Christiane F, 13 años, drogadicta y prostituta: IX

'Christiane F, 13 años, drogadicta y prostituta': IX

Octava entrega de la novela 'Christianne F, 13 años, drogadicta y prostituta', por Kai Hermann y Horst Rieck. Traducción al español de Xrisí Athena Tefarikis. xrisit@namb.zzn.com

Nota: Contenido sólo para adultos

LA MADRE DE CHRISTIANNE

Christiane F.3Al cabo de una semana, Christianne regresó a Narconon. No pude alegrarme con la noticia. Algo se había muerto dentro de mí. Pensaba que había hecho todo lo humanamente posible. Pero aquello no había servido de nada. Por el contrario.

En Narconon, Christianne había cambiado. Pero no de manera positiva. Había dejado de ser una muchachita y se había convertido en un ser vulgar-casi repulsivo.

Quedé choqueada después de mis primeras visitas a Narconon. De golpe, Christianne se había convertido en una extraña. Algo se había resquebrajado. Hasta entonces, ella mantenía un cierto lazo conmigo. Eso se había acabado, se había roto y me daba la impresión de que le habían lavado el cerebro.

Fue entonces que le rogué a mi ex -marido que la llevara a reunirse con mi familia. Pero el prefirió que se fueses a vivir con él. Dijo que pensaba domarla y que para eso se requería de mano dura.

No protesté de vuelta. Sentí que terminaba de revolcarme. Había cometido tantos errores que temía que por mi obstinación en mandar a Christianne a la casa de mi madre, la teleserie pudiese prolongarse.

CHRISTIANNE

Antes de llevarme a casa, mi padre hizo un alto en su bar favorito, cerca de la Estación Wützkyalles. Estuvo a punto de pedirme una bebida alcohólica pero yo sólo quería beber un jugo de manzanas. Me dijo que si no quería morir debía abandonar las drogas."Esa es precisamente la razón por la quería estar en Narconon", le respondí.

Como telón de fondo, una vieja máquina musical tocaba música moderna. Algunos jóvenes jugaban con los flippers y al billar. "¡Aquí tienes"-afirmó mi padre-a jóvenes normales!" Por otra parte, debía encontrar nuevos amigos a la brevedad posible y así comprendería por mí misma que había sido una estúpida en drogarme.

Yo lo escuchaba apenas. Estaba reventada, amargada y tenía un solo deseo: estar a solas. Odiaba al mundo entero. Narconon me parecía nuevamente la puerta del paraíso, y mi padre me la acababa de cerrar en las narices. Cogí a Yianni y lo llevé conmigo a mi cama y le pregunté:"Yianni: ¿Conoces al ser humano?" Respondí por él: "¡Ah! ¡No...!"

Yianni era así. Partía alborozado a cualquier parte agitando su cola: pensaba que todo el mundo era bueno. Aquello era lo que me gustaba de él. Yo hubiera preferido que hubiese gruñido y que desafiara a medio mundo.

Cuando desperté me di cuenta que Yianni no había hecho sus necesidades en mi cuarto. Por lo tanto, debía salir con él y pronto. Mi padre se había ido a su trabajo.

La puerta de entrada estaba cerrada con llave. Me arrojé encima y me puse a golpearla con los puños. Se mantuvo cerrada. Me esforcé para conservar la calma. Mi padre no podía haberme encerrado como a una bestia salvaje. El sabía muy bien que tenía que sacar al perro.

Registré todo el departamento en busca de alguna llave. Debía haber al menos una en algún lugar. Podía surgir alguna emergencia, como una emergencia, como un incendio. Miré bajo la cama, detrás de las cortinas, en el refrigerador. No había ninguna llave.

No tuve tiempo para ponerme de mal humor porque tenía que encontrar una solución para Yianni antes de que ensuciara todo el departamento. Mi padre no estaba habituado a esas cosas. Lo llevé al balcón. Comprendió lo que tenía que hacer...

Volví a inspeccionar el departamento. Descubrí algunos cambios desde que me había ido. La alcoba matrimonial esta vacía: mi madre se había llevado la cama. En la sala había un diván desconocido para mí-allí dormía mi padre-y un televisor a color, absolutamente nuevo. La vara de caucho había desaparecido y también la de bambú con la que mi padre me había golpeado tantas veces en el trasero. En su lugar había un "baobab".

En el cuarto de los niños, el viejo armario aún permanecía allí: sólo se podía abrir una de sus puertas porque de lo contrario se veía abajo. El lecho, al igual que antaño, crujía con cualquier movimiento. Mi padre me había encerrado para que me convirtiera en una joven normal y el ni siquiera había sido capaz de amueblar debidamente su departamento. Yianni y yo regresamos al balcón. Colocó sus patas en la baranda que miraba a la calle, se podían ver once pisos debajo y aquellas siniestras torres que nos rodeaban.

Necesitaba hablar con alguien. Llamé a Narconon. Me anunciaron una sorpresa: había llegado Babsi. Ella quería abandonar definitivamente la droga. Me contó además que le habían asignado mi cama. Yo estaba terriblemente apenada de no poder junto a ella en Narconon. Estuvimos conversando durante largo rato.

Cuando mi padre regresó no le dije una sola palabra. El hablaba por los dos. No había perdido su tiempo: había planificado mi existencia completa. Me asignó deberes para todos los días de la semana: hacer el aseo, las compras, alimentar a sus palomas mensajeras, limpiar la palomera, etc. Y control telefónico para chequear la correcta ejecución de mis obligaciones. Para mis ratos de ocio me había conseguido una chaperona, una de mis antiguas compañeras, Catherina. Era un tallarín incapaz de hablar mal ni siquiera de las paredes.

Mi viejo me prometió también una recompensa: me llevaría a Tailandia. Tailandia era un lugar fantástico. El iba, por lo menos, una vez al año. En parte por las mujeres que había en ese país y también por la ropa que allá era botada de barata. Todos sus ahorros estaban concentrados en la realización de sus viajes a Tailandia. Esa era su droga.

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