Origen de la homosexualidad

Origen de la homosexualidad

Origen de la homosexualidad
Origen de la homosexualidad: 'El beso de la mujer arana', basado en novela de Manuel Puig

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De "El beso de la mujer araña". Decimosexta edición en Biblioteca de Bolsillo, febrero 1997. ©1976 Manuel Puig. ©1976 y 1997: Editorial Seix Barral >

Indice

1. Teorías sobre el origen físico de la homosexualidad

Homosexualidad debido a la actividad hormonal

«El investigador inglés D.J.West considera que son tres las teorías principales sobre el origen físico de la homosexualidad, y refuta las tres.

La primera de ellas intenta establecer que la conducta sexual anormal proviene de un desequilibrio de la proporción de hormonas masculinas y femeninas, presentes ambas en la sangre de los dos sexos. Pero los test directos efectuados en homosexuales no han arrojado un resultado que confirme la teoría, es decir, no ha demostrado una deficiente distribución hormonal. Según comprobaciones del doctor Swyer, en su trabajo "Homosexualidad, los aspectos endocrinológicos", la medición de niveles hormonales en homosexuales y heterosexuales no ha revelado diferencias.

Además, si la homosexualidad tuviese un origen hormonal -las hormonas son segregadas por las glándulas endocrinas-, se la podría curar mediante inyecciones que devolviesen el equilibrio endocrino. Pero no ha sido posible, y en su trabajo Testosterona en homosexuales masculinos psicóticos, el investigador Barahal explica que la suministración de hormonas masculinas a homosexuales hombres, solamente ha dado como resultado el aumento del deseo que siente el individuo por el tipo de actividad sexual a que está habituado. En cuanto a los experimentos efectuados con mujeres, el doctor Foss, en "La influencia de andrógenos urinarios en la sexualidad de la mujer", dice que las grandes cantidades de hormonas masculinas administradas a mujeres producen en sí un notable cambio en dirección a la masculinidad, pero sólo en lo que concierne al aspecto físico: voz más profunda, barba, disminución de senos, crecimiento del clítoris, etc.

En cuanto al apetito sexual, aumenta, pero continúa siendo normalmente femenino, es decir que el objeto de su deseo sigue siendo el hombre, claro está si no se trata de una mujer ya con costumbres lesbianas. Por otra parte, en el hombre heterosexual, la administración en cantidad de hormonas femeninas no despierta deseos homosexuales, sino que redunda en una disminución de la energía sexual. Todo lo cual indica que la aplicación de hormonas masculinas a las mujeres y de hormonas femeninas a los hombres no revela una relación entre el porcentaje de hormonas masculinas y femeninas en la sangre y los correspondientes deseos sexuales. Se puede aseverar entonces que la elección del sexo del sujeto amoroso no guarda relación demostrable con la actividad endocrina, es decir las secreciones hormonales

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Intersexualidad

La segunda teoría importante sobre el posible origen físico de la homosexualidad es, según D.J.West, la referente a la intersexualidad. Puesto que ha sido imposible comprobar una anormalidad hormonal en los homosexuales, se ha intentado rastrear otros determinantes físicos, alguna anomalía desconocida, y determinados investigadores entonces se dieron a la tarea de encuadrar la homosexualidad como una forma de intersexualidad. Intersexuales o hermafroditas son aquellos que no pertenecen físicamente por completo a uno de los sexos, si bien presentan rasgos de ambos. El sexo al que pertenecerá un individuo se determina en el momento de la concepción, y depende de la variedad genética a que corresponda el espermatozoide que fecunda al óvulo. Las causas físicas de la intersexualidad no han sido bien determinadas aún, por lo común es producida por un trastorno endocrino que se produce durante el estado fetal. Son varadísimos los grados de intersexualidad, en algunos las glándulas sexuales internas (ovarios o testículos) y la apariencia física son contradictorias, en otros las glándulas sexuales internas resultan mezclas de testículos y ovarios, y en otros los genitales externos pueden presentar todas las fases intermedias entre los masculinos y los femeninos, hasta incluso tener pene y útero contemporáneamente.

El investigador T.Lang en Estudios sobre la determinación genética de la homosexualidad, por ejemplo, aduce que los homosexuales varones serían genéticamente mujeres cuyos cuerpos han sufrido una completa inversión sexual en dirección a la masculinidad; para demostrar su hipótesis realizó encuestas y llegó a la conclusión de que se producen homosexuales varones en las familias que tenían exceso de hermanos y carencia de hermanas, resultando así el homosexual varón como un producto intermedio, de compensación no lograda.

Si bien el dato resulta interesante, la teoría formulada por Lang se debilita fatalmente al no lograr explicar las características físicas normales de la gran mayoría, 99 por ciento, de los homosexuales. En esto último se basa el investigador C.M.B.Pare, Homosexualidad y sexo cromosomático, para rebatir la teoría de Lang; según Pare, después de aplicar modernos métodos microscópicos, identificó por igual como biológicamente masculinos a todos los varones homosexuales examinados en una larga investigación, que incluía varones homosexuales.

Por otra parte, la teoría de Lang es también refutada por J.Money en su trabajo Establecimiento del rol sexual, al afirmar que los intersexuales, a pesar de su apariencia bisexual, no resultan bisexuales llegado el momento de elegir el objeto de su deseo amoroso; los impulsos sexuales de estos individuos, dice Money, no siguen la pauta de sus glándulas sexuales internas, según tengan ovarios, testículos o glándulas mixtas. Los deseos del intersexual se adaptan a los del sexo en que han sido educados, aún cuando sus cromosomas y las características dominantes de sus órganos sexuales externos e internos sean del sexo opuesto. De todo esto se puede deducir que la heterosexualidad y la homosexualidad, en todos los casos, sea el individuo de constitución física normal o no, son actividades adquiridas a través de un condicionamiento psicológico, y no predeterminados por factores externos.

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Herencia

La tercera y última teoría sobre el origen físico de la homosexualidad, de que se ocupa West, es la que propone el factor hereditario. West señala que pese a la seriedad de los estudios efectuados, entre los que señala Estudio gemelo comparativo de los aspectos genéticos de la homosexualidad masculina, de F.J.Kallman, la vaguedad de las evidencias presentadas no permiten establecer que la homosexualidad sea una característica constitucional de tipo hereditario.

Teorías del vulgo sobre el origen de la homosexualidad

Después de haber clasificado en tres grupos a las teorías sobre el origen físico de la homosexualidad, y de haberlas refutado una a una, el ya citado investigador inglés D.J.West en su obra Psicología y psicoanálisis de la homosexualidad, también considera que son tres las más generalizadas interpretaciones del vulgo sobre las causas de la homosexualidad. West hace un preámbulo señalando como carentes de perspectiva a los teóricos que han tildado de antinaturales las tendencias homosexuales, a las que han adjudicado, sin lograr demostrarlo, causas glandulares o hereditarias. Curiosamente, West contrapone a dichos teóricos, como algo más avanzada, la visión que la Iglesia ha tenido de este problema. La Iglesia ha catalogado al impulso homosexual simplemente como uno más de los muchos impulsos "malvados" pero de índole natural que azotan a las gentes.

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  1. Perversión

La psiquiatría moderna en cambio concuerda en reducir al campo psicológico las causas de la homosexualidad. A pesar de ello, subsisten, como apunta West, teorías difundidas entre el vulgo, carentes de todo sustento científico. La primera de las tres sería la teoría de la perversión, según la cual el individuo adoptaría la homosexualidad como un vicio cualquiera. Pero el error fundamental estriba en que el vicioso elige deliberadamente la desviación que más le apetece, mientras que el homosexual no puede desarrollar una conducta sexual normal aunque se lo proponga, puesto que aún logrando realizar actos heterosexuales difícilmente eliminará sus más profundos deseos homosexuales.

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  1. Seducción

La segunda teoría conocida entre el vulgo es la de la seducción. En su trabajo "Comportamiento sexual de jóvenes criminales", T.Gibbons indaga en la materia, y concuerda con West y otros investigadores en que si bien un individuo puede haber sentido deseos homoeróticos -conscientes por primera vez- estimulado por una persona de su mismo sexo que se propuso seducirlo, dicha seducción -que ocurre casi siempre en la juventud- puede explicar solamente que se inicie en prácticas homosexuales; no puede en cambio justificar que el fluir de sus deseos heterosexuales se detenga.

Un incidente aislado de esa índole no puede explicar la homosexualidad permanente, la cual en la mayoría de los casos resulta también exclusiva, es decir no compatible con actividades heterosexuales.

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  1. Segregación

La tercera teoría aludida es la de la segregación, según la cual aquellos jovencitos criados entre varones solos, sin contacto con mujeres, o viceversa, mujeres criadas sin contacto con varones, iniciarían prácticas sexuales entre sí que los marcarían para siempre. S.Lewis, en su obra Sorprendido por la alegría, aclara que, por ejemplo, los escolares pupilos tendrán probablemente sus primeras experiencias sexuales con otros varones, pero la frecuencia de las prácticas homosexuales en los pensionados está más vinculada con la imperiosa necesidad de una descarga sexual que con la libre elección de su objeto amoroso.

West agrega que la sola falta de contacto psicológico con el sexo femenino, ocasionado por la segregación total que comporta un internado o por la segregación simplemente espiritual de ciertos hogares, puede resultar un determinante de homosexualidad más importante que la realización de juegos sexuales en los colegios de alumnos internos.

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3. Libido y sociedad

El psicoanálisis, cuya característica principal es el sondeo de la memoria para despertar los recuerdos infantiles, precisamente sostiene que las peculiaridades sexuales tienen su origen en la infancia. En La interpretación de los sueños, Freud postula que los conflictos sexuales y amorosos están en la base de casi todas las neurosis personales: solucionados los problemas de la alimentación y del reparo de la intemperie -techo y ropas-, para el hombre surge la emergencia de su satisfacción sexual y afectiva. A esa apetencia combinada la denomina libido, y la misma se haría sentir desde la infancia. Freud y sus seguidores sostienen que las manifestaciones de la libido son muy variadas, pero que las reglas de la sociedad obligan a vigilarlas en un constante acecho, sobre todo para preservar la base del conglomerado social: la familia. Las dos manifestaciones más inconvenientes de la libido resultarían por lo tanto los deseos incestuosos y los homosexuales.

Los seguidores de Freud se han interesado vivamente por las tribulaciones que el individuo ha debido sufrir a lo largo de la historia para aprender a reprimirse y así adecuarse a las exigencias sociales de cada época, puesto que sería imposible acatar las normas sociales sin reprimir muchos de los propios impulsos instintivos. La pareja matrimonial legítima, como ideal propuesto por la sociedad, no resultaría necesariamente el ideal de todos, y los excluidos no hallarían otra salida que reprimir y ocultar sus tendencias socialmente indeseables.

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La libido infantil

Anna Freud, en Psicoanálisis del niño, señala como forma neurótica más generalizada la del individuo que al tratar de controlar completamente todos sus deseos sexuales prohibidos, e incluso eliminarlos -en vez de catalogarlos como inconvenientes socialmente pero naturales-, reprime demasiado, y se vuelve incapaz de disfrutar en toda circunstancia relaciones desinhibidas con otra persona. Es así que un individuo puede perder control de sus facultades autorrepresoras y llegar a extremos como la impotencia, la frigidez y los sentimientos de culpa obsesivos.

El psicoanálisis señala también la siguiente paradoja: es generalmente el desarrollo precoz de la inteligencia y la sensibilidad en los niños, lo que puede inducirlos a una actividad represiva demasiado fuerte. Está comprobado que el niño posee libido desde que tiene vida, y claro está, la manifiesta sin la discriminación adulta. Se encariña con toda persona que lo cuida y disfruta en sus juegos con su propio cuerpo y con el cuerpo de otras personas. Pero en nuestra cultura -agrega Anna Freud- se castigan muy pronto estas manifestaciones y el niño adquiere un sentimiento de vergüenza. Desde sus primeros actos conscientes hasta la pubertad pasa por el período de latencia.

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Complejo no resuelto

Los freudianos ortodoxos, así como los disidentes sostienen que las primeras manifestaciones de la libido infantil son de carácter bisexual. Pero a partir de los cinco años ya se aprecian las diferencias sexuales, el niño advierte la diferencia del cuerpo de su madre, además se le comienza a decir que cuando crezca será como su padre, pero que por el momento no debe aspirar a ser el primero en los afectos de su madre, es su padre quien ocupa ese lugar privilegiado. El problema de cómo sofocar los celos que el padre le suscita, en general queda liberado enteramente a la habilidad del niño, el cual se verá entorpecido en la empresa, una vez más, si su sensibilidad muy desarrollada le demanda protección y cariño, y especialmente si su inteligencia le permite captar el triángulo amoroso en que se encuentra encerrado: concientizar la situación le duplicará las dificultades.

Durante esa etapa del desarrollo, según el psicoanálisis, el niño -o la niña, en tensión de rivalidad directa con su madre-, atravieso el dificultoso tramo edípico, llamado así por el héroe griego Edipo, que mató a su padre sin saber quién era, para casarse con su madre, a la que también desconocía: enterado de su crimen Edipo se arrancó los ojos como holocausto a su culpa [Ver documento: Diccionario de Complejos:Complejo de Edipo]. Freud,en Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad asegura que en los niños es recurrente la fantasía incestuosa de expulsar y sustituir al progenitor rival, es decir el padre para el niño, y la madre para la niña, pero esas ideas suscitan intensa culpa y temor al castigo.

La consecuencia es que el niño o la niña sufren tanto con el conflicto que mediante un esfuerzo inconsciente muy penoso logran reprimirlo, o disfrazarlo ante los ojos de la conciencia. El conflicto se resuelve durante la adolescencia, cuando la adolescente o el adolescente logran traspasar sus cargas afectivas del progenitor o la progenitora a un muchacho o muchacha de su edad respectivamente. Pero quienes han desarrollado una relación muy estrecha con el progenitor del sexo opuesto -y su correspondiente e ineludible sentimiento de culpa, o técnicamente complejo de Edipo-, se verán en peligro de proseguir toda su existencia con una sensación de incomodidad ante cualquier experiencia sexual, puesto que inconscientemente la asociarán con sus culposos deseos de incesto allá en la infancia.

El desenlace, cuando la neurosis se afianza, no siempre es el mismo, para el hombre se abre la posibilidad de la impotencia, el trato exclusivo con prostitutas -mujeres que de alguna manera no se parecen a su madre-, o más aún, la posibilidad de responder sexualmente sólo a otros hombres. Para las mujeres la salida al conflicto no resuelto son principalmente la frigidez y el lesbianismo.

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Identificación con la madre

En su Teoría psicoanalítica de la neurosis, O. Fenichel afirma que la probabilidad de orientación homosexual es tanto mayor cuanto más se identifique el niño con la madre. Esta situación se produce especialmente cuando el padre está ausente totalmente del cuadro familiar, como en los casos de muerte o divorcio, o cuando la figura del padre si bien presente resulta repulsiva por algún motivo grave, como el alcoholismo [Ver documento: Breve guía hacia Alcohólicos Anónimos], la excesiva severidad o la violencia extrema del carácter.

El niño necesita un héroe adulto que le sirva como modelo de conducta, mediante la identificación, el niño irá absorbiendo las características de conducta de sus padres, y aunque de cierta manera se rebele a obedecer sus órdenes, inconscientemente incorporará costumbres y aún manías de sus progenitores, perpetuando los rasgos culturales de la sociedad en que vive. Una vez identificado con su padre, sigue Fenichel, el niño adopta la visión masculina del mundo, y en nuestra sociedad, la occidental, esa visión tiene un componente de agresividad -un rastro de su antes discutida condición de amo- que ayuda al niño a imponer su nueva presencia. Por el contrario, el niño que está adoptando como modelo la figura materna y no encuentra a tiempo una figura masculina que contrarreste la fascinación materna, será socialmente menospreciado por sus rasgos afeminados, ya que no ostenta la rudeza propia de un muchachito normal.

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Narcisismo

Freud, al respecto, comenta en su obra De la transformación de los instintos que en el varón homosexual, la más completa masculinidad mental puede a veces combinarse con la total inversión sexual, entendiendo por masculinidad mental rasgos como el valor, el espíritu de aventura y experimentación, y la dignidad. Pero en su obra posterior Una introducción al narcisismo, elabora una teoría según la cual el varón homosexual empezaría una efímera fijación materna, para finalmente identificarse él mismo como mujer. Si el objeto de sus deseos pasa a ser un joven, es porque su madre lo amó a él, que era un joven. O porque él querría que su madre lo hubiese amado así. En fin de cuentas, el objeto de su deseo sexual es su propia imagen.

Para Freud entonces tanto el mito de Edipo como el de Narciso son componentes del conflicto original que da origen a la homosexualidad. Pero de todas las observaciones de Freud sobre la homosexualidad, ésta ha sido la más atacada, objetándosele principalmente que los homosexuales cuya identificación es altamente femenina sienten como deseo sexual a tipos muy masculinos, o de edad pronunciadamente mayor.

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Etapa anal de la libido

Por otra parte, Freud, en la obra citada en primer término, habla del desarrollo de la sensibilidad erótica y da otras pistas sobre las génesis de la homosexualidad. Afirma que el comienzo de la libido en los bebés es de un carácter marcadamente difuso, y que de allí hasta lograr la educación de su deseo y hacer que recaiga sobre una persona del sexo opuesto con quien el placer se logrará mediante la unión genital, deberá pasar por otras etapas.

El mismo Freud amplió estos comentarios en Carácter y erotismo anal, donde elabora la teoría siguiente: ciertos tipos anormales de personalidad, cuyos rasgos predominantes son la avaricia y la obsesión por el orden, pueden estar influido por deseos anales reprimidos. El placer que deriva la acumulación de bienes puede provenir de la nostalgia inconsciente por el placer que sintieron cuando pequeños al retener -cosa muy frecuente en los niños- las heces.

Por otro lado, la obsesión por el orden y la limpieza sería la contraparte de la culpa que han sentido por su impulso a jugar con heces. En cuanto al rol que pueda jugar la fijación anal en el desarrollo de la homosexualidad, Freud afirma que además de los influjos ya enumerados -Edipo, Narciso-, hay que tener en cuenta que todos esos impedimentos determinan una interrupción en el desarrollo del niño, una inhibición afectiva que acarrea la fijación en la fase anal, sin posibilidad de acceder a la fase final, o sea la genital.

A esta aseveración, West responde que los homosexuales, al sentir prohibido el camino que conduce a las relaciones genitales normales, se ven obligados a experimentar con zonas eróticas extragenitales, y en la sodomía encuentran -después de una adecuación progresiva- un tipo de gratificación mecánicamente directa, pero no exclusiva.

West agrega que el hombre que practica la sodomía no está necesariamente fijado en la fase anal, así como el heterosexual que besa a su amiga no está necesariamente fijado en la fase oral. Por último señala que la sodomía no es un fenómeno exclusivamente homosexual, ya que lo practican también las parejas heterosexuales, mientras que individuos de "carácter anal" ( o sea, avaros, obsesos por la limpieza y el orden, etc.) no sienten necesariamente inclinaciones a la homosexualidad.

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Represión contra mutabilidad

En Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad, Freud señala que la represión, en términos generales, proviene de la imposición de dominación de un individuo sobre otros, siendo ese primer individuo no otro que el padre. A partir de tal dominación, se establece la forma patriarcal de la sociedad, basada en la inferioridad de la mujer y en la fuerte represión de la sexualidad. Además, Freud asocia su tesis de la autoridad patriarcal con el auge de la religión, y en particular con el triunfo del monoteísmo [Ver documento: Diccionario de términos religiosos: Monoteísmo] en occidente. Por otra parte, Freud se preocupa especialmente por la represión sexual, puesto que considera los impulsos naturales del ser humano como mucho más complejos de lo que la sociedad patriarcal admite: dada la capacidad indiferenciada de los bebés para obtener placer sexual de todas las partes de su cuerpo, Freud los califica de "perversos polimorfos". Como parte de este concepto, Freud también cree en la naturaleza especialmente bisexual de nuestro impulso sexual original.

En la misma línea de pensamiento, y en lo referente a la represión primera, Otto Rank considera el desarrollo que va de la dominación paterna hasta llegar a un poderoso sistema estatal administrado por el hombre, como una prolongación de dicha represión primera, cuyo propósito es la cada vez mayor exclusión de la mujer. Por su parte. Dennis Altman, en su obra Homosexual, opresión y liberación, hablando de la represión sexual en lo específico, la relaciona con la necesidad, en el comienzo de la humanidad, de producir una gran cantidad de hijos para fines económicos y de defensa.

A propósito del mismo asunto, en El sexo en la historia, el antropólogo británico Rattray Taylor señala que a partir del siglo IV, antes de Cristo, en el mundo clásico se verifica una represión creciente de la sexualidad y un desarrollo del sentimiento de culpa, factores que facilitaron el triunfo del concepto hebreo, más represivo del sexo, sobre el concepto griego. Según los griegos, la naturaleza sexual de todo ser humano contenía elementos tanto homosexuales como heterosexuales.

Volviendo a Altman, en su obra ya citada expresa que las sociedades occidentales se especializan en la represión de la sexualidad, represión legitimizada por la tradición religiosa judeo-cristiana. Dicha represión se expresa de tres modos interrelacionados: asociando sexo con:

  1. Pecado y su consiguiente sentido de culpa;
  2. La institución familiar y la procreación de hijos, como única justificación;
  3. Rechazo de todo lo que no sea sexualidad genital y heterosexual.

Más adelante agrega que los "libertarios" tradicionales de la represión sexual luchan por cambiar los dos primeros puntos pero olvidan el tercero. Un ejemplo de ello sería Wilhelm Reich con su libro La función del orgasmo, cuando afirma que la liberación sexual está radicada en el orgasmo perfecto, el cual sólo se podríaobtener mediante el acoplamiento genital heterosexual de dos individuos pertenecientes a la misma generación. Y es bajo la influencia de Reich que otros investigadores habrían desarrollado su desconfianza de la homosexualidad y los anticonceptivos, ya que dificultarían el logro del orgasmo perfecto y por lo tanto serían contrarios a la total "libertad" sexual.

Sobre la liberación sexual, Herbert Marcuse en Eros y civilización aclara que la misma implica más que la mera ausencia de opresión, la liberación requiere de una nueva moralidad y una revisión de la noción de "naturaleza humana". Y después agrega que toda teoría real de liberación sexual debería tomar en cuenta las necesidades esencialmente polimorfas del ser humano. Según Marcuse, en desafío a una sociedad que emplea la sexualidad comoun medio para un fin útil, las perversiones sustentan la sexualidad como un fin en sí mismo; por lo tanto se colocan fuera de la órbita de férreo principio de "performance" -término técnico tal vez traducible como "rendimiento"-, o sea uno de los principales represores básicos para la organización del capitalismo, y así cuestionan sin proponérselo los fundamentos mismos de este último.

Comentando este punto del razonamiento marcusiano, Altman agrega que cuando la homosexualidad se vuelve exclusiva y establece sus propias normas económicas dejando de apuntar críticamente a las formas convencionales de los homosexuales para, en cambio, intentar una copia de éstos, se vuelve una forma de represión tan grande como la heterosexualidad exclusiva. Y más adelante, comentando a otro freudiano radical como Marcuse, Norman O. Brown, y a Marcuse mismo, Altman infiere que en última instancia lo que concebimos como "naturaleza humana" es tan sólo lo que ha resultado de ella después de siglos de represión, razonamiento que implica, y en ello concuerdan Marcuse y Brown, la mutabilidad esencial de la naturaleza humana.

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Canalización de la energía sexual

Como una variante del concepto de represión, Freud introdujo el término "sublimación", entendiendo por ello la operación mental mediante la cual se canalizan los impulsos libidinosos inconvenientes. Los canales de la sublimación serían cualquier actividad -artística, deportiva, laboral- que permitieran el empleo de esa energía sexual, excesiva según los cánones de nuestra sociedad. Freud hace una diferencia fundamental entre represión y sublimación al considerar que esta última puede ser saludable, ya que resulta indispensable para el mantenimiento de una comunidad civilizada.

Esta posición ha sido atacada por Norman O.Brown, autor de Vida contra muerte, quien en cambio propicia un regreso a esa "perversión polimorfa" de los bebés descubierta por Freud, lo cual no implica una eliminación total de la represión. Una de las razones que aducía Freud en su defensa de una represión parcial, era la necesidad de sujetar los impulsos destructivos del hombre, pero tanto Brown como Marcuse refutan este argumento al sostener que los impulsos agresivos no existen como tales si los impulsos de la libido -preexistentes- hallan su modo de realización, es decir, su satisfacción.

La crítica que ha recibido Brown a su vez, parte de la suposición de que una humanidad sin diques de contención, es decir de represión, no podría organizar ninguna forma de actividad permanente. Es entonces que Marcuse interviene con su concepto de "surplus repression", designando estos términos aquella parte de la represión sexual creada para mantener el poderío de la clase dominante, pese a no resultar imprescindible para mantener una sociedad organizada que atienda a las necesidades humanas de todos sus componentes. Por lo tanto, el avance principal que supondría Marcuse con respecto a Freud, consistiría en que éste toleraba cierto tipo de represión por el hecho de preservar la sociedad contemporánea, mientras que Marcuse considera fundamental el cambio de la sociedad, sobre la base de una evolución que tenga en cuenta los impulsos sexuales originales.

Ésa sería la base de la acusación que representantes de las nuevas tendencias psiquiátricas formulan a los psicoanalistas ortodoxos freudianos, acusación según la cual estos últimos habrían buscado -con una impunidad que se agrietó notablemente a fines de los años sesenta-, que sus pacientes asumiesen todo conflicto personal para facilitarles la adaptación a la sociedad represiva en que vivían, no para que advirtieran la necesidad de cambiar dicha sociedad.

En El hombre unidimensional, Marcuse afirma que originalmente el instinto sexual no tenía limitaciones temporales y espaciales de sujeto y objeto, puesto que la sexualidad es por naturaleza "perversa polimorfa". Yendo aún más allá, Marcuse da como ejemplo de "surplus repression" no solamente nuestra total concentración en la copulación genital sino también fenómenos como la represión del olfato y el gusto en la vida sexual.

Por su parte, Dennis Altman, comentando favorablemente en su libro ya citado estas afirmaciones de Marcuse, agrega que la liberación no debería solamente eliminar la contención sexual, sino también proporcionar la posibilidad práctica de realizar esos deseos. Además sostiene que sólo recientemente hemos advertido que mucho de lo que se consideraba normal e instintivo, especialmente en la estructuración familiar y en las relaciones sexuales, es en cambio aprendido, por lo cual sería necesario desaprender mucho de lo que hasta ahora se ha considerado natural, incluso actitudes competitivas y agresivas fuera del campo de la sexualidad. Y dentro de la misma línea, la teórica de la liberación femenina Kate Millet dice en su libro Política sexual que el propósito de la revolución sexual debería ser una libertad sin hipocresías, no corrompida por las explotadoras bases económicas de las alianzas sexuales matrimoniales, es decir, el matrimonio.

Además, Marcuse propicia no sólo un libre fluir de la libido, sino también la transformación de la misma: o sea el paso, de una sexualidad circunscripta a la supremacía genital, a una erotización de la entera personalidad. Se refiere entonces a una expansión más que a una explosión de la libido, una expansión que llegue a cubrir otras áreas de las actividades humanas, privadas y sociales, por ejemplo las laborales. Agrega que la entera fuerza de la moralidad civil fue movilizada contra el uso del cuerpo como mero objeto, medio e instrumento de placer, ya que esa cosificación fue considerada tabú y relegada a despreciable privilegio de prostitutas, degenerados y pervertidos.

Al margen de esa posición, J.C.Unwin, autor de Sexo y cultura, después de estudiar las regulaciones maritales de 80 sociedades no civilizadas, parece apoyar la suposición muy generalizada de que la libertad sexual conduce a la decadencia social, ya que, según el psicoanalista ortodoxo, si el individuo no sucumbe a la neurosis, la continencia sexual impuesta puede ayudar a canalizar las energías por vías socialmente útiles. Unwin concluyó de su exhaustivo estudio que el establecimiento de las primeras bases de una sociedad organizada, su posterior desarrollo y su apropiación de terrenos vecinos, o sea las características históricas de toda sociedad pujante, se dan solamente a partir del momento en que se implanta la represión sexual.

Mientras que las sociedades donde se permiten relaciones sexuales libres -prenupciales, extraconyugales y homosexuales- permanecen en un subdesarrollo casi animal. Pero al mismo tiempo, Unwin dice que las sociedades estrictamente monógamas y fuertemente represivas, no logran sobrevivir mucho tiempo, y si lo logran en parte, es mediante el sometimiento moral y material de la mujer. Por lo tanto, Unwin expresa que entre la angustia suicida que provoca minimizar las necesidades sexuales y el extremo opuesto del desorden social por incontinencia sexual, debería hallarse una vía razonable que constituyera la solución del grave problema. O sea la eliminación de la "surplus repression" de que habla Marcuse.

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Tolerancia

En una encuesta citada por el sociólogo J.L.Simmons en su libro Desviaciones, se establece que los homosexuales son objeto de un rechazo considerablemente mayor por parte de la gente que los alcohólicos, jugadores compulsivos, ex presidiarios y ex enfermos mentales

En Hombre, moral y sociedad, J.C.Flugel dice al respecto que quienes en la infancia se han identificado a fondo con figuras paternas o maternas de conducta muy severa, al crecer abrazarán causas conservadoras y les fascinará un régimen autoritario.

Cuanto más autoritario el líder más confianza les despertará, y se sentirán patrióticos y muy leales al luchar por el mantenimiento de las tradiciones y las distinciones de clase, así como de los sistemas educacionales de rígida disciplina y de las instituciones religiosas, mientras que condenarán sin piedad a los anormales sexuales. En cambio, aquellos que en la infancia de algún modo rechazaron - a nivel inconsciente, emotivo o racional- dichas reglas de conducta de los padres, favorecerán las causas radicales, repudiarán las distinciones de clase y comprenderán a quienes tienen inclinaciones poco convencionales, por ejemplo, los homosexuales.

Por su parte, Freud en Carta a una madre norteamericana, dice que la homosexualidad si bien no es una ventana tampoco debe considerarse motivo de vergüenza, ya que no es un vicio ni una degradación, ni siquiera una enfermedad; tan solo resulta una variante de las funciones sexuales producida por un determinado detenimiento del desarrollo sexual. En efecto, Freud juzga que la superación de la etapa de "perversión polimorfa" del niño- en la que están involucrados impulsos bisexuales-, debido a presiones socioculturales, es un signo de madurez.

En esto disienten algunas escuelas actuales del psicoanálisis, las cuales entrevén en la represión de la "perversión polimorfa" una de las razones principales de la deformación del carácter, sobre todo la hipertrofia de la agresividad. En cuanto a la homosexualidad misma, Marcuse señala que la función social delhomosexual es análoga a la del filósofo crítico, ya que su sola presencia resulta un señalador constante de la parte reprimida de la sociedad.

Sobre la represión de la perversidad polimorfa en Occidente, Dennis Altman, en su libro ya citado, dice que los dos componentes principales de dicha represión son por un lado la eliminación de lo erótico de todas las actividades humanas que no sean definidamente sexuales, y por otro lado la negación de la inherente bisexualidad del ser humano: la sociedad asume sin detenerse en reflexión alguna, que la heterosexualidad es la sexualidad normal.

Altman observa que la represión de la bisexualidad se lleva a cabo mediante la implantación forzada de conceptos histórico-culturales prestigiosos de "masculinidad" y "feminidad", los cuales logran sofocar los impulsos de nuestro inconsciente y aparecer en la conciencia como única forma de conducta, al mismo tiempo que logran mantener a lo largo de siglos la supremacía masculina. En otras palabras, roles sexuales claramente delineados que se van aprendiendo desde niños. Además, sigue Altman, ser macho o hembra queda establecido, ante todo, a través del otro: los hombres sienten que su masculinidad depende de su capacidad de conquistar mujeres, y las mujeres sienten que su realización puede solamente obtenerse ligándose a un hombre.

Por otra parte, Altman y la escuela marcusiana concedan el estereotipo del hombre fuerte que se les presenta a los varones como modelo más deseable a emular, ya que dicho estereotipo propone tácitamente la afirmación de la masculinidad mediante la violencia, lo cual explica la vigencia constante del síndrome agres ivo en el mundo.

Por último, Altman señala la falta de forma alguna de identidad para el bisexual en la sociedad actual, y las presiones que sufre de ambos lados, puesto que la bisexualidad amenaza tanto alas formas aburguesadas de vida homosexual exclusiva como a los heterosexuales, y esta característica explicaría el por qué la bisexualidad asumida es tan poco común.

Y en cuanto al conveniente, pero solo ideal- hasta hace pocos años-, paralelismo entre las luchas de liberación de clases y las de liberación sexual, Altman recuerda que a pesar de los desvelos de Lenin a favor de la libertad sexual en la URSS, por ejemplo el rechazo de legislación anti-homosexual, estas leyes fueron reintroducidas en 1934 por Stalin, y el prejuicio contra la homosexualidad como una "degeneración burguesa" se afianzó así en casi todos los partidos comunistas del mundo.

En otros términos comenta Theodore Roszak, en su obra El nacimiento de una contracultura, el movimiento de liberación sexual. Allí expresa que la mujer más necesitada, y desesperadamente, de liberación, es la "mujer" que cada hombre lleva encerrada en los calabozos de su propia psiquis. Roszak señala que sería ésa y no otra la siguiente forma de represión que es preciso eliminar, y lo mismo en lo que respecta al hombre maniatado que hay dentro de toda mujer. Y Roszak no duda de que todo ello significaría la más cataclismática reinterpretación de la vida sexual en la historia de la humanidad, ya que replantearía todo lo concerniente a los roles sexuales y al concepto de normalidad sexual vigente en la actualidad.

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4. Sexualidad y revolución

La calificación de perversidad polimorfa que Freud da a la libido infantil-referida a la indiscriminación del bebé para gozar de su cuerpo y del de los demás- es también aceptada por estudiosos de más recientes promociones como Norman O. Brown y Herbert Marcuse. La diferencia de éstos con Freud, ya apuntada, consiste en que Freud considera positivo que la libido se sublimice en parte y se canalice exclusivamente por vías exclusivamente heterosexuales, y definidamente genitales, mientras que los pensadores más recientes consideran y hasta propician un regreso a la perversidad polimorfa y a la erotización más allá de la sexualidad meramente genital.

De todos modos, la civilización occidental, afirma Fenichel, impone a la niña o al niño los modelos de su madre o su padre, respectivamente, como únicas identidades sexuales posibles. La probabilidad de orientación homosexual, según Fenichel, es tanto mayor cuanto más se identifique la criatura con el progenitor del sexo opuesto, en vez de acontecer lo común. La niña que no halla satisfactorio el modelo propuesto por su madre, y el niño que no halla satisfactorio el modelo propuesto por su padre, estarían entonces expuestos a la homosexualidad.

Aquí es conveniente señalar los trabajos recientes de la doctora danesa Anneli Taube, como Sexualidad y revolución, donde expresa que el rechazo que un niño puede experimentar con respecto a un padre opresor -símbolo de la actitud masculina autoritaria y violenta-, es de naturaleza consciente. El niño, en el momento que decide no adherirse al mundo que le propone ese padre -la práctica con armas, los deportes violentamente competitivos, el desprecio de la sensibilidad como atributo femenino, etc., está tomando una determinación libre, y más aún, revolucionaria, puesto que rechaza el rol de más fuerte, del explotador. Ahora bien, ese niño no podrá vislumbrar en cambio que la civilización occidental, aparte del mundo del padre, no le proporcionará otro modelo de conducta, en esos primeros años peligrosamente decisivos-de los 3 a los 5 años sobre todo- que el de su madre. El mundo de la madre-la ternura, la tolerancia, las artes- le resultará mucho más atractivo, sobretodo por la ausencia de agresividad; pero el mundo de su madre, y aquí es donde la intuición del niño fallaría, es también el de la sumisión, puesto que ella forma pareja con un hombre autoritario, el cual sólo concibe la unión conyugal como una subordinación de la mujer al hombre. En el caso de la niña que decide no adherirse al mundo de la madre, la actitud se debe en cambio a que rechaza el rol de la sometida, porque lo intuye humillante y antinatural, sin imaginar que excluido ese rol, la civilización occidental no le propondrá otro que el de opresor. Pero el acto de rebelión de esa niña y ese niño resultaría una muestra de valentía y dignidad indiscutible.

La doctora Taube se pregunta por otra parte, por qué este desenlace no es más corriente aún, siendo la pareja occidental, en general, un exponente de explotación. Aquí introduce dos elementos que juegan como amortiguadores: el primero se presentaría cuando en un hogar la esposa es-por falta de educación, de inteligencia, etc.-realmente inferior al esposo, lo cual haría parecer mas justificable la autoridad incontestada de aquél; el segundo elemento estaría constituido por el tardío desarrollo de la inteligencia y sensibilidad del niño o niña, lo cual no le permitiría captar la situación. En esta observación está implícito que si por el contrario en un hogar el padre es muy primitivo y la madre muy refinada pero sometida, el niño muy sensible y precozmente inteligente casi por fuerza elegirá el modelo materno. Y respectivamente, la niña lo rechazará por arbitrario.

En cuanto al interrogante de por qué en un mismo hogar se dan hijos homosexuales y heterosexuales, la doctora Taube dice que en toda célula social se tiende al reparto de roles, y así resultaría que uno de los hijos se haría cargo del conflicto de los padres y dejaría a los hermanos dentro de un cuadro ya algo neutralizado.

Ahora bien la doctora Taube, después de valorizar el motor primero de la homosexualidad y señalar su característica de inconformismo revolucionario, observa que la ausencia de otros modelos de conducta - y en esto coincide con Altman y su tesis sobre lo poco común de la práctica bisexual en razón de la falta de modelos de conducta bisexual a la vista - hace que el futuro homosexual varón, por ejemplo, después de rechazar los defectos del padre represor, se sienta angustiado por la necesidad de identificación con alguna forma de conducta y "aprenda" a ser sometido como su madre. El proceso de la niña sería el mismo, reniega de la explotación y por eso odia ser como su madre sometida, pero las presiones sociales hacen que poco a poco "aprenda" otro rol, el de su padre represor.

Desde los 5 años hasta la adolescencia se produce en estos niños y niñas "diferentes" un oscilar de su bisexualidad original. Pero, por ejemplo, la niña "masculinizada" por su identificación con el padre, aunque se sienta atraída sexualmente por un varón, no aceptará el rol de muñeca pasiva que le impondrá un varón convencional, se sentirá incómoda y cultivará como único modo de superar su angustia, un rol diferente que sólo admitirá juego con mujeres; en cuanto al niño "feminizado" por su identificación con la madre, aunque se sienta sexualmente atraído por una niña, no aceptará el rol de asaltante intrépido que le impondrá una hembra convencional, se sentirá incómodo y cultivará un rol diferente que sólo admitirá juego con hombres.

Anneli Taube interpreta así la actitud imitativa practicada hasta hace poco por los homosexuales en alto porcentaje, actitud imitativa ante todo de los defectos de la heterosexualidad. Era característica de los homosexuales varones el espíritu sumiso, conservador, amante a toda costa de la paz, sobre todo a coste de la perpetuación de su propia marginación, mientras que era característica de las mujeres homosexuales su espíritu anárquico, violentamente disconforme, aunque básicamente desorganizado. Pero ambas actitudes resultaban no deliberadas, sino compulsivas, impuestas por un lento lavado cerebral en el que intervenían los modelos de conducta heterosexual burgueses, durante infancia y adolescencia, y posteriormente, al asumir la homosexualidad, los modelos "burgueses" de homosexualidad.

Este prejuicio, u observación justa, sobre los homosexuales, hizo que se los marginara en movimientos de liberación de clases y en general en toda acción política. Es notorio la desconfianza de los países socialistas por los homosexuales. Mucho de esto - afortunadamente, acota la doctora Taube -, empezó a cambiar en la década de los sesenta, con la irrupción del movimiento de liberación femenina, ya que el consiguiente enjuiciamiento de los roles "hombre fuerte" y "mujer débil" desprestigió ante los ojos de los marginados sexuales esos modelos tan inalcanzables como tenazmente imitados.

La posterior formación de frentes de liberación homosexual sería una prueba de ello.

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