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De "La obra pictórica completa de El Bosco" Introducción de Dino Buzzatti, Biografía y estudios críticos de Mia Cinotti. Clásicos de Arte, Noguer -Rizzoli Editores -1968. Transcripción de Henzo Lafuente.

Las portadas exteriores del tríptico más enigmático de la pintura flamenca albergan la escena conocida como La Creación del Mundo, una obra maestra ejecutada por El Bosco entre 1490 y 1500. Cuando las puertas de la estructura de madera de roble se cierran, el espectador abandona de golpe el frenesí cromático y la abigarrada densidad de los paneles interiores para sumergirse en una visión cósmica monocromática. A través de la técnica de la grisalla, caracterizada por el uso exclusivo de tonos grises, blancos y neutros, el pintor representa con precisión teológica y alegórica el tercer día del relato bíblico del Génesis, momento exacto en el que las aguas se separan de la tierra firme y brotan las primeras manifestaciones de la vida vegetal sobre el planeta.
El núcleo visual de la composición está dominado por una gigantesca esfera transparente que flota en la inmensidad de un espacio oscuro y vacío. Esta burbuja cristalina, que simboliza la fragilidad de la creación divina frente a las acechanzas del caos primordial, contiene en su interior un paisaje geológico en formación. El Bosco traza un relieve terrestre plano, siguiendo la cosmología medieval tardía, donde una masa de tierra rodeada de mares empieza a poblarse de extrañas formaciones botánicas y minerales. La ausencia absoluta de figuras humanas o animales enfatiza la pureza virginal de este estadio del universo, un silencio mineral previo a la aparición de la fauna y la posterior caída del hombre por el pecado original.
En la esquina superior izquierda de la escena, sutilmente desplazado hacia el margen exterior, aparece el artífice de este prodigio cósmico. La figura de Dios Padre se muestra entronizada en la penumbra celestial, portando una tiara papal y sosteniendo una Biblia abierta sobre su regazo. Su escala reducida en comparación con la inmensidad del globo terráqueo refuerza el concepto de un dios trascendente que crea el mundo no mediante el esfuerzo físico, sino a través de la pura potencia de la palabra divina. Esta idea se ve refrendada por las inscripciones en latín que flanquean la parte superior de las tablas, extraídas de los salmos bíblicos, cuya traducción reza que él mismo lo dijo y todo fue hecho, él mismo lo ordenó y todo fue creado.
El uso de la grisalla en estas portadas exteriores cumple una función narrativa y litúrgica de enorme eficacia dramática dentro del conjunto de los Museos Vaticanos y de las colecciones europeas de la época. La austeridad plástica del exterior opera como un preludio silencioso, un velo que esconde la explosión de colores intensos y el abanico de pasiones humanas que aguardan al abrir la pieza. Al interactuar con el soporte físico de la obra, el observador experimenta una transición temporal que va desde el orden inmaculado de la creación divina original hasta el desborde hedonista y el castigo infernal de los paneles interiores. De este modo, la sobriedad gris de las puertas cerradas no es solo un alarde técnico de virtuosismo flamenco, sino una advertencia conceptual sobre la distancia que separa el plan perfecto del Creador de la degradación moral de la humanidad.
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