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Comentarios y transcripción de Xrisí Tefarikis - xrisit@namb.zzn.com
Por Xrisí Tefarikis
La mitología griega ha servido de inspiración a las artes del mundo occidental que abarcan la literatura, la pintura, la escultura y la música entre otras. En ella encontramos a héroes y dioses que poseen las virtudes, las pasiones, las cualidades y defectos de los seres humanos que jamás cambiarán. Es por eso que varias de aquellas obras que se realizaron con posterioridad al período griego que se enmarca en la llamada "antigüedad" en la historia han sido consideradas como clásicas.
En esta ocasión he escogido una obra de la gran escritora contemporánea, Marguerite Yourcenar, muy conocida en el ámbito literario nacional como internacional como extraordinaria literata y profunda investigadora del helenismo. Su nombre recorrió el mundo después de publicar "Las memorias de Adriano", una de las obras cumbres del siglo XX que algunos críticos literarios consideran incluso como la mejor obra del siglo pasado. Ese libro como otros de m. Yourcenar están fuertemente influidos por la cultura griega. A esta intelectual belga también se le debe el mérito de haber traducido los poemas de Constantino Kavafis que hasta entonces permanecía oculto a los ojos del mundo. Pero vamos a lo nuestro. La obra que leeremos a continuación está basado en un personaje mitológico que de acuerdo a las teorías arqueológicas de Schliemann, pudo haber sido perfectamente real.
El nombre de Clitemnestra nos remonta a los poemas homéricos. Una reina del Peloponeso casada con Agamenón, el gallardo y soberbio general de los griegos o aqueos en el sitio de Troya("la Ilíada") es también prima de Helena, la raptada reina aquea por culpa de la cual se provocó la famosa guerra conocida como troyana. El esposo de Helena, el indulgente rey Menelao es su cuñado ya que es hermano de Agamenón.
En la literatura griega, Clitemnestra, personaje protagónico de varias obras trágicas es una mujer que simboliza la pasión. Ciega de rabia porque su esposo sacrifica a la hija mayor de ambos, Ifigenia, para que los dioses favorecieran a los aqueos en la guerra toma como amante a Egisto, un primo joven de su marido, que por razones familiares, rivaliza con Agamenón. Cuando este último regresa de la guerra tras diez años de ausencia acompañado de su amante, Cassandra, la princesa troyana cautiva, hija del derrotado rey Príamo y conocida por sus dotes de profetisa, Clitemnestra decide vengarse. Con su amante, Egisto, deciden asesinar al recién llegado rey, Agamenón, a pesar de que todavía viven en el palacio micénico los tres hijos restantes de su boda real. Ellos son Electra, Crisotemis y Orestes quienes, sin lugar a dudas, se enteran del asesinato de su padre.
De acuerdo a las versiones literarias que nos han llegado hasta nuestros días, tanto en " la odisea" como en las tragedias griegas, Clitemnestra sigue gobernando como reina en Micenas junto a su amante. Sin embargo, el rencor profundo de su hija Electra, quién no perdona a la madre por su indecorosa conducta, por decir lo menos, espera la llegada de su hermano Orestes, quién fue enviado al extranjero después de la muerte de su padre para que éste mate a Clitemnestra y a su amante. De acuerdo a los documentos literarios antiguos de los helenos, Orestes cumplió con los deseos de su hermana al regresar ya adolescente al reino de Micenas. Se supone también que después de un cierto período de tiempo en el que es atormentado por las furias, los dioses del Olimpo se compadecen de su cruel destino y lo perdonan.
Margarite Yourcenar medita y profundiza largamente el personaje de Clitemnestra. Hay un hecho que ocurre en la vida de la reina micénica que no pasa inadvertido a la brillante escritora. ¿porqué la reina asesina y su amante nunca fueron enjuiciados y permanecieron en palacio de algún modo amparados por el silencio del pueblo.
Esta es la versión de Marguerite. Yourcenar al respecto. Este cuento se titula "Clitemnestra o el crimen":
«Voy
a explicarles señores jueces.... Tengo ante mí innumerables órbitas
de ojos; líneas circulares de manos puestas en las rodillas, de pies descalzos
descansando en la piedra, de pupilas fijas de donde mana la mirada, de bocas cerradas
donde el silencio madura un juicio. Tengo ante mí audiencias de piedra.
Maté a aquel hombre con un cuchillo, dentro de la bañera, con ayuda
de mi miserable amante que ni siquiera era capaz de sujetarle los pies. Ya conocéis
mi historia: no hay ninguno de vosotros que no la haya repetido veinte veces al
acabar la copiosa comida, acompañada del bostezo de las sirvientas, ni
una de vuestras mujeres que no haya soñado ser alguna vez Clitemnestra.
Vuestros pensamientos criminales, vuestras ansias inconfesadas ruedan por los
escalones y vienen a derramarse en mí, de suerte que una especie de horrible
vaivén hace de vosotros mi conciencia y de mí vuestro grito. Habéis
acudido aquí para que la escena del asesinato se repita ante vuestros ojos
un poco más rápidamente que en la realidad, pues os espera el hogar
y la cena y sólo podéis dedicar unas cuantas horas a oírme
llorar. Y en ese corto espacio de tiempo es preciso que no sólo mis actos,
sino que también sus motivos estallen a plena luz, aun cuando para afirmarse
han necesitado cuarenta años. Esperé a aquel hombre antes de que
tuviera un nombre, un rostro, cuando aún no era sino mi lejana desgracia.
Busqué entre la multitud de los vivos a ese ser necesario a mis futuras
delicias: miré a los hombres sólo como se mira a los transeúntes
que pasan por la taquilla de una estación, para asegurarse que no son las
personas que uno está esperando. Si mi nodriza me envolvió en pañales
al salir de mi madre, fue para él; si aprendí a contar en la pizarra
del colegio, fue para poder llevar las cuentas de su casa de hombre rico. Para
alfombrar el camino donde tal vez se posaría el pie del desconocido que
haría de mí su sierva, tejí sábanas y estandartes
de oro; de tanto afanarme, dejé caer de cuando en cuando en el blando tejido
unas gotas de mi sangre. Mis padres me lo escogieron, y aunque él me hubiera
raptado a espaldas de mi familia, yo hubiera seguido obedeciendo al deseo de mis
padres, puestos que nuestros sueños de ellos provienen y el hombre que
amamos es siempre aquel con quien sueñan nuestras abuelas. Le dejé
sacrificar el porvenir de nuestros hijos a sus ambiciones de hombre: ni siquiera
lloré cuando murió nuestra hija. Consentí en deshacerme en
su destino como una fruta en una boca, para aportarle sólo una sensación
de dulzura. Señores jueces, vosotros lo conocisteis ya ajado por la gloria,
envejecido por diez años de guerra, convertido en una especia de ídolo
enorme desgastado por las caricias de las mujeres asiáticas, salpicado
por el barro de las trincheras. Sólo yo estuve con él en su época
de dios. Era muy dulce para mí llevarle, en una bandeja grande de cobre,
el vaso de agua que derramaría en él sus reservas de frescor; era
dulce para mí, en la ardiente cocina, prepararle los platos que colmaría
su hambre y alimentarían su sangre. Era muy dulce para mí, entorpecida
por el peso de la simiente humana, poner las manos sobre mi vientre hinchado donde
fermentaban mis hijos. Por la noche, cuando volvía de la caza, yo me arrojaba
con alegría sobre su pecho de oro. Pero los hombres no están hechos
para pasar toda la vida calentándose las manos al fuego del mismo hogar:
partió hacia nuevas conquistas y me dejó allí, abandonada
como una casa enorme y vacía que oye latir un inútil reloj. El tiempo
pasado lejos de él se perdía, gota a gota o a chorros, como sangre
desperdiciada, dejándome más pobre de porvenir cada día.
Algunos soldados ebrios que venían con permiso me contaban la vida que
él llevaba en los campamentos de la retaguardia. El ejército de
oriente se hallaba infestado de mujeres: judías de Salónica, armenias
de Tiflis cuyos ojos azules engarzados en sombríos párpados recuerdan
el fondo de una gruta oscura, turcas pesadas y dulzonas como los pasteles en cuya
composición entra la miel recibía cartas los días de aniversario;
mi vida transcurría espiando por el camino el paso del cartero cojo. De
día, luchaba contra la angustia; de noche, luchaba contra el deseo; sin
cesar, luchaba contra el vacío, forma cobarde de la desgracia.. Pasaban
los días uno tras otro por las calles desiertas como una procesión
de viudas; la plaza del pueblo parecía negra con tantas mujeres de luto.
Yo envidiaba a aquellas desgraciadas por no tener más rival que la tierra
y por saber, al menos, que su hombre dormía solo. Yo vigilaba en lugar
del mío los trabajos del campo y los caminos del mar; recogía las
cosechas; mandaba clavar la cabeza de los bandidos en el poste del mercado; utilizaba
su fusil para dispararle a las cornejas; azotaba los flancos de su yegua de caza
con mis polainas de tela parda. Poco a poco, yo iba ocupando el lugar del hombre
que me faltaba y que me invadía. Acabé por contemplar, con los mismos
ojos que él, el cuello blanco de las sirvientas. Egisto galopaba a mi lado
por los eriales; tenía casi la edad de ir a reunirse con los hombres; me
devolvía la época de los besos entre primos perdidos en el bosque,
durante las vacaciones de verano. Yo lo miraba menos como un amante que como a
un niño que hubiera engendrado en mí la ausencia; pagaba sus gastos
de guarnicioneros y caballos. Infiel a mi hombre, seguía imitándolo:
Egisto no era para mí sino lo equivalente a las mujeres asiáticas
o a la innoble Arginia. Señores jueces, no existe más que un hombre
en el mundo: los demás no son más que un error o un triste consuelo,
y el adulterio es a menudo una forma desesperada de la fidelidad. Si yo engañé
a alguien fue con toda seguridad al pobre Egisto. Lo necesitaba para percatarme
de que hasta qué punto el que yo amaba me era irremplazable. Cansada de
acariciarlo, subía yo a la torre para compartir el insomnio del centinela.
Una noche, el horizonte del este empezó a arder tres horas antes de llegar
la aurora. Troya ardía : el viento que volaba de Asia transportaba sobre
el mar pavesas y nubes de ceniza; las fogatas de los centinelas se encendieron
en las cimas: el monte Athos y el Olimpo, Elpindo y el Erimanto parecían
hogueras; la lengua de la última llama se posaba frente a mí en
la pequeña colina que desde hace veinticinco años me tapaba el horizonte.»
Yo veía inclinarse la frente del vigilante, cubierta por el casco, para
recibir el susurro de las olas: por el mar, en alguna parte, un hombre engalanado
de oro se acodaba en la proa y cada vuelta de hélice lo acercaba más
y más a su mujer y a su hogar ausente. Al bajar de la torre, cogí
un cuchillo. Quería matar a Egisto, mandar lavar las maderas de la cama
y el pavimento de la habitación, sacar del fondo del baúl el vestido
que llevaba puesto cuando él se marchó, y suprimir finalmente aquellos
diez años como si fueran un simple "cero" en el total de mis
días. Al pasar por delante del espejo, me detuve a sonreir; de repente,
me vi y al verme me di cuenta de que tenía el pelo gris. Señores
Jueces, diez años es mucho tiempo: es más largo que la distancia
entre la ciudad de Troya y el castillo de Micenas; el rincón del pasado
esta asimismo más alto que el lugar en donde nos encontramos, pues sólo
podemos bajar y no subir las escaleras del Tiempo. Sucede como en las pesadillas:
cada paso que damos nos aleja más de nuestra meta en vez de acercarnos
a ella. En lugar de una mujer joven, el rey encontraría en la puerta a
una especie de cocinera obesa; la felicitaría por el buen estado de los
corrales y bodegas: sólo podía esperar unos cuantos besos fríos.
Si hubiera tenido valor, me hubiese matado antes que el llegara, para no leer
en su rostro la decepción, al encontrarme ajada. Pero quería, al
menos, verlo antes de morir. Egisto lloraba en mi lecho, asustado como un niño
culpable que siente llegar el castigo del padre; me acerqué y adopté
mi voz más suavemente mentirosa para decirle que nada se sabía de
nuestras citas nocturnas y que su tío no tenía ninguna razón
para dejarlo de querer. Yo esperaba que, al contrario, él estuviera enterado
de todo, y que la cólera y el afán de venganza me devolvieran un
lugar en su pensamiento. Para estar más segura de ello, entregué
el correo, junto con las demás cartas, una anónima en donde exageraba
mis culpas: afilaba el cuchillo que debía abrirme el corazón. Pensaba
que tal vez me estrangularía con sus propias manos que yo tan a menudo
había besado: por lo menos moriría envuelta en una especie de abrazo.
Llegó por fin el día en que el barco de guerra atracó en
el puerto de nauplion, en medio de una algarabía de vivas y fanfarrias;
los terraplenes cubiertos de amapolas rojas parecían pavimentados por orden
del verano, el maestro dio un día de asueto a los chicos del pueblo; tocaban
las campanas de la Iglesia. Yo lo esperaba en el umbral de la Puerta de los Leones,
una sombrilla rosa maquillaba mi palidez. Chirriaron las puertas del coche por
la empinada cuesta; los aldeanos se engancharon al varal para ayudar a los caballos.
Al volver un recodo, divisé, por fin, la parte más alta del coche,
que asomaba por encima de un seto vivo, y advertí que mi hombre no venía
solo. A su lado llevaba a la hechicera que él había escogido como
parte del botín, aun estando algo estropeada por lo juegos de los soldados.
Era casi una niña; unos hermosos ojos oscuros le llenaban el rostro amarillento
y tatuado de cardenales. El le acariciaba el brazo para que no llorase. Le ayudó
a bajar del coche, me besó con frialdad y me dijo que contaba con mi generosidad
para tratar amablemente a la muchacha cuyos padres habían muerto. Apretó
la mano de Egisto. El también había cambiado. Resoplaba al andar
y su cuello enorme y colorado desbordaba del cuello de la camisa; su barba teñida
de rojo se perdía por entre los pliegues de su cuello. Era hermoso, sin
embargo, pero hermoso como un toro en lugar de serlo como un dios. Subió
con nosotros los escalones del vestíbulo que yo había mandado alfombrar
de púrpura, para que no se notaran las manchas de su sangre. Apenas me
miraba; en la cena, ni siquiera se dio cuenta de que yo había preparado
sus platos favoritos; bebió dos vasos, tres vasos de alcohol. El sobre
abierto de la carta anónima asomaba por uno de sus bolsillos. Le guiñó
un ojo a Egisto y farfulló unas cuantas bromas de borracho sobre las mujeres
que buscan consuelo. La velada, interminablemente larga, se prolongó aún
más en la terraza infestada de mosquitos. Hablaba en turco con su compañera.
Según parece, ella era hija del jefe de una tribu; al moverse, me di cuenta
de que llevaba un hijo en su seno.¿Sería de él o de alguno
de los soldados que la habían arrastrado riendo fuera del campamento y
arrojado a latigazos de nuestras trincheras? Decían que poseía el
don de adivinar el provenir. Para distraernos, nos leyó las líneas
de la mano. Entonces palideció y empezó a castañetear los
dientes. También yo, señores jueces, conocía el provenir.
Todas las mujeres lo conocen: siempre esperan que todo acabe mal. El tenía
por costumbre tomar un baño caliente antes de irse a acostar. Subí
a preparárselo: el ruido del agua que salía del grifo me permitía
llorar en voz alta. Calentábamos con leña el agua del baño;
el hacha que utilizábamos para cortar los troncos se hallaba tirada en
el suelo; no sé por qué la escondí en el toallero. Durante
un instante, pensé en disponerlo todo para simular un accidente que no
dejara huellas, de suerte que la lámpara de petróleo cargara con
las culpas. Pero yo quería obligarlo a mirarme de frente por lo menos al
morir: por eso lo iba a matar, para que se diera cuenta que la lámpara
de petróleo cargara con las culpas. Pero yo quería obligarlo a mirarme
de frente por lo menos al morir: por eso lo iba a matar, para que se diera cuenta
de que yo no era una cosa sin importancia que se puede dejar o ceder al primero
que llega. Llamé a Egisto en voz baja: se puso pálido cuando abrí
la boca. Le ordené que me esperara en el rellano. El otro subía
pesadamente las escaleras; se quitó la camisa; la piel, con el agua del
baño, se le puso toda violeta. Yo le enjabonaba la nuca y temblaba tanto
como el jabón que continuamente se me resbalaba de las manos. El estaba
un poco sofocado y me mandó con rudeza que abriese la ventana, demasiado
alta para mí. Le grité a Egisto que viniera a ayudarme. En cuanto
entró cerré la puerta con llave. El otro no me vio, pues nos daba
la espalda. Le dí torpemente un primer golpe que sólo le hizo un
corte en el hombro; se puso de pie; su rostro abotargado se iba llenando de manchas
negras; mugía como un buey. Egisto, aterrorizado, le sujetó las
rodillas, acaso para pedirle perdón. El perdió el equilibrio y cayó
como una masa, con la cara dentro del agua, con un gorgoteo que parecía
un estertor. Entonces fue cuando le dí el segundo golpe que le cortó
la frente en dos. Pero creo que ya estaba muerto: no era más que un pingajo
blando y caliente. Se habló de rojas oleadas: en realidad, sangró
muy poco. Yo sangraba más cuando di a luz a mis hijos. Después de
morir él, matamos a su amante: fuimos generosos, si ella lo amaba. Los
aldeanos se pusieron de nuestra parte y callaron. Mi hijo era demasiado pequeño
para dar rienda suelta a su odio contra Egisto. Han pasado unas semanas: yo hubiera
debido tranquilizarme pero ya sabéis, señores jueces, que nunca
acaba nada y que todo vuelve a empezar. Me he puesto a esperarlo otra vez y ha
vuelto. No mováis la cabeza: os digo que ha vuelto. El, que durante diez
años ni se dignó a tomar un permiso de ocho días para volver
de Troya, ha vuelto de la Muerte. A pesar de que yo le corté los pies para
impedirle salir del cementerio... Pero esto no evitó que él se deslizara
por la noche en mi cuarto, llevando sus pies debajo del brazo, como los ladrones
cuando cogen de este modo sus zapatos para no hacer ruido. Me cubría con
su sombra; ni siquiera parecía darse cuenta que Egisto estaba allí.
Después, mi hijo me ha denunciado en el puesto de policía, pero
mi hijo es también un fantasma, el suyo, su espectro de carne. Yo creía
que por lo menos en la prisión estaría tranquila, pero sigue volviendo:
parece como si prefiriese mi calabozo a su tumba. Sé que mi cabeza acabará
por rodar en la plaza del pueblo y que la de Egisto caerá cortada por el
mismo cuchillo. Es extraño, señores jueces, se diría que
ya me habéis juzgado otras veces. Pero tengo la experiencia suficiente
para saber que los muertos no permanecen en reposo: me levantaré, arrastrando
a Egisto tras de mí como a un galgo triste. Y erraré por las noches
a lo largo de los caminos, a la búsqueda de la justicia de Dios. Volveré
a hallar a ese hombre en algún rincón de mi infierno y gritaré
de nuevo con alegría con sus primeros besos. Luego, me abandonará
para irse a conquistar alguna provincia de la Muerte. Ya que el tiempo es la sangre
de los vivos, la Eternidad debe de ser la sangre de las sombras. Mi eternidad,
la mía, se perderá esperando su regreso , de suerte que me convertiré
en el más lívido de los fantasmas. Entonces volverá, para
burlarse de mí, y acariciará ante mis ojos a la amarilla hechicera
turca acostumbrada a jugar con los huecesillos de las tumbas. ¿Qué
puedo hacer? Es imposible matar a un muerto..."
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