Kazantzakis, Toledo

La ciudad de Toledo en España vista por el escritor Nikos Kazantzakis

Resumen: Apuntes de viajes de Nikos Kazantzakis, versión completa. Traducción: Andrés Lupo Canaleta.

Toledo

Siempre me he imaginado a Toledo tal como lo había pintado El Greco, encaramada, ascética, en medio de una terrible tempestad, mientras la aguja de su maravillosa catedral gótica, parecida a la aguja del alma humana, rasga las nubes cargadas con el rayo divino. Uno de sus lados, con sus torres, murallas y casas, es iluminada por la chispa azul de un relámpago; el otro desaparece en la nada.

Pero yo llegué a Toledo durante una mañana tranquila y dulce. Dos mujeres jóvenes que regresaban del mercado llevaban sus cestas llenas de frutas y de pimientos colorados. Las pesadas campanas de la catedral tocaban, las casas abiertas recibían la luz a raudales y dentro de los frescos patios interiores, las muchachas regaban las macetas de flores con los bordes dentados. Como sucede a veces, este primer contacto no fue para mí ni rayo ni incendio. Me pareció tan agradable como una brisa de primavera.

Encuentro absurdo pedir a las célebres ciudades antiguas que nos muestren sus ruinas pintorescas o una desolación romántica, en suma, esta decoración trivial en la que se complace nuestra imaginación. Ya sé que es muy difícil contemplar un lugar con ojos nuevos cuando un gran poeta ya ha pasado por él. España es la invención de algunos poetas y pintores y de algunos turistas apasionados. Las mantillas, los toreros, las castañuelas, los gitanos de Granada, las cigarreras de Sevilla y las huertas de Valencia han inflamado desde entonces sus espíritus.

Lucho por librarme de este yugo. Como se ha dicho en los libros de leyendas, el hombre lleva sobre sus hombros dos espíritus invisibles. A la derecha, un ángel y a la izquierda un demonio. Esta mañana los noto en mí: contemplan Toledo y discuten.

El demonio farfulla, frunciendo sus delgados labios irónicos:

-¿Esta es la célebre ciudad imperial que teníamos tantos deseos de ver? ¿Este enorme edificio sobrecargado. Gordo como una nodriza, es la famosa catedral? ¿Y este puente corroído el admirable Alcántara? ¿Dónde están las ciudades cuya sola vista hacía palpitar nuestro corazón? Acuérdate de Jerusalén, Mykonos, Moscú, Acuérdate de Samarcanda y de Bujara. Acuérdate de Jaroslaw, Novgorod y Asís. Y desconfía de cierto romanticismo... Estas calles son sucias; estas mujeres son feas; estos rebaños de turistas, insoportables. ¡Qué fastidio! ¡Vámonos!

Y el ángel murmura con su voz tranquila:

- ¿Y si fuéramos a ver el Greco?

Pero yo no tengo prisa. Sé lo dulce que resulta detenerse en el umbral de la felicidad.

Paso por delante de la casa del Greco, que se encuentra en el barrio judío. La gran puerta está abierta. Se distingue un jardín abandonado, pero agradable y cálido. Un rosal lleno de rosas, dos o tres chumberas, una estatua antigua de mármol... La hiedra trepa a lo largo de las paredes y las descarna. Una anciana arrugada, sentada al sol, limpia mostaza como las abuelas cretenses. En el fondo del jardín, una terraza sostenida por altas columnas y, encima, una ventana enrejada.

La anciana levanta la cabeza, me mira con indiferencia, y sigue su trabajo. Esta olorosa y cálida paz evoca dentro de mí a Creta. No me puedo dominar y, franqueando el umbral, le pregunto a la vieja:

-Abuela, ¿puedes decirme donde nació El Greco?

-No lo sé, hijo mío me contesta-. Se dice que vino por el mar.

¿Lo conociste?

-Desde luego, pero yo era muy joven y ya no me acuerdo - dice.

Y esta mentira no la hace enloquecer.

-¿Quién era el Greco, abuela?

-Un hombre que pintaba a Cristo y a sus apóstoles.

Le prometo que le traeré azúcar y café si me dice la verdad. Parece alegrarse, su mejilla enrojece y murmura confidencial:

-Es un tipo que nos trae a los americanos.

Esto fue para mí una agradable sorpresa. Este pueblo hambriento tenía una manera sencilla y pintoresca de admirar sus grandes hombres, con la cual yo no contaba. El gran hombre es aquel que trae a los americanos, es decir, la propina y el bienestar. Sencillo, aprovechador y con los dos pies en el suelo, el campesino lo juzga todo con su vientre.

Un día, me acuerdo de ello, me paseaba por la orilla del Aquelaoo. Un campesino vestido con una mugrienta enagüilla, con ojos pequeños y astutos, me precedía. De pronto, un pájaro surgió por encima de nosotros, con el viento brillante, de un verde mar oscuro y las alas de color azul oscuro. Brilló durante un momento y después se perdió entre las cañas. Lancé un grito de alegría y agarré por el brazo a mi guía.

-¿Qué pájaro es?

Jamás olvidaré el desdén con que aquel griego me miró. Después de haberse encogido de hombros, se dignó contestar:

-¿Para qué puede servirte, mi pobre señor? No se puede comer.

El campesino estimaba inútil dar un nombre a un pájaro que no era comestible. Pero al otro, quiero decir al Greco, se le daba uno, ya que en cierto sentido era comestible.

Abandono el jardín del Greco. Poco profundo, cenagoso, el Tajo se revuelca bajo el sol. Orillas desnudas, peñascos grises y puntiagudos. Ni una hoja verde. Dirijo una lenta mirada sobre las riberas del río y me regocijo al pensar que la mirada ardiente del Greco debió de amar estas piedras ascéticas. Me siento agitado como si fuese posible encontrar de nuevo allí una chispa olvidada de su pupila.

Visito la casa del gran hombre, su museo, las iglesias donde se hallan sus obras. Tengo presente en el espíritu su duro combate. Tengo la vista llena de bocas ardientes, largos dedos pálidos, manos semejantes a estrellas de mar, ojos de brasas inmóviles... Todas estas maravillas se hallan allí impacientes por penetrar en mí y tomar forma. Impaciente también yo, me contengo, por saber bien que cuando llegue la hora del acuerdo perfecto, esta espera del placer, esta alegría, morirá...

Me paseo por las estrechas calles de la ciudad pensando en su pasado.

El día 8 de Abril de 1614, durante una alegre mañana como la de hoy, la puerta del gran cretense se hallaba abierta. Niños vestidos con blancas camisas bordadas estaban en el umbral llevando cirios amarillos. El noble y misterioso extranjero que el mar había traído cuarenta años atrás, había muerto. Todo Toledo estaba de luto. La leyenda que había creado a este cretense, taciturno pero violento, revivía aquel día en todos los labios. Su vida había sido extraña, sus palabras, raras, pero tajantes. Había dicho de Miguel Ángel: “Era un buen hombre, pero no sabía dibujar”. Había pintado las alas del ángel tan grandes que la misma iglesia se había asustado.

Al Inquisidor que le preguntó: “¿De dónde vienes? ¿Por qué has venido?, contestó: “No tengo que dar cuentas a nadie”.

Había contratado a unos músicos que debían tocar en la habitación contigua a la que tenía por costumbre comer. “Despilfarraba sus ducados- dijo su amigo José Martínez- para llevar un lujoso tren de vida”. Le gustaba pasear al crepúsculo por los jardines del Cardenal Sandoval y Rojas, plantados de olivos, de naranjos y de pinos, poblados de pájaros exóticos, de peces en las tazas de las fuentes y de estatuas de mujeres desnudas. Allí se encontraba con sus amigos: poetas, frailes, guerreros y prelados. A estos jardines acudían también las mujeres más cultivadas de Toledo y de las que refiere Gracián:”Decían más con una sola palabra que los filósofos atenienses con todo un libro.”

Toledo lo había seducido. Era la ciudad que le convenía. Ya vacilante, conservaba los restos de su grandeza y esplendor. Sin embargo, por sus estrechas calles caminaban todavía nobles y caballeros llenos de orgullo, de lasitud y de exaltación mística, cardenales indómitos y frailes pálidos. Muchos rostros apasionados y alucinados, propios para seducir la mirada del cretense insumiso. Por sus venas corría la mejor sangre árabe. Los mismos árabes que habían conquistados España. Se habían abatido también sobre Creta, “la isla donde mana la miel y la leche” y, para resistir la tentación del regreso, para adueñarse con más seguridad del país, habían quemado sus naves tan pronto como hubieron desembarcado. Por esto el Greco descubrió en Toledo una nueva patria. Pero, contrariamente a los pintores españoles, veía por primera vez- y en un momento crítico de su hermosa juventud- el espectáculo de España, sus rostros extasiados y lívidos, el último sobresalto de una raza antes de su decadencia.

Por la misma época, Cervantes inmortalizaba con las risas y las lágrimas estos mismos caballeros de la triste figura. Mientras el Greco, separando el elemento cómico conseguía gracias al trazo y al color, dar forma a un espectro eterno: el alma desesperada del hombre,

Viejas iglesias, palacios en ruinas y, entre los escombros, una fragante madreselva. Me encuentro de nuevo en el barrio judío delante de la casa del Greco. Franqueo el umbral. Me basta con lanzar una mirada ávida sobre las pinturas de colores brillantes y sobre sus lívidos personajes consumidos por una llama interior, para que en seguida se me corte la respiración. Y al igual que siempre en mis momentos de gran alegría o de gran pesadumbre, intento distraer mi espíritu de la emoción que lo embarga, para darle tiempo de comprender que alegrías y penas no son más que pasajeras fosforescencias indignas de destruir nuestro corazón.

Me pongo, pues, a bromear con el anciano guarda del Museo. Hablar y reír me apacigua. Luego me callo y empiezo a contemplar la obra del Greco.

Rodeado por los retratos de los apóstoles. De repente, tengo la impresión de encontrarme en medio de llamas. Bartolomé está vestido de blanco; su cabeza con rizos oscuros, pálida, hambrienta, se agita como una llama y parece querer separarse de su cuello. Hay tanta ligereza y gracia en la mano que levanta el cuchillo, que el apóstol parece más bien que sostiene una pluma y se prepara para escribir. Junto a él. Juan, con los cabellos rojos, a un tiempo efebo y femenino, aguanta un cáliz en donde bullen las serpientes. El viejo Simón, con las mejillas hundidas y los ojos indeciblemente tristes, se apoya con todo su peso sobre su lanza para no caer. Y mientras él os mira, vosotros experimentáis el incurable amargor de la inutilidad del combate.

Todos los apóstoles abrasan. En la entrada, el célebre cuadro de Toledo al pie del cual y a la derecha se puede ver a Jorge, el hijo del Greco, desplegando un mapa. Del cielo desciende sobre la ciudad un grupo de ángeles. La Virgen está en medio de éstos. Se diría que es la reina de las abejas rodeada por sus amorosas obreras de vellosos vientres. Más arriba un ángel que cae, con la cabeza hacia delante, parecido a una estrella fugaz.

Me acuerdo del cuadro de la “Resurrección” del museo de Madrid. En la parte inferior, los guardias, amarillos. Azules, verdosos, tumbados boca arriba, forman una masa abigarrada de donde se eleva Cristo, recto como un gran lirio blanco: flecha divina que asciende hacia el cielo tras haber vencido el peso de la materia y la muerte.

Y en el frío Escorial, con un brillo metálico resplandece “El martirio de San Mauricio”; las tres armaduras: azul, esmeralda oscura y amarillo; el vestido verde del niño y la claridad de ultratumba que impregna la atmósfera os ponen en tal estado de exaltación, que os creéis proyectados en un paisaje lunar.

En todos los cuadros del Greco la luz desgarra al aire con la misma violencia. Hay algo de cruel, de feroz, Así sucede en su “Inspiración del Espíritu Santo”. Los apóstoles parecen temblar como si quisieran huir, pero es demasiado tarde, ya que el espíritu se arroja sobre ellos como un halcón. Un halcón que intenta proteger su cabeza, tiene las manos llenas de sangre.

Así es la luz en la obra del Greco. Devora las carnes, deroga las fronteras que separan las almas de los cuerpos y pone tensos a estos últimos como si fuesen arcos. Y qué importa que se rompan. La luz es movimiento, violencia. No proviene del sol, parece estar más bien manar de una luna trágica. El aire vibra, cargado de rayos; algunas veces, los ángeles se difunden de la bóveda celeste como amenazadores meteoritos que estallan multicolores por encima de las cabezas humanas. Por esto los rostros pintados por el Greco tienen este aspecto ceroso y extático de los espectros o también el que pueden tomar nuestras caras bajo los rayos de un inmenso relámpago azul.

El Greco está atormentado por el deseo de alcanzar la esencia a través de la sustancia. Martiriza los cuerpos, los estira, los ilumina con una luz devoradora, los quema. Menospreciando las reglas del arte, absorbido por su propia visión, coge su pincel como el caballero coge su espada y marcha delante. “La pintura -le gustaba decir -no es una técnica, un conjunto de recetas y de reglas. La pintura es ejecución, inspiración, creación estrictamente personal”.

A medida que envejece, en lugar de perder su ardor, el Greco ganaba vigor. Su pulso se acelera, su “demencia” es cada vez más fecunda. Sus últimas obras: “Laooconte”, “Toledo bajo la tormenta”, son incendios. Ya no son cuerpos los que representa. El alma es un es una espada que sale de su vaina: el cuerpo humano.

Algunas veces es el amor de la vida el que distingue a los personajes del Greco. Sus ángeles son atléticos, morenos, con las narices arremangadas y un ligero vello negro sobre las mejillas y encima de los labios. En la Iglesia de San Vicente de Toledo, uno de ellos empuja a la Virgen hacia el cielo con unos brazos tan robustos que, al mirarlo, uno se siente animado por el mismo ímpetu.

Los retratos del Greco son de una extraordinaria intensidad. Uno se estremece a la vista de sus caballeros o de sus cardenales que salen del fondo negro del cuadro como si fuesen espectros.

El Greco consideraba al cuerpo del hombre como a un obstáculo, pero también como el único medio que permite al alma manifestarse. Por eso no renegó de este cuerpo como lo hicieron los árabes que lo reemplazaron por dibujos geométricos. Cuanto más se miran sus retratos, más se nota uno dominado por un miedo metafísico. Se piensa en las fuerzas oscuras: la alquimia, la magia, la brujería, el exorcismo. Todos estos personajes pintados en forma de conservar el cuerpo que tenían sus vidas, sus mismos rasgos, sus mismos vestidos, parecen reaparecer en medio de un espejo mágico, resucitados por un poderoso brujo. De tal suerte el arte encuentra de nuevo su poder primitivo que era el de hacer revivir a los muertos. Pero a estos cuerpos resucitados les falta la dulzura, la naturalidad y el calor humano. Antes de volver a la tierra han conocido el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso.

El confesor de Santa Teresa, el padre Ibáñez, decía: “Teresa es grande desde los pies hasta la cabeza. Pero de la cabeza para arriba es incomparablemente más grande.” Es esta talla invisible del hombre la que el Greco se esforzó en pintar durante toda su vida.

Otros capítulos de "Del Monte Sinaí a la Isla de Venus, apuntes de viajes", de Nikos Kazantzakis:

  1. Mi compañera pantera
  2. El Monte Sinaí
  3. Panait Istrati encuentra a Gorki
  4. El Japón
  5. China
  6. España : Avila - Toledo - Córdoba - Granada - Salamanca
  7. Shakespeare