Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.
Han dicho de él que es libro mejor escrito (en lengua inglesa, esto es). Han dicho que es la apoteosis de la perversión y los bajos instintos, pornografía pura y dura con el agravante de la pederastia. Vladimir Nabokov no consiguió publicarla en Estados Unidos. Tuvo que hacerlo en Francia, en una editorial de literatura erótica. El éxito fue instantáneo y supuso tanto su consagración como su condena, que arrastró hasta el final de sus días. Nabokov tiene el raro privilegio de haber alumbrado un mito en fechas tan tardías como el siglo XX, y de haberle regalado un clásico a los tiempos modernos.
Es hacerle un flaco favor el reducir a Nabokov a Lolita. No sólo significa despreciar el resto de su producción literaria, sino que eclipsa su importante labor como filólogo, profesor y teórico de la literatura. Hombre cosmopolita perennemente marcado por el exilio, Nabokov alternó su estilizada percepción de la prosa inglesa con trabajos de traducción, crítica literaria con sus famosas interpretaciones sobre el Ulises y el Quijote, e incluso un tratado sobre lepidópteros, una de sus pasiones. Y, con todo, el mundo le recuerda por ponerle nombre al tabú:
Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o tres veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica (o sea demoníaca); propongo llamar nínfulas a estas criaturas escogidas.
Si pedimos a un hombre normal que elija a la niña más bonita en una fotografía de un grupo de colegialas o girl scouts, no siempre señalará a la nínfula. Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una burbuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida en su sutil espinazo, para reconocer de inmediato, por signos inefables – el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación, la vergüenza y las lágrimas me prohiben enumerar- al pequeño demonio mortífero ignorante de su fantástico poder.
Lolita es ante todo la historia de una locura y una derrota. Uno de los cometidos de la literatura es asomarnos al abismo, sin temor las paredes resbaladizas, sin miedo al lenguaje. Hay que hacer consciente el inconsciente, decía Nietszche: hay demonios que vencer, pero para ello hay que mirarles a los ojos. Lolita buscaba ser el revulsivo moral de una época y todavía lo consigue. La primera edición sin censurar en chino mandarín vió la luz sólo el año pasado.
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