corriendo. Vi una cuchara ennegrecida en la bañera, manchas de sangre sobre el muro. Esa era la prueba, la confirmación de los hechos. Como en las descripciones de la prensa. Mi amigo hizo sólo una observación:'' ¿Lo crees ahora''?

La seguí hasta su cuarto. Le dije:''Christianne, ¿Qué hiciste? Yo estaba totalmente quebrada, temblaba todo mi cuerpo, No sabía si ponerme a llorar o a gritar. Pero, antes pregunté: ''¿Te inyectas heroína?''. No me respondió. Los sollozos le impedían hablar. Le estiré los brazos a la fuerza y vi las marcas. Sobre los dos brazos. Pero no veía algo tan espantoso. No tenía la piel color azul y no se veían más que dos o tres huellas de pinchazos., incluyendo la última, casi insignificante, era como un punto un poco rojo. Y ella confesó Entre medio de sus lágrimas. En ese mismo instante pensé que me iba a morir. Estaba tan desesperada que era incapaz de pensar. ¿Qué hacía? No tenía la más remota idea. Le dije: ¿Qué vamos a hacer ahora?''Le hice esa pregunta a Christianne porque estaba totalmente anulada.

Entonces sucedió aquello, lo que yo había querido evitar y que siempre postergaba para después. Pero debo decir que yo no podía reconocer los síntomas. Christianne no parecía fatigada, la mayoría de las veces estaba alegre y llena de vida. La única cosa que había observado en el transcurso de las semanas anteriores era que a veces, cuando ella llegaba estresada partía directamente a su cuarto. Yo atribuí eso al hecho de que estaba con la conciencia sucia. Por llegar retrasada….

Cuando estuve un poco más calmada nos pusimos a reflexionar acerca de lo que debíamos hacer. Christianne me confesó que Detlev se drogaba también. Tenían que desintoxicarse juntos, de lo contrario, uno haría recaer al otro. Aquello era comprensible. Resolvimos comenzar de inmediato la abstinencia en casa.

Christianne parecía no ocultar nada. Me contó que Detlev conseguía el dinero prostituyéndose con homosexuales. ¡Qué horror! Yo estaba estupefacta. Pero ella no me dijo lo que hacía ella. Yo no tuve ninguna sospecha: ella amaba a Detlev ¿No era así? ''El'' dijo ''gana siempre suficiente dinero para la droga''.

Christianne no cesaba de repetirme: ''Créeme, mamá, yo me voy a liberar de este cuento, te lo aseguro''. Esa misma noche partimos las dos en busca de Detlev. Por primera vez tomé conciencia de aquellas criaturas decadentes, lastimeras, que deambulaban por la estación Zoo. Y Christianne me dijo: ''Yo no puedo terminar de esa manera. Mira a esos tipos. Están totalmente destruidos.'' Ella aún tenía un aspecto físico relativamente bueno. Me sentí casi tranquila al escucharla.

No pudimos dar con Detlev. Nos fuimos entonces a la casa de su padre. El estaba al corriente, estaba enterado por su hijo pero no sabía que Christianne también se drogaba. Le hice algunos reproches. ¿Porque no me había advertido? ''Porque tenía vergüenza'' fue su respuesta.

Parecía aliviado. Quería ayudarnos con dinero. Hasta entonces no había encontrado a nadie que le diera una mano con su hijo. Debí parecerle un ángel caído del cielo. Yo misma me sentía una mujer fuerte. ¡Si hubiese sabido lo que me esperaba!

A la mañana siguiente partí sola a la búsqueda de personas que pudieran aconsejarme. Primera etapa: ''Ayuda para la Infancia''. Les dije:'' Mi hija de catorce años se droga con heroína. ¿Qué debo hacer?'' No lo sabían. ''Póngala en una institución.''. ''Por ningún motivo,'' respondí ''no quisiera que Christianne se sienta rechazada.'' En otro sitio no fueron capaces si quiera de darme una dirección. Todo aquello era sinónimo de tomarse un tiempo para enfrentar el problema, y de todos modos, las vacantes en un centro para niños con problemas de personalidad eran pocos. Les dije:'' Eso no tiene nada que ver. No tiene problemas conductuales, Ella es toxicómana. Se contentaron con mirarme y levantar los hombros. Para terminar, me aconsejaron llevar a Christianne donde un Consejero Pedagógico.

Cuando le propuse eso a Christianne me dijo:''Esa es una estupidez. Ellos están a favor del abandono de la familia. Lo que necesito es una terapia.'' Para aquello, los servicios citados no tuvieron ninguna propuesta. Hice de nuevo otro recorrido completo por los Centros de Información de la Droga. Estuve en la Universidad Técnica, en la Asociación Cáritas y qué se yo en cuántas otras partes. No sabía desde que punto comenzar a enhebrar el hilo de esta madeja.

Me dijeron que una abstinencia en casa podía ser muy riesgosa, que una desintoxicación sin terapia no llegaría muy lejos, pero que debido a la corta edad de Christianne podía intentarlo de todas maneras. Igual, no había ninguna vacante para terapia en menos de tres meses más. Me dieron también algunos consejos dietéticos, para ayudarla a enfrentar mejor los síntomas de la abstinencia.

Aquello resultó. Renacieron en mí las esperanzas. Al cabo de ocho días estaba segura que había capeado el temporal. Dios me había escuchado. Christianne regresó a clases como de costumbre y también, aparentemente, a estudiar.

Pero pronto se dedicó a vagabundear. ¡Ah! Pero siempre decía dónde estaba. Cuando llamaba por teléfono a las ocho de la noche, me explicaba:'' Mamá, estoy en el Café Pin o Pon. Me encontré con fulanito o sutanito. Llegaré de inmediato''.

Ahora yo estaba en guardia. Controlaba sus brazos, pero no volví a encontrar huellas de inyecciones. No le di más permiso para alojar en la casa de Detlev los fines de semana. Pero por otra parte, quería demostrarle que confiaba en ella. Entonces le permití que llegara más tarde los sábados por la noche. Yo estaba en guardia pero no sabía cómo hacerlo, qué actitud tomar, Me rompía la cabeza por intentarlo…

CHRISTIANNE.

La idea de volver a ser dependiente de la heroína me horrorizaba. Pero cuando Detlev andaba volado y yo no, la corriente que nos unía, desaparecía y nos sentíamos como dos extraños. Por eso cuando Detlev me volvió a pasar droga, la cogí. Jeringa en mano, nos prometimos nunca más volver s ser dependientes físicamente de esa droga. Estábamos convencidos que después del verano seríamos perfectamente capaces de terminar con el asunto de la noche a la mañana, a pesar de que ya habíamos comenzado a inquietarnos por conseguir la droga de la mañana siguiente.

Toda la mierda había recomenzado, desde la A hasta la Z. Sólo que no estábamos conscientes de que si llegábamos a estar tan reventados como ya lo estábamos en ese momento no seríamos capaces de manejar nuestra adicción.

Después de algún tiempo, Detlev comenzó a trabajar para nosotros dos. Eso no duró mucho tiempo y yo tuve que regresar a la calle. Pero, al comienzo, tuve una tremenda suerte ya que sólo trabajé para clientes conocidos y eso me pareció menos desagradable.

Desde que me vi obligada a regresar a la prostitución, Detlev me llevaba a casa de Jurgen. Un hombre muy conocido en el ambiente empresarial de Berlín. Gozaba de prestigio y almorzaba con los diputados. Pasaba los treinta pero se conservaba joven. Utilizaba el mismo vocabulario de los jóvenes y comprendía sus problemas. No vivía como los demás ''cuadrados''.

La primera vez que fui a la casa de Jurgen vi. a una docena de jóvenes alrededor de una mesa de madera, iluminada por velas colocadas en candelabros de plata y decorada con botellas de vino de las mejores marcas. La conversación era general y muy moderada. Observé que los tipos y las niñitas que estaban sentados alredededor de la mesa eran de clase alta. Jurgen parecía ser el líder y me dije a mi misma que debía tener hábitos bastante excéntricos. En primer lugar, me impresionó ver ese suntuoso departamento donde cada cosa debía costar una fortuna. Luego encontré fantástico que con todo eso, el tipo fuera así tan relajado, tan humano.

Fuimos recibidos en calidad de amigos a pesar de que éramos los únicos toxicómanos… Conversamos un rato y luego una pareja preguntó si podían ir a darse una ducha. Jurgen respondió: ''Por supuesto. Las duchas están para eso''.

Las duchas estaban justo a un costado del living. Ellos partieron. Algunos chicos y chicas los siguieron. Y luego regresaron completamente desnudos pidiendo toallas. Yo me decía:'' Qué grupo estupendo. Todo el mundo se siente a sus anchas aquí'' Y también Detlev y yo podríamos tener un departamento como ese en el futuro, e invitaríamos a nuestros amigos con ''clase''. De repente, varios de ellos empezaron a pasearse completamente desnudos o iban cubiertos por una toalla. Y comenzaron a besarse . Una pareja partió al dormitorio principal donde había una cama inmensa. Un ancho pasillo ubicado entre la sala y le dormitorio permitía ver todo lo que allí ocurría. La pareja hacía el amor y los otros se le unieron en esa inmensa cama. Los tipos besaban a las niñas, los tipos se besaban entre ellos, Algunos lo hacían sobre la mesa.

Entonces comprendí: era una partuzza. Querían que nosotros participáramos. Pero a mí todo eso no me decía nada, no quería que llegara cualquiera y me besara. No me disgustaron. Me gustó verlos cómo disfrutaban de esa manera. Pero por eso era que a mí me gustaba estar a solas con Detlev.

Detlev y yo nos fuimos a un cuarto. Nos acariciamos y terminamos por desvestirnos. De pronto, allí estaba Jurgen mirándonos. Eso no me molestó. Menos después de lo que había visto en ese departamento… Después de todo el era el que nos pagaba. Lo único que deseaba era que no nos tocara.

El se conformaba con vernos y se masturbaba mientras yo hacía el amor con Detlev. Un poco después nos dimos cuenta que nos había pillado la máquina: yo tenía que regresar a casa. Jurgen deslizó discretamente un billete de cien marcos en la mano de Detlev.

Jurgen se convirtió en nuestro cliente habitual. El era bisexual. La mayor parte del tiempo que íbamos juntos, el estaba conmigo un rato y luego continuaba con Detlev. Nos daba siempre cien marcos. A veces, uno de nosotros iba solo. Por sesenta marcos. Por supuesto, Jurgen era un degenerado y su caso era tan penoso como el de otros como él. Pero fue el único cliente por el que sentí algo parecido a la amistad. En todo caso, lo respetaba. Me gustaba conversar con él porque tenía buenas ideas y sabía analizar bien las cosas. Sabía cómo desenvolverse, encajaba bien en la sociedad.

Yo admiraba, en especial, su modo de administrar el dinero. Quizás eso era lo que más me interesaba de él, oírle relatar cómo había hecho su fortuna y como la multiplicaba casi automáticamente. Al mismo tiempo, era una persona extremadamente generosa. A los otros, no les pagaba directamente por participar en las partuzzas, sin embargo un día vi que le daba a un tipo varios miles de marcos para que se comprara un auto. Jurgen hizo un cheque y le dijo:'' Aquí tienes tu Mini-Cooper''. Era el último cliente al que yo podía llegar a su casa sin pedirle nada ni que el me pidiera nada tampoco. Pasaba a veces las noches en su casa para ver la televisión. En esas ocasiones, el mundo no me parecía tan ruin.

Detlev y yo regresamos al mundo de los toxicómanos. Dejamos de frecuentar los centros nocturnos para adolescentes normales. Nos habían dejado de interesar. Cuando no estaba en la estación del Zoo intentaba ir a la Kürfurstendamm. Sobre el andén había un centenar de vendedores de droga. También había degenerados que sólo estaban interesados en los toxicómanos. Pero por sobre todo, era un lugar de encuentro.

Me paseaba por todos los grupos y conversaba con todo el mundo. A veces me paseaba entre medio de otros toxicómanos y al compararme con ellos me encontraba fantástica. Deambulaba en el andén de esa estación como si fuese una estrella rodeada de puros tipos sensacionales. Veía aquellas bolsas plásticas de las grandes tiendas que contenían el mismo envase pero los nuestros eran cautelados con gran resguardo porque nuestros contenidos eran muy diferentes al de ellos. Pero yo me decía: ''Nosotros los toxicómanos somos superiores a los demás. Entre nosotros la vida es dura, uno se puede morir de la mañana a la noche y sin embargo no vamos a terminar como un montón de huesos viejos. Porque es la vida que elegimos vivir. Por mi lado, me siento satisfecha''. En esos instantes pensaba en todo el dinero que ganaba. Necesitaba cien marcos al día sólo para mi dosis. Con mi trabajaba lograba ganar la suma de cuatro mil marcos al mes y me las ingeniaba para procurarme esa suma. Cuatro mil francos líquidos equivalía a la suma que ganaba el Director de una gran empresa. Y yo ganaba esa cantidad a los catorce años.

Yo practicaba la prostitución, es cierto. Pero cuando estaba drogada no me parecía tan espantoso. Y en el fondo, yo engañaba a los clientes. Al fin de cuentas, ellos estaban lejos de obtener lo que pagaban por su dinero. Yo era la que imponía las condiciones. Mis servicios eran limitados.

Había ''vedettes'' que me superaban. De acuerdo a lo que contaban ellas podían ganar una suma equivalente a cuatro gramos de heroína diaria. Eso significa ganancias entre quinientos y ochocientos marcos al día. Casi siempre lograban reunir esa cantidad. Ganaban más que el presidente de una empresa sin ser prendidas por la policía. Frecuentaba a esas ''vedettes'': las veía a menudo en la Kurfurstendamm y conversábamos de igual a igual.

Aquellos eran mis pensamientos y mi modo de pensar en aquellos meses de Febrero y Marzo de 1977. Al menos, cuando andaba volada. En líneas generales, no me iba muy bien pero tampoco estaba mal. Todavía era capaz de entretenerme soñando con un montón de ilusiones. Había retomado mi rol de toxicómana y me sentía sensacional. No sentía temor de nada.

Antes, yo vivía atemorizada por todo. De mi padre, después del amigo de mi madre, de toda esa porquería de colegio y de los profes, de los guardias de los edificios, los policías que controlaban el tráfico vehicular y de los guardias del metro. Me sentía invulnerable. Lo mismo me ocurría con los policías vestidos de civil que merodeaban algunas veces, en los ándenes del metro. Solían dejarme helada pero hasta la fecha me había logrado librar de todas las redadas.

En esa época comencé a juntarme con unos adictos que daban la impresión de haber tenido una actitud muy valiente ante la drogadicción. Por ejemplo, Atze y Lufo. Atze había sido mi primer novio, el primer muchacho del que estuve enamorada antes de conocer a Detlev. Lufo, al igual que Atze y Detlev era antiguos miembros de la pandilla de fumadores de hachís .De la época de la ''Sound'', en el año 1976. Habían comenzado a inyectarse un poco antes de mí. Ahora vivían en un departamento impeca, tenían mucama, una sala y una cama de dos plazas. Lufo, por su padre, tenía un trabajo de verdad: era obrero en un taller de cosméticos. Ellos me aseguraron que nunca habían sido dependientes de la heroína, que habían pasado sin drogarse por períodos de uno o dos meses. Yo les creí a pesar de que cada vez que nos encontrábamos ellos estaban absolutamente volados…

Decidí adoptar como modelo a Atze y Lufo. No quería regresar al estado en el que estaba sumida antes de la abstinencia: completamente destruida. E imaginé que al imitar a Atze y Lufo, Detlev y yo podríamos tener algún día un bello departamento, con una gran cama, una sala y una mucama.

Además, esos tipos no eran tan agresivos como los otros toxicómanos. Y Atze tenía una novia, Simona, que era fantástica y no se inyectaba. Ellos se llevaban súper bien y yo consideraba aquello como algo maravilloso. Me gustaba ir a la casa de ellos, cuando me peleaba con Detlev y dormía allí, tendida en el sofá.

Una noche llegué a mi casa de bastante buen humor y me tocó encontrarme con mi madre en la sala. Sin decir palabra, me pasó un diario. Lo comprendí de inmediato. Siempre hacía lo mismo cuando aparecía una muerte por sobredosis. Esas cosas me enervaban, no quería leer esas payasadas.

Pero igual cogí el diario. Y leí: ''el joven obrero especializado en vidrios, Andreas W. (dieciséis años) quería escapar del negocio de la droga. Su novia, una joven alumna de enfermería de dieciséis años intentó ayudarlo. Los esfuerzos de ambos resultaron en vano. El muchacho se inyectó ''la dosis de la muerte'' en el bello departamento que su padre, con grandes esfuerzos había instalado para la pareja''

No me di cuenta de inmediato, no podía creerlo. Pero todo encajaba: especializado en vidrios, departamento, novia, Andreas W. No cabía ningún error: se trataba de Andreas Wiczorek, Atze.

''¡Mierda!''fue lo único que se me ocurrió decir. Tenía la garganta seca, comencé a sentirme mal,'' ¡No podía ser posible!'' No Atze. ¿Por qué lo había hecho? El que se manejaba tan bien con el cuento de la droga…Me esforcé por no demostrarle a mi madre hasta qué punto estaba enloquecida. Ella no estaba al tanto de mi reincidencia. Me largué a mi cuarto y me llevé el diario. No había visto a Atze en el último tiempo y me enteré por los diarios de lo ocurrido. Ya había ingerido una sobredosis la semana anterior y había ido a parar al hospital. Encima, Simona se abrió las venas. Salvaron a ambos. La víspera de su muerte, Atze fue a ver a unos policías y denunció a todos los revendedores que conocía, incluidas dos muchachas que todo el mundo apodaba como ''Las gemelas'' y que siempre tenían heroína de calidad ''extra''. Después escribió una carta de despedida. El diario la reprodujo.:''Me voy a suicidar porque un drogadicto no le aporta a sus padres ni a sus amigos más que sinsabores, preocupaciones,malestares, preocupaciones y desesperación. Uno no sólo se destruye a sí mismo sino que destruye a los demás. Quiero darles las gracias a mis queridos padres, a mi querida abuela. Me he convertido en un despojo humano.Ser toxicómano es lo más denigrante que puede existir. ¿Qué es, por tanto lo que precipita al infortunio a seres jóvenes y llenos de vida? Quisiera poner sobre aviso a todos a aquellos que un día u otro se preguntarán: ¿Qué tal si la pruebo? Mírenme a mí, miren en lo que he llegado a convertirme, pobres cretinos. Adiós Simona. Quedarás liberada de tu desdicha''

Tendida sobre mi cama pensé:'' Fíjate bien. Atze fue tu primer novio y ya está bajo tierra.'' No lloré más. Ya no me quedaban lágrimas. Ya era incapaz de sentir un sentimiento real.

Al día siguiente después de almuerzo, me fui a juntar con los demás. Ninguno lloró a Atze. Eso no estaba de moda entre los toxicómanos. Pero había personas que lamentaban que Atze hubiera denunciado a los revendedores de la mejor droga (ya estaban en prisión). Y también le debía dinero a varios muchachos.

Lo más extraño de esta historia es que una semana después de la muerte del pobre infeliz de Atze, Simona, que jamás había probado la droga comenzó a inyectarse. Algunas semanas más tarde abandonó sus estudios de enfermería y comenzó a prostituirse.

Lupo murió algunos meses más tarde, en Enero de 1978. De una sobredosis.

La muerte de Atze puso fin al período rosa. Se acabó el cuento de sentirse la estrella entre los toxicómanos y de la niñita que podía inyectarse sin caer en la dependencia. El miedo y la desconfianza hicieron presa de nuestra pandilla, donde todo el mundo conocía a Atze. Antes, si nos drogábamos todos juntos y no había suficientes jeringas, todos se peleaban por ser el primero en inyectarse. De repente, todos se peleaban por ser lo segundos. Nadie podía confesar que tenía miedo. Pero todos teníamos pavor. ¿Qué sucedería si el polvo estaba demasiado puro o sucio o si contenía estricnina? Porque uno no se podía morir de sobredosis solamente, también podía ser porque la dosis estaba demasiado purificada o demasiado inmunda.

Para abreviar, estábamos de nuevo metidos con la mierda hasta el cuello. Las cosas comenzaron a ocurrir tal como lo había descrito Atze en su carta. Terminé por demoler a mi madre también. Comencé a regresar de nuevo cuando se me daba la gana. Y mi madre me esperaba. Después comenzó a engullir Valiums para poder dormir durante algunas horas. Creo que se sostenía de pie a fuerza de tragarse los Valiums.

Comencé a estar cada día más segura de que terminaría como Atze. De vez en cuando, aparecía un pequeño fulgor de esperanza y lo atrapaba de inmediato. Tuve un profe que me quería, el Señor Mucke. Nos hacía jugar- como en el teatro- las situaciones que enfrentaba un joven en el transcurso de su vida. Por ejemplo, en una entrevista de trabajo.

Uno de nosotros era siempre el jefe y el otro, el que solicitaba el empleo. Yo, yo no me dejé intimidar por el jefe: le di vueltas sutilmente todos sus argumentos. El muchacho que hacía las veces de empleador terminó muy bajoneado, De repente me dije:'' Quizás logres salir adelante en la vida''.

El señor Mucke nos llevó también al Centro de Orientación Profesional. Nos detuvimos antes para asistir a un desfile de las tropas marciales. Los muchachos quedaron encantados con los carros, la tecnología y todo lo demás. A mí me cargaba todo aquello: tanto el estrépito como la inutilidad: sólo servía para matar personas. Pero me agradó mucho el Centro de Orientación Profesional. Leí todo lo relacionado con los animales, Y regresé al día siguiente con Detlev, para solicitar fotocopias de toda la información que me interesaba. Detlev también encontró diversos temas de su interés. El era como yo en algunas cosas, tenía muchos deseos de trabajar con animales y también en la onda agrícola. Nos pusimos a realizar planes y estábamos tan entusiasmados que olvidamos que no teníamos dinero para comprar nuestra próxima dosis. Más tarde, cuando estábamos en la estación del Zoo intentando escuchar a un cliente, todo aquello terminó transformándose en algo completamente irreal. Decidí guardar la información del Centro de Orientación Profesional en mi bolso. Porque si las cosas continuaban de esa manera, tampoco obtendría mi licenciatura escolar.

A la mañana del día siguiente compré un ejemplar del ''Playboy'' al tomar el metro para ir a clases. Se la compré a Detlev porque le gustaba mucho esa revista aunque yo también la leía. No sabía muy bien porqué el ''Playboy'' nos interesaba tanto- en honor a la verdad-, hoy me resulta incomprensible. Pero en esa época, ''Playboy'' nos parecía reflejar la imagen de un mundo limpio. De un sexo limpio. De mujeres hermosas, sin problemas. Nada de maricas ni degenerados. Los tipos fumaban pipa, conducían vehículos deportivos, estaban atiborrados de dinero. Y las mujeres se acostaban con ellos porque les provocaba placer. Detlev me dijo una vez que todos esos eran cuentos, estupideces, pero no por eso dejaba de leer ''Playboy''.

Esa mañana leí en el metro una historia que me gustó. No comprendí todo porque estaba totalmente volada- venía de inyectarme temprano en la mañana-, pero me gustó mucho la ambientación. Todo transcurría en alguna parte lejana, donde el cielo era azul y había un sol ardiente. Cuando llegué al pasaje en el que la feliz muchacha esperaba impacientemente que regresara su amado de la oficina…, me llené de lágrimas. Lloré durante todo el resto del trayecto.

En clases, no paraba de soñar. Quería irme lejos, muy lejos con Detlev. Se lo conté esa tarde cuando nos encontramos en la estación del Zoo. Me dijo que tenía un tío y una tía en Canadá. Ellos vivían a las orillas de un inmenso lago, donde la vista podía abarcar sólo bosques rodeados de vegetación. Era muy probable que ellos nos pudieran albergar. Pero dijo que sería conveniente que yo terminara mis estudios antes de partir. El se iría primero, buscaría trabajo- en Canadá ese no era un problema-, y cuando yo llegara iríamos a vivir a una bonita casa en el bosque. Si en ese entonces no la podía comprar, la arrendaría.

Le respondí que yo, efectivamente, tenía la intención de terminar mi secundaria. Por otra parte, me estaba yendo mucho mejor en la escuela. Y a partir de ese momento, ni hablar de dármelas de payaso en clases. Me concentraría en mis deberes y obtendría una libreta con buenas calificaciones escolares.

Detlev se fue con un cliente y yo me quedé allí. De repente, dos tipos que estaban detrás mío me preguntaron: ''Y tú, ¿qué haces aquí? Me percaté de inmediato: eran dos policías vestidos de civil. Como no había sido atrapada aún, no les tuve miedo. Hasta la fecha, siempre me habían dejado en paz. Hacía muchos meses que estaba metida en el cuento de la prostitución con otras chicas de mi edad en la estación del Zoo y los policías patrullaban a diario. Estaban interesados en capturar a unos tipos que llevaban una botella de aguardiente o un cartón de cigarrillos a Berlín Oriental. A esos personajes si que los atrapaban.

Muy canchera les respondí: ''Espero a mi novio''

Uno de los policías de civil: ¿Te dedicas a ''patinar''?

Yo:''¿Pero qué idea es esa.? ¿Acaso tengo el aspecto de una de esas chicas?''

Me preguntaron mi edad:''catorce años''- Después quisieron ver mi carné de identidad. ''¿No se les habrá escapado una de dieciséis?''

El que parecía ser el jefe me ordenó que le entregara mi bolso de plástico. Lo primero que apareció fue mi cuchara. Me preguntó que porqué la llevaba conmigo.

Yo: ''Para comer yogur''.

Pero después encontró la jeringa y lo demás y me llevaron a la Comisaría. No sentí miedo. Sabía bien que no me podían llevar a la cárcel porque era una menor de catorce años. ¡Qué puercos eran esos policías de civil!

Me encerraron en una celda, justo al lado de la oficina del Jefe. Tampoco intenté hacer desaparecer la droga. que llevaba disimulada en el bolsillo de mi jean. Arrojar la droga estaba muy por encima de mis fuerzas. Llegó un agente de policía femenina, me hizo desvestirme completamente, calzón y sostén comprendidos-, y me examinó por todas partes y finalmente descubrió la dosis de heroína en el jean.

Un policía escribía a máquina un detallado informe. Lo colocó después dentro de un grueso archivador. Había quedado fichada como toxicómana.

En el fondo, los policías fueron bastante amables conmigo pero todos machacaban lo mismo:'' ¿Y a ti qué te pasó, pequeñita? Si apenas tienes catorce años. Una chica tan joven y tan bonita y ya estás medio enviciada''.

Tenía que darles el teléfono de la oficina de mi madre. La previnieron

.Mi madre llegó a las cinco y media, al salir de su trabajo. Estaba completamente estresada. Y allí se dedicó a entablar conversaciones con los policías. Se puso a decir esas reiteradas y consabidas frases tales como: ''¡Ah! ¡Estos niños!''…dijo…''ya no sé qué hacer con ella. Intenté su abstinencia pero ella no quiere abandonar el vicio''.Eso fue el colmo. ''No quiere dejar el vicio''. Por supuesto que quería. Ella se puso de frentón del lado de los otros. ¡Mi madre! No había comprendido nada., no de mí ni de la heroína. Por supuesto que quería abandonar la droga. Pero ¿cómo? Deseaba mucho que ella me lo explicara.

Una vez afuera se dedicó a saturarme de preguntas.''¿Dónde andabas vagabundeando?'' En la estación del Zoo. ''No deberías ir a ese sitio. Lo sabes de sobra.'' '' Esperaba a Detlev. ¿Acaso no tengo derecho de hacerlo?'' Ella señaló:'' No deberías ver más a ese perdido, a ese antisocial que no desea trabajar. Y después añadió otra pregunta: ''¿Sales a patinar?''

La insulté como si ella fuese un monstruo.''¿Estás loca?'' Inténtalo de nuevo. Repite la pregunta. ¿Podrías explicarme qué te hizo decir semejante cosa? ¿Acaso me tomas por una puta o qué? ''.

No volvió a insistir. Pero ahora mi libertad parecía comprometida. Y el frío aspecto de mi madre me impresionó. Tuve pavor de que ella me abandonase, ella también, que no quisiera ayudarme más. Pero ¿en que me ayudaba ella con sus sermones? ''No irás más a la estación del Zoo.'' ''Deja de ver a ese perdido de Detlev''.

Me llevó a casa. No tenía droga para la mañana siguiente. Ella vino a despertarme al alba. Me miró con insistencia.''Se nota en tus ojos, mi niña. Totalmente sin expresión. Llenos de angustia y desesperación''. Cuando mamá se fue a la oficina fui a mirarme al espejo del baño. Era la primera vez que me miraba al espejo con una crisis de abstinencia en el cuerpo. Mis ojos eran un par de pupilas negras y sombrías. Efectivamente, sin ninguna expresión. Tenía calor, quería refrescarme la cara. Tenía frío. Me sumergí en un abrasador baño de tina. No me atrevía a salirme porque hacía demasiado frío afuera. Volví a añadir agua caliente en forma permanente.

Tenía que hacer tiempo hasta el mediodía. Por las mañanas, la estación del metro Zoo estaba vacía. Imposible enganchar un cliente o que alguien me soltara una dosis. Nadie tenía mercadería por las mañanas. De todos modos, cada vez resultaba más y más extraño que alguien convidara heroína. Axel y Bernd se hacían un montón de rollos. Decían estar de mal en peor para conseguir mercadería para ellos mismos. Lo mismo Detlev, se había convertido en un gran avaro. En cuanto a los demás, preferían arrojárselas a los caníbales antes que dársela a uno.

La crisis de abstinencia me hacía sufrir cada vez un poco más. Me forcé en salir de la bañera para registrar el departamento. Tenía que encontrar dinero. Aunque fuese poco. La sala estaba cerrada con llave: un cuento que Klaus, el amigo de mamá, que temía que arruinase sus discos. Pero yo había aprendido hace mucho tiempo a trampear la cerradura. No me sirvió de nada. No había ni una moneda en esa ridícula sala. De repente, me acordé que mamá coleccionaba monedas de cinco marcos nuevas, las amontonaba en una lata de cerveza que estaba encima del aparador de la cocina.

La caja pesaba demasiado en mi mano. Temblaba. En parte porque estaba con crisis de abstinencia y quizás porque pensaba robarle a mi madre. Era la primera vez que ocurría, aquello siempre me había aparecido abominable.

Pero yo estaba ahora en la misma situación que la de otros toxicómanos que conocía. Bernd, por ejemplo, había vaciado prácticamente el departamento de sus padres- la televisión, la cafetera eléctrica, el cuchillo eléctrico, en fin. Todo aquello que podía ser vendible. Las liquidó para conseguir dinero para la droga. Hasta la fecha, yo había vendido solamente mis joyas y mis discos.

Las monedas de cinco marcos rodaron de la lata. El cuarto de gramo de heroína había bajado de precio ahora: ahora costaba treinta y cinco marcos, cinco marcos de menos. Hice el cálculo. Necesitaba siete monedas y como cobraba cuarenta marcos por cliente, me iban a sobrar cinco. Todos los días repondría una moneda. En una semana estaría todo el dinero repuesto, y con un poco de suerte, mi madre no lo advertiría. Me enfilé entonces, premunida de mis siete monedas de a cinco, al restaurante de la Universidad Técnica de Berlín. Allí se podría encontrar drogas por las mañanas.

Como mi madre inspeccionaba mis brazos todas las noches, me inyecté en la mano. Siempre en el mismo lugar. Se me formó una costra pero le conté a mi madre que era una herida que no quería cerrar. Sin embargo, terminó por visualizar una marca que estaba recién hecha. Reconocí los hechos: ''Fue un pinchazo aislado. Me hago uno muy de vez en cuando, una vez a las perdidas, eso no me puede dañar.''

Mi madre me largó una verdadera filípica. No me defendí. Por otro lado, me daba lo mismo. De todos modos, ella me trató como si fuese un saco de mierda, no perdió la ocasión para discursear acerca de la moral y las buenas costumbres. Instintivamente había logrado acertar con la técnica adecuada. Porque un drogadicto sabe cómo salir de su embrollo cuando está con la mierda hasta el cuello. Es entonces cuando está dispuesto a cambiar seriamente de situación. Entonces tiene dos alternativas: o se suicida o se beneficia de las escasas oportunidades de salir adelante, de desintoxicarse. Evidentemente, en aquella época yo estaba lejos de comprenderlo.

Mi madre había encontrado otra esperanza para sacarme de la droga. Quería enviarme a pasar un mes de vacaciones, quizás por adelantado, por decirlo de alguna manera, donde mi abuela y mis primos, Iría al campo, en Hesse. Empecé a sentirme dividida por la alegría y la angustia. ¿Cómo iba a soportar la separación de Detlev y la abstinencia? Pero finalmente hice lo que querían que hiciera. No obstante, conseguí permiso para pasar la última noche con Detlev.

Aquella última noche con Detlev me reconfortó un poco. Después que hicimos el amor, le dije a Detlev: ''Nosotros hecho siempre todo juntos. Quiero aprovechar estas cuatro semanas para desintoxicarme definitivamente. Es una ocasión que nunca más se volverá a presentar. Y quisiera que tú hicieras lo mismo. Cuando regrese los dos estaremos ''limpios'' y comenzaremos una nueva vida.

Detlev estuvo de acuerdo. De todos modos -dijo-, el ya había adoptado la misma resolución y quería hablarme de aquello. Sabía ya cómo conseguirse el Valeron. Al día siguiente, o quizás al subsiguiente, dejaría de ''patinar'' y se pondría a buscar trabajo.

A la mañana siguiente, me mandé un súper pinchazo antes de partir hacia mi nueva vida junto con la abuela. Todavía no estaba con crisis de abstinencia cuando llegué, no realmente… Pero me sentía encerrada dentro de un cuerpo extraño cuando estaba en la idílica cocina de la granja. Todo me exasperaba, mi primito que quería saltar sobre mis rodillas, los rústicos baños que había encontrado tan románticos durante mi anterior estadía…

A la mañana del día siguiente estaba en plena crisis de abstinencia. Me deslicé fuera de la casa y me largué a buscar refugio en el bosque. El canto de los pájaros me enervaba, la visión de un conejo me aterrorizaba. Salté sobre el palo de un gallinero para fumar un cigarrillo. No alcancé a terminarlo. Hubiese podido morir en ese instante. Al cabo de un rato, logré arrastrarme hacia la casa, me metí en la cama. Le conté a mi abuela que estaba con gripe. Me escuchó quejarme pero no se inquietó mayormente al verme en ese lamentable estado.

Encima de mi cama había un póster: una mano de esqueleto atravesada por una jeringa. Y debajo, la siguiente frase: ''Miren cómo se termina. Aquello comenzó como una simple curiosidad''.

Mi prima aseguraba que le habían dado ese afiche en la escuela. Yo ignoraba que mi madre había puesto al corriente a mi abuela. Cuando miraba el póster, veía solamente la jeringa, no así la inscripción ni la mano. Me la imaginaba llena de polvo extra. La jeringa se alejaba del papel y avanzaba hacia mi encuentro. Pasaba horas mirando fijamente aquella porquería, ya me tenía media loca…

Mi prima vino a verme en numerosas ocasiones. Aparentaba no reparar en mi estado. Quería que escuchara canciones de moda, ella creía que eso me distraía. Cuando me pongo a reflexionar, me conmuevo al pensar cómo se preocupaba la familia por mí.

Ese primer día de abstinencia fue interminable. Me adormecí finalmente. Soñé con un tipo que había visto en Berlín . A fuerza de drogarse tenía todo su cuerpo en carne viva. Una pudrición humana. Sus pies estaban totalmente ennegrecidos, casi paralizados.

Apenas podía caminar. Apestaba de tal forma que uno no se podía aproximar a menos de dos metros. Cuando le decían que se fuera a atender a un hospital, se sonreía y se diría que era como hablar con una calavera. De hecho, esperaba la muerte. Ese tipo me obsesionaba, tenía su imagen delante de mis ojos todo el tiempo, salvo cuando estaba perturbada por la jeringa o media desvanecida de dolor.Todo recomenzó como la vez anterior: transpiré, olía mal y vomitaba.

Al día siguiente por la mañana no me podía sostener en pié. Me arrastré hacia la cabina telefónica del pueblo y llamé a mi madre. Llorando como una loca le supliqué que me dejara regresar a Berlín.

Mi madre se mostró muy fría. ''¡Ah! ¿Así que aquello ya no te gusta? ¿Pero no dijiste que sólo probabas un poco de droga una vez a las perdidas? Entonces no debía ser tan grave.'' Capitulé. Pero al menos podía hacerme el favor de mandarme somníferos por expreso.

Sabía que podía encontrar un poco de heroína en el pueblo vecino- ya lo había hecho en mi anterior estadía-, pero no tenía la fuerza para ir hasta allí. Además, no conocía a nadie en ese lugar, Fuera del entorno familiar, un adicto está completamente aislado y desamparado.

Mi ''pavo frío'' no duró, afortunadamente, más de cuatro días. Después me sentí completamente vacía, incapaz de apreciar la sensación física de estar liberada del veneno.

Berlín me asqueaba pero en el pueblo tampoco me sentía en casa. Tenía la impresión de que no encontraría jamás un lugar donde me sintiera cómoda.

Para evadirme un poco tenía los somníferos- mi madre me los envió demasiado tarde para la abstinencia- y sidra (la abuela tenía cantidades en su bodega) Me lancé en otra aventura loca- un viaje como los otros. Me engullía cuatro o cinco panecillos al desayuno. A la hora de almuerzo, una buena docena de rebanadas de lomo de chancho con puré de manzanas. En la noche me aperaba con un buen stock de frutas en almíbar: ciruelas, melocotones, fresas. Con crema Chantilly encima.

Con ese régimen alimenticio subí diez kilos. En la familia estaban todos felices de ver cómo mi vientre desbordaba desde la cintura de mis pantalones. Se redondearon mis nalgas. Mis brazos y piernas permanecieron tan obstinadamente delgados como antes. Todo eso me importaba un soberano bledo. Me puse bulímica. Ya no entraba en mis jeans. Mi prima me prestó unos ridículos pantalones a cuadros que yo había dejado en el campo hacía tres años. Eso también me dio lo mismo. Poco a poco me fui integrando a la comunidad infantil del pueblo. Pero todo aquello me parecía bastante irreal: era como un viaje, como una hermosa película, pero la palabra ''final'' era más bien sinónimo de ''hasta pronto''.

Yo jamás hablé de la droga y por otra parte dejé de pensar en aquello. En una de esas, justo después de mi abstinencia le escribí a Detlev para que me mandara heroína. Le puse veinte marcos dentro del sobre. Yo, yo estaba haciendo todo eso después de decirle a Detlev que se desenganchara. La verdad es que no despaché la carta porque pensé que Detlev no me iba a mandar la heroína y se quedaría con el dinero.

Andaba a caballo casi todos los días y junto con mi prima visitamos los antiguos castillos de los alrededores. También fuimos con los otros chicos a divertirnos a la antigua cantera que había pertenecido a mi abuelo .El alcoholismo barrió con la cantera y con su vida. Mi madre debió tener una infancia difícil.

Sólo mi abuela sabía que en alguna parte de esa cantera había una puerta de fierro y que detrás de ésta estaban amontonados todos los papeles de nuestra familia, incluidos los de varias generaciones.

Buscábamos esa puerta casi todas las noches. Los obreros olvidaron en una ocasión retirar la llave del bulldozer, y así fue como se hicieron humo la puerta y los papeles dentro de la cantera…

Mi prima tenía mi edad y comenzamos a llevarnos muy bien entre nosotras. Le hablé de Detlev, tal como una adolescente normal habla de su enamorado. Le confié que me acostaba con Detlev y conté con su total aprobación.

Ella me contó que un muchacho de Düsserldorf venía todos los veranos para acampar en los alrededores. A ella le gustaba bastante pero el quería hacer el amor con ella y ella no había aflojado. ¿Se condujo como una estúpida? Le dije que no, ella tenía toda la razón. Era mejor que se guardara para el verdadero amor. Mi prima y todos sus amigos venían a contarme sus problemas. Pasé a convertirme en Christianne la Consejera. Impartía líneas de conducta y les recalcaba que no había que tomarse las cosas en forma trágica. Los problemas de ellos me parecían muy simplones, pero sabía escucharlos y siempre los aconsejaba. Yo era fantástica cuando se trataba de los problemas de los demás. Sólo que nunca supe resolver los míos.

Una noche recibí un llamado de Detlev. Estaba loca de alegría. Me explicó que estaba llamando de la casa de un cliente, un tipo extraordinariamente generoso, y podíamos conversar durante largo rato. Le conté lo de mi abstinencia y que por poco termino volviéndome loca. ¿Y él? El, el todavía no se había desenganchado, que todo aquello era una buena mierda. Le dije que estaba contenta de volverlo a ver pronto. Como me había prometido escribir, quise saber si lo había hecho. Detlev estaba sin ganas pero prometió volverme a llamar por teléfono cuando regresara a la casa de ese cliente.

Después de esa conversación volví a tener la convicción de que Detlev y yo éramos como una pareja de casados. Estábamos unidos para lo mejor y para lo peor. Después, en la noche acostada en mi cama pasé largos minutos pensando en él. Solamente en él. Y contaba los días que faltaban para volvernos a ver.

La abuela me daba regularmente dinero para el bolsillo. Hice unas economías bárbaras. No sabía muy bien porqué ya que las economías no eran mi fuerte. Pero me di cuenta que había llegado a reunir cuarenta marcos. Estaba muy orgullosa de mí misma y las tenía celosamente guardadas. Porque cuarenta era mi número mágico. Era el precio de una dosis de una heroína. Era la suma que requería de mis clientes.

Entonces me dije:'' ¡Eso no es posible! ¿No estarás guardando el dinero para tu primera dosis?'' Corrí a comprarme una polera de veinte marcos, sólo para librarme del maleficio del número cuarenta. Después de todo, había ido al campo para desengancharme definitivamente de la droga.

Se terminó el mes de las vacaciones. Mi madre llamó por teléfono:'' ¿Deseas quedarte un poco más?'' Impulsivamente respondí que no. Si me hubiera preguntado:'' ¿Deseas quedarte para siempre?'' seguramente habría reflexionado la respuesta…

Desde el comienzo había considerado todo este asunto como un viaje que se inició con horror y había terminado con belleza y dulzura. Pero aquello no podía durar más de un mes, y yo lo sabía muy bien. Ya estaba preparada. Ahora quería regresar junto a Detlev. Nosotros éramos como un matrimonio. El día de la partida, mi abuela y mi prima insistían en que trajera de regreso los pantalones a cuadros que ahora me quedaban justos en mi talla. Me tenía que retorcer para que me cupieran los jeans. Luego las costuras se reventaron y resultaba imposible subir la cremallera. Tanto peor, regresaría entonces a Berlín con la bragueta abierta. Me puse mi largo abrigo negro - era una chaqueta de hombre- y mis botas de tacones altos. Eso fue todo: me había vuelto a colocar mi uniforme de toxicómana.

A la mañana siguiente de mi regreso a Berlín me dirigí a la estación del Zoo. Detlev y Bernd estaban allí. Axel no estaba. Debía estar con un cliente.

Los muchachos me hicieron un recibimiento grandioso. Estaban realmente felices de volver a verme. Sobretodo Detlev, evidentemente. Le pregunté: ''¿Te fue bien con la abstinencia? ¿Encontraste trabajo?'' Rompimos a reír los tres juntos. Y después les pregunté por Axel. Me miraron de un modo extraño. Al cabo de un momento, Detlev murmuró:'' ¿No sabías que Axel está muerto?''

¡Qué golpe! Se me cortó la respiración. Les dije:'' ¡Ah! Esas son bromas. ''Pero yo sabía que era verdad.

Y ahora Axel. Axel, que cada semana me preparaba la cama con sábanas impecablemente limpias en su cuchitril de toxicómano. Axel, a quién le llevaba siempre atún en lata, un cuento absolutamente infantil y quién a su vez me compraba los yogures Dannon. Al único que le podía confiar mis peleas con Detlev . Mi único refugio cuando tenía ganas de llorar. Porque al menos él, jamás había sido agresivo ni hiriente , al menos con los compañeros de la pandilla.

¿Qué había ocurrido?

Detlev me explicó. Lo habían encontrado en un WC público, la aguja la tenía todavía clavada en su brazo. Los dos muchachos recordaban la muerte de Axel como si fuese un suceso acaecido hacía mucho tiempo. Parecían no tener ganas de hablar sobre el tema.

Yo no dejaba de pensar en esas latas de atún en conserva. Me dije que jamás volvería a comprarlas. De pronto pensé en Detlev.¿Dónde dormiría ahora? La madre de Axel vendió el departamento, me informó Detlev, ''Yo estoy viviendo con un cliente''.

Yo:'' ¡Ah, mierda!''. Eso me trastornó tanto como la muerte de Axel. Después pensé para mis adentros que había perdido a Detlev definitivamente.

El prosiguió: ''Es un tipo decente. Todavía joven, tiene unos veinticinco y no anda con rollos. Le hablé de ti. Podrás venir a alojarte conmigo a su casa''.

Detlev quería comprar heroína. Lo acompañé. Nos encontramos con varios compañeros y yo no dejaba de repetir la misma frase:'' Lo que le ocurrió a Axel es espantoso''.

Después fuimos a los baños públicos. Detlev quería inyectarse de inmediato. Fui con él para acompañarlo. Esperé que me ofreciera un poco de droga. Quizás para poder decirle ''No'' y demostrar mi fortaleza… Pero no me convidó. Yo estaba enferma todavía con el cuento de Axel. Me había dado una tremenda envidia ver cómo se inyectaba Detlev. Un pinchazo cortito, no me podía hacer mucho daño y eso me ayudaría a no pensar más en Axel ni que Detlev se alojaba en la casa de un cliente.

''¿Ahora?'' me dijo Detlev. ''Creí que lo habías dejado''. ''Por cierto, viejito. Estoy desenganchada. Tú sabes de sobra lo fácil que es. Tú también lo hiciste ¿verdad?

Mientras yo estaba en el campo… Te aseguro, amigo mío, que después de todas las cosas de las que me he enterado, extrañamente necesito un poco de droga.''

De inmediato se inyectó su dosis. Me dejó una pequeña dosis en la jeringa. Eso era suficiente para evadirme un poco- hacía tanto tiempo que no consumía nada que casi logré olvidarme de Axel.

Recaí mucho más rápido que la primera vez. Mi madre no dudaba de nada. Estaba contenta de verme tan robusta. De hecho, me mantuve durante un tiempo con aquellos inútiles kilos.

Iba a menudo donde Rolf, el famoso cliente de Detlev. Teníamos que aceptarlo de buena gana ya que no teníamos otro sitio donde estar juntos en la misma cama.

Rolf me desagradó desde el primer instante. Estaba agarrado de Detlev y por supuesto, celoso de mí. Se lo veía encantado cuando disputaba con Detlev y siempre se ponía de su parte. Eso me daba una rabia espantosa. Detlev se comportaba con ese Rolf como si éste fuese su amo y señor: lo mandaba a hacer las compras, le pedía que cocinara y que lavase la vajilla. Yo estaba dispuesta a hacer las compras y a cocinar por Detlev.

Le expliqué a Detlev que era imposible continuar de esa manera. Me respondió que no tenía otro sitio donde ir. Rolf era un buen tipo, en general, y de todos modos, menos enervante que el resto de sus clientes.

Detlev hacía lo que quería con Rolf y se lo manifestaba cada vez que podía:''Deberías darte por afortunado que estamos viviendo bajo el mismo techo''. Sólo se acostaba con él cuando necesitaba dinero. Detlev y yo dormíamos en el mismo cuarto que Rolf. Cuando hacíamos el amor, Rolf miraba la tele o bien, simplemente nos daba la espalda. Era un pederasta con todas las de la ley y no soportaba que Detlev se acostase conmigo. Los tres habíamos caído muy bajo.

¿Y si Detlev terminaba siendo maricón? Esa idea me obsesionaba. Una noche creí que aquello ya era una realidad. Como ya no le quedaba ni cobre, se fue a juntar con Rolf. Yo estaba en la otra cama. Detlev apagó la luz, como solía hacerlo en aquellas ocasiones. Encontré que tardaban mucho tiempo, me pareció oír que Detlev suspiraba. Me levanté y encendí una ampolleta. Estaban sobre el cubrecama y parecían estar manoseándose. Eso era un atentado a lo que había convenido con Detlev. El no debía dejarse manosear. Yo estaba furiosa. Quería decirle a Detlev que viniera por mí pero no fui capaz. Les grité: ''Lo deben estar pasando bomba''.

Detlev no respondió. Rolf, loco de rabia, apagó la ampolleta. Detlev pasó toda la noche con Rolf. Con mis lágrimas, humedecí la almohada, pero en silencio. No quería que los otros dos se percataran de mi dolor. Al día siguiente, por la mañana, estaba tan triste, tan amargada, que consideré seriamente la idea de terminar con Detlev. La droga estaba minando día a día nuestro amor.

Comprendí que mientras continuáramos consumiendo heroína, no podría tener a Detlev exclusivamente para mí. Tenía que compartirlo con sus clientes y, muy en particular, con Rolf.

Por mi parte, todo había cambiado considerablemente. Había recaído nuevamente en la prostitución y la practicaba a diario- imposible de otra manera-, y como generalmente estaba presionada, había dejado de mostrarme tan exigente en la selección de mis clientes, ni tampoco cacareaba mis condiciones.

Dejé de acudir en forma asidua a la casa de Rolf. Reanudé mis relaciones con los otros de la pandilla, sobretodo con Babsi y Stella. Pero ya no nos llevábamos tan bien como antes. Cada cual estaba sólo interesada en hablar de si misma (y durante horas) sin escuchar siquiera durante dos minutos a la compañera. Por ejemplo: Babsi hablaba largo y tendido sobre el significado de un tratado de unión sobre la dirección del tránsito. Entonces Stella y yo nos consumíamos para poder referir nuestra tragicómica historia del revendedor que nos pasó harina en vez de heroína. A fuerza de gritarle:''Se te acabó el tiempo'' lográbamos acallarla. Pero después, las dos nos consumíamos para referir nuestra versión individual del cuento y nos disputábamos el turno para hablar. La mayoría de nuestras tentativas de conversación terminaban muy rápido, cuando alguien nos largaba la consigna:''Se te acabó el tiempo''. Cada una de nosotras tenía una tremenda necesidad de ser escuchadas pero era precisamente lo que ya no encontrábamos en nuestro grupo. Anteriormente nos comprendíamos. Ahora eso se había acabado. La única forma de hacer escuchar era contando nuestras aventuras con los policías. Todos estaban en contra de ellos, en contra de esos asquerosos. Y yo era la que tenía más experiencia en la materia. A comienzos del verano de 1977 fui arrestada por tercera vez.

Eso había ocurrido en la estación Kurfurstendamm. Detlev y yo regresábamos de la casa de un cliente. Estábamos muy contentos. Habíamos obtenido ciento cincuenta marcos por muy poca cosa: sólo una pequeña exhibición. Andábamos con nuestra bolsita con droga en el bolsillo y nos quedaba bastante dinero. Noté afluencia de policías de civil sobre el andén del metro. Una redada. Un tren llegó a la estación. Aterrada, me largué a correr a todo dar, -Detlev, atónito detrás de mí- y me precipité dentro del tren. Pero atropellé a un anciano que se puso a gritar: ''¿Qué te pasa? ¡Eres una inmunda drogadicta! ''Eso fue lo que dijo. Los diarios hablaban con frecuencia de lo que estaba ocurriendo en la estación Kurfurstendamm y la gente estaba al corriente.

Dos policías de civil entraron detrás de nosotros. Evidentemente, nuestro comportamiento les había llamado la atención. Pero se habrían fijado igual en nosotros porque las personas que se encontraban allí se precipitaron encima nuestro, tenían sus manos encima de nuestras ropas y gritaban como histéricos:''Señores agentes- los tenemos aquí''. Se habían dado cuenta de inmediato que se trataba de una redada. Yo tuve la impresión de estar fuera de la ley al más puro estilo western: me estaba viendo colgada del primer árbol a la vista. Me estreché junto a Detlev. Uno de los policías nos dijo:'' No vale la pena que simulen ser Romeo y Julieta. Vamos, vamos ya''. Nos metieron dentro de un mini-bus y nos llevaron a la estación de policía. Los policías fueron muy desagradables conmigo pero no me hicieron preguntas. Se conformaron con decirme que era la tercera vez que me atrapaban, que ya tenían mi expediente. Tampoco se molestaron en avisarle a mi madre. Me incluyeron dentro de los casos desesperados: pensaban engrosar su archivo con dos arrestos más para terminar añadiéndole una cruz a mi nombre.

Nos relajamos al cabo de una hora. Como nos quitaron la droga, había que volver a comprar. Felizmente, aún teníamos bastante dinero.

La policía de civil de la estación del Zoo había terminado por conocerme y no me molestaron mucho. También eran bastante amables, al menos había uno joven que tenía un acento sureño que era muy gentil. Un día, caminó sigilosamente a mis espaldas y después plantificó su insignia delante de mis ojos. Después rompió a reír y me preguntó si me dedicaba a patinar. Le respondí con mi frase habitual:''No. ¿Acaso lo parezco?''

No era tonto pero tampoco intentó echarle una ojeada a mi bolso plástico. Me dijo simplemente:'' No vengas a merodear por estos lados durante algunos días. De lo contrario, me veré obligado a arrestarte''. Quizás no lo hacía por amabilidad sino por negligencia. A lo mejor no tenía ganas de llevarme a la estación de policía y los tipos de la estación no tenían ganas de escribir treinta y seis veces el mismo informe acerca de una joven medio muerta de catorce años.

Después de nuestro arresto en la estación Kurfurstendamm, Detlev y yo partimos a comprar mercadería donde un revendedor- nuestro proveedor habitual estaba inubicable. Decidimos inyectarnos en los baños de la Winterfeldplatz. Estaban en un estado lamentable. A esas alturas, ningún grifo funcionaba.

Limpié mi jeringa con la lluvia del depósito de agua del retrete, en la palangana de una caseta vomitada. Eso me ocurría a menudo, cuando había mucho público y no podía limpiarla en el lavamanos.

El cuento del revendedor desconocido me apaleó. Me derrumbé, caí cuán larga sobre el embaldosado sucio. Me levanté de inmediato aunque estuve aturdida durante un buen rato.

Por primera vez, después de mucho tiempo, fuimos a darnos una vuelta por la ''Sound''. Detlev se dirigió a la pista de baile y yo me senté al costado de la máquina que fabricaba el jugo de naranja. Había un agujero en el suelo. Me apoyé en el piso y hundí dos pajillas para beber dentro del agujero. Después me atiborré de jugo de naranja hasta que me dieron ganas de vomitar. Me dirigí al baño.

A mi regreso, uno de los gerentes se me dejó caer encima, me trató de drogadicta inmunda y me ordenó seguirlo. Tuve mucho miedo. Me agarró por el brazo, me arrastró y luego abrió una puerta que daba a una pieza donde depositaban las cajas de bebidas. También había un taburete del bar.

Sabía lo que ocurriría después. Me habían contado la historia.

A los drogadictos y a otros indeseables, los desnudaban y los amarraban al taburete del bar. Después de eso, los golpeaban, a veces a latigazos. Yo había escuchado hablar de unos tipos que habían pasado por el depósito de la ''Sound'', habían ido a parar al hospital después por un período mínimo de quince días, con fracturas de cráneo, Los desgraciados quedaban tan aterrados que tampoco se atrevían a denunciarlos. Esos rufianes de la Gerencia hacían eso por sadismo, pero también por alejar a los viciosos de su negocio. La policía amenazaba en forma permanente con clausurar la ''Sound''.Por supuesto, a los drogadictos que se acostaban con ellos los dejaban tranquilos. La ''Sound'' era un sitio de perversión. ¡Si los padres se hubieran enterado de lo que ocurría realmente en ''la discoteca más moderna de Europa! Incitaban a los jóvenes a drogarse, los adolescentes caían en manos de alcahuetes sin que la Dirección levantara un solo dedo.

Cuando vi ese depósito siniestro, el pánico se apoderó de mí. Reuní fuerzas, me arranqué de las manos del tipo y arremetí hacia la salida. Había logrado llegar a la calle antes de que me pusiera las manos encima. Entonces me tiró en contra de un auto. No sentí el impacto. Pensaba en Detlev. Sentí mucho temor por él. Sabían que habíamos llegado juntos y no había visto a Detlev después que se lanzó totalmente volado, a la pista de baile.

Corrí a una cabina telefónica, llamé a la policía, les expliqué que mi novio estaba a punto de ser maltratado en la ''Sound''. Los policías estaban embelesados con la noticia. ¡Por fin podrían clausurar la ''Sound''! Llegaron algunos minutos después, en un vehículo repleto de guardias. Recorrieron la ''Sound'' de principio a fin y no dieron con Detlev.Tuve una idea: llamé a Rolf. Detlev ya estaba acostado.

Los policías me aconsejaron que no volviera a realizar ese tipo de bromas. Regresé a casa convencida de que la droga me iba a terminar volviendo loca.

Después de mis numerosos arrestos- esa era la única consecuencia- fui citada a la Brigada Criminal Gothaerstrasse, oficina 314. No podría olvidar el número, regresé tantas veces allí…

A la salida de la escuela me fui a casa. Quería inyectarme antes de ir a la policía. Si estaba volada, no me impresionaría. Pero no tenía limón y la droga no parecía estar muy limpia. Por otra parte, es esa época la estaban vendiendo bastante adulterada... la mercadería pasaba de mano en mano: de mayoristas a intermediarios, de intermediarios a pequeños revendedores y cada uno le añadía algo, con el propósito de incrementar sus ganancias.

¿Cómo podía disolver esa porquería de droga? Cogí vinagre, así de simple. Eso contenía ácido ¿No era así? Lo vertí directamente de la botella sobre la cuchara con polvo. Le coloqué una dosis excesiva. Pero como no quería arrojar una dosis de heroína, me inyecté la solución.

El efecto fue fulminante. No desperté hasta una hora después. Con la aguja aún enterrada en mi brazo. Me dolía la cabeza de una manera atroz. Me resultaba imposible levantarme. Así como estaba, sólo deseaba morir. Me puse a llorar tirada a lo largo del suelo. Tenía miedo. No quería morir de esa forma, totalmente sola. Me arrastré a cuatro pies hasta el teléfono. Me tomó al menos, diez minutos discar para la oficina de mi madre. No le pude decir otra cosa que:'' Ven, mamá. Te lo ruego. Voy a morir''.

Mi madre llegó. Logré levantarme. Todavía estaba con la sensación de que mi cabeza iba a estallar, pero apreté los dientes.Le dije a mi madre: ''Todavía tengo problemas de circulación''

Ella comprendió perfectamente que me había inyectado.Su rostro denotaba un a desesperación terrible. No dijo nada, me miraba. No soportaba más ver esos ojos tristes, desesperados. Eso me reventaba la cabeza.

Al cabo de un rato me preguntó si deseaba alguna cosa. ''Si, fresas''. Ella salió y me trajo una cesta repleta.

Creí que verdaderamente había llegado mi fin. Pero no había sido una sobredosis, sólo el vinagre. Mi cuerpo había perdido toda capacidad de resistencia, ya no podía más. De esa forma les había ocurrido a aquellos que habían muerto. Muchas veces, después del pinchazo, perdían el conocimiento. Y un día no despertaron más. Yo no entendía porqué tenía tanto miedo de morir. De morir sola. Los toxicómanos mueren solos. Lo más frecuente eran diarreas pestilentes. Tenía verdaderas ganas de morir. En el fondo no esperaba nada de los otros. No sabía porqué estaba en este mundo. Tampoco lo sabría muy bien después. Pero un adicto, ¿para qué vivía? Para destruirse y para destruir a los demás. Esa tarde me dije que era mejor morir, al menos morir por amor a mi madre. De todas maneras, ya no era consciente si existía…

A la mañana del día siguiente, las cosas anduvieron mejor. Después de todo, quizás todavía podía detener el golpe a tiempo. Tenía que ir a ver a los policías o de lo contrario, vendrían ellos por mí. Pero no tenía fuerzas para ir sola. Telefoneé a todos lados para dar con Stella. Tuve la suerte de encontrarla en casa de uno de nuestros clientes comunes. Aceptó acompañarme. Su madre había ido más de una vez a la policía para informar su desaparición. Pero Stella no le temía a nada, se sentaba encima del mundo.

Sentadas sobre un banco de madera, en un largo corredor, esperamos prudentemente a que me llamaran a la oficina 314. Hice mi entrada como niñita modelo- un poco más y me sale una reverencia. Una señora Schipke me tendió la mano, fuerte, amablemente, mientras me contaba que tenía una hija un poco mayor que yo- tenía quince años- pero que no se drogaba. Bueno, la mujer policía se mandó su numerito maternal. Se informó acerca de mi salud, me ofreció una taza de chocolate, pasteles y frutas.

La señora Schipke prosiguió la conversación con sus aires maternales y me habló de otros toxicómanos y me trataba de sonsacar información. Me mostró fotografías de toxicómanos y revendedores y no le dije nada más que:'' Si, los conozco de vista''. Ella señaló que algunas personas del mundo de la droga habían hablado muy mal acerca de mí. De repente, me pillé hablando. Me di cuenta que tenía que hacer esa porquería, pero hablé. Mucho. Después de eso, firmé una declaración- llena de cuentos que en cierta forma, ella me ayudó a decir…

Después otro policía vino a interrogarme acerca de la ''Sound''. En esa ocasión desembuché de frentón. Hablé de todas las personas que conocía y que habían sido arrastradas al mundo de la droga y también acerca de las brutalidades de la Gerencia... A petición mía, hicieron entrar a Stella. Ella confirmó todo lo que yo había contado y declaró estar dispuesta a testimoniar bajo juramento delante de cualquier tribunal.

La señora Schipke, que no había cesado de husmear en sus papeles, identificó rápidamente a Stella y le dio un sermón. Stella la mandó a la cresta con tal insolencia que yo me dije:'' Va a lograr hacer que me encierren'' Pero la jornada de la señora Schipke había finalizado. Citó a Stella para el día siguiente. Por supuesto, Stella no iría. Al despedirse, la Señora Schipke me dijo:'' Y bien pequeña, estoy segura que nos volveremos a ver muy pronto''. Tuvo la desfachatez de decírmelo con el mismo tono dulzón que había utilizado anteriormente. Me anunció después, de golpe, que yo figuraba entre los casos desesperados.

Me había dejado manipular por aquella policía, por su chocolate, sus pasteles y sus sonrisas. Tenía ganas de llorar de rabia. Me hice dos clientes, compré droga y regresé a casa. Mi gato estaba tirado en la cocina, incapaz de pararse en sus patas. Hacía varios días que estaba enfermo. Tenía un aspecto tan miserable y lanzó unos maullidos tan quejumbrosos, que pensé que también mi gato se iba a morir.

Me preocupaba más por mi gato que de mi persona.El veterinario me dio un extracto con sangre de vacuno pero el pobre bicho no quiso comer más: el platillo con su alimento permaneció intacto.

Decidí inyectarme de inmediato. Preparé mis instrumentos y entonces se me ocurrió una idea. Puse un poco de sangre de vacuno en la jeringa y la vacié directamente en el hocico del gato. Se quedó un buen rato sin reaccionar. Después me tocó un buen rato limpiar la jeringa.

Me inyecté pensando que el resultado no fue muy positivo. Tenía ganas de morir, pero sentía pavor antes de cada pinchazo. Quizás estaba impresionada por lo de mi gato. Es terrible morir cuando aún no se ha empezado a vivir. Por mi parte, no veía salida de ningún lado. Mi madre y yo no intercambiábamos más de una palabra sensata después del día en que se enteró que yo había reincididito. Yo vociferaba y ella me miraba con cara de desesperada. La policía me vigilaba. La declaración firmada por mí que describía ampliamente mis delitos podía hacerme comparecer ante el Tribunal de Menores: me podían condenar en cualquier momento.

Y después pensé que no sería tan malo que me condenaran. Mi madre estaría contenta de que por fin me largara. Se había dado cuenta que ya no podía hacer nada por mí. Se mataba llamando a todas partes, al Servicio Social por un lado, al Centro Anti-Drogas por el otro y cada vez parecía estar más desesperada porque se daba cuenta que nadie podía ayudarnos, ni a ella ni a mí. Todo lo que pudo hacer para mantenerme amenazada fue decirme que me enviaría a vivir con su familia, lejos de Berlín.

En fin, un buen día de Mayo 1977, mi pobre cerebro terminó por concluir que no me quedaban más que dos soluciones: la sobredosis (a breve plazo) o una seria desintoxicación. Tenía que decidirlo por mí misma. Ya no podía contar con Detlev y sobretodo, no quería hacerlo responsable de mi decisión.

Me dirigí a Gropius. Fui al Hogar Social, aquel centro de jóvenes dirigidos por un pastor, allí comencé mi carrera de toxicómana. El Hogar estaba cerrado. Al sentirse completamente sobrepasados por el problema de la heroína tuvieron que reemplazar ese lugar por un Centro Anti-Drogas. Un Centro Anti- Drogas sólo para aquellos que vivían en Gropius... La heroína había causado tal cantidad de estragos que la cantidad de víctimas de la droga que se habían iniciado en el sótano del Hogar Social había sido particularmente alta. Ellos me hicieron saber que lo único que me podía ayudar sería una buena terapia. Yo ya sabía eso hacía mucho tiempo. Me dieron las direcciones de Info-droga y de Synanon porque eran los que habían logrado los mayores aciertos.

No quedé muy convencida. Por lo que me habían contado esas terapias eran increíblemente estrictas: Los primeros meses eran peores que la cárcel. En Synanon acostumbraban rasurarle la cabeza a los recién llegados. Era como el símbolo del inicio de una vida nueva. Pasearme con el cráneo, al estilo de Kojak, era algo que no podría resistir. Lo que más cuidaba de mí misma eran, precisamente, mis cabellos. Detrás de ellos disimulaba mi rostro. Si me lo cortaban, era como autosuprimirme desde el comienzo.

La Consejera estimó que tenía pocas oportunidades de entrar a Info-Drogas o a Synanon porque no tenían vacantes. Las condiciones para entrar eran draconianas: había que estar en buen estado físico y uno debía demostrar, a través de una eficiente autodisciplina, que tenía fuerzas para desengancharse. La Consejera dijo también que a mi edad- apenas quince años, todavía una niña- tenía mucho en mi contra para responder a las solicitudes de las instituciones. De hecho, todavía no tenían terapia para niños.

Le propuse ir a Narconon. Era el centro terapéutico de la Iglesia Cientológica, una secta. Yo había conocido a algunos drogadictos que habían estado allí y me habían dicho que no era malo. Si se pagaba por adelantado, no ponían condiciones en la admisión. Había derecho de libertad en el vestuario, llevar sus propios discos, e incluso aceptaban animales.

La Consejera me dijo que lo pensara bien, que me preguntara a mí misma porqué porque tantos adictos contaban que en Narconon la terapia era increíblemente relajada, y porqué continuaban inyectándose felices de la vida. Ella, al menos, no conocía ningún resultado positivo que hubiera emergido de Narconon.

Cuando regresé a mi casa, volvía inyectarle sangre de vacuno al gato con mi jeringa. Cuando mi madre regresó de la oficina, le anuncié: ''Voy a desintoxicarme definitivamente''. En Narconon. Tomará algunos meses, quizás un año. Después quedaré limpia para siempre''-

Mi madre parecía no creer una palabra de lo que contaba. Tampoco se colgó al teléfono para averiguar información acerca de Narconon.

Me puse de cabeza a intentar lo mejor de mí para todo este cuento de la terapia. Tuve la impresión de que iba a renacer. Esa tarde no me hice ningún cliente y tampoco tomé nada. Tenía que abstenerme antes de entrar a Narconon. No quería empezar por la Cámara del Pavo Frío. Tenía que llegar ''limpia'' para conseguir mi primera ventaja sobre los demás postulantes. Quería probarles a la brevedad que estaba muy dispuesta a desengancharme.

Me fui a acostar a una hora prudente. Mi pobre gato seguía de mal en peor. Lo instalé a mi lado, sobre mi almohada. Estaba bastante orgullosa de mi persona. Hice mi abstinencia completamente sola, por mi propia voluntad. ¿Qué otro adicto podría decir lo mismo? Cuando le anuncié mi decisión a mi madre, reaccionó con una tenue sonrisa, incrédula. No tomó ninguna licencia. Para ella, mi abstinencia era una parte casi de lo cotidiano. Y ella ya no creía en nada. Estaba totalmente sola.

Al día siguiente, por la mañana, comencé a sufrir la abstinencia. Quizás fue peor que las veces anteriores. Pero yo estaba segura que me iba a resultar. Cuando me sentía mal y estaba a punto de estallar, me decía:'' Es sólo el veneno que supura por tu cuerpo. Vas a vivir porque nunca más volverás a envenenarte.'' Cuando me adormecí no se me repitieron las pesadillas, soñaba cómo sería mi vida después de la terapia. ¡Maravillosa!

El tercer día el dolor fue más soportable y las imágenes del futuro más y más concretas: preparaba mi bachillerato, tenía un departamento propio y un automóvil descapotable que lo manejaba descubierto.

Mi departamento quedaba en un barrio donde abundaba la vegetación. Era un edificio antiguo... pero no era de esos edificios aburguesados en donde los techos eran increíblemente altos con cemento por doquier. No era una de esas casas con un hall de entrada inmenso, alfombra roja en las escaleras, con mármoles, espejos y el nombre de uno impreso en letras doradas. No quería vivir en una casa que apestara a riqueza. Porque la riqueza era, a mi juicio, sinónimo de falsedad, de agitación y de stress.

Mi departamento estaba en una de aquellas antiguas casas habitadas por obreros. Tenía dos o tres cuartos, no muy grandes, techos bajos, iluminados por pequeñas ventanas. La escalera, con escalones de madera ligeramente desgastados, los que despiden olor a limpieza. Los vecinos vendrían a desearme los ''buenos días'' y a preguntarme:'' ¿Cómo está usted?''. Todo el mundo trabajaría mucho pero estarán contentos: no sentirán envidia los unos de los otros, por el contrario, se ayudarián mutuamente y no ambicionarán tener siempre más. En resumen, no sería ni al estilo de los ricos ni como viven los obreros en Gropius. Mi hogar sería apacible.

En mi departamento, la habitación principal sería el dormitorio. Mi cama sería muy ancha y la mantendría recubierta con un tapiz oscuro. Estaría adosada al muro del lado derecho. A los costados, la acompañan dos veladores- el segundo es de Detlev- que están cubiertos por dos vasijas con sus correspondientes palmeras. El espacio restante estaría cubierto con plantas y flores. El muro de mi cabecera está tapizado con papel exclusivo que no se encuentra en el comercio: las imágenes me trasladarían a un desierto donde hay gigantescas dunas de arena y un oasis. Bajo las palmeras, beduinos vestidos de blanco toman el té. Están sentados en círculo y se ven relajados. Sus espíritus están en paz. A la izquierda de mi alcoba- justo debajo de una mansarda- está mi rincón. Lo decoré al estilo árabe o indio: rodeado de cojines que rodean la mesa de centro, la que es baja y circular. Paso mis noches allí en completa calma. Lejos de la agitación sin deseos, sin problemas.

Mi sala de estar es semejante a mi alcoba. Tiene alfombras y plantas. En el centro hay una gran mesa de madera rodeada de sillas de Viena. Cocinaré para los amigos. En los muros hay estanterías repletas de libros antiguos. Son libros sensacionales escritos por personas que han buscado la paz y aman la naturaleza y a los animales. Yo confeccioné las estanterías, así como la mayoría de los muebles porque los que vendían en las tiendas no eran de mi agrado. Me cansé de aquellos objetos que entran por la vista., de muebles que tienen como función primordial demostrar que costaron una fortuna. Y en mi departamento no hay puertas, sólo cortinas- las puertas crujen, meten ruido y provocan desasosiego.

Tengo un perro, un Rottweiler, y dos gatos. Voy a sacar el asiento posterior de mi auto para que mi perro se sienta a sus anchas. En la noche, preparo la cena. Tranquilamente, me tomo mi tiempo, no como mamá que cocina a toda prisa. De repente se escucha un ruido de llaves en la cerradura. Es Detlev quién regresa de su trabajo. El perro salta y se le arroja al cuello. Los gatos, con sus lomos redondos, se frotan contra sus piernas. Detlev me besa y se sienta a la mesa para cenar.

Desperté pero no tenía la sensación de estar despierta. Para mí, aquella era la realidad del pasado. Mi futuro después de la terapia. No podía imaginar un instante diferente. Estaba tan convencida de que al tercer día de mi abstinencia le anuncié a mi madre que mi proceso de abstinencia había terminado perfectamente y que me mudaba. Me iría a mi propio departamento.

Al cuarto día me sentía bastante mejor y decidí levantarme. Todavía me quedaban veinte marcos en el bolsillo del jean. Me quemaban las manos: veinte marcos era la mitad de cuarenta y si conseguía otros veinte, me podía solventar un pinchazo-, el último antes de ingresar a Narconon.

Lo conversé con mi gato. Le expliqué que lo dejaría solo por un par de horas, que aquello no era nada terrible. Lo hice tragar, siempre con mi jeringa, un poco de azúcar de uva y una infusión de camomila. (no soportaba otros alimentos) y le aseguré:''Quédate tranquilo. No vas a morir''.

Tuve ganas de irrumpir por la Kudamm para luego pasearme por allí. Sabía muy bien que una vez que estuviera en Narconon no iba a tener libertad para salir como a mi me gustaba, ni menos aún sola. Y quería inyectarme la última dosis porque la Kudamm sin heroína era muy aburrida... Tenía, por tanto, que resolver el problema de los veinte marcos. Un cliente. Pero no quería ir a la estación del Zoo. Tampoco me veía diciéndole a Detlev: ''¿Sabes que fue fantástico con la abstinencia? Fue increíblemente agradable. Vine en busca de un cliente porque necesito veinte marcos para inyectarme.'' Detlev no lo comprendería. Seguramente se mofaría de mí y me respondería:'' Y bien, veo que sigues siendo una drogadicta''.

La idea se me ocurrió en el metro: la solución estaba en un automovilista. Pensé que por veinte marcos lo encontraría con facilidad. Stella y Babsi lo hacían a menudo pero yo sentía horror de sólo pensarlo. Al fin de cuentas, uno no debía mirar al conductor: el asunto era subirse al auto de cualquiera.

Lo peor que a uno podía ocurrirle era caer manos de un proxeneta. Fingían ser clientes. Y una vez dentro del auto, no había salvación... No era porque querían emplear a los toxicómanos, eso no les interesaba. Desembolsaban mucho dinero en la droga. Les gustaba engancharlos en la Kurfurstrentrasse para que el pobre inocente que caía en la trampa trabajara gratis para quedar en libertad.

Babsi se había subido en una ocasión en el vehículo de un cabrón. La secuestró durante tres días. La torturó y luego la obligó a realizar numerosas porquerías con una montonera de hombres, maricas, con borrachos, con cualquiera. Y durante todos esos días, Babsi estaba sufriendo una crisis de abstinencia. Vivió un verdadero infierno durante aquellos días. Cuando regresó a la Kurfurstentrasse era la misma. Siempre fue la reina de ese lugar, con su cara de ángel y su figura plana, sin senos y sin nalgas.

Las putas profesionales eran tan peligrosas como los cabrones. La calle Postdamer, el cuartel general de la putas de la peor calaña, no estaba más allá donde estaban las chicas que practicaban la prostitución infantil en la Kurfurstentrasse. De vez en cuando realizaban una verdadera cacería de toxicómanos. Si atrapaban a uno de ellos, se les arrojaban encima, los arañaban y le transfiguraban el rostro.

Me bajé en la estación Kurfurstentrasse. Estaba muerta de miedo. Pensaba en las advertencias de Babsi y Stella. Debía evitar a los tipos jóvenes con autos deportivos y a los que andaban vestidos con ambos: podían ser cabrones. Los viejos con traje y corbata y medio torpes eran bastante pasables, sobretodo si andaban con sombrero. Sin embargo, los mejores eran esos infelices que llevaban un asiento para niños en la parte trasera: eran valientes padres de familia, sólo andaban tirando una cana al aire y estaban más asustados que nosotras.

Tomé la calle en dirección a la ''Sound'', no por el lado de la acera sino por donde había una hilera de casas. No quería dar la impresión de andar cazando un cliente. Sin embargo, un tipo me hizo una seña casi de inmediato. Lo encontré extraño, con un aspecto agresivo. Quizás porque tenía barba. Lo mandé de paseo y continué mi camino.

No había otra chica a la vista. Porque todavía no era mediodía. Babsi y Stella me habían dicho que aquellos tipos se volvían locos cuando se las habían arreglado para coger media hora libre y no encontraban una chica. A veces, en la Kurfurstentrasse había más clientes que chicas. Se detuvieron mucho otros autos. Yo aparentaba no verlos.

Me puse a contemplar la vitrina de una tienda de muebles. Me puse a soñar de nuevo. Pero me dije:'' Christianne, hija mía, domínate. Tienes que hallar pronto esos veinte marcos. Concéntrate.'' En aquella ocasión tenía que estar muy concentrada para poder liberarme definitivamente después.

Un Commodore blanco se detuvo. No tenía asiento para niños en el asiento trasero pero el tipo tenía un aspecto decente. Me subí sin pensarlo mucho.Acordamos una tarifa de treinta y cinco marcos.

Nos fuimos a la Plaza Askanischen donde antiguamente hubo una estación. El asunto funcionó muy rápido. El tipo eran gentil, hasta me olvidé que era un cliente. Me dijo que le agradaría mucho volver a verme pero que dentro de tres días partía a Noruega de vacaciones con su esposa y sus dos niños.

Le pregunté si le importaba dejarme en la Universidad Técnica- era allí donde se compraba la mercadería por las mañanas. Aceptó de inmediato.

Hacía buen tiempo, era el 18 de mayo de 1977. Recuerdo la fecha porque me faltaban dos días para cumplir los quince años. Caminé, conversé largo rato con dos o tres muchachos, acaricié un perro. ¡Qué felicidad! Aquella sensación era formidable. No estaba presionada, podía inyectarme en el momento que quisiera. Ya no estaba condicionada por la heroína…

Al cabo de un rato, pasó un tipo que me preguntó si quería comprar droga. Le dije que si, le compré cuarenta marcos. Bajé a inyectarme en el baño para damas de la Plaza Ernst Reuter. Era bastante limpio. No vertí más de la mitad de la dosis en la cuchara porque después de la abstinencia tenía que actuar con moderación. Me di un pinchazo con cierta solemnidad. Me dije que sería el último.

Desperté dos horas después con mi trasero en el tazón del WC y la aguja en el brazo. Mis cosas estaban tiradas en el suelo. Pero de inmediato me sentí relativamente segura. En el fondo, yo había podido ser capaz de elegir el momento adecuado para desengancharme. Estaba todavía justo a tiempo. Mi paseo por la Kudamm se arruinó. Comí en un restaurante por dos marcos y medio: puré de manzanas y puerros.Vomité todo algunos momentos después. Me arrastré a la estación del Zoo para despedirme de Detlev pero no lo encontré. Tenía que regresar a casa, mi gato me necesitaba.

El pobre gato no se había movido, permanecía sobre mi almohada. Limpié mi jeringa, le volvía a dar una infusión de camomila y azúcar de uva, No era así como me había imaginado el último día de una toxicómana ¿Y si me tomaba otro día?

Sentí la llegada de mi madre. Me preguntó que dónde había pasado la tarde. ''En la Kundamm''.No le agradó mi respuesta. ''Dijiste que pasarías por las informaciones de Narconon''

Enceguecida de rabia me puse a aullar:'' Déjame en paz. No tuve tiempo. ¿Me entendiste?''. Ella gritó a su vez: ''Arregla tus cosas y te largas de inmediato a Narconon. Y te quedas allí!''

Yo terminaba de prepararme una chuleta con puré. Llevé mi plato al baño, me encerré y comí. Así fue la última noche que pasé en la casa de mi madre. Grité porque me fastidió saber que mi madre se había enterado que me había vuelto a inyectar.

Ordené algunas cosas dentro de un gran cesto de mimbre. Escondí la jeringa, la cuchara y el resto de la droga en mi calzón. Nos fuimos a Narconon en taxi. No me hizo ninguna pregunta. Antes de admitirme quisieron enterarse de nuestra situación económica: mil quinientos marcos por adelantado. Naturalmente, mi madre no contaba con esa suma. Prometió reunirlos a la mañana del día siguiente. Solicitaría un préstamo bancario. Ellos estuvieron de acuerdo, naturalmente. Mamá les suplicó que me cuidaran. Respondieron afirmativamente.

Pedí autorización para ir al baño. Me la dieron. En aquel entonces no registraban. No devolvían, - como en otras partes-, los utensilios que uno llevaba para drogarse. Me mandé un pinchazo de inmediato. Cuando regresé, se dieron cuenta que estaba volada pero no hicieron ninguna observación. Les entregué la jeringa y lo demás. El tipo pareció sorprendido y me felicitó.

Me llevaron a la Cámara del Pavo Frío. Había otros tres. Uno de ellos se había mandado a cambiar esa mañana. Una estupenda publicidad para Narconon.

Me dieron un libro sobre la doctrina de la Iglesia Cientológica.

¡Sorprendente me resultó esta secta! Las historias podrían resultar creíbles o inverosímiles pero yo necesitaba creer en algo.

Al cabo de dos días me permitieron salir de la Cámara del Pavo Frío. Debía compartir mi cuarto con un tal Christa. Una tipa enferma de chiflada. La mantenían privada de terapia porque se había mofado de las terapias y de los terapeutas. Ella registraba el zócalo de nuestra habitación porque decía que podíamos hallar droga escondida en algún sitio. Me llevó al desván. ''Con sólo instalar unos cojines podríamos organizar una de esos bailes modernos, con hachís y todo lo demás''. Esa mujer me deprimía. Yo fui a Narconon con el objeto de desintoxicarme, de liberarme de la droga y ella no dejaba de hablar acerca del tema de la droga. Para colmo, consideraba pésima a la institución que nos albergaba.

Al segundo día, un llamado telefónico de mi madre. Me anunció que mi gato se había muerto. Después me deseó felicidades por mi cumpleaños. Todo aquello que estaba sucediendo estaba descomponiendo su sistema nervioso…Pasé el resto de la mañana llorando en mi cuarto.

Cuando los tipos se dieron cuenta, decidieron que necesitaba una sesión. Me encerraron en un cuarto con un fulano que había sido toxicómano: me bombardeó de órdenes descabelladas. Estaba obligada a realizarlas.

Me dijo:'' ¿Ves este muro? Aproxímate a él. Tócalo.'' E insistía con lo mismo. Durante horas. Yo tanteaba los cuatro muros de la habitación. En un momento dado, estuve a punto de reventar. ''¡Qué estúpido me está resultando todo esto! ¿Está usted chiflado o qué? Déjeme en paz. ¡Ya tengo suficiente!''. Sin dejar de sonreír me sugería continuar. Después me hizo tocar diferentes objetos. Hasta el momento en que caí al suelo completamente extenuada y me arrojé al suelo llorando.

El sonrió. Y cuando vio que me había comenzado a calmar proseguimos con lo mismo. Estaba embotada. Toqué el muro antes de recibir la orden. El único pensamiento que asomaba a mi mente era:'' Sería bueno que este cuento se acabe''.

Al cabo de cinco horas de penuria me dijo:''Okay, es suficiente por el día de hoy.'' Me sentí extrañamente bien. Me llevó a otro cuarto donde había un extraño aparato, de fabricación artesanal: una especie de péndulo suspendido entre dos hojas de hojalata.

El tipo me ordenó que pusiera mi mano encima del aparato y me preguntó:'' ¿Te sientes bien?''

''Si. Ahora tengo conciencia real de todo lo que me rodea''.

El tipo dirigió la vista hacia el péndulo.'' No se movió de su sitio. Por lo tanto, no has mentido. La sesión fue positiva''.

El extraño aparato era un detector de mentiras. Uno de los objetos de culto de aquella secta. En todo caso, me sentí contenta de que el péndulo no se hubiera movido. Para mí era la prueba palpable de que me sentía realmente bien. Yo estaba dispuesto a creer cualquier cosa con tal de liberarme de la heroína.

Ellos hacían toda clase de asuntos sorprendentes. Por ejemplo, esa misma noche, Christa estaba con mucha fiebre: la hicieron tocar una botella y decir si estaba más fría o más caliente. Al cabo de una hora, la fiebre declinó.

Todo aquella me tenía tan consternada a tal punto que a la mañana siguiente me precipité a la oficina para solicitar una nueva sesión. Durante una semana me dediqué a fondo con todo el tema de la secta. Tenía muchísima fe en la terapia. Había un programa sin descanso que incluía: sesiones, después se realizaba el aseo, para terminar como ayudante de la cocina. Eso nos hacía concluir nuestra faena como a las diez de la noche. No teníamos un minuto para pensar.

Lo único que me enervaba era la comida. Yo no era exigente en materias culinarias pero no podía engullir la comida que nos servían allí. Además, cobraban honorarios que justificaban una comida de mejor calidad. Después de todo, ellos no incurrían en gastos mayores. Las asistentes eran en su mayoría antiguos toxicómanos a los que se les señalaba que el trabajo que realizaban era parte de su terapia. Lo único que recibían era dinero para el bolsillo. Los directivos de Narconon comían aparte. Un día los cuando almorzaban pude observar que se estaban pegando una feroz comilona.

Un domingo, finalmente, tuve la oportunidad de reflexionar. Primero pensé en Detlev. Eso me puso triste. Luego me formulé algunas preguntas: ¿Qué haría después de la terapia? Aquellas sesiones ¿me estaban ayudando realmente? Tenía muchas preguntas y ninguna respuesta. Tenía muchos deseos de hablar con alguien pero en Narconon estaba prohibido trabar amistad. Era uno de los principios básicos de la casa. Si uno intentaba discutir sus problemas con los asistentes de Narconon, la mandaban en el acto a participar en una sesión. Después de ingresar a ese presidio me di cuenta de que nunca pude mantener una verdadera conversación.

El lunes me anoté en la oficina y les escupí todo lo que pensaba de un solo viaje. En primer lugar, la comida. Después, que alguien me había robado mis cuadros. La imposibilidad de entrar en el lavadero porque la encargada andaba aperándose de droga en la ciudad. Por otra parte, ella no era la única que hacía esa gracia. Ese tipo de actitudes me rebelaban. Y finalmente, el encarnizado ritmo de las sesiones y el trabajo doméstico. Me habían esquilmado, ya ni siquiera disfrutaba de una sana ración de sueño.''OK'' les dije ''sus terapias son muy buenas pero no le aportan ninguna solución a mis problemas. Todo esto, en el fondo, es un amaestramiento. Ustedes intentan enderezarnos. Pero yo necesito contar con alguien que escuche mis problemas. Necesito tiempo para ir solucionando poco a poco todos mis problemas.''

Me escucharon sin decir una palabra y conservaron esa eterna sonrisa. Después de eso tuve derecho a una sesión adicional. Duró todo el día, hasta las diez de la noche. Salí nuevamente en estado total de apatía. Después de todo, quizás ellos sabían lo que hacían. Mi madre me contó en el transcurso de una visita, que la Seguridad Social le había reembolsado el dinero de mi estadía en Narconon. Si el Estado estaba subvencionando aquella institución, eso quería decir que cumplía con todas las de la ley, al menos, con casi todas…

Los otros internos de Narconon tenían mayores problemas que los míos. Gaby, por ejemplo, se enamoró de un asistente y se quería acostar con él a como diera lugar. Partió como una imbécil a contárselo a un directivo. El resultado fue una sesión adicional. Por cierto, ellos ya se habían besado y era de conocimiento público. Sin embargo, la ridiculizaron delante de todo el mundo y Gaby se fue para siempre esa misma noche. El tipo, un asistente, que decía estar ''limpio'' desde hacía varios años se mandó a cambiar algunos días después. Volvió a la toxicomanía y se drogaba hasta reventar.

En realidad, a los directivos de Narconon no les inquietaba demasiado el cuento de los besos. Lo importante para ellos era impedir que se fomentaran lazos de unión entre los internos.

Pero ese tipo trabajaba con ellos hacía más de un año. ¿Cómo podía soportar durante tanto tiempo el estar en ese aislamiento?

Tarde por la noche teníamos algunos momentos de esparcimiento. Yo los compartía siempre con los internos más jóvenes. Éramos tres y aunque yo era la menor de todos, los otros todavía no cumplían los diecisiete. Pertenecíamos a la nueva oleada de drogadictos y nos caracterizábamos por haber empezado a ingerir drogas fuertes desde que éramos apenas unos niños. Y nos convertimos en unos pingajos al cabo de unos dos años: la edad de la pubertad es la más vulnerable para los efectos de la ingestión de la droga. El veneno resulta mucho más perjudicial para el organismo en ese período.

Si nos encontrábamos allí era por la misma razón: no había vacantes para terapia en otro lugar. Al igual que yo, todos compartían la opinión de que las sesiones no aportaban mayor cosa. De todos modos, en aquellas en las que ponían en terapia a dos personas simultáneamente, era un verdadero desastre. Nos reíamos a gritos después. ¿Y cómo no hacerlo si nos hacían insultar una pelota de fútbol o mirarnos a los ojos durante dos horas? Renunciar al acto de hacernos pasar por el detector de mentiras ¿Y con qué fin podían hacerlo si nosotros sosteníamos que las sesiones de terapia no nos habían servido de nada? Los resultados no asomaban a la vista. Y los infelices asistentes se sentían cada vez más impotentes.

Por lo tanto, sólo teníamos un tema en común para debatir: la heroína. A veces, cuando estábamos reunidos en grupos más íntimos, yo hablaba acerca de la posibilidad de fugarnos.

Al cabo de estar quince días en Narconon, ideé un plan. Dos muchachos y yo nos ocultaríamos con la vestimenta del ''Gran Comando de Limpieza'': gracias a nuestro arsenal de baldes, escobillones y delantales de arpillera, franqueamos todas las puertas sin tropiezos. Estábamos locos de alegría. Estábamos impacientes por inyectarnos que por poco nos hicimos pis de la emoción. Nos separamos a la entrada del metro. Yo me dirigí a la estación del Zoo. Iba en busca de Detlev.

No estaba allí. Stella si y festejó mucho mi llegada. No había visto a Detlev en mucho tiempo- me contó. Yo temí que estuviese en prisión. En cuánto a los clientes, escaseaban en ese lugar. Nos fuimos a la Kurfurstenstrasse. Allí tampoco pasaba nada. Al fin se detuvo un coche. Lo ubicamos y el conductor también nos reconoció. Un tipo que nos había seguida muchas veces, tanto en el camino a los WC públicos como cuando nos íbamos a inyectar. Inicialmente los habíamos tomado por un policía de civil. Pero se trataba solamente de un novicio en busca de chicas toxicómanas.

Se interesó solamente en mí pero autorizó a Stella para que se subiera al auto.

Le dije:''Treinta y cinco marcos por una chupada. No hago nada más''.

''Te doy cien''.

Quedé perpleja. Nunca me había ocurrido un cuento como aquel. Los tipos que manejaban los Mercedes regateaban por cinco marcos. Y este personaje, en un roñoso Wolkswagen, me propuso espontáneamente cien.

Me explicó que era agente de información. Bueno, un megalómano. Esos eran mis mejores clientes, ellos no escatimaban en el dinero, por el contrario, lo que hacían constituía un medio de reafirmarse.

Me entregó efectivamente los cien marcos. Stella fue de inmediato a comprar la droga y nos inyectamos en el auto. Luego fuimos a un hotel. Me tomé mi tiempo con el fulano (Stella me esperaba abajo en el hall) porque había sido generoso y porque estaba en pleno ''vuelo'', además. Hacía dos semanas que no ingería nada. Por otra parte, me gustaba la sensación de amparo que me brindaba aquel plumón que me cubría en ese ruinoso cuarto de hotel.

Conversé un poco con el tipo. Era una persona verdaderamente sorprendente. Terminó por contarme que tenía medio gramo de heroína en su casa y que nos la daría si volvíamos a encontrarnos dentro de tres horas en la Kurfurstentrasse.

Le quise sacar treinta marcos más. Le dije que necesitaba almorzar como Dios mandaba: una cantidad semejante no podía contar para un ricachón como él, yo comprendía que tenía que movilizarse en ese cacharro para despistar a los demás, que se notaba que el era un espía notable, patatí, patatá… Me aflojó los treinta marcos.

Stella y yo regresamos a la estación del Zoo. Yo no abandonaba la esperanza de reencontrar a Detlev. De pronto, un pequeño perro negro con blanco, totalmente desgreñado, se me arrojó a los brazos. Debí recordarle a alguien. Ese perro era muy especial, se diría que tenía el aspecto de un perro de trineo un poco subdesarrollado. Un tipo que andaba totalmente despeinado me preguntó si quería comprarlo. Por supuesto que quería. Me pidió setenta marcos, regateé y al final me lo vendió por cuarenta. ¡Qué suerte! Estaba enferma de volada y tenía un perro nuevo. Stella propuso que le pusiera Lord John. Decidí ponerle Yianni.

Almorzamos en un restaurante de la Kurfurstentrasse. Yianni consumió la mitad de nuestras raciones. El ''espía'' llegó puntualísimo a la cita. Me trajo un bello y radiante medio gramo de heroína. Era un loco: sólo la mercadería valía cien marcos.

Regresamos a la estación del Zoo. No pudimos dar con Detlev pero nos encontramos con Babsi. Yo estaba súper contenta: era grato juntarse a conversar con las mejores amigas. Subimos a la terraza. Babsi tenía muy mal semblante, sus piernas parecían fósforos, totalmente plana por delante, no pesaba más de 31 kilos. Sin embargo, su rostro aún permanecía hermoso.

Les conté de Narconon. Les dije que era un presidio bastante sensacional. Stella no quería escuchar más: ella había nacido toxicómana y quería morir toxicómana, fue lo que dijo. Pero Babsi estaba embalada con la idea de que podían desintoxicarse juntas. Sus padres y su abuela habían intentado en vano encontrarla una vacante en terapia. Le fastidiaba que se metieran en sus cosas pero ella estaba muy dispuesta a desengancharse para siempre.

Estaba en un estado deplorable. Después de charlar bastante nos separamos. Mi Yanni aún estaba atado. Fui a realizar unas compras a un almacén de lujo que era extraordinariamente caro pero estaba abierto por las noches. Compré dos bolsas de alimento para perros y una gran partida de postres instantáneos para mí. Después llamé por teléfono a Narconon. Autorizaron mi regreso. Anuncié que llevaría compañía sin aclarar que se trataba de un perro.

No lo había pensado mucho pero sabía de sobra que regresaría a Narconon. ¿Y dónde más podía ir? ¿A mi casa? Me imaginé la cara de mi madre al verme llegar. Además, mi hermana había regresado- no quiso permanecer más junto a mi padre- y ocupaba mi cuarto y mi cama. ¿Vagabundear? No estaba dispuesta a hacerlo…Dormir en la casa de un cliente, eso significaba en cuerpo y alma a su disposición, y a tener que acostarme de frentón. Aún no había pernoctado en la casa de un cliente. Y sobretodo, estaba decidida a desengancharme para siempre.

Por lo tanto, el camino a Narconon era inevitable., porque de todos modos, no tenía otra alternativa.

En la casa- así le decíamos a Narconon, ''La casa''- la acogida fue bastante fría pero sin comentarios. No dijeron nada tampoco por la llegada de Yianni. En aquel entonces, tenían veinte gatos ya en el edificio de atrás.

Fui por frazadas viejas al sótano e instalé la cama de Yianni al lado de la mía. Al día siguiente, por la mañana, se hizo pipí y caca por todas partes. Yianni nunca fue muy limpio. Ese animal era súper especial, Pero yo lo quería tal como era y no me importaba andar limpiando todo lo que ensuciaba.

De inmediato fui enviada a una sesión adicional. Eso también me daba lo mismo. Ejecutaba las órdenes como una autómata. Lo único que me desagradaba era pasar todo ese tiempo alejada de Yianni., Los otros se ocupaban de él y jugaba con cualquiera- en el fondo era un seductor. Tanto los internos como los asistentes se preocupaban de alimentarlo y engordaba a la vista y paciencia de todos. Pero yo era la única que le hablaba. Ahora, al menos tenía con quién hablar.

Me volví a fugar otras dos veces. La última vez desaparecí durante cuatro días. Me quedé a dormir en la casa de Stella- su madre estaba en la clínica para practicarse una desintoxicación alcohólica. Y comencé de nuevo una vida de mierda: cliente, pinchazo, cliente, pinchazo. Fue entonces cuando me entré que Detlev y Bernd estaban en París.

En ese instante perdí los estribos. ¿Cómo era posible que el tipo que era en cierta forma mi marido, se hubiera largado a París sin haberme avisado siquiera? Nosotros siempre soñamos con ir a París. Queríamos arrendar un departamento en Montmatre y después nos íbamos a desintoxicar. Nunca escuchamos hablar de la existencia de droga en París y pensábamos que allí no la consumían… En París sólo había artistas. Unos tipos sensacionales, tomaban café o un vaso de agua de vez en cuando.

¡Así que Detlev estaba en París con Bernd! Había dejado tener novio y estaba sola en el mundo. Con Babsi y Stella resurgieron las disputas, ya fuera porque sí o porque no. Sólo contaba con Yianni.

Llamé por teléfono a Narconon. Me dijeron que mi mamá había pasado a recoger mis cosas. Ella también me abandonaba. Me bajó una rabia tremenda. Decidí demostrarles a todos que iba a salir adelante completamente sola.

Regresé a Narconon, me volvieron a aceptar. Me arrojé como una posesa a las instrucciones de la terapia. Hacía todo lo que me decían. Me convertí en una verdadera alumna modelo. Volví a compartir los honores con el detector de mentiras. Y el péndulo no se movía jamás cuando afirmaba que la sesión me había resultado extremadamente beneficiosa. Yo me decía: ''Esta vez sí que lo vas lograr. Estás a punto de lograrlo. Estás a punto de liberarte del vicio''. No llamé a mi madre. Me prestaron ropa. Usaba calzoncillos de hombre pero me daba lo mismo. No quería rogarle a mi madre para me devolviera mi ropa.

Un día recibí un llamado telefónico de mi padre. ''Hola Christianne. ¿Dónde has estado metida? Acabo de enterarme de tu dirección y además te diré que di con ésta por casualidad.

''Estoy impresionada de escuchar que te interesas por mí.''

''Dime ¿esperas permanecer durante mucho tiempo encerrada en esa tribu?''

''Por supuesto''.

Mi padre tenía la respiración entrecortada. Pasó un buen rato antes de pronunciar la siguiente frase. Después me preguntó si quería almorzar con él y uno de sus amigos. Acepté.

Media horas después me llamaron a la oficina. ¿Quién se encontraba allí? Mi querido papá, al que no veía después de muchos meses. Subió conmigo al cuarto que compartía con las otras muchachas. Sus primeras palabras: ''¿Qué significa todo este despelote?''. El siempre fue un maniático del orden, Y nuestro cuarto, como el resto de la casa, era una verdadera cafarnaúm, no se había hecho la limpieza y había trapos tirados por todas partes.

Nos aprestamos para salir a almorzar cuando uno de los responsables le dijo a mi padre: ''Tiene que firmar un documento que registre que traerá de regreso a Christianne''

Mi padre, furioso, se puso a gritar: el era el padre, sólo el tenía derecho a indicar en qué lugar debería vivir su hija, su hija jamás volvería a poner los pies allí.

Entonces desistimos de salir. Yo sólo quería regresar a la sala de terapia y le suplicaba a mi padre a más no poder:'' Quiero quedarme aquí, papá. No quiero morir, papá. Déjame aquí, te lo ruego''.

Los funcionarios de Narconon aparecieron cuando escucharon los gritos. Tomaron mi partido. Mi padre salió vociferando: ''Voy a llamar a la policía''.

Yo sabía que lo haría. Trepé hasta el techo. Había una especie de plataforma para los deshollinadores. Me acurruqué allí, mientras temblaba de frío. Me mandaron dos cestas con ensaladas. Los policías y mis padres registraron la casa de arriba a abajo. La gente de Narconon estaba inquieta, me llamaban. Nadie subió al techo. Mi padre y los policías se marcharon.

Al día siguiente por la mañana llamé por teléfono a mi madre a la oficina. Sollozando le pregunté qué era lo que sucedía.

Su voz parecía de hielo:''No me interesa en lo absoluto lo que te pueda suceder''.

-Pero tú eres mi tutora. No me puedes abandonar de esta forma. No me quiero ir con mi padre. Quiero permanecer aquí, no volveré a fugarme. Te lo juro. Te ruego que hagas algo. Tengo que quedarme aquí, mamá, de lo contrario me voy a morir. Me tienes que creer, mamá.''

Escuché la voz irritada de mi madre:'' No, no hay nada que hacer''.Y colgó.

Me sentí completamente bajoneada. Después monté en cólera. Me dije:'' Y bien de ahora en adelante, mándalos a la mierda. Ellos nunca se ocuparon de ti y ahora que se les cantó, se te dejan caer. Esos pobres aves hacen puras estupideces. La madre de Kessi, ella, ella impidió que su hija se hundiera en la mierda. Esos pobres mequetrefes de tus padres no levantaron ni el dedo meñique y de repente se imaginan que saben lo que es mejor para ti'':

Solicité una sesión adicional, me entregué por entero a realizar la terapia. Quería permanecer en Narconon y quizás posteriormente podría enrolarme como un miembro de la Iglesia Cientológica. En todo caso, no permitiría que nadie me sacara de allí. No quería que mis padres continuaran destruyéndome.

Tres días después fui convocada nuevamente a la oficina. Mi padre estaba allí, muy calmado. Explicó que debía llevarme a la Oficina de la Seguridad Social por el asunto de reembolso de Narconon.

Yo:'' No. No te voy a acompañar. Te conozco, papá, no me dejarás regresar. Y no deseo morir.''

Mi padre mostró un papel a los responsables de Narconon. Estaba firmado por mi madre y ella lo autorizaba para retirarme de allí. El directivo de Narconon dijo que el no podía hacer nada, que era imposible que permaneciera en contra de la voluntad de mi padre. Me aconsejo que no olvidara de hacer mis ejercicios. Que pensara siempre en la confrontación de ideas. La confrontación, esa era la palabra maestra en Narconon. Había que estar en permanente confrontación. ¡Qué idiotas! Yo no tenía nada que confrontar porque me iba a morir y ya no tendría valor para hacerlo. Dentro de quince días estaría reventada de nuevo. Totalmente sola, ya nunca más tendría otra oportunidad para salir a flote. En eso estaba pensando cuando me retiré de Narconon: fue uno de los momentos más lúcidos de mi existencia. Sólo mi angustia y desamparo me habían convencido que Narconon era mi tabla se salvación. Lloré de rabia y desesperación. Ya no podía más…

LA MADRE DE CHRISTIANNE.

Después del fiasco de Narconon, mi ex marido decidió llevarse a Christianne a vivir con él'' para hacerla entrar en razón'', esa fue la expresión.

Desde mi punto de vista, esa no era la mejor solución. En primer lugar, no podía vigilarla durante las veinticuatro horas del día. Además que mis relaciones con él no habían sido de las mejores y me disgustaba la idea de confiarle a Christianne. Más aún cuando nuestra hija menor se alejó de su lado porque dijo que su padre era demasiado duro con ella.

Pero ya no sabía a qué santo encomendarme y me dije que quizás sus métodos podían ser más eficaces que los míos. Podría ser también- no excluyo esa posibilidad- que tenía ganas de convencerme que tenía que deshacerme de la responsabilidad de Christianne. Después de su primer intento de abstinencia yo estaba en permanente estado de alerta. Pasé por períodos en que me sentía esperanzada para luego recaer en la más profunda desesperación. Cuando le solicité al padre que interviniera, me encontraba física y moralmente al borde de un abismo.

Tres semanas después de aquella dolorosa ''limpieza'' (aquella que Christianne y Detlev realizaron en mi casa), la primera recaída me provocó el efecto de un martillazo en la cabeza. La policía me llamó a la oficina para informarme acerca del arresto de Christianne, y me pidieron que la fuera a buscar.

Me quedé sentada en mi escritorio, tiritando entera, miraba la hora cada dos minutos. No me atrevía a solicitar permiso para salir de inmediato. No podía confiarle a nadie lo que ocurría. ¿Qué diría mi jefe? De pronto comprendí al padre de Detlev. En el fondo me sentía avergonzada, terriblemente avergonzada.

En la Comisaría encontré a Christianne con los ojos hinchados de lágrimas. El policía me mostró la huella del pinchazo todavía reciente sobre su brazo. Agregó que la habían detenido en la estación del Zoo donde estaba en ''una actitud equivocada''. ¿Qué había querido decir con ''una actitud equivocada''? No podía imaginarlo- quizás no quería cejar en mi obstinación. Christianne se sentía terriblemente desgraciada por haber recaído. Intentó practicarse una ''limpieza''. Sin Detlev. No se movía de casa, parecía haber tomado el asunto en serio. Me armé de coraje como pude y me dirigí al colegio para informarle al profesor sobre lo ocurrido. El se espantó pero agradeció mi franqueza ya que los otros padres no actuaban de esa manera. Me informó, además, que había otros alumnos que se drogaban. También me dijo que le gustaría mucho ayudar a Christiane pero que no sabía cómo hacerlo.

Siempre sucedía lo mismo: a dónde iba, los demás estaban tan desconcertados como yo, o bien, se desinteresaban totalmente de personas como Christianne. Fue una experiencia que me tocó vivir con frecuencia.

Poco a poco me fui enterando de lo fácil que resultaba que un adolescente se aprovisionara de heroína. Bastaba con observar lo que sucedía en el camino a la escuela. Ví a los revendedores que aguardaban en Hermannplatz, en Neuköln. No podía creer lo que escuchaba cuando uno de ellos abordó a Christianne en mi presencia al salir de clases. Algunos eran extranjeros pero había alemanes entre aquellos traficantes. Christianne me contó cómo los había conocido, qué vendía, a quiénes y todo lo demás.

Todo esto me pareció completamente de locos. ¿En qué mundo estábamos viviendo?

Quise que Christianne se cambiara de colegio para evitar al menos esos encuentros en el camino a la escuela. Las vacaciones de la Semana Santa estaban próximas y yo esperaba que en un ambiente diferente, ella pudiera correr menos riesgos. Se trataba de una buena idea pero algo ingenua al final de cuentas, pero de todas maneras, no fue admitida en otra escuela.

Estaba muy decepcionada pero se limitaba a decir:'' Todo esto no tiene ningún sentido. Lo único que me puede ayudar es una terapia''. Pero ¿dónde se podía encontrar una vacante? Llamé a todos los servicios posibles e imaginables. En el mejor de los casos, me daban la dirección de un Consultorio Anti-Drogas. Allí, exigían que Christianne se presentara por su propia voluntad. Hablaban por lo general, muy mal de sus colegas pero todos coincidían en un punto: era indispensable que la decisión proviniera del postulante, de lo contrario, no habría sanación.

Christianne se indignó muchísimo cuando le dije que acudiera al Consultorio Anti- Droga. ''¿Porqué hacerlo? No tienen vacantes para mí. No pienso someterme a sus caprichos durante semanas''.

¿Qué hacer? No podía obligarla a ir por la fuerza para que permaneciera en un Consultorio porque eso atentaba contra los principios de aquellas instituciones. Hoy en día comprendo muy bien su actitud en esa época. Christianne no estaba lo suficientemente madura para seguir con seriedad una terapia. Por otro lado, estimo que los niños toxicómanos como Christianne tenían derecho a solicitar toda la ayuda posible, incluso si debían asumirlas en contra de su voluntad.

Más tarde, cuando Christianne estaba tan mal que ella misma decidió tratarse con terapeutas muy estrictos nos decían:'' Está todo copado. Deberán esperar seis u ocho semanas. ''Cada vez que los escuchaba me enfermaba porque me tocó decirles:'' ¿Y si mi pequeña fallece antes…?'' ''Si, por supuesto. Entonces dígale que se venga a entrevistar con nuestros Consejeros. Comprobaremos si sus intenciones son serias''.

Con el tiempo me di cuenta que no los podía culpar: había tan pocas vacantes que estaban obligados a realizar una selección.

Por lo tanto, durante ese período, no encontré nada para que Christianne pudiera tratarse. Pero cuando regresó de sus vacaciones tuve la impresión de que no iba a requerir de terapia alguna. Tenía un espléndido aspecto físico. Creí que había ganado la partida.

Ella me hablaba a menudo de de su amiga Babsi, la que se vendía a los viejos verdes para costearse su aprovisionamiento de heroína. Ella consideraba que todo aquello era repugnante. Ella, ella no podría jamás… Ella estaba tan contenta de estar alejada de toda esa mugre- me decía. Parecía sincera. Yo habría jurado por mi vida que ella decía todo aquello de verdad.

Pero eso no duró más que unos pocos días. Le miré sus pupilas que parecían cabezas de alfiler. Ya no soportaba su falsedad.:''Pero ¿de qué me estás hablando si solamente fumé un pito?'' Ese fue el inicio de un período tremendo. Ella se dedicó a soltarme unos feroces embustes a pesar de que la perseguía todo el día. Le prohibí salir pero ella no me tomaba en cuenta. Fracasé al intentar encerrarla dentro del departamento porque tenía miedo que se arrojara por la ventana.

Yo estaba con los nervios de punta. Ya no soportaba más ver sus minúsculas pupilas. Transcurrieron tres meses después del día en que la sorprendí en el baño. Los periódicos anunciaban por lo menos una vez a la semana una nueve muerte por sobredosis. En breves palabras, las víctimas de la heroína habían pasado a ser unos hechos noticiosos tan corrientes como los del tránsito.

Sentía un miedo horroroso. Sobretodo porque Christianne había dejado de confiar en mí, negaba las evidencias. Eso me enloquecía. Cuando se sentía desenmascarada se transformaba en un ser grosero y agresivo. Poco a poco, su personalidad se fue modificando.

Comencé a temblar por su vida. Decidí entregarle su mesada- 20 marcos al mes- en pequeñas cantidades. Si le entregaba toda esa cantidad de una vez era capaz de comprarse una dosis de heroína para inyectarse. Podía ser la última. Lo peor no era saber que ella era toxicómana- ya que casi había llegado a hacerme la idea- si no que había llegado al punto de que su próxima dosis podía ser la fatal. Debo reconocer que ella pasaba en casa de vez en cuando, al contrario de su amiga Babsi. La madre de Babsi me llamaba a menudo, llorando, para saber dónde podía hallar a su hija.

Yo vivía eternamente sobresaltada. Me aterraba cada vez que sonaba el teléfono: podía ser la policía, la morgue u otro horror por el estilo. Hoy, todavía salto cuando escucho el primer campanenilleo.

Christianne rechazó todo diálogo, Si yo intentaba abordar el asunto de la droga, la respuesta era invariablemente:'' Déjame en paz''. Me daba la impresión de que se quería hundir…

Sin embargo afirmaba que no se inyectaba más y que se mantenía perfectamente con el hachís. Pero yo no me hacía mucha ilusión. Registraba continuamente su cuarto y encontraba casi siempre algún utensilio sospechoso. En dos o tres ocasiones, descubrí una jeringa. Se la arrojé delante de sus narices y ella se puso a chillar, tremendamente ofendida, que era de Detlev. Ella se la había confiscado.

Un día, al regresar de la oficina, los encontré sentados, a ella y a Detlev, el uno al lado del otro en la cama de Christianne, en su dormitorio, dispuestos a calentar una cuchara. Me quedé anonadada ante tal desfachatez y sólo atiné a gritarles:''Mándense a cambiar. ¡De inmediato!''

Ellos partieron y yo me fundí en lágrimas. Súbitamente me sentí abandonado por todos, invadida de una rabia enloquecida en contra de la policía y del gobierno. Esa mañana, el diario había anunciado la muerte de una joven drogadicta. Otra más. Ya sumaban treinta y siete víctimas en lo que iba corrido del año. Y recién estábamos a Mayo. No comprendía nada: la televisión transmitía informaciones acerca de fabulosas sumas de dinero que financiaban la lucha contra el terrorismo, y durante aquella misma época, los revendedores se paseaban libremente por Berlín vendiendo heroína en plena calle. De pronto me escuché exclamar en voz alta: ''¡Esos puercos!''.

Eran tanto los pensamientos que se arremolinaban en mi mente que no ataba ni desataba. Sentada en mi sala, me puse a mirar mis muebles, uno por uno. Tenía ganas de romperlos todos. ''Mírate- me decía a mí misma- tú eres la culpable de todo'' y me puse sollozar.

Esa noche golpeé a Christianne. Le di una tremenda paliza. La escuché sentada en mi cama, derecha como un palo. Me sentí devorada por la angustia y los remordimientos. Había fracasado en todo. Mi matrimonio había sido un error. Estaba demasiado absorbida por mi vida laboral. Y durante mucho tiempo había cerrado mis ojos acerca de la situación de Christianne. Y lo había hecho por cobardía.

Aquella noche perdí mis ultimas ilusiones.

Christianne no regresó hasta las doce y media de la noche. Desde mi ventana la vi descender desde un Mercedes. Justo delante de la puerta de nuestro edificio.. ''Mi Dios- pensé- esto es el fin de todo''. Mi hija había perdido hasta los últimos vestigios de respeto con ella misma. ¡Era la catástrofe! Yo estaba anonadada.. La cogí y la golpeé hasta que me dolieron las manos. Después nos desplomamos ambas en la alfombra y nos pusimos a llorar juntas. Christianne estaba liquidada. Le había dicho en su cara que ella era una puta. ''No me lo niegues porque ya lo sé''. Se limitó a sacudir la cabeza y a sollozar.''Pero no como lo imaginas, mamá''

No le pedí que entrara en detalles. La mandé a bañarse y después a su cama. Lo que experimenté en esos instantes nadie lo podría imaginar.¡Christianne se vendía a los hombres! Creo que ese golpe fue más terrible que cuando me enteré que se inyectaba.

No cerré un ojo en toda la noche. En mi desesperación consideré la idea de hallarle una vacante en alguna institución. Pero aquello no haría más que agravar las cosas. Debía internarla a la espera de que la recibieran, en definitiva, en el Centro Médico de Psicología de Ollenhauerstrasse. Fue en ese lugar donde un profesor me dijo que el mayor de los males- y muy marcado- era que las chicas se incitaban mutuamente a sumergirse en el mundo de la prostitución.

No veía más que una sola posibilidad: alejar a Christianne de Berlín. Definitivamente. Aún en contra suya. Había que sacarla de ese pantano, enviarla a un sitio en el que no hubiese heroína.

Mi madre, que vivía en Hesse, aceptó acogerla de inmediato, y mi hermana- ella vive en Scheleswig-Holstein- también. Desde que le anuncié a Christianne mi decisión lucía desconcertada. Comencé a hacer los preparativos. Fue entonces que Christianne, la que andaba muy apesadumbrada, me declaró que deseaba practicarse una terapia. Ella misma había conseguido una vacante en Narconon.

¡Qué alivio! Tenía mucho temor de que Christianne, sin terapia, fuese incapaz de contenerse por si misma y su estadía en la casa de mi madre o de mi hermana fuese inútil. En ese instante no tenía información precisa acerca de Narconon. Solamente sabía que era muy cara. El día antes de la víspera del decimoquinto cumpleaños de Christianne la llevé a Narconon en un taxi. Nos recibió un hombre joven el que posteriormente efectuó la entrevista de admisión. Luego nos felicito por nuestra decisión y me aseguró que no tendría que inquietarme en el futuro: la terapia de Narconon estaba coronada de éxitos. Podía irme tranquila.¡Al fin!

A continuación me extendió un papel para la firma. Se trataba de un compromiso de pago: cincuenta y dos marcos diarios, cuatro semanas por adelantado. Era más de lo que yo ganaba al mes.¿Y qué importancia tenía? Por otra parte, el hombre me afirmó que me reembolsarían el dinero en el Seguro Social.

A la mañana siguiente reuní quinientos marcos y los llevé a Narconon. Después solicité un préstamo por mil marcos en el banco. Les entregaría un cheque en la próxima reunión de apoderados.

El conductor de aquellas reuniones de padres era un antiguo toxicómano, como el mismo lo señaló. Su pasado parecía no haber dejado ninguna huella en él. Gracias a Narconon se había convertido en un hombre nuevo.- nos explicó. Aquello nos impresionó. Me señaló que Christianne estaba realizando grandes progresos.

La verdad era que todo parecía de película. Pero lo que deseaban realmente era quedarse con nuestro dinero. Más tarde me enteré a través de la prensa que Narconon pertenecía a una secta norteamericana bastante dudosa y que había hecho una suculenta fortuna explotando la angustia de los padres de familia.

Pero como de costumbre, lo comprendí demasiado tarde, y una vez que el mal ya estaba hecho. Y yo que imaginaba que Christianne estaba en buenas manos… Quería que Christianne permaneciera allí durante un buen tiempo. Contaba en ese momento con bastante dinero.

Hice el recorrido por los servicios administrativos. Al parecer, ninguno era competente. Y en ninguna parte me dijeron la verdad acerca de Narconon. Estaba desanimada de verme tambaleando de ventanilla en ventanilla. Tenía la impresión de que le estaba robando el tiempo a todas aquellas personas.

Finalmente, alguien me dijo que lo primero que tenía que hacer era obtener un certificado médico extendido por el Servicio de Salud Pública que acreditase que Christianne era toxicómana. Premunida de ese documento podía solicitar a la brevedad una terapia. Pensé que se trataba de una tremenda broma: la angustia de Christianne saltaba ante la vista de cualquiera que no estuviera al corriente de su problema. Pero ese era el requerimiento administrativo. Sólo, cuando al cabo de dos semanas de esfuerzos logré conseguir una entrevista con un médico idóneo. Christianne huyó de Narconon por tercera vez.

Lloré hasta que me dio puntada. Me dije:''Esto recomenzó y volvimos a partir de cero''. Mi pareja y yo decidimos ir por ella. En las mañanas rastreábamos hasta los confines del centro de la ciudad (también fuimos a los WC públicos), a las discotecas, a las estaciones y a los paraderos del Metro. Fuimos a todos los lugares frecuentados por los drogadictos. Día tras día, noche tras noche,

Informamos a la policía de su desaparición. Dijeron que la inscribirían en la lista de personas desaparecidas, que la terminarían de ubicar en algún lugar.

¡Si me hubiera podido hundir bajo la tierra, lo habría hecho! Lo único que sentía era angustia. Temor de que alguien me llamara por teléfono para decirme que mi hija estaba muerta. Me convertí en un manojo de nervios. No tenía deseos de nada, interés por nada, me esforzaba por desempeñarme en mi trabajo. No quise tomar una licencia por enfermedad. Comencé a tener problemas cardíacos, no podía mover el brazo izquierdo, el que se me adormecía por las noches. Mi estómago protestaba, me enfermé de los riñones, mi cabeza amenazaba con estallar. No era más que un atado de calamidades .

Fui a ver a un médico quién me asestó el golpe de gracia. Después de examinarme me dijo que todos mis malestares tenían un origen nervioso y me prescribió una receta de Valium. Cuando le conté porqué me encontraba en ese estado, me relató que hacía unos algunos días una chica había acudido a su consulta. Le confesó que se drogaba. Ella le preguntó cómo podía curarse.

''¿Y qué le dijo usted?'' le pregunté.

Que lo sugiera haciéndo'' me respondió. '' No tenía remedio'' agregó

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