Adagio para viola d'amore, del argentino Néstor Sánchez

Adagio para viola d'amore, de Néstor Sánchez

Una vida sin alcohol ni drogas es más sana para ti, tu familia y la sociedad

De "La Condición efímera", Editorial Sudamericana, 1988

Adagio para viola d'amore

A Hugo Gola

Y en alguna medida capaz de volvérsenos irreprochable, querido viejo, vienen a traerlo un poco por telones de fondo, por frases interrumpidas para siempre, las mortificaciones de su Rilke empeñado en aquello de alcanzar alguna vez los beneficios de la soledad perfecta o perfeccionable: cierto instante o mejor sospecha de instante con prolongaciones mudas y sucesivas en que podría (entonces les sería dado) recogerse de toda credulidad en la vida minúscula -o acaso dijeron de común acuerdo ilusoria.

Algo rezagado bajo cielo tiza y de provincia más que merecerlo parece obligar a causa de aquello de la voz ajena en cada uno de nosotros el ámbito textual que poco más tarde de la casa recorrería con los zapatos en el polvo, o sea, al rato de haberlo recorrido con la vista, de haberlo recorrido con la sonrisa 1920, de haberlo insinuado con el cigarrillo en el extremo del brazo hacia la casi desolación de adelante.

Porque usted no ignora la posibilidad de describir aquel ámbito que lo contuvo, aunque probablemente preferiría no detenerse en detalles: nada más nombrar el puñado de cosas seleccionadas desde atrás de los lentes, cuatro o cinco palabras más algún color casi indiferenciado más la dudosa orientación del aire: esa simplísima diversidad-usted debió pensarlo de nuevo-en la que todo se escapa sin remedio pero desde donde, en algún otro momento diferido, puede carecerse del rencor a perderla o a exaltarla perdida y a partir de dónde, un poco por telones de fondo, todo podría confluir a una desmemoria si se quiere impersonal y deslumbrada.

Despacio en dirección a la laguna aquel domingo con las mujeres que lo alentaban hasta el extremo de no percibirlo, la mitad exacta del invierno que tanto entonteciera a su mejor Essenin: algo tiza y de provincia con el perro, menos ágil y siempre aterido a su alrededor. ¿Es que los amigos y las mujeres otra vez con vestidos 1920-nada más pueden llegar a identificarnos aquella parábola perpleja de la soledad?

Incluso es posible que se hubiese empeñado en abandonar la casa a partir del fondo de la casa o que en su defecto ni siquiera había entrado cuando desde el fondo lo vimos pegado a la verja y entonces pudo cumplirse aquello de que toda acción (usted la reduciría a movimiento) está prevista por anticipado, inscripta en esa confluencia humildísima ya insinuada alguna vez pero sin duda pensando, a su modo, en Isadora Duncan resguardada por la trinchera con la que mintió haberla defendido solo (acorralado) solo y deliberadamente dichoso frente a la ópera luctuosa de 1914.

Porque resultaría inútil disimular que fue a partir de entonces cuando usted se vinculó - ya sin ningún tipo de reticencias a la vociferación subterránea de Telemann.

O de lo contrario como lo insinuara decenas de veces al nombrar el río tal cual el río cruzando equis años a 200 metros de su casa donde ya no está Eleonor: el río de su Yeats es un poco todos los ríos, sin duda, y también la vida -ese movimiento garrafal- podría volvérsenos desmesurada, es cierto, al único precio de descubrirle el único carozo que a su vez contiene la pepa con el rarísimo sabor mezclado al único recuerdo impersonal de todos los sabores y de todas las catástrofes.

Su ámbito textual ni demasiado espacioso ni demasiado huidizo antes de desembocar a la laguna, nada más la calle reconocible de tierra unas dos horas antes del crepúsculo -todo el pasto quemado por el rocío- y a tiro de fusil la enredadera de hojas moradas frente a la que iría a detenerse sin abandonar el centro de la calle, como si a lo sumo el único propósito fuera encender el nuevo cigarrillo para en seguida de eso y durante la comba del pañuelo hacia los lentes recordándonos las hojas moradas de la enredadera en invierno pegándose a la pared de ladrillos pelados en un instante que a partir del primer paso de cada uno quedaría a su vez perdido sin remedio.

Por supuesto: allá adelante de todos la laguna literal sin botes ni nada, sin pájaros que a su vez planearan, sin algas, sin otra costa visible: apenas el perro adelantándose a oler algo en la luz con esa especie de júbilo o de cansancio, las mujeres rodeandolo -¿usted recuperaría pobremente a Eleonor?- estrechando poco a poco aquel círculo durante algunos segundos de inquietud hasta llegaron a impedirle el paso justo a esa hora bastante prolongada de la tarde.

Viejo querido, viejo mendigo de las correspondencias el ámbito previo a la laguna se completa al fin con esos pocos ranchos dejados de la mano de Dios en la imposibilidad del verano: sus veranos extendidos dentro del verano ¿la gracia de la otra luz? con la camisa blanca arremangada en el tedio bajo el mismo árbol de casi toda la vida mirándolas reír y desorientarse en el agua: ¿fueron las mujeres o ella en particular-las que necesitaron limpiarle el polvo de los zapatos cuando usted se detuvo de pronto? Fue entonces -o acaso ya frente a la laguna-cuando dijo sin contexto descifrable, en sordina, aquello del caracol de la eternidad.

Desde atrás viéndolo ir hacia la laguna acechado por el perro y las mujeres concebimos la fragilidad del viejo cuando camina por el centro de la calle (el aire espeso alrededor de cada cuerpo) y por tanto asociamos la pareja con tres cañas de pescar contra la pared los dos comiendo carne sin mirarse entre sí bajo un techo de juncos algo ennegrico por la lluvia; mas el chico perplejo sobre una piedra, los brazos levantados y sostenidos hacia arriba, hacia una rama o un nido frente a la escena íntegra de todos en dirección a la laguna.

Entonces alguien lo propuso: usted se merecía toda la música de Telemann, en el caso de tener en cuenta que Telemann, sin duda a su manera, también había creído y celebrado ser nada cada nueva vez que le parecía experimentar entre sus manos el caracol de nada de la eternidad.

Sin nadie hasta la casa a proponernos desde la verja la laguna, a proponernos después la enredadera, las hojas moradas de la enredadera con lo que sin demasiados rodeos habrá pretendido recordarnos que cada momento contiene la posibilidad casi inaudita de su contrario aunque a pesar de todo volvería a callarlo una vez más.

Y que tampoco diría ni allí ni más adelante que todo corazón de carne está hecho a la medida de un riesgo semejante.

La amplitud de la laguna tiza bajo el cielo o las nubes en la bajada (en la barranca) la mano se tomó del brazo de una de las mujeres en particular, la del poncho, y achicó por tanto los pasos dado que en resumidas cuentas no quería mirar desde allí el agua o, en todo caso algo debió suceder con el perro en la mitad de la barranca-justo en esa incomodidad-porque usted no sólo se detuvo así sostenido del brazo de ella sino que además se agachó para acariciarle la cabeza y apretarle el hocico con la otra mano, justo ahí donde sus piernas menos sostenían el equilibrio, una vez más sorprendido con su sonrisa 1920 justo donde sus piernas menos podían sostener el equilibrio.

No bien se acercó hasta el borde del agua y miró espaciosamente (con el pudor que le conocemos) en particular la mujer joven del poncho ya se había alejado de usted y de nosotros, se había ido a unos treinta pasos de distancia sin volverse a mirarlo sobre la arena gruesa y demasiado húmeda.

Y por su parte usted, despojado de Eleonor, tardaría en distinguirla sola abajo del poncho, con el culito húmedo y muy frío, con las piernas abrazadas y el mentón sobre las rodillas.

Imposible visualizar la otra costa: tampoco se volvió hacia nosotros ni entró a la laguna ni aseguró hacia el agua tiza claro que no hay ni habrá forma de consuelo posible mientras ella no produciría ningún tipo de movimiento o ademán, ni siquiera extendería una mano para acariciar al perro que la rondaba y la olía y le echaba el aliento a la caída de la tarde.

No había pájaros que sobrevolaran el agua, no había algas ni tampoco botes: todos allí hasta que el perro se alejó de ella y entonces entró a la laguna, correría un trecho enorme por el agua y paralelo a nosotros. Había, cerca de todos, pero en especial del viejo, una rama algo podrida sobre la arena: atrás los árboles de la barranca y el chico no nos había seguido porque resultaba imposible ubicarlo a todo lo largo de la línea de la barranca.

Y tal vez usted no sintió necesario acercarse hasta ella, la del poncho, y por ese mismo motivo no se acercó: el ruido del agua apenas en las olas minúsculas, con todo dicho.

Fue mucho más tarde, cuando las otras mujeres empezaron a moverse: el perro empapado buscaría un calor inexistente en la arena, desfigurándose, y entonces lo vimos girar con tanta lentitud hacia ella aunque tampoco se acercó.

En última instancia, a pesar de la inclinación del cuerpo hacia adelante, no movería ningún músculo de la cara, ni de las piernas.

Sin embargo cuando poco más tarde empezó a gesticular hacia nosotros parecía un idiota, un actor de reparto, aquel mercader del río enormemente despojado y hasta casi trivial. ¿Cómo pudo resistir la tentación de arrodillarse sobre la arena húmeda y meter la cara detrás de las manos; cómo pudo volver a sonreírse y en seguida de eso juntar la única rama con el perro que debido a la misma causa no dejaría de torearlo hasta que nos fuimos?

Aunque si ahora está volviendo sola una media hora más tarde con el poncho por el centro de la calle y de las huellas en dirección a la casa tampoco le queda mucho más que el resplandor opaco a su espalda mientras camina algo achuchada y vacilante.

Nosotros que ya habíamos llegado a la casa encendimos el fuego mientras usted descansaba-o fingía hacerlo en la pieza del medio, sobre la colcha y con el velador encendido.

Pero mejor veámosla durante una fracción de segundo: acaba de recorrer las cinco cuadras de tierra desde la laguna hasta la casa arrastrando algo los pies sobre el polvo y envuelta en un poncho tomará envión y saltará con las piernas separadas, con cierto desgano repentino, con las manos juntas contra el pecho; por ese brevísimo instante está suspendida y algo despeinada en el aire sobre la zanja: la frente un poco arrugada y la punta del pie derecho llegando primero que nada a la tierra, hacia la casa, en la última luz, sola y con el culito húmedo y muy frío a causa de la arena gruesa de la laguna.

Ninguno de nosotros dudó de que había tardado demasiado poco en reaparecer desde la pieza (la respiración algo insegura otra vez bajo techo principios de siglo, cuatro paredes peladas y las cortinas) mientras las demás mujeres andaban por toda la casa con aquel recogimiento inesperado.

Y cuando usted se acercó hasta el fuego sin que lo notáramos y dió toda la vuelta en apariencia buscando una rama con brasa en la punta lo cierto es que quedaría de frente a la entrada, de cara a la calle donde está la verja tal vez en el mismo momento en que ella apoyaría el otro pie sobre la tierra ya de este lado de la zanja.

Por cierto le había sido imposible dormitar sobre la colcha debido a la luz del velador (o a causa de la inestabilidad aparente de esa luz) y por un instante de pie junto al fuego le temblaron un poco los labios.

Entonces ella debió aparecer de a poco dejando la verja a sus espaldas porque el perro antes que nada se irguió y sólo al rato correría en ese principio de oscuridad total de los patios. Acaso debió demorarse innecesariamente hasta poner las palmas a unos dos metros del fuego mientras usted debía escuchar lo que alguien pretendía decirle o decirnos pero sin dejar de mirarla a través del humo: todos aceptamos su silencio creyendo sospechar que algo volvía a exaltarse en usted por encima de todo, por encima de las formas más o menos decorosas de cierto consuelo inencontrable, por la señal no sólo vaga sino inútil que le habría temblado en la voz (la voz ajena, eso) si se hubiese tratado, por último, de aquel otro invierno desmedidamente atrás e inconfesable.

Por las pocas chispas que a su modo anticipaban la llama azul a partir de la cual y casi con ilimitada certeza habría reconocido (incluso por medio de la danza, o de la acrobacia) la otra enormidad de todo lo indecible.

Por lo tanto, ella empezó a llorar o en todo caso el humo se le fue metiendo por los ojos, mientras dejaba las manos extendidas, mientras se le entibiaban las palmas, aunque lo cierto es que no debía tratarse del humo, porque a partir de eso usted (que la tenía de frente) empezó a rondar ese semicírculo del fuego hacia ella.

Y ella, por su parte, habrá ido experimentando la proximidad paulatina y el cielo de la noche.

Y usted no dijo todo poema es y será la historia secreta de una carencia o, con un poco menos de énfasis: estamos realmente solos en medio de todo lo que amamos. Usted descreyó una vez más de toda palabra, en plena vejez, en la misma provincia de casi toda la vida.

Sin embargo, aquel instante junto al fuego, durante el cual fue tan despacio hacia ella, ¿puede, viejo querido, perdurar inútilmente en nosotros?

Nueva York, febrero de 1970.

NÉSTOR SÁNCHEZ
86, rue du Cherche Midi
PARÍS-6 (Francia)