Una vida sin alcohol ni drogas es más sana para ti, tu familia y la sociedad
Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topogáfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, en el convento de Los Abrojos, donde Carlos V condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo de su labor redentora
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible, que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis-les dijo-, puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de Fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre una piedra de los sacrificios (brillante bajo la luz opaca de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
Augusto Monterroso
Augusto Monterroso nació en Tegucigalpa, Honduras, en 1921, aunque pasó buena parte de su vida vinculado a Guatemala, país con el que mantuvo una relación decisiva tanto personal como literaria. En 1944 se exilió en México por razones políticas y allí desarrolló gran parte de su trayectoria. Murió en Ciudad de México en 2003. Su obra, breve y deliberadamente contenida, ocupa un lugar singular dentro de la literatura hispanoamericana del siglo XX.
Monterroso cultivó el cuento, la fábula, el ensayo y una forma de literatura difícil de encasillar, en la que el humor, la ironía y la parodia suelen esconder una observación bastante menos inocente de lo que parece a primera vista. «El dinosaurio», compuesto por apenas siete palabras, se convirtió en su texto más célebre y en una referencia de la narrativa brevísima, aunque reducirlo a esa pieza sería injusto. En libros como «Obras completas (y otros cuentos)», «La oveja negra y demás fábulas» y «Movimiento perpetuo», convirtió la concisión en un instrumento de precisión. Su escritura suele desconfiar de las grandes afirmaciones. Prefiere el desplazamiento mínimo, la frase que parece sencilla y termina alterando el sentido de lo que la precede. Los animales de sus fábulas, los escritores ridiculizados y las situaciones absurdas funcionan muchas veces como espejos deformantes de la conducta humana. Detrás de su aparente ligereza queda una duda: quizá la brevedad de Monterroso no busque decir menos, sino obligar al lector a completar demasiado.