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Octava entrega de la novela 'Christianne F, 13 años, drogadicta y prostituta', por Kai Hermann y Horst Rieck. Traducción al español de Xrisí Athena Tefarikis. xrisit@namb.zzn.com
Nota: Contenido sólo para adultos
En ocasiones, los amigos de Detlev me decían:''Desengánchate, eres demasiado joven para andar metida en esto. Desengánchate: podrás detenerte siempre que te separes de Detlev. El no se va salir nunca de este cuento. No seas idiota, bótalo de una vez''.
Los mandaba a la cresta. ¿Separarme de Detlev? Me parecía impensable. Si el decidía matarse, me mataría con él. Pero no les decía nada al respecto, les respondía simplemente:'' Te equivocas, no somos toxicómanos. Nosotros podemos abandonar la droga cuando se nos antoje''. Durante ese mes de Noviembre los días me parecían todos iguales. De dos a ocho en la estación Zoo. Después, al ''Treibhaus'', una discoteca de la calle Kurfursterdamm a la que Detlev había adquirido el hábito de frecuentar. Era un lugar de encuentro de drogadictos y era aún peor que la ''Sound''.Me quedaba a menudo hasta las doce y veinte de la noche, a la hora en que pasaba el último colectivo. En realidad, yo no vivía más que para los sábados en la noche. Detlev y yo hacíamos el amor el sábado en la noche. Y cada vez resultaba más hermoso, al menos que estuviésemos demasiados volados.
Llegó Diciembre. Tenía frío. Nunca antes había sufrido de frío. Me empecé a dar cuenta de que estaba físicamente deteriorada. Lo supe un día Domingo al comenzar el mes. Lo advertí cuando estaba en el departamento de Axel. Detlev dormía tendido encima de mis costillas. Yo estaba congelada. Mis ojos se posaron sobre una caja. Y, de pronto, la inscripción que había sobre la caja me saltó a la vista. Era en colores, con esos colores agresivos que le hacen daño a la vista. Resaltaba, sobre todo, un rojo aterrador. Cuando partía en uno de aquellos ''viajes'' siempre sentí temor del color rojo. Pero la heroína lograba que el rojo se transformara en un tono muy suave, lo recubría-, al igual que a los otros colores-, con una especie de velo.
De pronto, el rojo que cubría esa estúpida caja, se tornó siniestro. Tenía mi boca llena de saliva. La tragaba pero reaparecía nuevamente. Volvía a inundar mi boca sin poderla controlar. Después la saliva desapareció bruscamente y empecé a sentir mi boca seca y pegajosa. Intenté tomar algo pero no podía tragar. Temblaba de frío y al minuto siguiente sentía mucho calor. Estaba totalmente transpirada. Desperté a Detlev y le dije:'' algo está ocurriendo''.
Detlev me miró en forma insistente. ''Tienes las pupilas grandes como platillos''. Un largo silencio y después me dijo: ''Y bien, chiquita, eso era''
De nuevo me sentí sacudida de escalofríos. Le pregunté: ''·Eso es ¿qué?''.
''Cold turkey, lo que llaman '' Pavo frío'': la crisis de abstención. La estás sintiendo'' agregó. ''Eres una adicta ''me dije a mi misma''. Pero no era algo tan horrible.¿Porqué harán tanta cuestión sobre este asunto?'' Yo no estaba realmente mal: sólo temblaba, me sentía agredida por los colores y tenía esa extraña sensación en la boca.
Detlev no dijo nada más. Sacó del bolsillo de su jean un pequeño paquete y ácido ascórbico, fue a buscar una cuchara, calentó todo encima de la llama de una vela y me pasó una jeringa preparada. Yo temblaba tanto que me inyecté mal en la vena pero al poco rato me sentí resucitar. Todo regresó a la normalidad: los colores, volvieron a ser suaves, mi boca recobró su estado normal y yo me acurruqué en el hombro de Detlev mientras el aprovechaba la ocasión para inyectarse. Nos levantamos al mediodía y en seguida le pedí a Detlev que me convidara un poco de heroína.
Me dijo: ''No lo hagas. Te pondrás una dosis hoy por la noche antes de regresar a tu casa''.
''Pero yo necesito algo para hoy por la mañana'' le respondí.
''Te diré algo: no tengo suficiente. Y no tengo ganas de ir a la estación Zoo. De todos modos, hoy es Domingo y no debe haber nadie. Esa fue la respuesta de Detlev.
Sentí pánico:'' ¿pero no lo comprendes? Si no tengo con que inyectarme mañana en la mañana, sufriré una crisis de abstención y no podré ir a clases.''
Detlev:'' Te lo había advertido, niñita. ¡Estás atrapada! ''
De todos modos, después fuimos a la estación Zoo. Tenía tiempo para reflexionar. Había tenido mi primera crisis de abstinencia. Ahora me había convertido en una persona dependiente. De la heroína y de Detlev. ¿Cómo sería el amor de una pareja cuando uno depende totalmente del otro? ¿Qué ocurriría si estaba obligada a suplicarle a Detlev para que me diese una ración de droga? Ya había comprobado que los adictos que estaban con crisis de abstención se veían obligados a mendigar, a rebajarse, a sufrir todo tipo de humillaciones. Yo desconocía lo que significaba pedir. Y no comenzaría a hacerlo con Detlev. Por ningún motivo, Si el dejaba de mantenerme, nuestra relación se terminaría para siempre.
Detlev encontró un cliente. Me puse a esperar su regreso. Y se demoró…se demoraba… Tenía que acostumbrarme a esperar para obtener mis dosis matutinas.
Estaba deprimida. Monologaba conmigo misma.''¿Y qué te parece Chtistianne? Obtuviste lo que deseabas. ¿Así fue cómo te lo imaginabas? Seguramente, no. Pero lo deseabas en el fondo. Admirabas a los toxicómanos ¿Verdad? Ya estás metida en el baile. Ahora no te puedes echar para atrás. Cuando hablaban de crisis de abstención debiste abrir bien los ojos. Deberías saber lo que era. No se te ocultó la verdad. Ahora te toca a ti impresionar a otros.''
Pero no me dejé abatir realmente. Pensé en la forma en que había tratado a los yunkis en estado de abstención. No comprendía entonces qué era lo que les ocurría. Solamente había notado que se ponían bastante sensibles, totalmente desarmados y muy vulnerables. Un toxicómano en crisis quedaba de tal forma anulado que no podía contradecir a terceras personas. Me daban deseos de probar con ellos mis apetitos de poder. Cuando uno sabía cómo atacarlos se los podría destruir en un breve espacio de tiempo. Bastaba con golpearlos en el lugar preciso, luego aplicar pacientemente el hierro caliente en la herida para que cayeran derrumbados.
Cuando uno sufre una crisis de abstinencia, está lo suficientemente lúcida para darse cuenta que está convertida en un guiñapo. La fachada ''sensacional'' se acaba y sólo se piensa en lo que hay en el interior de una y en el interior de los demás.
Me decía a mí misma: ''Ahora te toca ti babear cuando te toque una crisis. Se van a dar cuenta que eres fea y desgreñada. Pero después de todo, tú ya lo sabías. ¿No es así? Es extraño que no hayas pensado bien acerca de todo este asunto.''
Mi discurso para mí misma no me condujo a nada. Sentí necesidad de hablar con alguien. Por cierto, podía ir en busca de uno de los compañeros de Detlev que vagabundeaban por esos lados. En lugar de hacerlo, me encogí en un rincón, al lado de la Oficina Central de Correos. Sabía de sobra lo que me dirían:'' No te preocupes, chiquita. Se te va a componer el naipe. Tienes que hacerte una cura de desintoxicación. El Valeron fue creado para eso''. Detlev solía hacer ese tipo de bromas.
Sólo me quedaba hablarle a mi madre. Pero me dije:'' Es imposible. Tú no puedes hacerlo. Ella te quiere. Tú también la quieres, a tu manera. Si le cuentas lo que te ocurre, ella va a sufrir. Y de todos modos, ella no puede ayudarte. Quizás decida ponerte en un internado. Y aquello ¿a quién le servirá? Las medidas forzadas no logran que las personas retornen al buen camino. Y sobretodo a ti. Saltarás el muro y partirás corriendo. Y eso sería todavía peor''.
Continué monologando a media voz:''Abandona todo esto de una vez por todas. Sufrirás de abstención durante algunos días pero te las arreglarás para capear el temporal, Cuando regrese Detlev le dirás: ''No deseo más heroína. Acabé con eso. Y tú debes hacer lo mismo. De lo contrario, nos separamos. ¿tienes dos raciones de mercadería en el bolsillo? OK viejito. Nos pegaremos la última volada y mañana se acaba todo.'' No me di cuenta que en medio de todo aquel discurso estaba con muchos deseos de inyectarme. Y yo murmuraba como si me estuviera revelando un secreto a mi misma.''De todos modos, Detlev no lo logrará. Y tú sabes de sobra que tú no lo dejarás a él. Deja de contarte cuentos. Llegaste al punto final, al punto más final… No has hecho gran cosa con tu vida pero lograste lo que deseabas''.
Detlev regresó. Sin intercambiar ninguna palabra enfilamos hacia la Kurfurstendamm en busca de nuestro habitual revendedor. Consumí mi dosis, entré a casa y me refugié en mi cuarto.
Dos semanas después, Detlev y yo nos encontrábamos solos en el departamento de Axel. Estábamos totalmente bajoneados. El día anterior, al no encontrar a nuestro revendedor habitual, le compramos mercadería a otro tipo que nos engañó. La droga que nos vendió estaba tan infectada que el domingo por la mañana nos tuvimos que inyectar una dosis doble para estabilizarnos.
Ese domingo al mediodía estábamos sin un gramo para colocarnos. Detlev empezó a transpirar y me di cuenta de que estaba próximo a sufrir una crisis de abstinencia.
Registramos todo con la esperanza de encontrar algo vendible. Sabíamos de antemano que no había nada. Desde la cafetera eléctrica hasta la radio a transistores, todo se había canjeado por inyecciones. Quedaba la aspiradora pero estaba tan vieja que no le sacaríamos ni cinco marcos.
Detlev me dijo:'' Chiquita, es necesario que consigas dinero y rápido. Es posible que dentro de dos horas estemos en plena crisis de abstención y eso sería insoportable. Como es domingo en la noche no voy a poder conseguir por mi cuenta todo el dinero que necesitamos. Me tienes que ayudar. Lo mejor que podrías hacer es realizar una colecta en la ''Sound''. Trata de reunir unos cuarenta marcos. Si logro enganchar un cliente por unos cuarenta o cincuenta marcos, nos quedará un poco de droga para mañana por la mañana. ¿Puedes hacerlo?''
Yo:'' Por supuesto que puedo hacerlo. Haré la colecta. Es mi especialidad''. Quedamos de juntarnos al cabo de dos horas. Yo había recolectado dinero en varias ocasiones. Y sobretodo en la ''Sound''. En ocasiones lo había hecho sólo como un desafío. Y siempre obtuve buenos resultados. Pero no aquella noche. Estaba presionada y la colecta requería tiempo: tenía que elegir bien a los tipos que tenía que sablear, saber cómo abordarlos, a veces, charlar un poco con ellos y sobretodo estar con la autoestima en alto. Para hacer una colecta uno tenía que estar con deseos de hacerla.
Pero yo estaba en crisis y la hice con resentimiento. Al cabo de una hora sólo pude recolectar siete marcos. Me dije a mi misma:'' Jamás lograrás reunir esa cantidad de dinero''. Pensé en Detlev y lo imaginé buscando un cliente en la estación Zoo, un sitio que los domingos por la noche era frecuentado exclusivamente por familias, papá, mamá y los niños. Más allá del acuerdo que hicimos, tuve presente que el estaba sufriendo una crisis. Sentí pánico.
Salí afuera, sin un plan preconcebido. Pensé que probablemente tendría más éxito haciendo la colecta en la calle. Un feroz Mercedes se detuvo. Tenía por costumbre mirar los coches de lujo cuando disminuían la velocidad o cuando se detenían delante de la ''Sound''. En ninguna parte la carne fresca era más solicitada que allí, niñas que no tenían los dos marcos para cancelar el ticket de la entrada se vendían por el ticket y un par de botellas de Coca Cola.
El tipo del Mercedes me hizo una seña. Lo reconocí. Pasaba a menudo por allí y no era la primera vez que me seguía. Su frase habitual:'' ¿No tienes deseos de ganarte un billete de cien marcos?''. En una ocasión le pregunté qué solicitaba el a cambio. Respondió: ''Nada en particular''. Entonces me reí muchísimo de él.
No sé exactamente cuál fue la idea que se me atravesó en ese momento. Quizás algo por el estilo de:''Cómo veo siempre a este tipo voy a intentar saber qué desea en realidad. Quizás podría lograr que soltara algunos billetes.''. Se detuvo hasta que de pronto me vi encaramada dentro del Mercedes. Me dijo que subiera, que no podía detenerse allí. Obedecí.
En realidad, yo sabía muy bien lo que iba a ocurrir. Al tipo no le importó en lo absoluto que estuviera haciendo una colecta. Desde ese día, Los clientes, a partir de entonces, dejaron de ser para mí criaturas de otro planeta. Los veía a menudo en la Estación Zoo, había escuchado suficientes relatos de mis compañeros para saber como iba a continuar la película que acababa de comenzar. Me di cuenta de que se trataba de un cliente que no imponía condiciones. Intenté aparentar estar encantada. Había dejado de temblar. Aspiré un par de fuertes bocanadas de aire y desafortunadamente sólo logré que mi voz sonara vacilante:
Yo: ''¿Y entonces…?
El:'' Y entonces ¿qué? Cien marcos… ¿De acuerdo?''
Yo: ''No nos acostaremos. Por ningún motivo lo haré.''
Me preguntó porqué y en mi nerviosismo no se me ocurrió nada mejor que decirle la verdad:'' Tengo novio. No he tenido relaciones sexuales con otro. Y no tengo ganas de hacerlo.
El: ''Bien. Entonces prepárame una pipa''
Yo: ''No, no podría. Me haría vomitar''.Respondí categórica.
Decididamente, nada lo sacaba de sus casillas. Entonces respondió:''OK. Entonces me vas a manosear…''
Yo:'' De acuerdo. Por cien marcos.''
En aquel momento la cifra no me sorprendió porque me di cuenta de que el tipo quería estar de todos modos conmigo. Cien marcos por hacer eso y en la Kurfurstenstrasse , donde la prostitución infantil era casi regalada… Se quedó enganchado por ese temor que no logré disimular por completo. Yo estaba encogida contra la puerta del automóvil, la mano derecha encima de la manija. El sabía muy bien que no estábamos jugando. Aceleró la marcha. Yo me aterré. Me decía a mi misma:''Seguramente no se va a conformar con eso. Ahora me va a culear. O quizás no me dé el dinero''.
Se detuvo. Estábamos en un parque, cerca de la ''Sound'' Yo solía atravesar ese parque con frecuencia. Era un verdadero centro sexual, había preservativos y pañuelos de papel tirados por todas partes.
Temblaba entera y estaba ligeramente asqueada. El tipo mantuvo siempre un aspecto muy calmo. Apelé a todo mi valor y prosiguiendo con las leyes de la prostitución infantil le dije:'' Ahora, el dinero''. Me lo dio. Yo seguía perturbada. Nadie podía asegurar que de repente me dijera que le devolviera el dinero. Había escuchado muchos cuentos similares. Pero yo sabía que iba a hacer él. Durante el último tiempo, los muchachos del grupo no hacían otra cosa que contar sus aventuras con los clientes. De todos modos, no tenían nada mejor que contar.
Esperé a que se desabotonase el pantalón- estaba demasiado ocupado en si mismo para vigilarme- y aproveché de deslizar los billetes en mi bota. El ya estaba listo. Yo, yo estaba amarrada a la punta de mi asiento en el Mercedes . Inmóvil, sin mirarlo, extendí mi brazo izquierdo. Me tuve que aproximar al tipo. Aproveché de darle un vistazo rápido a su aparato antes de cogerlo en mi mano.
Tenía ganas de vomitar y tenía frío. Mantuve los ojos fijos en el parabrisa intentando pensar en otra cosa. Quise concentrarme en la publicidad luminosa que parpadeaba intermitentemente a lo lejos, también en unos focos de autos que veía brillar detrás de los matorrales.
El asunto terminó bastante rápido. El tipo buscó en su billetera. La sujetaba de manera tal que me permitiera adivinar que dentro de ésta había un montón de billetes. Quería impresionarme. Además me dio veinte marcos. Una propina.
Una vez fuera del vehículo me sentí bastante relajada y comencé a realizar una especie de balance:''Fíjate bien. Ya tienes catorce años y hasta un mes atrás eras virgen. Ahora te prostituyes.''
Después no pensé más en el tipo ni en lo que había hecho. Además estaba muy contenta. Por lo del dinero. Nunca antes había tenido tanto dinero en mis manos. No me preocupé por Detlev. Tampoco me importaba lo que diría Detlev. La crisis de abstinencia se estaba apoderando de mí y sólo una idea giraba en torno a mi mente: comprar mercadería para inyectarme. Tuve suerte porque de inmediato encontré a nuestro proveedor acostumbrado. Al ver esa cantidad de dinero me dijo:'' ¿De dónde sacaste todo eso? ¿Te prostituiste?'' Le respondí casi a gritos: ''¿Estás soñando? ¿Yo? ¿Metida en ese cuento? Si pienso dejar de inyectarme en forma definitiva. Mi padre me lo dio. Por fin se acordó de que tiene una hija.''
Compré dos cuartos por ochenta marcos. Los cuartos eran una novedad en el mercado. Era casi un cuarto de gramo. Antes usábamos un cuarto para tres. Ahora alcanzaba justo una porción para Detlev y otra para mí.
Me dirigí a los W.C. de la Kurfurstenstrasse y me inyecté una dosis. Era mercadería ''extra''. Introduje el resto de la heroína y el dinero en el estuche plástico de mi carné escolar.
La operación completa no tardó más de quince minutos. Hacía cuarenta y cinco minutos que había abandonada a Detlev y estaba segura de encontrarlo en la Estación Zoo. Estaba allí hecho una miseria. Sin ningún cliente a la vista en un domingo al mediodía, y de seguro, en estado crítico. Le dije: ''Ven. Yo tengo''.
No me preguntó cómo lo había hecho ni hizo otras preguntas. El tenía una sola prisa: regresar a su casa. Nos fuimos directamente a los baños. Saqué el carné escolar de mi bolsillo y le entregué una bolsa pequeña. Mientras calentaba el polvo blanco en la cuchara, Detlev vio que en el estuche había otra bolsa similar y unos billetes.
''¿De dónde sacaste ese dinero?''
''La colecta no resultó. No había nada que hacer.Pero había un tipo con un montón de dinero. Se lo manoseé. Eso fue todo, te lo aseguro. No podría haberme acostado. Lo que hice fue sólo por ti''.
Antes de que terminara de hablar, vi que Detlev palideció intensamente. Se transformó en un loco furioso. Se puso a vociferar:'' Mientes. Nadie da cien marcos por tan poco. Y de partida ¿qué significa se lo manoseé y eso fue todo?''. No podía más. Estaba en plena crisis de abstinencia. Todo su cuerpo temblaba, su camisa estaba empapada, tenía calambres en las piernas.
Se puso la inyección en el brazo. Yo estaba sentada en el borde de la bañera y lloraba. Pensaba que el tenía motivos para estar tan furioso. Seguí llorando mientras aguardaba que la inyección surtiera el efecto deseado en Detlev. Aunque fuera así, me podría pegar un par de bofetadas. De seguro que si. Pero yo no me iba a defender.
Detlev retiró la jeringa, salió del baño- yo iba pisándole los talones- sin decir una palabra. Finalmente abrió la boca:''Te acompañaré al bus''. Abrí la segunda bolsita y le entregué parte de ella. La colocó en su Jean. Detlev siguió sin decir nada. Habría preferido que me golpeara, que me gritara, que al menos dijera algo. Pero nada, nada, nada.
Llegó el bus. No me subí. Cuando partió le dije a Detlev:'' Lo que te conté es la estricta verdad. A ese tipo lo manoseé. Eso fue todo. Y no fue tan terrible. Es necesario que me creas. ¿O es que no me tienes confianza?
Detlev: ''Está bien. Te creo''.
Yo: ''Lo hice por ti. Realmente fue así…''
La voz de Detlev se escuchó más firme:''No digas estupideces. Lo hiciste por ti. Estabas en estado de crisis y te despabilaste. Perfecto. Lo habrías hecho de todos modos así yo no existiera. Intenta comprenderlo. Ahora eres toxicómana. Eres físicamente dependiente. Y todo aquello que hagas, lo harás por ti''.
Le respondí:''Tienes razón''. Pero escúchame un poco. No podrás seguir solo en este negocio. Entre ambos consumimos una buena cantidad de heroína . Y no quiero que tú hagas todo el trabajo. Ahora es mi turno. Estoy segura de que puedo ganar un montón de dinero. Y sin acostarme. Te prometo no acostarme jamás con un cliente.''
Detlev no dijo nada. Luego rodeó mi espalda con su brazo. Se puso a llover y no sabía si las gotas de agua que brillaban sobre su rostro eran lágrimas o eran efecto de la lluvia. Otro bus se detuvo. Yo dije:'' Estamos fregados. ¿Recuerdas cuando consumíamos hachís y uno que otro comprimido? Nos sentíamos absolutamente libres. No necesitábamos nada ni a nadie. Y ahora, ahora estamos extrañamente poseídos.''
Dejamos pasar otros tres buses. Murmuramos algunas frases tristes…Lloré acurrucada en sus brazos. El dijo: ''Esto se va a arreglar. Nos vamos a desintoxicar. Nos tenemos que librar de todo esto. Voy a conseguirme el Valeron. Me encargaré de eso mañana por la mañana. Estaremos juntos para iniciar nuestra ''limpieza''
Se detuvo un bus. Detlev me levantó en alto y me puso dentro.
En casa realicé los gestos habituales en forma mecánica. Fui a buscar un yogur al refrigerador. Me lo comí en la cama. En realidad era sólo un pretexto para llevar la cuchara a mi cuarto. La tenía que utilizar la mañana siguiente para preparar mi dosis. Después fui al baño por un vaso de agua para limpiar la jeringa.
Al día siguiente todo sucedió como de costumbre. Mi madre me despertó a las siete menos cuarto.. Me quedé en cama aparentando no haberla escuchado. Regresó al cabo de cinco minutos. Terminé por decirle:''Si, si, me levantaré de inmediato''. Me volvió a interrumpir. Yo contaba los minutos hasta las siete y cuarto para llegar a tiempo a clases.
Cuando finalmente escuché cerrar la puerta del departamento, eché a andar mis automáticos movimientos. Saqué el pequeño sobre de papel de aluminio de mis jeans que estaban colocados a los pies de mi cama. Justo al lado, en la bolsa plástica, estaban mis productos de belleza, un paquete de cigarrillos Roth-Handle, un pequeño frasco de ácido cítrico, la jeringa estaba obstruida como siempre, por culpa de esa mugre de tabaco que se mete por todos lados. La sumergí en el vaso de agua, puse el polvo en la cuchara, agregué unas gotas de ácido cítrico, puse todo a calentar, me coloqué el asunto en el brazo, etc. Hacía todo eso maquinalmente así como otros encendían el primer cigarrillo del día. De repente me quedé dormida y no llegué y no llegué hasta la segunda o tercera hora de clases. Siempre llegaba retrasada cuando me inyectaba en casa.
En ciertas ocasiones, mi madre logró levantarme de la cama y me hacía tomar
el metro junto con ella. En esas oportunidades me veía obligada a zumbarme la heroína en un W.C: de la estación Moritsplatz. Resultaba bastante desagradable. Eran particularmente sombríos y hediondos. Para colmo, los muros estaban llenos de hoyos y siempre habían sido tipos espiando, mirando a las chicas hacer pis. Siempre tuve miedo de que uno de ellos fuese a buscar un guardia para que vieran que solamente me iba a inyectar.
Llevaba casi todos mis utensilios a clases. Por si acaso. Si nos retenían por alguna razón, por alguna actividad extra-escolar, por ejemplo, y no alcanzaba a regresar a la casa, tenía que inyectarme sobre la marcha. En el W.C. de la escuela sólo una de las puertas se podía cerrar. Entonces mi amiga Renée me sostenía la puerta. Ella estaba al corriente. Como la mayoría de mis compañeras de clases, creo. Pero a éstas les daba lo mismo. Un toxicómano ya no causaba conmoción en Gropius.
Me la pasé dormitando en todos los cursos que había tomado. A veces dormía de frentón, con los ojos cerrados y la cabeza encima del escritorio. Cuando la dosis de la mañana resultaba ser muy fuerte, era incapaz de hablar. Los profesores debieron investigar lo que me estaba ocurriendo. No hubo ninguno que me hablara acerca de las drogas, tampoco nunca me preguntaron si tenía algún problema. Otros se conformaban con tratarme de tarada y me endosaban una sarta de ceros. De todos modos, había tal cantidad de profesores que la mayoría de ellos se daban por satisfechos cuando retenían nuestros nombres. No existía tampoco ningún contacto de tipo personal.
Dejaron de interesarse por los deberes que yo debía realizar. En definitiva, dejé de hacerlos. Sacaban el registro de calificaciones cuando teníamos que realizar algún trabajo. Después que anunciaban el título, yo escribía: ''No sé''. Y se los entregaba. Durante el resto de la clase me ponía a garabatear cualquier cosa. La mayoría de los profesores estaban tan poco interesados en los cursos como yo. Eso pensaba, que ellos estaban atorados.. Por lo demás, parecían no estar contentos cuando lograban terminar una clase sin alboroto.
Después de aquel famoso domingo en la noche cuando pasé la prueba de fuego, después de un cierto tiempo, todo parecía funcionar como antes.
Todos los días me encargaba de hacerle un discurso a Detlev para explicarle que lo que gané con la colecta no era nada, y que no podía sobrellevar sólo nuestras necesidades. Detlev reaccionaba con verdaderos ataques de celos. Pero se daba cuenta que no podía proseguir de esa manera, y un día me propuso que trabajáramos juntos.
Había adquirido cierta experiencia con los clientes y sabía que en medio de toda esa maraña de la estación Zoo había bisexuales. Y también había maricas que estaban dispuestos a hacerlo por primera vez con una mujer. Quizás todavía no habían descubiertos aún su potencial masculino. Detlev quedó en escogerme a los clientes. Tenías que ser tipos que no deseaban tener relaciones sexuales y que no me tocarían. Tipos que me pidieran que les hiciera cosas. Esos eran los que prefería Detlev, por lo demás. Pensaba que podíamos cobrar cien marcos, quizás más.
Nuestro primer cliente común fue Maxie-Max. Nosotros le pusimos ese sobrenombre. Era un cliente habitual de Detlev y yo lo conocía bastante. Lo único que deseaba era que yo estuviera con el pecho descubierto y lo golpeara. Estuve de acuerdo. Me dije a mí misma que con golpearlo me desquitaría: siempre me llené de agresividad contra de los clientes de Detlev. Por su parte, Maxie- Max estaba encantada con la idea de que iba a estar con ellos. Por el doble de la tarifa, naturalmente. Nos citamos para el lunes siguiente a las tres de la tarde, en la estación Zoo. Yo estaba retrasada para variar. Max ya estaba allí. Detlev, no. Como todos los adictos, era incapaz de llegar a la hora. Adiviné que se había encontrado con otro cliente, un tipo que pagaba bien y con el que se veía en la obligación de quedarse más tiempo del estipulado. Max y yo lo esperamos durante media hora. Ni rastros de Detlev. Yo estaba hecha un manojo de nervios. Pero Maxie-Max estaba visiblemente más asustado que yo. No cesaba de explicarme que hacía por lo menos diez años que no estaba con una mujer. Y vacilaba antes de pronunciar cada palabra. Siempre había tartamudeado pero ese día estaba inentendible.
Todo aquello me resultaba insoportable. Tenía que encontrar una salida. Además, estaba sin droga y antes de terminar con Max, ya estaría con crisis de abstención. Por otra parte, lo sentía angustiado y me empecé a envalentonar. Terminé por decirle en forma muy audaz:'' Ven, viejito. Detlev nos tendió una trampa. Me voy a ocupar sola de ti y verás cómo te gustará. Pero mantendremos el precio fijado: ciento cincuenta marcos.''
Balbuceó un ''si'' y giró sobre sus talones. Daba la impresión de que no tenía una pizca de voluntad. Lo cogí del brazo y lo conduje hacia nuestro destino.
Detlev me había contado la triste historia de Maxie-Max. Era obrero especializado, tenía alrededor de cuarenta años, y era oriundo de Hamburgo. Su madre había sido prostituta. De niño fue brutalmente golpeado. Por su madre y por sus amigos, y también en las instituciones donde lo colocaban. Lo habían golpeado tanto por dentro y por fuera que nuca pudo hablar correctamente. Para colmo, necesitaba una paliza para alcanzar la plenitud sexual.
Nos fuimos a su casa. Le reclamé de inmediato la paga aunque el era un cliente habitual y no era necesario tomar tantas precauciones: Me entregó ciento cincuenta marcos y yo estaba muy orgullosa de haber logrado sacado toda esa plata de manera tan simple.
Me saqué mi polera y el me pasó un látigo. Parecía que estábamos en el cine. Tenía la impresión de no ser yo misma. Al comienzo, no lo golpeé muy fuerte. Pero el me suplico que le hiciera daño. Entonces lo hice. El gritó:''mamá'' y no sé qué otras cosas. No escuché más y trataba de no mirar. Pero vi. las huellas sobre su cuerpo, y después cómo se hinchaban, y cómo se había reventado la piel por todas partes. Era repugnante y eso duró casi una hora.
Cuando por fin se acabó, me puse la polera y me escapé corriendo. Bajé las escaleras con gran velocidad. Pero apenas estuve afuera mi estómago no resistió más y vomité delante de la casa. Después, le puse punto final a ese asunto. No lloré más ni sentí compasión de mí. Sabía que estaba metida en la mierda y que sólo contaba conmigo misma.
Me dirigí a la estación del Zoo. Detlev estaba allí. No le conté gran cosa. Sólo que estaba cansada porque había hecho toda la pega de Maxi-Max. Le mostré los ciento cuarenta marcos. El sacó otro billete de cien marcos del bolsillo de su jeans. Nos fuimos tomados del brazo a comprar un montón de heroína de calidad extra. Habíamos tenido una jornada sensacional. De allí en adelante comencé a adquirir droga por mi cuenta
Tuve muchísimo éxito, podía elegir a mis clientes y dictar mis condiciones. Jamás en la vida con un extranjero. Para todas las chicas de la estación del metro Zoo, aquellos eran los peores: con frecuencia les gustaba hacer trampas, decían que no tenían mucho dinero- generalmente no pagaban más de veinte o treinta marcos. - además siempre querían acostarse y no llevaban preservativos, No tenía relaciones sexuales con los clientes. Aquello lo hacía solamente con Detlev. Era el último pedazo de vida privada. Yo trabajaba con la mano y por consiguiente utilizaba el estilo ''a la francesa''. Para mí no era tan terrible cuando era yo la que tenía que hacerle alguna ''gracia'' a los tipos, pero no ellos a mí. No quería, sobretodo, que me tocaran. Si lo intentaban, los insultaba a más no poder.
Siempre traté de discutir las condiciones con anticipación. Tampoco hacía tratos con tipos que me disgustaban realmente. Ese último resquicio de amor propio fue una de las actitudes que con el tiempo más me costó desterrar. Encontrar un cliente adecuado, que aceptara todas mis exigencias me tomaba con frecuencia toda la tarde. Pocas veces tuvimos la oportunidad de ser tan prósperos como el día que fui a la casa de Maxi-Max.
Maxi-Max era nuestro cliente habitual común, de Detlev y mío.Ibamos a su casa tanto juntos como separados. En el fondo, era un buen hombre que nos quería sinceramente a ambos. Evidentemente, con su salario de obrero no podía seguir pagándonos ciento cuarenta marcos. Pero se las arreglaba siempre para darnos cuarenta marcos, el valor de una dosis. En una ocasión le faltaba dinero para pagarme y rompió su alcancía en mi presencia pata juntar el resto que necesitaba. Cuando estaba urgida, hacía un alto en su casa, le pedía un adelanto de veinte marcos. Cuando los tenía, me lo daba.
Maxi-Max siempre preparaba algo especial para nosotros. Para mí, jugo de duraznos, mi bebida preferida... Para Detlev, pudding de sémola- a él le fascinaba eso. Max los preparaba el mismo y los guardaba en el refrigerador. Como sabía que a mí me gustaba comer algo después de mi trabajo, solía comprar un surtido de yogures Canon y chocolates. La flagelación pasó a convertirse en un asunto de pura rutina. Una vez resuelta aquella formalidad, comía, bebía y conversaba con nosotros.
El pobre comenzó a adelgazar cada vez más. Le costábamos casi todo su dinero y se mataba de hambre por culpa nuestra. Estaba tan acostumbrado a nosotros, estaba tan contento con nosotros, que casi ya no tartamudeaba cuando estaba junto a Detlev y a mí. Lo primero que hacía al levantarse era comprar los diarios para saber si la lista de fallecidos por sobredosis había aumentado. Un día llegué a su casa para pedirle prestados veinte marcos y lo encontré lívido y más tartamudo que nunca. Había leído que un cierto Detlev W. era la novena víctima de la heroína en lo que llevaba de corrido el año. Casi lloró de alegría cuando le dije que hacía poco rato que había dejado a mi Detlev, y que estaba vivo y coleando. Entonces me repitió por centésima vez que debíamos abandonar la heroína, que nos iba a terminar matando, que algo grave nos podría suceder a nosotros también. Le respondí muy fríamente que si la dejábamos, no regresaríamos a su casa. No dijo nada más.
Nuestras relaciones con Maxi-Max eran bastante peculiares. Nosotros odiábamos a todos los clientes, sin excepción. Por consiguiente odiábamos a Maxi-Max. Pero tampoco lo considerábamos una mala persona (sobretodo quizás porque nunca hizo ningún lío cuando necesitábamos los cuarenta marcos). También experimentábamos por él un sentimiento casi compasivo. Ese fue un caso de un cliente que, en el fondo, era más desgraciado que nosotros. Estaba absolutamente solo y contaba con nosotros, nada más. Se hacía pedazos por Detlev y por mí pero en aquel entonces no nos habíamos dado cuenta. En los meses siguientes fuimos la ruina de varios otros clientes.
En ocasiones pasábamos la noche en la casa de Max y mirábamos juntos la televisión., tranquilamente, antes de dormir. Nos dejaba su cama y dormía en el piso. Una noche en la que estamos totalmente volados, Maxi –Max puso un disco súper movido, peinó una peluca y se la puso, se colocó un abrigo de piel hermoso y se largó a bailar hecho un loco. Nosotros lo mirábamos medios muertos de la risa. De repente, se tropezó y cayó. Su cabeza se golpeó contra la máquina de coser y estuvo inconsciente durante algunos minutos. Nos alarmamos muchísimo. Llamamos a un médico. Max tenía conmoción cerebral. Debía permanecer dos semanas en cama.
Al poco tiempo, perdió su trabajo. Nunca se había drogado, sólo había probado la droga y sin embargo, allí se encontraba totalmente destruido. Destruido por los drogadictos. Por nosotros. Nos suplicó que fuéramos a verlo, sólo a visitarlo. Pero el no podía pedirle ese a un adicto, la gentileza no es el fuerte de los toxicómanos. De partida, no hacen nada en beneficio de su prójimo. Después, andábamos siempre cortos de tiempo, corríamos todo el día para sobrevivir. Detlev le explicó todo eso a Maxi-Max, quién en el ínter tanto nos juró dar un montón de plata. ''Un drogadicto'' le dijo Detlev muy seco ''es como un hombre de negocios. Debe velar para que cada día sus cuentas funcionen en forma armónica. No se pueden dar créditos bajo el pretexto de simpatía o amistad.''
Al poco tiempo que debuté como prostituta pude gozar de la alegría que provocan los reencuentros. Un día, mientras escuchaba a un cliente, vi a Babsi. Babsi, la niñita
que hacía algunos meses me abordó en la ''Sound'' para pedirme LSD. Babsi, la fugitiva, la que después de pegarse una aspirada de heroína, había tenido que regresar a la casa de sus abuelos.
Nos miramos, comprendimos de inmediato en qué onda estábamos, para luego caer una en los brazos de la otra. Era tan increíblemente bueno volver a verse. Babsi estaba súper delgada, ya no se veía si iba por delante o por detrás. Pero estaba más bonita que antes Su cabello rubio le caía sobre los hombros, impecablemente peinados, se la veía totalmente rozagante. Me di cuenta de inmediato que estaba atiborrada de heroína. Sus pupilas estaban del tamaño de una cabeza de alfiler. Pero estoy segura que cualquiera que no la conocía no habría soñado ni por un instante que aquella adorable muchacha era toxicómana.
Babsi estaba muy calmada. No estaba en lo más mínimo acelerada como nosotros, todo el día a la caza de dinero. Me explicó que no tenía necesidad de prostituirse. Me dijo además que me regalaría mercadería para inyectarme y algo para comer. Después subimos a la terraza. Era inútil intentar contarnos todo lo que nos había ocurrido durante nuestra separación. Sin embargo, Babsi no me dijo cómo había obtenido todo ese dinero de la droga. Solamente me confió que después de la fuga su familia se había tornado más severa. Tenía que regresar entre las siete y las ocho de la noche y ni hablar de arrancarse de clases. Su abuela la vigilaba permanentemente.
No me pude aguantar la curiosidad y le pregunté por el dinero y por la droga.''Tengo un cliente- dijo ella-''un tipo de cierta edad pero súper buena onda. Me voy a su casa en taxi. No me paga con dinero, solamente con heroína. Tres cuartos diarios. Lo visitan otras niñas y también les cancela directamente con droga. Pero por ahora, está enganchado conmigo. Voy a su casa por una hora. No nos acostamos, evidentemente. Eso no se transa. Me pide que me desvista, charlamos, de vez en cuando me toma unas fotos o me pide que le haga unos masajes''.
El tipo se llamaba Henri. Tenía una fábrica de papel. Había escuchado hablar de él. Un tipo fantástico que entregaba la heroína directamente, aquello evitaba que uno anduviera corriendo por todos lados. Envidié a Babsi porque llegaba a su casa a las ocho de la noche a más tardar, podía dormir los efectos de la droga y llevaba una existencia mucho más tranquila que la nuestra.
Babsi lo tenía todo. Tenía un montón de inyecciones, también. Nosotros usábamos jeringas desechables y eran difíciles de conseguir. La mía estaba tan desgastada que me veía obligada a afilarla sobre el frotador de una caja de fósforos en cada pinchazo. Babsi me prometió conseguirme tres repuestos completos.
Algunos días después me encontré con Stella en el metro Zoo. Stella era la amiga de Babsi, Grandes abrazos. Por cierto, Stella también se drogaba. Ella no tuvo tanta suerte como Babsi. Su padre había muerto en un incendio hace tres años, su madre se había instalado en un bar con un amigo italiano y se había alcoholizado. Stella siempre robaba dinero de la caja pero en una ocasión se le ocurrió robarle cincuenta marcos de la billetera al amigo de su madre y él se dio cuenta. Desde entonces, no se atrevió a regresar a su casa. Nos pusimos a conversar acerca de los clientes. Stella me relató una negra historia de Babsi, su mejor amiga. Dijo que representaba la decadencia total. Ese Henri era un tipo sucio, un viejo bonachón gordo y sudoroso. Y Babsi se acostaba con él. ''Para mí, esa sería la perdición'' dijo Stella. ''¡Acostarse con semejante tipo''! ¡Con cualquier cliente…! Incluso no importaría partir con un extranjero… una manoseada de esas… OK... pero acostarse…!!!!
En aquel momento me sentí consternada, no podía comprender porque Stella me estaba contando todo eso. Babsi me relató posteriormente que Henri había sido cliente exclusivo. Por eso ella conocía tan bien sus exigencias. Después pasaría yo por la misma experiencia.
Stella me confesó que no había nada más denigrante que prostituirse en la ''Sound''. ''Allí sólo se ven chicas totalmente trajinadas y extranjeros. Yo no permitiría verme continuamente asediada por esos sucios extranjeros.''
Stella trabajaba con los automovilistas, se prostituía al estilo de las toxicómanas de trece y catorce años que circulaban por la Kurfurstenstrasse. Yo consideraba todo aquello espantoso: subirse a un auto sin ningún modo de saber cuáles eran las exigencias del cliente. Le dije a Stella:'' A mi parecer, eso es peor que la Zoo. Hay niñas que se prostituyen por veinte marcos. Dos clientes para una dosis. Yo no podría…''
Estuvimos discutiendo durante casi una hora sobre si resultaba más denigrante prostituirse en la estación Zoo o en la Kurfurstenstrasse. Pero si estuvimos de acuerdo en un punto: Babsi era realmente lo que botó la ola si se acostaba con ese asqueroso.
Aquella discusión acerca de nuestra dignidad de putas la mantuvimos Babsi, Stella y yo a diario durante varios meses. Cada una de nosotros se esforzaba en demostrarse a si misma y a las demás que uno todavía no estaba tan decadente. Y cuando nos encontrábamos de a dos, hablábamos mal de la tercera ausente.
Indudablemente, lo ideal no era estar obligada a prostituirse. Cuando nos volvimos a encontrar con Stella nos persuadimos de que era posible: haríamos nuestro dinero a través de robos y colectas. Stella tenía experiencia al respecto.
Ella tuvo una idea genial. Nos enfilamos de inmediato a realizar la experiencia en una gran tienda, la Kadawe. Las clientas se encerraban en las cabinas privadas de los baños. Generalmente sus carteras colgaban de la empuñadura de las puertas. Cuando terminaban, tardaban en abrocharse sus corsés, y por lo general, las carteras se resbalaban cuando trataban de abrir el picaporte. Había que aprovechar el momento para apoderarse de ellas. Y más aún, si las carteras estaban colgadas en las perchas laterales, éstas oscilaban en sus puestos cuando se sentaban en el water y luego se caían. Era fácil atraparlas, en ambos casos, desde el suelo. Además, las viejas no se atrevían a salir corriendo con el traste al aire y cuando estaban vestidas, ya era demasiado tarde.
Stella y yo nos apostamos en los baños para damas de Kadewe. Pero cada vez que Stella anunciaba: ''¡Ahora!'' a mi me daban cólicos estomacales. Ella no podía trabajar sola y en consecuencia, hacían falta cuatro manos para arrasar con todas las carteras con la debida rapidez. El resultado nos hizo desistir de la operación ''Toilettes'' para damas. Además, para robar, había que tener nervios de acero y ese no era mi caso, todo lo contrario.
Después de ese lamentable episodio, Stella y yo decidimos dedicarnos a la prostitución juntas. En la estación Zoo se daban todas las condiciones. Entre dos nos trabajábamos a un cliente. Teníamos un montón de ventajas. Nos desempeñábamos en silencio. Nos vigilábamos mutuamente Cada una sabía dónde había aceptado ir la otra. Estando las dos nos sentíamos seguras, era más difícil que nos engañaran y nos podíamos defender mejor si un cliente no quería respetar las condiciones. Y por lo demás, todo funcionaba más rápido: una se ocupaba de arriba y la otra de abajo y el asunto quedaba terminado en dos tiempos y tres movimientos.
Por otra parte, encontrar clientes que aceptaban pagarles a dos chicas no era nada corriente. Había algunos que se atemorizaban: los tipos experimentados sabían que mientras estaba ocupados con una, la otra le podía sustraer la billetera. De nosotras tres, Stella era la que tenía mayores problemas para trabajar a dúo: como ya no tenía aspecto de niña, tenía mayores dificultades para encontrar clientes que Babsi y yo.
Babsi era la más afortunada. Como Henri le costeaba sus gastos, ella trabajaba para nosotras. Con sus trece años, su rostro de niña inocente- no se maquillaba jamás- y su silueta plana, era precisamente lo que andaban buscando los tipos en el mercado de la prostitución infantil. Un día ganó doscientos marcos en una hora y trabajó con cinco clientes.
Detlev. Axel y Bernd aceptaron de inmediato a Babsi y a Stella en el grupo. Ahora éramos tres chicas y tres muchachos. Cuando salíamos a pasear siempre íbamos tomadas del brazo de los varones, y yo, del brazo de Detlev por supuesto. Pero no pasaba nada entre las dos parejas. Eramos simplemente una pandilla espectacular. Cada uno podía hablar acerca de sus inquietudes- prácticamente de todas ellas- sin importar a quién se lo contaba. Por supuesto que no parábamos de discutir, pero eso, entre los toxicómanos era casi un ejercicio de sobre vivencia. En el estado en que nos encontrábamos entonces, la heroína nos unía cada vez más. No estoy segura si existían amistadas tan hermosas como las que manteníamos con los muchachos de nuestra pandilla entre los jóvenes que no se drogaban. Y estas amistades estupendas que existían, al menos, entre los ''debutantes'' ejercía una gran atracción entre los demás jóvenes.
La llegada de las otras niñas me creó problemas en mis relaciones con Detlev. Nos amábamos tanto o más que antes pero cada vez reñíamos más a menudo. Detlev estaba irritable. Yo pasaba gran parte del tiempo con Stella y Babsi y eso no le agradaba. Sobretodo- lo que más le disgustaba- era que yo eligiera a mis clientes. Lo hacía por mí misma, o con Babsi y Stella. Detlev me acusó de acostarme con mis clientes. Estaba súper celoso.
Mis relaciones con Detlev no eran ya el centro del universo. Lo amaba y lo amaría siempre, pero había dejado de depender de él. No tenía necesidad de que se preocupara en forma permanente de mí, ni tampoco que me aprovisionara de droga. En el fondo, pasamos a convertirnos en una de esas parejas modernas como aquellas en las que sueñan los jóvenes: dos personas absolutamente independientes la una de la otra. En nuestra pandilla, en ocasiones, las chicas nos convidábamos droga entre nosotras y los muchachos tenían que salir a buscarla afuera.
Al final de cuentas, nuestra amistad era una amistad entre toxicómanos. Cada vez nos íbamos poniendo más y más agresivos. La heroína, la agitación con la que vivimos, la lucha diaria por el dinero y la heroína, el stress de nuestros hogares- había que ocultarse siempre, inventar nuevas mentiras, a nuestros padres, meter nuestros nervios en el refrigerador, en ocasiones. En fin, llegamos a acumular tanta agresividad que llegamos a un punto en el que no nos podíamos dominar, ni tampoco entre nosotros.
Con la que mejor me entendía era con Babsi: por otra parte, ella era la más calmada de todos nosotros. Ibamos a trabajar juntas a menudo Nos comprábamos las mismas polleras negras, ajustadas y con un tajo hasta la cola. También nos poníamos portaligas negras con sus respectivas ligas. Eso enloquecía a todos los clientes, esas ligas y portaligas negras en nuestras figuras adolescentes. Además, nuestros rostros aún se mantenían infantiles.
Poco antes de la Navidad del año 1976, mi padre se fue de vacaciones y mi hermana se iba a quedar completamente sola. Me permitió ir a dormir a su departamento junto con Babsi. Empezamos a tener líos a partir de la primera noche. Babsi y yo tuvimos una pelea de muy bajo nivel, nos gritábamos cada vulgaridad, que mi hermana menor, -tenía un año menos que yo- se largó a llorar. Ella no tenía dudas acerca de nuestra doble vida y nosotros, cuando reñíamos, utilizábamos un repertorio digno de putas.
A la mañana siguiente, Babsi y yo éramos nuevamente las mejores amigas del mundo. Siempre fue así: cuando dormíamos bien y el regreso a la realidad era grato, uno estaba de un humor apacible. Babsi y yo decidimos no inyectarnos de inmediato, por el contrario, había que esperar el mayor tiempo posible. Una experiencia que se practicaba de vez en cuando pasaba a convertirse en un verdadero deporte.
Lo extraño era que no hacíamos más que hablar de obtener un ''golpe'' espectacular, con droga del tipo ''extra''. Como dos mocosas que saborean el placer previo a la entrega de regalos navideños.
Mi hermana terminó por comprender por fuerza que nosotras estábamos en un estado completamente anormal. Ella sabía que nos drogábamos y que estábamos teniendo una experiencia singular. Juró guardar solemnemente el secreto.
A la mañana siguiente, Babsi fue a buscar un asunto para combinar el queso fresco. Para la ocasión escogió un embutido de fresas que la chiflaba. Vivía casi exclusivamente de queso fresco. Mi alimentación tampoco era muy variada: queso fresco, yogures, puddings y unos buñuelos que vendían en la estación del Kurfurstedndamm . Mi estómago no toleraba más que aquellos productos. Babsi preparó entonces su mezcolanza. Parecía la celebración de un rito religioso: nosotras estábamos las tres en la cocina. Babsi oficiaba, mi hermana y yo la contemplábamos con fervor. Estábamos felices de disponernos a ingerir un feroz desayuno de queso blanco. Después que Babsi y yo nos hubiésemos inyectado previamente, por supuesto.
Babsi terminó de batir el queso fresco el que se terminó convirtiendo en una apetitosa masa cremosa. Pero nosotros no podíamos esperar. Le dijimos a mi hermana que pusiera la mesa particularmente bonita y nosotros corrimos a encerrarnos en el baño. Pero las cosas se comenzaron a poner dramáticas. La crisis de absteninencia ya se había apoderado de nosotras.
Nos quedaba sólo una jeringa utilizable y yo declaré que me inyectaría en primer lugar. Babsi se puso furiosa: ''¿Porqué siempre tú primero? Hoy seré yo la que comience. Además se trata de mi mercadería.''
Aquello me sacó de quicio. Era verdad que por lo general ella estaba más aperada de heroína que Stella y yo, pero no soporté el tener que aguantarle sacar siempre ventaja por ello. Le dije: ''Escucha, mi vieja. Estás delirando. Toda la vida te demoras una eternidad''. Era efectivo. A esta buena mujercita le tomaba casi media hora inyectarse. Le costaba encontrar su vena. Y si no despegaba con el primer pinchazo, perdía los estribos, largaba la aguja por cualquier parte y se enervaba terriblemente. Era todo una hazaña cuando lograba acertar a la primera.
En esa época yo no tenía problemas de esa índole. O bien era Detlev el que me inyectaba- un privilegio que estaba reservado sólo para él- o bien yo ponía la aguja en el mismo sitio, en la cicatriz de mi brazo izquierdo. Eso funcionó durante un tiempo justo hasta que me agarré una hemorragia y mi piel se puso como cartón. Entonces yo también comencé a tener dificultades para inyectarme.
De todos modos, esa mañana gané el combate. Tomé la jeringa, la coloqué como correspondía y la operación completa no duró más de dos minutos. Fue un pinchazo terrible: mi sangre borboteaba. Sentí calor, mucho calor. Eché a correr agua fría sobre mi cuerpo, después logré sentirme súper bien y comencé a masajear todo mi cuerpo.
Babsi se sentó en el bode de la bañera, hundió la jeringa en su brazo y así comenzó su show. Se puso a aullar:'' ¡Mierda, me asfixio en este cuartucho! ¡Abre, te digo, esa ventana asquerosa!''
Yo ya estaba bajo el efecto de la droga y me sentía bien. Me importó un pito lo que le sucedía a esa mocosa. Le respondí:''No me huevees más, mierda. Si te asfixias, jódete y no me hinches más.''
Babsi salpicó sangre por todas partes y no lograba encontrar su vena. Perdía los estribos cada vez más hasta que exclamó:'' ¿Qué pasa? ¿No hay luz en esta cloaca?'' ''Anda a buscarme algo. Trae la lámpara del dormitorio''. Me daba flojera ir hasta nuestro cuarto por la lámpara. Pero como Babsi no la cortaba nunca con su cuento, tuve miedo que mi hermana se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo y terminé por seguirle la corriente. Babsi por fin logró asestar el golpe. Se calmó de inmediato, limpió cuidadosamente la jeringa, secó las gotas de sangre sobre la bañera y el piso. No dijo ni una sola palabra más.
Regresamos a la cocina y yo me aprestaba a paladear la crema de queso fresco. Pero Babsi cogió la fuente, la rodeó con su brazo y se puso a darle el bajo. Lo hizo visiblemente forzada pero se comió la fuente entera. Se tomó justo el tiempo para decirme:''Tú sabes porqué lo hice''.
Ambas nos habíamos hecho el propósito de pasarlo muy bien durante algunos días en el departamento de mi padre. Y, sin embargo, a partir de la primera mañana, ya se había armado la trifulca del siglo. Por nada. Pero los que somos toxicómanos sabemos que a la larga, las cosas entre nosotros terminan así. La droga destruye todas las relaciones con los demás. Lo mismo sucedió con nuestra pandilla. Donde nos aferrábamos los unos a los otros- quizás porque todos éramos muy jóvenes- y pensábamos que nos unía un sentimiento excepcional.
Mis disputas con Detlev se fueron poniendo cada vez más desagradables. Ambos estábamos, tanto el uno como el otro, bastante deteriorados físicamente.Yo no pesaba más de de 49 kilos para 1.69 mts. Y Detlev 54 para 1.76 mts. A veces nos llegábamos a sentir tan mal - y con frecuencia- que todo nos enervaba y nos insultábamos mutuamente. Intentábamos hacernos mucho daño y cada cual golpeaba al otro en su ángulo más vulnerable. Tanto para Detlev como para mí, la prostitución la intentábamos considerar como un asunto secundario, de pura rutina.
Ejemplo:'' Crees que tengo ganas de acostarme con una niñita que se mete en la cama con repulsivos extranjeros?''
Y yo ''Me repugna un tipo que se deja culear'' etc., etc.
La mayor tiempo yo terminaba estallando a sollozos. Las variantes eran: Detlev estaba totalmente liquidado y nos poníamos a llorar juntos. Cuando uno de los dos estaba en crisis de abstinencia, uno no tenía inconveniente en reventar al otro. Era hermoso reconciliarse después acurrucándose uno en los brazos del otro como dos niños. Eso no variaba mucho. Lo que ocurría era que veíamos sucesivamente nuestra imagen decadente el uno en el otro, como en un espejo. Era terrible cuando uno se encontraba a si misma fea (o viceversa) y recurría al otro para que le dijese que no era para tanto…
Esa agresividad también se descargaba sobre personas desconocidas. El sólo mirar a algunas señoras en el andén del metro cargando sus bolsas con provisiones me sacaba de quicio. Entonces entraba con una boquilla y un cigarrillo encendido dentro de un vagón para no fumadores. Si se atrevían a reclamar les decía que si no les agradaba, se retirarán de ese lugar. Mi mayor placer era quitarle el último asiento de atrás a una anciana. Aquello provocaba un tremendo revuelco en el vagón. En otras ocasiones, sacudía brutalmente a las abuelas. La forma en la que me comportaba me exasperaba a mí misma también cuando Babsi y Stella cometían la misma maldad. Pero ya no podría reprimirme.
Me importaba un bledo lo que las otras personas podían pensar de mí. Cuando comencé a tener aquellas picazones atroces (también con el roce de las ropas de vestir, bajo los ojos, etc.) que a uno la recorrían por todas partes, me rascaba delante de todo el mundo, sin importarme lo que dirían las personas a mi lado. No tenía ningún empacho- bajo ninguna circunstancia- en sacarme las botas o en arremangarme la pollera hasta el ombligo dentro del metro. La única cosa importante para mí era la opinión que tenían de mí los miembros de la pandilla.
Entre los adictos ocurre que llega un momento en el que nada cobra importancia. Cuando se llega a ese estado, tampoco importa mucho pertenecer a una pandilla. Conocía algunos de aquellos ''viejos toxicómanos'': se inyectaban a lo menos desde hace cinco años y todavía lograban sobrevivir. Sentíamos una serie de sentimientos encontrados hacia ellos. Estos individualistas sin par nos impresionaban, les atribuíamos una fuerte personalidad. Y además considerábamos importante conocerlos personalmente. Por otra parte, los menospreciábamos: eran la decadencia total. Pero sobretodos, a nosotros los jóvenes, nos inspiraban un miedo espantoso. Estos tipos no tenían ya la menor pizca de moral, ni piedad alguna por sus semejantes. Cuando estaban en estado de abstinencia eran capaces de matar a golpes a alguien para quitarles su ración de droga. El peor de todos se llamaba Mana, el Ratero. Todo el mundo le decía así y honraba su sobrenombre. Cuando aparecía, los revendedores corrían más velozmente que cuando llegaba la policía. Cuando atrapaba a un revendedor lo cogía, le quitaba la droga, y se mandaba a cambiar. Nadie se atrevía a auto defenderse. Ahora, con los adictos jóvenes, ustedes comprenderán….
Una vez lo vi. en acción. Yo venía de haberme encerrado en el WC para inyectarme, y de golpe vi que un tipo hacía saltar un tabique desde abajo y se me echó encima, literalmente. Era Manu, el Ratero. Me habían contado que esa era su mejor movida. Se apostaba en las toilettes para damas, esperaba que viniera una chica a inyectarse. Como supe que no dudaría en golpearme, le di de inmediato mi dosis y la jeringa. Salió de allí, se instaló frente a un espejo y se inyectó. En el cuello. Ese monstruo ya no tenía temor de nada y ese era el único sitio de todo su cuerpo en el que todavía se podía clavar una aguja... Sangró como un cerdo.''Creí que se iba a inyectar en la vena'' le dije. Le importó un bledo. Me dijo:''gracias'' y se largó.
Al menos, yo, jamás llegaría a ese extremo. De eso estaba segura. Porque para sobrevivir tanto había que tener una contextura tan fuerte como la de Manu, el Ratero. Era asquerosamente fuerte. Y ese no era mi caso…
En nuestra pandilla todo giraba- y cada vez con mayor intensidad- alrededor de la prostitución infantil y de los clientes. Los muchachos tenían los mismos problemas que nosotras. Todavía nos interesábamos los unos por los otros y nos ayudábamos. Nosotras, las chicas, intercambiábamos nuestras experiencias. Con el tiempo, el círculo de clientes se fue estrechando y lo que era nuevo para mí probablemente era conocido por Babsi o por Stella. Y era muy útil saber a qué atenerse.
Había tipos que eran recomendables, otros menos y algunos que era preferible evitarlos. Una clasificación en la que las simpatías personales no contaban para nada. Nos dejaron de interesar las profesiones de los clientes, su situación familiar, etc. No les hablábamos nunca y por otra parte, si nos hacían confidencias eran acerca de su vida privada. Lo único que nos importaba a nosotras era si se trataba de un buen o de un mal cliente.
El ''buen cliente'' era por ejemplo, aquel que sentía pavor por las enfermedades venéreas y andaba con preservativos. Desgraciadamente, eran pocos. La mayoría de las niñas que no tenía experiencia en la prostitución infantil terminaban contagiándose alguna enfermedad. Como se drogaban, les causaba temor ir al médico para que las revisara y continuaban trabajando como si nada pasara.
El ''buen cliente'' también era el tipo que solicitaba que se lo chuparan y punto. Eso evitaba estar durante horas discutiendo las condiciones. Pero nosotros solíamos poner la mejor calificación a un tipo relativamente joven y más bien delgado que no nos trataba como mercadería sino que se mostraba hasta casi amable. De vez en cuando nos invitaba a cenar.
Pero el criterio principal lo aplicábamos al informe precio-calidad: lo que el tipo estaba dispuesto a pagar a cambio del servicio prestado. Había que evitar a aquellos patudos que no respetaban los convenios y una vez en el hotel, intentaban extorsionar con amenazas o requerir servicios suplementarios ofreciendo a cambio sólo bellas palabras.
Finalmente y sobretodo, intercambiábamos informaciones (intentábamos hacer los retratos lo mejor posible) acerca de los peores de todos: los tipos que después de hacerlo, pedían que les devolviéramos el dinero empleando el uso de la fuerza. El pretexto era que no habían quedado satisfechos. Esa clase de desventura solía ocurrirles con más frecuencia a los pobres muchachos que a nosotros.
Estábamos ya en 1977. Apenas me di cuenta. Invierno o verano, Navidad o Año Nuevo, para mí todos los días eran iguales. Me regalaron dinero para Navidad lo que me permitió hacerme uno o dos clientes de menos. De todos modos, en el período de fiestas no había casi nadie. Pasé algunas semanas totalmente encerrada. No pensaba en nada, no me daba cuenta de nada. Estaba totalmente replegada dentro de mí misma porque ya no sabía quién era yo. En ocasiones, ni siquiera estaba consciente de que todavía estaba viva.
Apenas recuerdo algunos acontecimientos de aquel período. Por otra parte, ninguno de ellos valía mucho la pena de ser registrado. Hasta que algo trascendente sucedió a fines de Enero.
Había regresado a casa de amanecida y me sentía bastante contenta. Acostada en mi cama imaginaba que era una muchacha que regresaba de un baile. Ella había conocido un tipo sensacional, súper amoroso y se había enamorado de él. Comencé a sentirme feliz sólo cuando soñaba y cuando soñaba que tenía otra identidad. Mi sueño favorito era imaginar que yo era una adolescente feliz, tan feliz como aquella muchacha que aparecía ilustrando la publicidad de la Coca-Cola.
Al mediodía mi madre me despertó y me llevó el desayuno a la cama. Lo hacía siempre cuando yo estaba los domingos en casa. Me forcé a tragar algunos bocados. Me resultaba difícil: aparte del yogur, el queso fresco y los flanes, nada más me bajaba. De inmediato, agarré mi bolso de plástico. Estaba en un estado calamitoso, había perdido las manijas y estaba totalmente resquebrajado. De vez en cuando lo rellenaba con mi ropa., además de la jeringa, además de la jeringa y los cigarrillos. Yo andaba tan volada que no se me había ocurrido comprarme uno nuevo. Tampoco se me ocurrió evitar pasar delante de mi madre con el bolso plástico cuando iba al baño .Me encerré. En casa nadie lo hacía. Como todos los días, me miré al espejo. Me devolvió la imagen de un rostro descompuesto, desfigurado. Hacía mucho tiempo que no me reconocía en la imagen que me devolvía el espejo. Ese rostro no me pertenecía. Tampoco ese cuerpo esquelético. Por otra parte, tampoco sentía mi cuerpo. Este último sólo se manifestaba cuando estaba enfermo. La heroína lo puso insensible al hambre, al dolor y también a la fiebre. Ya no reaccionaba más que cuando estaba en crisis de abstinencia.
De pie, ante el espejo, me preparé un pinchazo. Lo estaba necesitando con todas mis fuerzas. Se trataba de un pinchazo especial porque tenía heroína gris - se le decía así a diferencia de la blanca - y era la que entonces se encontraba con frecuencia en el mercado. La heroína particularmente impura era de color gris verdosa y provocaba un ''flash'' (Placer violento y muy breve que se experimenta después de inyectarse en el organismo. Actuaba en el corazón y se debía colocar con sumo cuidado. Si la dosis era excesiva podía acabar con una de un solo paraguazo). Pero yo estaba tremendamente deseosa de experimentar ese súper flash.
Me hundí la aguja en la vena, aspiré, la sangre subió de inmediato. En otras ocasiones yo filtraba la heroína gris pero esta tenía un montón de mugre. Y ocurrió lo siguiente: la aguja se obstruyó. Podía suceder lo peor porque la aguja se tapó en el momento preciso. La sangre se podía coagular dentro de la jeringa y entonces no quedaba nada por hacer. En consecuencia, había que arrojar la dosis.
Empujé con todas mis fuerzas para que esa porquería pasara por la aguja. Acerté: el cuento comenzó a funcionar. Accioné nuevamente la jeringa para inyectarme hasta la última mota de polvo. Pero la aguja se volvió a tapar. Me puse loca de rabia. No quedaban más que diez segundos para que el flash surtiera efecto. Apelé a todas mis fuerzas. El pistón saltó y la sangre se salpicó. El piso del baño quedó cubierto de gotas de sangre. El ''flash'' fue demencial. Un calambre espantoso en la región cardiaca. Un millón de agujas me traspasaron la piel del cráneo. Sujeté mi cabeza con las dos manos para impedir que estallara bajo el martilleo- parecía que alguien me estuviera golpeando por debajo. Y de golpe, mi brazo izquierdo se paralizó.
Cuando fui capaz de moverme, cogí unos Kleenex para limpiar las manchas de sangre las que estaban diseminadas sobre el lavatorio, el espejo y en los muros.
Afortunadamente la pintura era al óleo y no me costó desmanchar. Mientras estaba preocupada de limpiar, mi madre golpeó la puerta. ''Abre. Déjame entrar. ¿Por qué te encierras?? Otra de tus manías, para variar…''
Yo: ''No seas bocona. Ya terminé''. Ella me enervaba, importunarme justo en ese momento. Me puse a tiritar como un pavo. Con la prisa, olvidé las manchas de sangre y dejé el Kleenex teñido de rojo en el lavatorio. Abrí la puerta y mi madre entró como una tromba. No sospeché nada, pensé que tenía apuro para hacer pis. Llevé mi bolso de plástico a mi cuarto, me recosté y encendí un cigarrillo.
Apenas terminé de lanzar la primera bocanada cuando mi madre irrumpió en el cuarto. Me vociferó:''Tú te drogas·'' Yo:''Mira las cosas que se te ocurren. ¿Qué te hizo pensar eso?''
Se me abalanzó encima y me obligó a estirar los brazos. No me defendí realmente. Mi madre vio la huella de la inyección que recién me había puesto. Estaba fresca, aún. Cogió mi bolso de plástico y lo dio vuelta encima de mi cama. Cayó la jeringa, pegoteada con tabaco y una pila de pedazos de papel de aluminio. La heroína venía envuelta en esos papeles que me servían cuando estaba en crisis de abstención: en los días en que no podía conseguir mercadería los raspaba con la lima para las uñas y con los residuos de polvo me fabricaba un pito.
Mi madre no necesitó mayores pruebas. Por otro lado, comprendió todo cuando entró al baño: además del Kleenex y las manchas de sangre, también reparó en los rastros del hollín- que provenían de la cuchara en que calentaba mis mezclas. Y ella había leído suficientes artículos sobre la heroína en la prensa como para saber que dos más eran cuatro.
No quise seguir negándome. Estaba postrada por el pinchazo que me había puesto
recién. Me puse a llorar, me sentí incapaz de proferir una palabra. Mi madre no dijo nada más pero estaba temblando, Lo ocurrido le provocó un extraño schock. Salió de mi cuarto y escuché que hablaba con su amigo Klaus. Regresó. Tenía un aspecto un poco más calmado y me preguntó: ¿'' No puedes hacer nada en contra de…? ''¿No puedes dejarlo…?''
Le respondí: ''Mamá, eso es lo que más quiero. Sinceramente. Puedes creerme. Realmente quiero salirme de toda esta mierda.''
Ella dijo:'' Bueno, entonces, lo intentaremos juntas. Voy a pedir una licencia para poder compartir contigo todo el proceso de abstinencia. Y comenzaremos a partir de hoy''.
Yo:'' Magnífico. Pero todavía queda otra cosa. Yo no funciono sin Detlev. Lo necesito y el me necesita a mí. También quiere desintoxicarse. Lo hemos conversado a menudo''.
Mi madre quedó estupefacta. ''¿Qué?'' ''¿Detlev también''? Ella siempre lo había considerado un buen chico y estaba muy contenta de que tuviera un amigo tan educado. Yo respondí:'' Naturalmente que Detlev también. ¿Acaso crees que me habría metido en esto completamente sola? Detlev no lo habría permitido. Sin embargo, por ningún motivo querrá que me desintoxique sin él.''
De ponto comencé a sentirme muy bien. La idea de que Detlev y yo nos desintoxicáramos juntos me hacía sentir muy feliz. Por lo demás, era algo que teníamos proyectado desde hacía tiempo. Pero mi madre, por su cuenta, tenía treinta y siete años en el cuerpo y estaba verde. Pensé que de un minuto a otro iba a sufrir una crisis de nervios. El cuento de Detlev le provocó un segundo schock. Pero el golpe de gracia lo sufrió al enterarse que yo llevaba dos años metidos en ese boche y que ella nunca había visto ni presentido nada. Comenzó a tener nuevas sospechas, quería saber cómo conseguía el dinero. Y de inmediato asoció dinero con prostitución infantil. Eso era.
Pero yo no tenía fuerzas para decirle la verdad. Mentí: ''Bueno, hacemos colectas. Siempre me encuentro con personas dispuestas a regalarme un par de marcos. También hago limpieza en departamentos de vez en cuando''.
Mi madre no insistió. Como de costumbre, tenía la apariencia de estar relativamente contenta de escuchar cómo yo apaciguaba sus temores. De todos modos, ella había tenido bastante por ese día y estaba exhausta. Sentí compasión por ella, me daba remordimientos verla en ese estado. Partimos de inmediato en busca de Detlev. No estaba en la estación Zoo. Tampoco adelantamos nada yendo a la casa de Axel y Bernd.
En la noche fuimos a ver a su padre. Los padres de Detlev también eran divorciados. Su padre era funcionario estatal. Hacía mucho tiempo que estaba al corriente de lo de Detlev. Mi madre le reprochó que no la hubiera advertido. El casi se puso a llorar. Era extraordinariamente duro tener un hijo que se drogaba y se prostituía. Señaló estar contento que mi madre hubiera tomado cartas en el asunto repetía sin detenerse:'' Si, habría que hacer algo…''
El padre de Detlev guardaba en una gaveta toda una colección de somníferos y tranquilizantes. Me los dio porque le dije que no teníamos Valeron y practicar una abstinencia sin hacer uso del Valeron era espantosa. Llevé conmigo cuatro o cinco Mandrakes, un tubo de Menetrin y cincuenta Valiums del 10. En el camino de regreso, me tomé un puñado de comprimidos en el metro porque sentía venir la crisis de abstención. Todo funcionó bastante bien y pasé buena noche.
A la mañana del día siguiente, Detlev tocó a la puerta de nuestra casa. Estaba en plena crisis de abstinencia. Creo que fue todo un acierto de su parte venir en ese estado, sin haberse inyectado previamente. El sabía que yo no tenía drogas conmigo. ''Quería estar en las mismas condiciones que tú para comenzar el proceso el de abstinencia'' dijo. ¡Qué formidable era!
Como yo, Detlev quería muy sinceramente, desintoxicarse de una vez por todas. Y estaba bastante contento con la idea de que había llegado el momento. Sólo que nosotros, -y también nuestros padres- ignorábamos que era una locura realizar una desintoxicación a dos personas simultáneamente. Porque siempre llega el momento en el que uno recae y arrastra al otro consigo. Bueno, nosotros lo habíamos escuchado pero igual nos hicimos ilusiones de que resultaría. Estábamos convencidos de no estar hechos de la misma madera que los otros toxicómanos. Y de todas maneras, nos resultaba impensable realizar algo de importancia sin la participación del otro.
Gracias a las cápsulas del padre de Detlev, la mañana transcurrió sin dificultad. Hablamos de cómo sería nuestra vida ''después''- en esos instantes lo veíamos todo color de rosa- y nos prometimos conservarnos bien, muy valientes para el día siguiente y los días venideros. Estábamos felices a pesar del dolor que sentíamos aproximarse.
En la tarde se desencadenaron todos los demonios. Nos engullimos las pastillas a puñados rociadas con copiosos vasos repletos de vino. Pero aquello no sirvió de nada.De pronto, perdí el control de mis piernas. Sentí un peso enorme que las aplastaba. Me acosté en el suelo y extendí las piernas para intentar aflojar y contraer continuamente mis músculos. Pero ya no las dominaba. Entonces apoyé mis piernas contra el armario. Después que se adherían se soltaban de inmediato. Me puse a rodar por el piso pero mis pies permanecían de alguna manera, adheridos al armario.
Estaba empapada de sudor helado que me corría hasta dentro de los ojos. Tenía frío, temblaba y esa porquería de sudor olía asquerosamente. Debía ser aquel veneno que estaba eliminando a través de todo el cuerpo. Tuve la sensación de estar viviendo un verdadero exorcismo.
Para Detlev fue todavía peor. Estaba completamente mareado. Temblaba de frío, se quitó su pulóver. Se sentó en mi lugar favorito en la esquina cerca de la ventana, pero parecía dispuesto a pelear. Sus piernas delgadas como fósforos no cesaban de ir y venir en forma muy agitada, sacudidas por terribles estremecimientos. Eso era más que un temblor, era un terremoto. Sin detenerse se secaba el sudor que le inundaba todo el cuerpo, se replegó en dos, se retorcía aullando de dolor. Tenía calambres en el estómago.
Detlev olía peor que yo. Infestamos todo el cuarto. Recordé que había escuchado decir que la amistad entre toxicómanos no resistía jamás una abstinencia exitosa. Pero yo amaba a Detlev más que nunca a pesar de su fetidez.
Detlev se levantó, se arrastró hasta mi cuarto, se plantó delante del espejo, y dijo:'' Ya no puedo más. No voy a poder resistirlo. De veras que ya no puedo más''. No supe qué responderle. No tenía fuerzas para decirle palabras de aliento. Intenté no pensar como él. Intenté concentrarme en una novela de terror. Después hojeé una revista: estaba tan nerviosa que la rompí.
Tenía la boca y la garganta tremendamente secas porque mi boca estaba llena de saliva. Y por tanto tenía mi boca repleta de saliva. Como no lograba tragarla, tosí. Mientras más esfuerzos hacía por tragarla, más tosía. Tuve un acceso de tos que impedía detenerme. Y de repente, vomité. Y todo cayó encima de la alfombra. Una especie de espuma blanca- mi perro vomitaba así cuando se atiborraba de verduras. Tosía y vomitaba…
Mi madre se mantuvo en la sala cerca de nosotros casi todo el tiempo. Cuando vino a vernos quedó totalmente desconcertada. Se la pasó corriendo al centro comercial para comprar cosas que no podíamos tragar. Finalmente acertó al comprar unos caramelos con extracto de malta y eso si dio resultado. Se calmó mi tos. Mi madre limpió el piso . Era adorable y yo ni siquiera podía decirle ''Gracias''.
Después los comprimidos y el vino entraron simultáneamente en acción. Me tragué cinco Valium del 10, dos Mandrakes, y vacié prácticamente una botella de vino. Como para apalear a un individuo normal por varios días. Mi organismo entonces reaccionó. Eso denotaba mi alto grado de intoxicación. Pero, al menos, eso me calmó. Me estiré sobre mi cama. Habíamos instalado una litera al lado. Detlev vino y se tendió y no nos tocamos. Cada cual estaba absorbido en lo suyo. Yo caí en una especie de vigilia. Dormía, pero sabía que dormía y estaba totalmente consciente de esos espantosos dolores. Me levanté y reflexioné. Habían ocurrido tantas cosas. Tenía la impresión de que alguien, sobretodo mi madre podía leer en mí como en un libro, leer mi porquería de pensamientos. Ver que yo no era más que un montón de mierda. Ver que yo no era más que un montón de mierda asquerosa. Mi cuerpo me causaba horror. Si éste pudiese desligarse de mí, lo haría…
En la noche volví a tomarme unos comprimidos. Un individuo normal se habría muerto. A mí me permitían dormir durante algunas horas. Un sueño me despertó: yo era un perro que siempre fui bien tratado por los seres humanos hasta que me encerraron en una perrera. Allí me torturaron hasta matarme. Detlev movía los brazos en todos los sentidos y me golpeaba involuntariamente. La luz estaba encendida. Al lado de mi cama había una cubeta llena de agua y una esponja de baño. Mi madre las había traído. Sequé mi rostro empapado en sudor.
Detlev parecía dormir profundamente pero todo su cuerpo estaba sobresaltado. Sus piernas pedaleaban y sus brazos giraban como un molino.
Me sentí un poco mejor. Tenía fuerzas para enjugar la frente de Detlev con la esponja del baño. No se dio cuenta de nada. Yo sabía que lo amaría siempre, apasionadamente. Un poco más tarde, en mi semi-sueño estaba nuevamente adormecida- sentí que Detlev me pasaba la mano por los cabellos.
A la mañana del día siguiente estábamos definitivamente mejor. La antigua regla de sobre vivencia que indicaba el segundo día de abstinencia como el más terrible, no fue efectiva para nosotros. Es cierto que se trataba de nuestra primera ''limpieza'' y por lo tanto, la más fácil de realizar. Al mediodía pudimos conversar. Primero, de cosas sin importancia, después de nuestro porvenir. Juramos recíprocamente no volver a ingerir drogas: LSD, heroína ni comprimidos. Queríamos llevar una vida apacible, rodeados de personas tranquilas. Fumaríamos hachís como antes, -para nosotros, aquella época era sinónimo de buenos tiempos- porque aceptaríamos tener sólo amigos fumadores. En cuánto a los alcohólicos, los evitaríamos porque eran muy agresivos.
Detlev buscaría un trabajo. ''Regresaré donde mi antiguo patrón, le diré que me había desaparecido pero que ahora había madurado, que me he convertido en una persona razonable. En el fondo mi patrón fue siempre comprensivo. Reiniciaré mi aprendizaje desde el comienzo''.
Yo, yo por mi parte me convertiría en una alumna aplicada, obtendría mi grado y quizás podría intentar el bachillerato.
Entre medio de todos esos planes mi madre hizo su entrada con una sorpresa genial: había ido a visitar a su médico el que le dio una receta de Valeron para nosotros. Detlev y yo ingerimos veinte gotas de acuerdo a la prescripción médica. El Valeron nos hizo efecto de inmediato. Debíamos cuidar de no abusar de los medicamentos y el frasco debía durar toda la semana. Mi madre nos preparó unos bocadillos- teníamos muchísima hambre .Nos compró helados. Todo lo que deseábamos. Montañas de cosas para leer. Dibujos animados. Antes pensaba que la B.D. era aburrida. Ahora no me bastaba con darle solamente una ojeada. Detlev y yo juntos mirábamos de cerca cada dibujo y los encontrábamos tan divertidos que nos doblábamos de la risa.
El tercer día ya estábamos en forma. Evidentemente, todavía estábamos atiborrados de medicamentos; de Valeron y también de cantidad de Valiums y todo eso rociado con vino.
De vez en cuando nuestro organismo se defendía todavía de la abstinencia, reclamaba su veneno, pero en general, nos sentíamos estupendamente bien. La noche del tercer día hicimos el amor por primera vez después de largo tiempo, porque la heroína inhibe el deseo sexual, y, por primera vez, después de mi depuración, hicimos el amor sin estar volados. Fue fantástico. Hacía mucho tiempo que no nos amábamos de esa manera, tan intensamente. Nos quedamos en cama horas mientras duraba, nos acariciábamos; y, por lo tanto, continuábamos transpirando. En realidad, estábamos capacitados para estar de pie a partir del cuarto día pero pasamos otros tres días acostados amándonos, dejándonos mimar por mi madre y tomado Valium con vino. Pensábamos que después de todo no era tan terrible abstenerse, y que era fabuloso estar liberados de la heroína.
Nos levantamos al séptimo día. Mi madre estaba muy feliz. Nos abrazó. La semana que vivimos juntas transformó mi relación con ella. Sentí que me unía a ella una amistad y también una buena dosis de gratitud. Y por otra parte, estaba loca de felicidad de contar con Detlev. Había reencontrado la paz. Me repetía a mí misma que no existían dos como él. Y si en el caso de los otros toxicómanos la abstinencia había matado el amor, para nosotros fue al contrario. Nos amábamos mucho más ahora. Era maravilloso. Le dijimos a mamá que deseábamos salir a tomar el aire: veníamos de pasar una semana entera encerrados en un cuarto minúsculo. Ella estuvo de acuerdo.''¿Adónde iremos?'' preguntó Detlev. No tuve nada que proponerle. Nos dimos cuenta en ese preciso instante que no teníamos ningún lugar al cual acudir. Todos nuestros amigos eran drogadictos. Y todos los sitios que frecuentábamos o en los que nos sentíamos a nuestras anchas, eran aquellos donde los jóvenes se inyectaban. ¿Y los fumadores de hachís? Hacía tiempo que los habíamos dejado de ver.
De repente comencé a sentirme mal. Se nos había acabado el Valeron. Ese era el motivo por el que nos sentíamos enervados dentro del departamento y decidimos salir. Pero el hecho de no tener donde ir nos enervó mucho más. De pronto me sentí completamente atrapada y vacía. La heroína se había acabado y no teníamos dónde ir.
Nos dirigimos hacia el metro. Automáticamente, sin haberlo decidido nosotros mismos. Sin tomar conciencia de ello, estábamos como suspendidos de un hilo invisible. Y de pronto, nos encontramos en la estación Zoo. Detlev, que estaba silencioso desde que salimos de casa, abrió por fin la boca:'' Al menos, deberíamos ir a desearles los buenos días a Axel y a Bernd. Deben estar pensando que estamos en la cárcel o en el cementerio''.
De repente, me sentí aliviada. ''Por cierto. Debemos contarles lo de nuestra abstinencia. Quizás podamos convencerlos de que ellos también deberían hacerlo''.
Nos dejamos caer de inmediato sobre Axel y Bernd. Tenían cantidades de drogas con ellos. Habían tenido un buen día. Detlev les contó lo nuestro. Encontraron formidable lo que hicimos. Y después que nos felicitaron, nos contaron que habían regresado para inyectarse.
Detlev y yo nos miramos. Nuestras miradas se cruzaron y sonreímos. Un pensamiento cruzó durante un instante por mi mente:''Sería de locos el primer día''. Detlev dijo:'' Tú sabes que uno se puede mandar un pinchazo muy a lo lejos, de vez en cuando. Es sensacional. Piensa que es una única súper oportunidad. No nos provocará dependencia. Debemos ser más cautelosos para no recaer en la dependencia porque no me veo volviendo a pasar de nuevo por ese proceso de abstinencia''.
Yo:'' Por supuesto. Un pinchazo muy de vez en cuando. Es sensacional. Además, ya estamos prevenidos. Sabemos que debemos desconfiar de la dependencia.''Había perdido totalmente la razón. Sólo pensaba en una sola cosa: inyectarme.
Detlev le dijo a Axel: ¿''Nos podrías prestar un poco…? Te lo devolveremos apenas podamos. Prometido''. Axel y Bernd intentaron disuadirnos en forma muy diplomática. Dijeron que ellos también se ''limpiarían'' dentro de una semana. Justo el plazo para aprovisionarse de Valeron. Aquello de regresar a sus trabajos habituales les había parecido excelente, así como pincharse muy de vez en cuando. Dos horas después de abandonar el departamento de mi madre, Detlev y yo estábamos de nuevo drogados y nos sentíamos de maravillas.
Nos paseamos del brazo por la Kurfurstendamm. Era formidable la sensación de andar volados y poder pasearse tranquilamente así, sin tener prisa, sin tener que aprovisionarse de droga para la mañana siguiente. Detlev me dijo lleno de alegría:'' Mañana por la mañana haremos un poco de gimnasia para proseguir el día sin una gota de heroína''.
Nos creíamos de fierro. Nuestra primera ilusión había sido imaginar que durante la semana que habíamos pasado en casa de mi madre, sufriendo y vomitando, habíamos llevado a cabo una verdadera desintoxicación. Por cierto, nuestros cuerpos habían expulsado el veneno. Al menos, la heroína, Pero nos atiborramos de Valeron, Valiums, etc. Y tampoco nos preguntamos qué hacer después de la desintoxicación física. Mi madre también había pecado de ingenua. Ella esperaba, de buena fe, que nos habíamos librado definitivamente de todo el asunto. Y por otra parte, ¿Cómo podía saber ella que nada nos pasaría después de la abstinencia?
En realidad, nosotros debimos saberlo. Teníamos suficientes ejemplos. Pero no queríamos enfrentarnos con la realidad. Y además, nosotros sólo éramos unos niños y unos niños muy ingenuos. Con mucha experiencia pero que nos servía para nada bueno.
Nos inyectamos recién un mes después. Logramos hacer lo que nos habíamos prometido: nada de prostituirse, sólo un pinchazo cuando teníamos dinero o cuando alguien nos regalaba una dosis de heroína. Sólo que cada día estábamos más ansiosos por encontrar medios para obtener dinero. O que alguien nos convidara un poco de heroína. Por supuesto, eso nunca lo reconocimos abiertamente.
De todos modos, fue un período espectacular. Dejé de ir a clases- mi madre quiso que esas primeras semanas sin heroína me resultaran particularmente agradables. Además, permitió que Detlev continuase viviendo en nuestra casa. Detlev me reveló nuevos aspectos de su personalidad y yo lo amaba cada vez más. Parecía despreocupado, alegre, desbordante de creatividad. Ëramos como una yunta, siempre de buen humor y llenos de vivacidad. Al menos, eso parecíamos reflejar.
Hicimos largos paseos por el bosque. Llevábamos a mis gatos y les permitíamos treparse arriba de los árboles. Hacíamos el amor casi todas las noches .Todo era maravillosamente ideal. Llegamos a pasar tres días sin inyectarnos. Cuando nos conseguíamos heroína evitábamos ir a la asquerosa estación del Zoo. Nuestro lugar favorito era la Kurfurstendamm: nos paseábamos en el lugar en el que se reunía la burguesía. En el fono, queríamos ser como ellos- sólo que un poquitín diferentes. En todo caso, ellos se querían mostrar y mostrarle al mundo entero que aunque se volaban, no eran toxicómanos.
Ibamos completamente drogados a unas discotecas muy formales. Mirábamos a los otros- a los jóvenes y a los burgueses refinados y bien nacidos- y podría decirse que eran casi como nosotros y de seguro no eran drogadictos.
En ocasiones pasábamos todo el día en casa, conversando de todo un poco, mirando por la ventana, intentando arrancar las hojas enclenques de los árboles que brotaban delante de nuestra casa. Yo me inclinaba por la ventana y Detlev me sujetaba por las piernas y efectivamente, logré atrapar varias hojas. Nos besuqueábamos, leíamos, y las tres cuartas partes del tiempo nos comportábamos como dos felices tórtolos. Jamás hablábamos en serio acerca de nuestro futuro.
A veces, en contadas ocasiones, yo me sentía bastante mal. Cuando tenía algún problema. Por ejemplo: cuando Detlev y yo reñíamos por una idiotez. No me desahogaba, rumiaba para mis adentros y tenía miedo de perder el control de mí misma por una tontería cualquiera. En aquellos momentos ansiaba inyectarme para borrar el problema de un solo viaje.
Pero se presentó un problema real. Klaus, la pareja de mi madre, armó todo un lío a causa de Detlev. Dijo que el departamento era demasiado pequeño para albergar a un extraño. Mi madre no se atrevió a rebatirlo. Y yo, una vez más, me sentí totalmente desarmada.
No hacía mucho tiempo que Klaus me había ordenado separarme de mi perro. De la mañana a la noche, todo empezó a marchar muy mal. Fue el final de aquella época paradisíaca. Tenía que regresar a la escuela y Detlev no pudo regresar a dormir en casa.
No me di cuenta que había perdido tres semanas de clases. De todos modos, hacía mucho tiempo que había perdido el hilo en clases. Pero se me presentó un nuevo problema: el tabaco. Cuando no estaba drogada me fumaba entre cuatro y cinco paquetes de cigarrillos diarios. Uno después del otro. Y a partir de la primera hora de clases, sentía una gran ansiedad y me iba al WC. No paraba de fumar en toda la mañana y vomitaba en el canasto para los papeles. Esa era mi rutina: fumar y vomitar. Apenas metía los pies en la sala de clases.
Al cabo de tres semanas no vi a Detlev por primera vez durante el horario diurno. Decidí ir a la estación del Zoo a la salida del colegio. Mi Detlev estaba allí. Esperaba por un cliente.
Aquello me fastidió. Reencontrarlo en ese asqueroso sitio esperando por un asqueroso marica. Pero me explicó que no tenía un cobre. De todos modos, no sabía hacer nada mejor. Regresó a la casa junto con Axel y Bernd, iba todos los días a la estación del Zoo y regresaba a casa para inyectarse. Si yo deseaba verlo debía regresar a la estación del Zoo. No contaba con nadie más que con él. No podía vivir sin él. Regresé entonces casi a diario, a la estación del Zoo.
LA MADRE DE CHRISTIANNE
Fue un domingo. Aquel domingo en el que vi. el piso del baño salpicado con gotas de sangre y luego examiné el brazo de Christianne. Casi se me cayeron los ojos. Fue un golpe muy duro. Christianne me había demostrado lo absurda que había resultado la educación que le di y de la cual yo me sentía tan orgullosa. Me di cuenta que lo había hecho todo al revés porque quería repetir una sola idea: no repetir los errores educativos de mi padre.
Por ejemplo, cuando Christianne comenzó a frecuentar la ''Sound'' a mí no me agradó la idea. Pero su amiga Kessi y las chicas del ''Hogar Social'' iban. Entonces me dije: ¿Y porqué negárselo a Christianne? Pensaba en todos aquellos placeres inocentes de mi juventud de los que me privó mi padre cuando era muchacha.
Y persistí en mi permisividad cuando Christianne me presentó a su amigo Detlev. Se habían conocido en la ''Sound''. Me causó muy buena impresión. Tenía buenos modales, un aspecto agradable y era simpático.
En fin, era un muchacho encantador. Y encontré totalmente normal que Christianne se enamorase. Me dije:'' Está justo en la edad del primer amor: lo importante es que sea un buen muchacho''. Y yo veía que el amaba de veras a mi hijita.
Si en esa época alguien me hubiera dicho que es par se inyectaba, habría pensado que estaba demente. Aparte de sus sentimientos por Detlev, no reparé nada especial en Christianne.
Por el contrario, me parecía calmada, más equilibrada. Con anterioridad había pasada por una etapa en que andaba peleando hasta con los muros. Lo mismo sucedía en el colegio, daba la impresión de que todo marchaba bien.
Se hablaban por teléfono a diario después de clases y ella me contaba lo que hacía: iba a la casa de una compañera e iba a esperar a Detlev a la salida del taller. Nada de aquello me parecía reprensible.
Durante la semana generalmente cenaba en casa, Si se retrasaba me llamaba para avisarme. De vez en cuando iba por las tardes al ''Hogar Social'' a juntarse con sus amigos. Al menos, eso era lo que ella me decía….
También había comenzado a ayudarme con el aseo de la casa y yo la recompensaba obsequiándole alguna que otro pequeño obsequio: un disco o le añadía un marco a su mesada. Mi amigo Klaus no estaba de acuerdo en lo que yo hacía. Me aconsejaba que de vez en cuando me preocupara más de mí porque Christiannne no hacía más que explotarme. En cierto sentido, quizás el tenía algo de razón pero yo siempre pensaba que debía hacer algo especial por Christianne, que debía resarcirla de alguna manera. Sólo que en esa época yo no tenía las cosas tan claras.
Mi amigo también opinaba que me excedía en los permisos para autorizar a Chrirtianne a quedarse a dormir afuera en casa de sus amigas. De hecho, el no le creía cuando ella decía que se alojaría en tal o cual casa. No podía espiarla porque es una modalidad que se riñe con mi personalidad. Mi padre me había espiado siempre y nunca tuvo un motivo para reprocharme.
Y después Christianne me contó que se había acostado con Detlev. ''Mamá'' me dijo ''el fue tan cariñoso conmigo como no te lo puedes imaginar''. Comprendí entonces, al menos eso creí, porque quería alojarse siempre en la casa de la amiga los sábados en la noche.
Bueno, cuando eso sucedió, no me pareció tan espantoso y le di permiso dos o tres veces para dormir en casa de Detlev. ¿Cómo podía impedir que se acostaran juntos?
Los psicólogos repetían constantemente- tanto en la televisión como en los diarios- que los jóvenes de hoy eran muchos más maduros y que no se debía reprimir su sexualidad. Y yo compartía esa opinión.
Christianne al menos, tenía una relación estable. Eso, me tranquilizaba. Veía a tantas jovencitas del vecindario que cambiaban de pareja como quién se cambia de ropa.
Por otra parte. Y para ser honesta, a veces andaba muy preocupada. La causa eran los nuevos amigos de Christianne, aquellos que había conocido en la '' Sound''. Me había contado que algunos de ellos se drogaban: Jamás me habló de heroína ni hachís ni de ''viajes''. ''Me había contado algunas cosas terribles, ella misma me confesó que su amiga Babsi era toxicómana. Pero ella describía todo aquello de tal manera, como si considerara todo aquello tan degradante, que no imaginaba por un instante que ella hacía lo mismo.
Y cuando le preguntaba: ''¿Y porqué te juntas con esa gente?'' ella me respondía:''Ay mamá, les tengo lástima. Nadie se preocupa de ellas. Necesitan que alguien las ayude. Se sienten tan contentos cuando alguna persona les conversa.'' Christianne siempre había tenido buen corazón. Ahora entiendo que se estaba refiriendo a si misma.
Una tarde, a mediados de semana, regresó muy tarde. Alrededor de las once de la noche. Y me dijo:'' Mamá, te ruego que no te enojes. Fui a un centro de asistencia para jóvenes drogadictos junto con mis compañeras. Tu sabes, es un lugar donde uno conversa con aquellos drogadictos que desean abandonar el vicio.'' Y luego agregó riendo un poco entrecortada. ''Así si llegara a drogarme algún día…'' Yo la observé espantada. ''Ah'', le dije solamente por comentar algo. Por mi lado no hay problema.''
''¿Y por el de Detlev?'' le pregunté yo. Ella se indignó. ''¿Por Detlev? Ni lo preguntes, el no necesita eso.''
Aquello sucedió a fines de 1976. A partir de esa fecha, yo tenía sospechas pero las rechazaba. Y dejé de escuchar las advertencias de mi amigo. El se atrevía a apostar que Christianne se drogaba. pero era yo la que no quería asumirlo. Nos es tan fácil reconocer el fracaso de una madre y reconocer que todo lo que se ha hecho no ha servido para nada. Me obstiné:'' No, mi hija, no''. Intenté acortarle las riendas a y le ordené en buena forma que debía estar de regreso en casa a la hora de cenar. Pero no me hizo caso. ¿Qué más podía hacer? ¿Dónde buscarla en esta ciudad? Pero, igualmente, si yo no hubiera sido tan hábil para rechazar mi subconsciente tampoco habría imaginado jamás que estaba en la estación del Zoo. Me sentía contenta cuando me llamaba alrededor de las nueve para decirme: ''No te inquietes, mamá. Llegaré de inmediato'' Yo no me sorprendía, así de simple.
También debo decir que ella me obedecía de vez en cuando. La escuchaba decir a sus amigas en el teléfono, hasta casi con orgullo: ''No, no puedo salir hoy. No me dieron permiso.'' Aquello no parecía enojarla… Era realmente curiosa aquella contradicción. Por un lado, rugía como una leona, era tremendamente insolente y no había forma de hablar con ella. Por otra parte, cuando se le trazaba claramente la cancha respecto de la línea de conducta que debía llevar, daba la impresión de querer respetarlas. Pero ya era demasiado tarde.
La hora de la verdad se escuchó un domingo de fines de Enero de 1977. Aquello fue terrible. Quería ir al baño. La puerta estaba cerrada, hecho poco habitual en nuestra casa, Christianne estaba encerrada adentro y no abría. En ese momento lo supe y también supe que hasta entonces me había estado mintiendo a mí misma. . De lo contrario, no habría comprendido de inmediato lo que estaba sucediendo en el baño.
Golpeé más de una vez a la puerta pero Chrstianne no abría nunca. Comencé a enrabiarme, luego le supliqué, después la reté. Finalmente abrió y salió corriendo. Vi una cuchara ennegrecida en la bañera, manchas de sangre sobre el muro. Esa era la prueba, la confirmación de los hechos. Como en las descripciones de la prensa. Mi amigo hizo sólo una observación:'' ¿Lo crees ahora''?
La seguí hasta su cuarto. Le dije:''Christianne, ¿Qué hiciste? Yo estaba totalmente quebrada, temblaba todo mi cuerpo, No sabía si ponerme a llorar o a gritar. Pero, antes pregunté: ''¿Te inyectas heroína?''. No me respondió. Los sollozos le impedían hablar. Le estiré los brazos a la fuerza y vi las marcas. Sobre los dos brazos. Pero no veía algo tan espantoso. No tenía la piel color azul y no se veían más que dos o tres huellas de pinchazos., incluyendo la última, casi insignificante, era como un punto un poco rojo. Y ella confesó Entre medio de sus lágrimas. En ese mismo instante pensé que me iba a morir. Estaba tan desesperada que era incapaz de pensar. ¿Qué hacía? No tenía la más remota idea. Le dije: ¿Qué vamos a hacer ahora?''Le hice esa pregunta a Christianne porque estaba totalmente anulada.
Entonces sucedió aquello, lo que yo había querido evitar y que siempre postergaba para después. Pero debo decir que yo no podía reconocer los síntomas. Christianne no parecía fatigada, la mayoría de las veces estaba alegre y llena de vida. La única cosa que había observado en el transcurso de las semanas anteriores era que a veces, cuando ella llegaba estresada partía directamente a su cuarto. Yo atribuí eso al hecho de que estaba con la conciencia sucia. Por llegar retrasada….
Cuando estuve un poco más calmada nos pusimos a reflexionar acerca de lo que debíamos hacer. Christianne me confesó que Detlev se drogaba también. Tenían que desintoxicarse juntos, de lo contrario, uno haría recaer al otro. Aquello era comprensible. Resolvimos comenzar de inmediato la abstinencia en casa.
Christianne parecía no ocultar nada. Me contó que Detlev conseguía el dinero prostituyéndose con homosexuales. ¡Qué horror! Yo estaba estupefacta. Pero ella no me dijo lo que hacía ella. Yo no tuve ninguna sospecha: ella amaba a Detlev ¿No era así? ''El'' dijo ''gana siempre suficiente dinero para la droga''.
Christianne no cesaba de repetirme: ''Créeme, mamá, yo me voy a liberar de este cuento, te lo aseguro''. Esa misma noche partimos las dos en busca de Detlev. Por primera vez tomé conciencia de aquellas criaturas decadentes, lastimeras, que deambulaban por la estación Zoo. Y Christianne me dijo: ''Yo no puedo terminar de esa manera. Mira a esos tipos. Están totalmente destruidos.'' Ella aún tenía un aspecto físico relativamente bueno. Me sentí casi tranquila al escucharla.
No pudimos dar con Detlev. Nos fuimos entonces a la casa de su padre. El estaba al corriente, estaba enterado por su hijo pero no sabía que Christianne también se drogaba. Le hice algunos reproches. ¿Porque no me había advertido? ''Porque tenía vergüenza'' fue su respuesta.
Parecía aliviado. Quería ayudarnos con dinero. Hasta entonces no había encontrado a nadie que le diera una mano con su hijo. Debí parecerle un ángel caído del cielo. Yo misma me sentía una mujer fuerte. ¡Si hubiese sabido lo que me esperaba!
A la mañana siguiente partí sola a la búsqueda de personas que pudieran aconsejarme. Primera etapa: ''Ayuda para la Infancia''. Les dije:'' Mi hija de catorce años se droga con heroína. ¿Qué debo hacer?'' No lo sabían. ''Póngala en una institución.''. ''Por ningún motivo,'' respondí ''no quisiera que Christianne se sienta rechazada.'' En otro sitio no fueron capaces si quiera de darme una dirección. Todo aquello era sinónimo de tomarse un tiempo para enfrentar el problema, y de todos modos, las vacantes en un centro para niños con problemas de personalidad eran pocos. Les dije:'' Eso no tiene nada que ver. No tiene problemas conductuales, Ella es toxicómana. Se contentaron con mirarme y levantar los hombros. Para terminar, me aconsejaron llevar a Christianne donde un Consejero Pedagógico.
Cuando le propuse eso a Christianne me dijo:''Esa es una estupidez. Ellos están a favor del abandono de la familia. Lo que necesito es una terapia.'' Para aquello, los servicios citados no tuvieron ninguna propuesta. Hice de nuevo otro recorrido completo por los Centros de Información de la Droga. Estuve en la Universidad Técnica, en la Asociación Cáritas y qué se yo en cuántas otras partes. No sabía desde que punto comenzar a enhebrar el hilo de esta madeja.
Me dijeron que una abstinencia en casa podía ser muy riesgosa, que una desintoxicación sin terapia no llegaría muy lejos, pero que debido a la corta edad de Christianne podía intentarlo de todas maneras. Igual, no había ninguna vacante para terapia en menos de tres meses más. Me dieron también algunos consejos dietéticos, para ayudarla a enfrentar mejor los síntomas de la abstinencia.
Aquello resultó. Renacieron en mí las esperanzas. Al cabo de ocho días estaba segura que había capeado el temporal. Dios me había escuchado. Christianne regresó a clases como de costumbre y también, aparentemente, a estudiar.
Pero pronto se dedicó a vagabundear. ¡Ah! Pero siempre decía dónde estaba. Cuando llamaba por teléfono a las ocho de la noche, me explicaba:'' Mamá, estoy en el Café Pin o Pon. Me encontré con fulanito o sutanito. Llegaré de inmediato''.
Ahora yo estaba en guardia. Controlaba sus brazos, pero no volví a encontrar huellas de inyecciones. No le di más permiso para alojar en la casa de Detlev los fines de semana. Pero por otra parte, quería demostrarle que confiaba en ella. Entonces le permití que llegara más tarde los sábados por la noche. Yo estaba en guardia pero no sabía cómo hacerlo, qué actitud tomar, Me rompía la cabeza por intentarlo…
CHRISTIANNE.
La idea de volver a ser dependiente de la heroína me horrorizaba. Pero cuando Detlev andaba volado y yo no, la corriente que nos unía, desaparecía y nos sentíamos como dos extraños. Por eso cuando Detlev me volvió a pasar droga, la cogí. Jeringa en mano, nos prometimos nunca más volver s ser dependientes físicamente de esa droga. Estábamos convencidos que después del verano seríamos perfectamente capaces de terminar con el asunto de la noche a la mañana, a pesar de que ya habíamos comenzado a inquietarnos por conseguir la droga de la mañana siguiente.
Toda la mierda había recomenzado, desde la A hasta la Z. Sólo que no estábamos conscientes de que si llegábamos a estar tan reventados como ya lo estábamos en ese momento no seríamos capaces de manejar nuestra adicción.
Después de algún tiempo, Detlev comenzó a trabajar para nosotros dos. Eso no duró mucho tiempo y yo tuve que regresar a la calle. Pero, al comienzo, tuve una tremenda suerte ya que sólo trabajé para clientes conocidos y eso me pareció menos desagradable.
Desde que me vi obligada a regresar a la prostitución, Detlev me llevaba a casa de Jurgen. Un hombre muy conocido en el ambiente empresarial de Berlín. Gozaba de prestigio y almorzaba con los diputados. Pasaba los treinta pero se conservaba joven. Utilizaba el mismo vocabulario de los jóvenes y comprendía sus problemas. No vivía como los demás ''cuadrados''.
La primera vez que fui a la casa de Jurgen vi. a una docena de jóvenes alrededor de una mesa de madera, iluminada por velas colocadas en candelabros de plata y decorada con botellas de vino de las mejores marcas. La conversación era general y muy moderada. Observé que los tipos y las niñitas que estaban sentados alredededor de la mesa eran de clase alta. Jurgen parecía ser el líder y me dije a mi misma que debía tener hábitos bastante excéntricos. En primer lugar, me impresionó ver ese suntuoso departamento donde cada cosa debía costar una fortuna. Luego encontré fantástico que con todo eso, el tipo fuera así tan relajado, tan humano.
Fuimos recibidos en calidad de amigos a pesar de que éramos los únicos toxicómanos… Conversamos un rato y luego una pareja preguntó si podían ir a darse una ducha. Jurgen respondió: ''Por supuesto. Las duchas están para eso''.
Las duchas estaban justo a un costado del living. Ellos partieron. Algunos chicos y chicas los siguieron. Y luego regresaron completamente desnudos pidiendo toallas. Yo me decía:'' Qué grupo estupendo. Todo el mundo se siente a sus anchas aquí'' Y también Detlev y yo podríamos tener un departamento como ese en el futuro, e invitaríamos a nuestros amigos con ''clase''. De repente, varios de ellos empezaron a pasearse completamente desnudos o iban cubiertos por una toalla. Y comenzaron a besarse . Una pareja partió al dormitorio principal donde había una cama inmensa. Un ancho pasillo ubicado entre la sala y le dormitorio permitía ver todo lo que allí ocurría. La pareja hacía el amor y los otros se le unieron en esa inmensa cama. Los tipos besaban a las niñas, los tipos se besaban entre ellos, Algunos lo hacían sobre la mesa.
Entonces comprendí: era una partuzza. Querían que nosotros participáramos. Pero a mí todo eso no me decía nada, no quería que llegara cualquiera y me besara. No me disgustaron. Me gustó verlos cómo disfrutaban de esa manera. Pero por eso era que a mí me gustaba estar a solas con Detlev.
Detlev y yo nos fuimos a un cuarto. Nos acariciamos y terminamos por desvestirnos. De pronto, allí estaba Jurgen mirándonos. Eso no me molestó. Menos después de lo que había visto en ese departamento… Después de todo el era el que nos pagaba. Lo único que deseaba era que no nos tocara.
El se conformaba con vernos y se masturbaba mientras yo hacía el amor con Detlev. Un poco después nos dimos cuenta que nos había pillado la máquina: yo tenía que regresar a casa. Jurgen deslizó discretamente un billete de cien marcos en la mano de Detlev.
Jurgen se convirtió en nuestro cliente habitual. El era bisexual. La mayor parte del tiempo que íbamos juntos, el estaba conmigo un rato y luego continuaba con Detlev. Nos daba siempre cien marcos. A veces, uno de nosotros iba solo. Por sesenta marcos. Por supuesto, Jurgen era un degenerado y su caso era tan penoso como el de otros como él. Pero fue el único cliente por el que sentí algo parecido a la amistad. En todo caso, lo respetaba. Me gustaba conversar con él porque tenía buenas ideas y sabía analizar bien las cosas. Sabía cómo desenvolverse, encajaba bien en la sociedad.
Yo admiraba, en especial, su modo de administrar el dinero. Quizás eso era lo que más me interesaba de él, oírle relatar cómo había hecho su fortuna y como la multiplicaba casi automáticamente. Al mismo tiempo, era una persona extremadamente generosa. A los otros, no les pagaba directamente por participar en las partuzzas, sin embargo un día vi que le daba a un tipo varios miles de marcos para que se comprara un auto. Jurgen hizo un cheque y le dijo:'' Aquí tienes tu Mini-Cooper''. Era el último cliente al que yo podía llegar a su casa sin pedirle nada ni que el me pidiera nada tampoco. Pasaba a veces las noches en su casa para ver la televisión. En esas ocasiones, el mundo no me parecía tan ruin.
Detlev y yo regresamos al mundo de los toxicómanos. Dejamos de frecuentar los centros nocturnos para adolescentes normales. Nos habían dejado de interesar. Cuando no estaba en la estación del Zoo intentaba ir a la Kürfurstendamm. Sobre el andén había un centenar de vendedores de droga. También había degenerados que sólo estaban interesados en los toxicómanos. Pero por sobre todo, era un lugar de encuentro.
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