El consumo de drogas: una valoración moral

El consumo de drogas: una valoración moral

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Resumen: El consumo de drogas desde un punto de vista ético y religioso. De "Juventud y drogas", Eugenio Zúñiga San Martín.

Indice

Contenido

1. Introducción

El consumo de drogas es un hecho antiguo. En todas las épocas los hombres han conocido - y han consumido - sustancias que hacen experimentar estados de lucidez y oscuridad mental, de excitación o de relajamiento en el ánimo, de euforia o pasividad y abulia a quien las ingiere. Se trata, como es sabido, de sustancias variadas que se engloban bajo la denominación común de drogas.

No es un hecho nuevo el consumo de drogas, pero en nuestros días es novedosa la extensión del fenómeno, la calidad de los nuevos usuarios-la gente joven, los adolescentes- y los intentos de justificación de esta conducta.

Por tratarse de un hecho humano, el consumo de drogas tiene junto a sus aspectos médicos, psicológicos, sociales, jurídicos, etc., una dimensión moral. Esta dimensión moral es la que estudiaremos a continuación.

El consumo de drogas: una valoración moral

Antes de comenzar es oportuno hacer presente que el examen oral de un hecho significa penetrar en un orden de cosas distinto del orden en que se mueven las ciencias comúnmente llamadas positivas o experimentales: la química, la medicina, la psicología, la sociología, etc. A estas ciencias les interesan las causas y los efectos inmediatos de las cosas o de los hechos; el moralista, en cambio, se sitúa más abajo, podríamos decir, en el dominio del ser; y específicamente, del ser del hombre. Porque la ciencia moral busca la norma, el deber-ser, no arbitrario o antojadizo, sino necesario, que está vinculado al ser mismo de las cosas y del hombre.

Uno de los primeros y más graves problemas con el que se topa el moralista es el de determinar el criterio de moralidad. Arduo problema, larga y apasionadamente discutido. Sin entrar, como es lógico, en el tema y para efecto de nuestro estudio, precisemos que:

Siendo las cosas así, la moral tomará sus criterios de bien y mal tanto de aquello que el hombre es como de aquello que esta llamado a ser, sin que haya entre ambas cosas, como es lógico, contradicción alguna.

Aunque distinta de las ciencias experimentales, la moral no prescinde de las aportaciones que éstas realizan, sabiendo, eso sí, que sus resultados son sólo hipótesis de trabajo con validez sólo temporal. En el caso específico de las drogas, por ejemplo, le interesan los resultados de la bioquímica, la psicología, la psiquiatría, la sociología, etc., porque el efecto que éstas sustancias produzcan en el cuerpo y en la psiquis del hombre es uno de los elementos -es la base material- sobre los que se apoya el juicio moral.

Se ha de tener en cuenta también que siendo la moral quien hace presente al hombre su fin y la conducta para alcanzarlo, lo propio del moralista no es señalar el mal -el error o el pecado- sino el bien. Se puede decir que, propiamente, la moral es la ciencia del bien y del camino para conseguirlo.

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2. El consumo de drogas

Para hacer la valoración moral del consumo de drogas es necesario, previamente, determinar en qué consiste.

Se debe reconocer que la expresión "consumo de drogas" es un término amplio que comprende varios hechos semejantes, aún connexos, aunque diferentes entre sí. Distingamos, por eso:

  1. El consumo por razones médicas
  2. El consumo ocasional. Por curiosidad, imitación, moda, etc.
  3. El consumo habitual. Aquél que se da cuando se consume la droga con frecuencia, se va aumentando la dosis, pero se puede dejar sin graves trastornos.
  4. La toxicomanía. La adicción a una droga.
  5. El caso específico de la marihuana.
  6. El tráfico de drogas.
  7. La dimensión social del consumo.

Entre los hechos señalados me parece que el consumo habitual de drogas es el que plantea el problema moral en su forma más pura: se consume la droga consciente y voluntariamente; se hace precisamente por los efectos que produce en el orden sensitivo, intelectivo, vivencial; y se da la ocasión próxima de adquirir la dependencia de ella. Por eso, éste es el caso que conviene estudiar en primer lugar. Todo lo que sobre él se diga será la raíz de la que se nutran las soluciones a los demás problemas.

Para los efectos de su estudio moral, el consumo habitual de drogas se podría tipificar así:

Es el acto voluntario de ingerir con cierta frecuencia alguna sustancia que tiene la capacidad de alterar por algún tiempo los procesos naturales de la inteligencia, de la voluntad libre, de la afectividad y de la percepción, realizando con el fin de obtener las sensaciones y vivencias novedosas y placenteras que le son propias. Ingestión que se sabe que puede producir acostumbramiento o dependencia física y psíquica.

Corresponde a las ciencias positivas determinar en cada caso la cantidad y la calidad de la alteración de los procesos interiores que se producen. Lo que parece incontrovertible es que hay una alteración íntima que deja a la persona en una situación anormal.

En cuanto a la finalidad perseguida, se puede distinguir entre los que busca sólo el goce específico y los que buscan las sensaciones más profundan que lo acompañan: libertad, comunión con los demás, ausencia, seguridad, etc.

Respecto a la dependencia o acostumbramiento, se suele decir que es aquel estado en el cual el adicto no puede suspender el consumo sin incurrir en graves trastornos físicos y psíquicos; y en el que, por otra parte, buscar los medios para seguir consumiendo la droga se convierte en un asunto importante de su existencia.

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3. Valoración moral

Los tratados clásicos de la moral tocan el tema de las drogas sólo en dos ocasiones. De un modo explícito al estudiar los deberes que cada hombre tiene para consigo mismo, y específicamente al tratar la virtud de la templanza. Y de un modo más o menos implícito al examinar los elementos del acto humano libre.

A la templanza le interesa el tema porque ella mueve a usar rectamente de las cosas, de tal modo que su uso favorezca el bien verdadero del hombre.

El tema de las drogas no ofrecía demasiadas variantes y dificultades como problema moral. Sólo en los últimos años ha adquirido gravedad y matices especiales con la difusión del consumo y con su extensión entre la juventud.

Para clarificar el problema es necesario formular la siguiente pregunta: ¿Es bueno para un hombre, el padecer voluntariamente la alteración o la pérdida de su capacidad de percibir, conocer, juzgar y decidir libremente en vista de un placer específico que se obtiene con la droga o inmediatamente a través de ella? Y también esta otra: ¿Es moralmente bueno ponerse en ocasión de adquirir una dependencia tal o una droga que no sólo no se pueda vivir sin ella, sino que de algún modo se viva para ella?

Las dos preguntas obtienen fácilmente una respuesta negativa. La mayor parte de la gente se siente inclinada a afirmar: "No es bueno consumir drogas".

Examinemos nosotros, por un momento, la calidad moral de los efectos señalados.

Digamos, en primer lugar, que lo que se ha llamado "alterar por algún tiempo los procesos naturales de la inteligencia, de la voluntad libre, de la efectividad", etc., es más serio de lo que parece. Porque estas expresiones encierran, en realidad, la alteración o la pérdida de las dos capacidades esenciales del hombre como ser espiritual y personal: la autoconciencia y la autodeterminación libre. Es decir, el que se droga renuncia -por un poco de tiempo, y esto no le resta significación- al núcleo mismo de su ser personal, se puede decir, a ser persona; ya que en aquel lugar donde cada uno es más estrictamente uno mismo, desde donde cada uno realiza sus aportaciones originales, donde se toman las decisiones y se asumen las responsabilidades, allí ya no hay un sujeto consciente, libre y responsable, ya no está la persona, sino que opera una fuerza mecánica, ciega y tiránica: la droga. La droga, que muestra un mundo distinto - por no decir falso, engañoso, resbaladizo, fugaz - y que hace sentir, desear y vivir un mundo extraño, curiosamente semejante - sospechosamente similar - al de más de una patología de la personalidad. En estos casos sucede que nadie puede verdaderamente responder de las acciones y decisiones porque la triste realidad es que no pertenecen a nadie.

Ayuda a comprender la gravedad de lo que se ha dicho el pensar que la singularidad y grandeza del hombre está precisamente en ser capaz de conocerse y autodeterminarse con libertad: es el único ser que puede decir yo, frente a todo el mundo, incluso frente al mismo Dios. Es otra persona.

Podemos concluir, por eso, que si el resultado del consumo de drogas es dejar de ser personas es decididamente inhumano; nadie tiene tal dominio sobre sí mismo que pueda, a voluntad, dejar de ser lo que es, renunciar a lo que ha recibido por naturaleza. Hacerlo constituye un mal moral, y un mal moral grave.

La segunda de las preguntas formuladas merece consideraciones análogas; porque entraña también un modo -aunque más limitado- de despersonalización.

El hombre por su condición de ser espiritual y personal es la cima de la creación. A nadie tiene sobre sí, salvo a Dios. Someterse a una cosa - como se somete el adicto a su droga - desdice radicalmente de la dignidad humana. Ninguno que lo haga hace un bien, ni a sí mismo ni a sus semejantes.

Los hombres de nuestro tiempo somos especialmente sensibles a todo lo que se relacione con la dignidad y la libertad humana. Ser esclavo es inhumano Ser esclavo de una cosa, si cabe, peor.

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4. La objeción aparente

Es sabido que algunas drogas producen en el hombre un significativo aumento de la capacidad natural de percepción y de goce en algunos órdenes específicos: grados de emoción estética, penetración metafísica y vivencias místicas. Todo lo cual es, evidentemente, bueno. La objeción sería:

"¿Cómo va a ser malo algo que produce tan buenos efectos, tal vez imposibles de alcanzar mediante otro camino?"

Dicho alcance tiene una validez sólo aparente. Un análisis atento permite concluir que:

A menudo, lo único que consigue esta conducta es camuflar, durante un lapso, la indefectible impotencia del individuo tras una "omnipotencia" de origen químico.

Una prueba supletoria de la falsedad del progreso humano por este camino es la escasa importancia que en la vida familiar o social tiene el consumidor habitual de la droga. Nada puede dar porque en realidad nada tiene; y lo que parece tener - la percepción, la vivencia, la libertad, la seguridad, la apertura a los demás, etc.- en realidad no le pertenece a él, sino a una sustancia química externa, y por tanto, no puede darlo. Aun cuando tuviere algo, no tiene interés en compartirlo, porque la droga es un goce egoísta y solitario. Quien se droga piensa en sí mismo y en su goce. Y si afirma que el químico es su estímulo y puerta de comunicación con los demás, se engaña. Pues su comunicación con los demás es de pobrísimo contenido: el que nace de una orgía de drogas, el de un encuentro sexual fortuito e impersonal, el de una coincidencia en la rebeldía. No hay amistad, ni amor, ni fraternidad ni solidaridad basados en valores reales.

Este trágico fenómeno adquiere particular relieve cuando se da entre los adolescentes y entre la gente joven. Ellos están aprendiendo a vivir, a avanzar, a progresar, a comunicarse con los demás. Fracasan en asuntos importantes y se sienten desencantados de todo.

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5. La marihuana

Es la droga más difundida entre la gente joven. Constituye la puerta a otras adicciones y se ha convertido en una especie de símbolo. Su consumo resulta significativo como fenómeno social y también como revelador de lo que ocurre en este sector de nuestra sociedad. Casi sin desarrollar, enumero los siguientes temas:

La relación que parece observarse entre la marihuana y muchos de estos elementos negativos señalados, lleva a concluir que aunque fuera inocua en el terreno psíquico habría que darle importancia a su consumo entre los jóvenes por el papel revelador que desempeña.

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6. Conclusión

El análisis moral realizado lleva a una conclusión: la ilicitud moral del consumo de drogas. De ahí que pueda resultar más interesante el recuento y la ordenación de los elementos conjugados para llegar a ella.

Aunque en el trabajo no se han destacado los elementos sociales -los factores inductivos, las presiones ambientales o las consecuencias de la familia o la comunidad-, es indudable son relevantes. En el orden moral es decisivo el mundo de la persona. Por eso, el peso de la argumentación ha descansado sobre el valor, la dignidad y la grandeza de este ser espiritual y libre que es la persona. Y esto, porque aunque hoy se habla de una responsabilidad social - como responsabilidad de ese ente que es la sociedad - lo cierto es que puede responder sólo quien tiene una conciencia que pueda prever y una libertad que pueda elegir, lo que se cumple radicalmente sólo en la persona humana.

La argumentación, hemos dicho, descansa en la persona, porque es el bien moralmente protegido. De lo que se sigue una conclusión importante: aunque en el orden jurídico positivo sea necesario tomar medidas de prevención y/o represión, de este mal personal y social, la solución parece estar vinculada al desarrollo de los valores de la persona.

A modo de ejemplo se indican algunas líneas de preocupación:

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