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Estampa socrática, Jantipa o Xantippe

Por Xrisí Athena Tefarikis. xrisit@namb.zzn.com

SócratesTodos los estudiantes de la Educación Media y del área Humanista en las carreras universitarias del mundo occidental han escuchado hablar de Sócrates, este gran filósofo griego, nacido en el año 470 A.C. en Atenas, cuando en esa milenaria ciudad -que existe hasta la fecha- surgió una constelación de sabios de índole diversa. Sócrates era un filósofo y lo antecedieron otros cuatro grandes tales como Heráclito, Parménides, Anaximandro y Tales, entre otros. A éstos se los denomina como los presocráticos. No mencionamos a Demócrito porque alcanzó a ser contemporáneo de Sócrates. Sin embargo ninguno de éstos llegó a alcanzar la fama, el prestigio y la importancia de Sócrates, quién es considerado por muchos en la actualidad, como el hombre más sabio de la Antigüedad.

Su particular pedagogía pasó a denominarse ''Mayeútica'' porque obtenía las respuestas de sus interlocutores sobre la base de interrogantes. Por eso, de algún modo, su estilo ha sido precursor del Periodismo. Su sencillez y bonhomía unido a su avasalladora personalidad atraía alos jóvenes más ilustrados y aristócratas de Atenas.

Sócrates no temía a nadie y su amor por la verdad y la justicia acabaron con su vida. Fue juzgado por el máximo Tribunal de Justicia de Atenas y obligado a beber la cicuta. A pesar de que sus discípulos tenían las suficientes influencias para liberarlo, Sócrates decidió acatar la pena de muerte, porque por sobretodas las cosas, era un hombre justo y considero su obligación respetar la decisión del Areópago. Falleció en el 399 A.C.

A su discípulo Platón debemos gran parte del conocimiento de Sócrates pues escribió sus famosos ''Diálogos'' que perpetuaron las enseñanzas y sabiduría de Sócrates.

Curioso resulta entonces la aparición de un personaje tan peculiar en la vida de Sócrates como lo fue su esposa Xantippe o Jantipe quién por su mal carácter y por el despectivo modo en que trataba a su esposo y padre de sus tres hijos varones ha pasado a la historia por su insolencia y ferocidad. Veamos como justifica el sabio y bueno de Sócrates el vivir emparejado con la rabiosa Jantipe.

Estampa socrática

Por Juan de Bergúa (Diálogos de Platón II)

Apuntaba el sol cuando llegó a la casa de Sócrates; y temeroso de haber madrugado demasiado, llevaba la mano con recelo a la puerta, dispuesto a empujarla suavemente, cuando llegó hasta él desde el interior una voz femenina sumamente subida y destemplada que detuvo su propósito. Aquella voz de mujer, que parecía crecer y animarse a medida que reprendía, iba dirigida contra un hombre. Platón oyó distintamente, en medio del altercado, que iba poco a poco subiendo de tono, los epítetos de vago, haragán e inútil, entre otras andanadas de elocuencia femenina que tal vez no fueran muy justas ni razonadas, pero que eran dichas y redichas con tal fuerza y energía, que iban disminuyendo a todas luces los breves argumentos, ahogados apenas iniciados, con que el haragán trataba de detener el torrente de palabras que amenazaba caer de un momento a otro en franca e inevitable pendencia. La airadísima mujer conminaba al inútil a que cobrase ciertos servicios; el inútil, en cuya voz, que era inundada apenas emitida, creyó Platón reconocer la de su maestro, trataba de oponerse y de justificar su determinación;pero no lo conseguía, pues la pendenciera no solamente arrollaba todo propósito inmediato opuesto a sus deseos, sino que sacaba a colación textos pasados con tal minuciosidad y abundancia que él, abrumado, empezó a ceder y a batirse en retirada. Pero aquello, en vez de aplacar la furia de la victoriosa, pareció por el contrario, darla ánimos, y, en vez de puente de plata al enemigo que huía, empezó a perseguirle, a juzgar por las voces, que en un principio llegaban de la parte más interior de la casa, y que poco a poco-el perseguido escapaba-sin duda, hacia la puerta-se acercaban tronando más y más a medida que decrecía la distancia. Entonces, por la mente del joven pasó la idea de libertar con su presencia al querido maestro, y posó la mano, que habíase quedado pegado contra la puerta, obedeciendo a la voluntad, la empujó.

Un instante después estaba en el modesto zaguán, y maquinalmente, al oír que alguien allí mismo le chistaba para que no hiciese ruido, volvió a cerrar tras de sí y quedó inmóvil, en el momento en que en el corto pasillo que separaba el zaguán del patio apareció Sócrates y tras él una mujer siguiéndole, abrumándole, desgreñada, con un cubo en la mano (tal cual, sin duda lo había cogido al principio de la disputa), y cada vez más abundante en insoportable y atronadora elocuencia.

Platón sintió que tiraban de su brazo y al volverse vio a dos hombres agazapados allí mismo en el ángulo inmediato a la puerta, a los que reconoció al punto a pesar de la semioscuridad del zaguán. Eran Aristippos de Kirene y Aischines, el hijo de Karinos, el choricero.Este, que era quien le había tirado del brazo, musitó a su oído:

-Apriétate aquí con nosotros, que, si nos ve, tendremos también que oír.

-Pero ¿qué pasa?-preguntó el joven en el mismo tono de voz.

-Es Jantipe, que regaña con Sócrates.

La del cubo era, en efecto, Jantipe, su mujer, hecha un basilisco, que gritaba en aquel momento:

-¿Es que estamos tan sobrados, dí, como para rechazar esas diez dracmas? Pero ¡contesta, hombre, contesta!

-Mujer…

-¡No hay mujer!-le atajó ella apenas abrió la boca-. Borracho estaría el idiota de Chereifón cuando creyó oír a la pitonisa lo que no hay pitonisa alguna que sea capaz de decir.

(Nota: La Pitonisa había dicho a Chereifón que Sócrates era el más sabio de los hombres. Diógenes Laertios, Sócrates, 16)

-Pero…

-¡Y si lo ha dicho, miente!

-Cálmate, mujer.

-¡Cuando traigas las diez dracmas!

-¿Cómo quieres, te lo repito, que cobre un servicio que nada me cuesta hacer?

-Pero, so…-bramó la furia.

Y no encontraba calificativo que aplicarle, quizá por haberlos agotadosya todos, echó súbitamente la diestra al cubo que sostenía en la izquierda, y ¡zas! lanzó su contenido sobre Sócrates que, agachándose, pues tal vez presumiese en qué iba acabar aquello, se libró de la ducha, que fue a caer de lleno sobre los incautos que trataban de disimularse en la oscuridad del zaguán. Luego, la nube, tras haber descargado, desapareció hacia la izquierda.

-Buenas nos ha puesto-dijo Aristippos.

-¿Quiénes estabais ahí?-preguntó Sócrates acercándose a ellos y tratando de distinguirlos.

-Aischines, yo-dijo el joven, siempre a medio tono-y Platón, que acababa de entrar.

-Y con poca oportunidad-añadió este, sacudiéndose.

-¿Os ha mojado mucho?

-Con todo lo que tenía el cubo. ¿A ti no?

-¡Oh! Yo-replicó Sókrates-me lo esperaba.

Sabía muy bien que cuando Jantipe tronaba, llovería.

En aquel momento volvió a sentirse el trueno.

-¡Pues escucha lo que te digo!

-¡Huyamos que vuelve! dijo Sókrates

Y diligentemente antes de que apareciese de nuevo la enfurecida mujer, ganaron la calle, cerrando la puerta tras de sí.

Antístenes llegaba en aquel momento. Como todos los días, acaba de hacer los cuarenta estadios que separaban Atenas del Pireo para reunirse con Sókrates.

-¿Qué os pasa? -preguntó al verles salir de aquelmodo, tras el ''jere'' (''hola'' en griego) de salutación.

-Jantipe-dijo simplemente Sócrates.

Antístenes inició un silbido al tiempo que hacía sonar el índice de su mano derecha, golpeándolo contra el pulgar y el anular reunidos, y, sin más comentario, les siguió a buen paso. Momentos después, al doblar la esquina, se les unieron Sofroniscos y Menexenos, los dos hijos menores de Sókrates.

-Llévanos contigo, padre -dijeron.

Sókrates los tomó de la mano y continuó, seguido de los demás.

-Hasta sus hijos, por lo visto, huyen de la quema-apuntó Platón en voz baja.

Y le replicó Aischenes en el mismo tono:

-De ordinario, los trata mal, mas peor es tratada ella por Lamprokles, el hijo mayor, que es el único que le ajusta las cuentas bien ajustadas. Pero es que cuando se templa, ni los mismos dioses se pondrían con ella. Al propio Zeus sería capaz de arrancarles las barbas. Y éstos, como la conocen, habrán saltado a la casa inmediata, a la de Estopas, el carpintero, huyendo, como tú dices, de la quema.

Luego siguieron en silencio tras de Sócrates que, bien en contra de sus costumbre, cruzó sin detenerse un gran trecho de la ciudad. Y sólo cuando alcanzaron el camino carretero que conducía al puerto de Falerón se detuvo un instante para acortar la marcha, demasiado viva; después, tomando aquel ritmo de paseo que tanto le agradaba, rompió el silencio. El sol, entrando mañanero por el risueño valle que limitaban a derecha e izquierda la colina de Pnyx y la de Mouseión, les daba la cara.

-En los asuntos humanos (empezó Sócrates, colgándose, como tenía por costumbre, el báculo del antebrazo izquierdo, para exponer con más facilidad: que solía acompañar su expresiva elocuencia con no menos expresivos movimientos de manos) no siempre los efectos suelen corresponder a las causas. De saber Aristómenes, que su sencilla pretensión de ayer iba a producir este disturbio, hubiérase guardado muy mucho de soltarse de palabra con Jantipe, en vez de buscarme a mí y exponerme su deseo. Porque es que le va a comprar a Karmandros una viña que éste tiene frente a la quinta de Nimias, adónde vamos y como por lo visto es grande y la van a ajustar por pies de cepa, me buscaba para que yo hiciese el cálculo; que parece ser que es cuadrada y no habrá sino multiplicar los plantones de un lado por los del otro. Pero, al no encontrarme a mí y dejar recado a Jantipe, se le escapó el decir que me darían diez dracmas por mi trabajo, que en realidad no es trabajo, y ésta ha sido la causa del altercado. Yo, que no quería y no quiero (puedo repetirlo, ya que por fortuna no está delante) cobrar una cosa que a mí no me cuesta; ella, que se empeña en todo lo contrario; con esto nace la discusión: Jantipe empieza a argumentar con esa lógica fenomenal e irrebatible de las mujeres cuando se trata de tener más razón que los maridos; yo, con la que tengo, que siempre me resulta inútil con ella. ''Pues si tú les haces un servicio, quelo paguen''.''Hay servicios, mujer, que no pueden ni deben cobrarse''. ''¡Mentira!. Dime uno que nos hagan a nosotros que no nos cueste los cuartos''. ''Si por servicios tomas…'' ''A mí retóricas, no''.''Pero es que él no sabe…'' ''¡Si no sabe, que hubiese aprendido! Porque tú sabes, porque tu trabajo te ha costado el aprender, es por lo que ahora cobras. Y si no, que se cuenten ellos las cepas y no vengan a buscarte.

Si yo no te hiciera los mantos o si se te perdiese el báculo y no supieses hacerte otro con una rama verde y fresca el que los vende hechos ¿te lo regalaría sólo porque tú no sabías o te cobraría precisamente tu habilidad?'' ''Pero es que…'' ''¡No hay es que…!'' ''Si no me dejas hablar…'' ''Lo que no quiero dejarte es ser tonto. Tú cobras las diez dracmas que ellos mismos te han ofrecido además''. ''Mujer, yo no puedo cobrar…'' ¿Para qué seguir? El final lo habéis visto, oído y hasta participado de él. Y, en definitiva, ved como siempre el mal, males origina. Y el mal a que me refiero es el gran mal de siempre: la ignorancia. De haber sabido Aristómenes hacer un simple cálculo, nos hubiésemos ahorrado, de siete personas que estamos aquí, nosotros tres un disgusto y vosotros tres un baño intempestivo. Y claro está que podréis argüirme, y con razón, que no todos pueden saber de todo, que muchas cosas hay para cuyo conocimiento se requieren datos especiales y otras para cuya práctica un largo y atento aprendizaje. Pero, en cambio, creo que los elementos de las ciencias son igualmente asequibles a todos, y, en fin, que es absurdo, y puede ser incluso perjudicial en muchas ocasiones, que un agricultor como Aristómenos, no conozca los elementos de geometría indispensables para su profesión.

El ha venido a buscarme a mí porque sabe como soy, claro está; pero ¿ y si busca a otro y éste, poniéndose de acuerdo con Karmandros, le hace pagar cien pies de viña más de las que adquiere? Si no se enteraba nunca, malo: su ignorancia le habría ocasionado un serio perjuicio; si se enteraba algún día, peor; la indignación le empujaría a buscar justicia, y toda la viña la dejaría en las garras de defensores y jueces. Esto os demostrará una vez más que sólo hay un bien que es la sabiduría, como sólo un mal que es la ignorancia. Pues lo que suele estimarse como bienes, cual la nobleza y la riqueza, nada recomendable tienen en verdad; antes bien, causa son de incontables males. Claro está que la verdadera sabiduría no está en saber muchas cosas, sino aquellas que uno necesita. Así, yo no dudaría en llamar sabio aAristómenes o a cualquier otro labrador, que uniese a una perfecta práctica y experiencia de su oficio la serie de conocimientos, digamos teóricos, complementarios de aquellos. Como son, en geometría, por ejemplo, el estudiar lo necesario hasta que sepa recibir y dar tierra a medida, y en astronomía, para poder predecir el tiempo con alguna seguridad. Ahora bien: fuera de esto, todo lo demás en éstas y en otras ciencias no solamente le resultaría superfluo a un labrador, sino creo que a todo el mundo. Entiendo que todas las disciplinas deben tener por fin la utilidad y encaminarse a servir a la recta moral y al cumplimiento de toda la justicia en los tratos, pues pasando de esto tengo para mí que ya son todas meras y vanas especulaciones, inútiles las más de las veces.

Es más, puede hasta que me atreviese a predecir, si no fuese porque me consta que nada hay más contingente que el oficio de profeta, que la muerte de las ciencias será el sacarlas de este punto de racional necesidad en que verdaderamente son útiles; pues me temo que la vanidad de los hombres las arrastre de su cauce natural y que muchos, por ser sabios o por pasar por tales( cuando como sabio se considere, al revés de cómo decía antes, al que sabe muchas cosas, aunque no sean útiles), vayan aumentando y aumentando el tinglado científico de tal modo que la propia balumba de sabiduría se desplome un día sobre los hombres como un fardo, no ya inútil, sino, en muchos casos y disciplinas, perjudicial. Hoy mismo, que estamos, por así decirlo, en el atrio de las ciencias, no ha habido ya sabio, de Tales de Mileto a la fecha que no se haya perdido en divagaciones admirables, pero tan inútiles cuales las de ver y dilucidar el misterio del origen del mundo y hasta de los dioses. Recorred, recorred, si no, los escritos naturales o atribuidos a Heráklitos de Efesos, Parménides de Elea, Empedokles de Agrigento, Anaxágoras de Clozemenai, Leukippos de Miletos, y aun a Pitágoras y sus discípulos, y a los eleáticos, Zenón y los suyosy veréis como para sacar unas briznas de conocimientos de aplicación inmediata a las necesidades y dificultades de la vida que hayque buscar en profundas y admirables montañas de teología y de cosmogonía, es decir, de ciencia pura, que poco más que para pasar el tiempo sirve.

Claro está que yo los admiro y los reverencio; pero, si a mi alcance estuviese el hacer ciencia, procuraría, quedándome en un plan más modesto (por supuesto, mis fuerzas no me permitirían otra cosa, claro está), no me apartaría mucho ni de lo útil ni de lo moral... Trabajando en pro de lo útil, haría la vida más fácil, ayudando con ello al bienestar de los hombres y a su progreso; tendiendosiempre a perfeccionar la moral, les acercaría al bien supremo, la justicia, sin la cual aquel bienestar siempre es inseguro. Y de este modo, no sólo atendería y beneficiaría a lo que ata al hombre a la tierra, sino a lo que puede tener de los cielos, por si los cielos tienen algo que ver con lo que ocurre con este pedazo de barro, que,a creer al oscuro Heráclito, no ha sido hecho por los dioses, pues es anterior a ellos. La vida del hombre está informada, a mi juicio, por dos cosas: primera, por el carácter; segunda, por la educación. El carácter es piedra, y nada hay capaz de quitarle sus propiedades esenciales... Ahora bien: la educación puede ser el cincel que suavice y embellezca esta piedra si naturalmente ha sido creada tosca y llena de grietas. Puede también, en muchas ocasiones limpiar el barro que ensucia un alma y hacerla brillar., hecho que sin su beneficiosa acción no se consigue tal vez.

-Seguro estoy, Sócrates, que al decir esto estás pensando en Jantipe-dijo Antístenes.

-En ella pensaba, es verdad. ^Pero, ea, sentémonos aquí y esperemos, que éste es el lugar de la cita; pues por lo que veo, ni Aristómenes ni Karmandros han llegado aún.

Y diciendo y haciendo se instaló en una columna tumbada que en tiempos estuvo con otras que aún se conservaban de pie, formando una especie de templete o mirador a la sazón medio demolido. Sólo quedaba en su debido estado una parte del muro, a cuyo pie estaba la columna en que tomaron asiento( y por el cual caían hasta ellos las ramas entrelazadas de dos rosales transformados por la primavera en maravillosa cascada de flores blancas y rojas), y arriba otras dos o tres columnas y parte del techo. El resto había caído hacia el interior de la finca de Nimias, pues en el extremo de ella más próximo a la ciudad estaban. La última excursión de los espartanos la había casi arrasado y la estaban reconstruyendo de nuevo.

En la columna, pues, tomaron asiento Sócrates y a su derecha Antístenes y Platón, y al otro lado, Aischines y Aristippos. Los niños, luego de corretear y fisgarlo todo en breves instantes, uno se echó en el suelo al otro lado del camino y empezó a ejercitarse con una taba que sacó de su bolsillo, y el otro se puso a hacer un silbato con un hueso de albaricoque frotándolo contra una piedra.

-¿Es que eres desgraciado, Sócrates, en tu matrimonio? -se atrevió a preguntar Platón.

-De preguntar algo, querido Platón, tratándose de matrimonio, hay que preguntar, por si llegara a ocurrir alguna vez. ¿Eres feliz?

-¿Crees entonces que es mejor no casarse que casarse?

-Cualquiera de las dos cosas que hagas te arrepentirás.

-Pero es que tener que aguantar un día y otro las voces de Jantipe-dijo Aischines.

-Estoy ya tan acostumbrado a ella como a oír el estridor de la polea del pozo y como tú estás acostumbrado en tu casa al gruñido de los cerdos y a los graznidos de los ánsares.

-Si; pero es que los ánsares nos son útiles porque nos ponen huevos...

-También a mi me pare hijos Jantipe (Aristippos iba a terciar en la conversación, pero se detuvo al ver Sócrates extendía el brazo, levantando la mano, como hacía siempre que aún le quedaba algo por decir.) En cuanto a su utilidad, tan útil me es que no solamente disculpo su genio, demasiado vivo y sobradamente pendenciero, sino que muchas veces, sobre todo cuando ya no la oigo, me felicito de haberla tomado por mujer, es decir, de haber escuchado y abierto la puerta a la poderosa llamada de los sentidos cuando, de joven, al pasar junto a mí, ciertas partes de su cuerpo que no acertaba a ver perfectamente me hacían una fuerte impresión.

Toda criatura, como todo libro, siempre tiene algo de bueno; y lo que hay que hacer es atender a esta parte con preferencia; ver de magnificarla y ponerla de escudo cuando la opuesta nos lastima con sus aristas. Es más, aún lo malo podemos, si sabemos, tornarlo muchas veces en nuestro provecho. La misma irascibilidad de Jantipe, ¿crees que no me es muy provechosa? Con la mujer áspera se debe tratar como hacen con los caballos falsos y mal seguros los que los manejan; pues así como éstos habiéndolos domado, sirven con más facilidad que los leales, así también yo, después de sufrir a Jantipe me es más fácil el comercio con todas las demás gentes. Por otra parte, ¿sería justo que no me acordara de la Jantipe que me molesta y olvidase a la Jantipe que me sirve? ¿A la que me hiere y no a la que me estima? Porque Jantipe me quiere; a su manera, claro está, pero me quiere mucho; y en cuanto a servirme, podéis creer que lo hace mejor que yo mismo lo haría.

Ocurre que en este papel que nos hemos arrogado de dueños y señores de la casa solemos estimar como principal y excelente cuanto hacemos, menospreciando, en cambio, la dificilísimae impagable tarea de regir un hogar, Es decir, que nos envanece allegar los medios devida (que muchas veces ni a costa de nuestro trabajo vienen). y, en cambio, nadie repara en lo que cuesta y en lo que vale administrarlos. Por mi parte, os diré que aprendí esto muy bien con motivo de la última epidemia. Ocurrió que llegó un día en que, a excepción de Lamprokles y yo, los demás tuvieron que guardar cama, y yo (pues Lamprokles salía a su trabajo) tuve que hacer lo que durante tantos años venía haciendo Jantipe sin que nadie reparase en ella; es decir, lo que todas las mujeres suelen hacer en las demás casas pobres, sin ser, por lo general, tomado en consideración. Durante un inacabable mes pasé todos los días, sin punto de reposo, ocupándome de los enfermos y del hogar. ¿Y sabéis vosotros por casualidad lo que es atender una casa? ¿Sabéis lo que es levantarse con la luz para barrerla y asearla? ¿Sabéis lo que es encenderel hogar, calcular lo necesario para el día y allegarlo? ¿Sabéis lo que es luego condimentarlo y cuidarlo, pues si está pasado no habrá paz y si duro tendréis también que oír y no oráculos? Yo ya sabía lo que era lavar, por haberlo hecho cuando las expediciones a Anfípolis y Delión; pero entonces fue todos los días y a todas horas, con buen o mal tiempo, estuviese grata el agua o estuviese helada.

De modo que cuando rendido caía en el lecho por la noche( como Jantipe hace después aún de haber aseado lo que cenando hemos ensuciado todos, y tras de dar una última vuelta por la casa por si algo queda por hacer, pensaba: Todo esto que me tiene muerto es lo que ella hace día tras día y lo que lleva haciendo durante muchos años;y además cose, y estiray cuida la ropa;y ha de ahorrar; y ha de soportar mis insolencias y la de sus hijos, y parirlos y criarlos, y en fin, si aún se me antoja y despierto del primer sueño cuando ella llega a mi lado tras haberlo dejado todo en orden, ha de aguantar mis bárbaros e incómodos apetitos. Y empecé a verme muy pequeño a su lado, muy infeliz, muy nada sin ella; y a considerar la gran injusticia que es, por lo general, cada hogar, en donde el hombre que por mucho que sea es poco, quiere serlo todo, y en donde la mujer, que sies tal mujer lo es todo, como nada es juzgada. Y vi. algo peor aún, y es los males que esto ha de causar el día que la mujer se dé cuenta de que su penosa y magnífica labor natural no se estima y, buscando lo que no encuentra en su elemento, se lance al trabajo fuera de la casa en abierta competencia con el hombre, para arruinarle muchas veces( pues de facultades tan completas y capaces como las nuestras y sólo inferiores en grado, en casi todas nos pueden suplir y en muchas cosas aventajar) y para desarticularle, descompletarle siempre: que el hombre sin la mujer no es nada, pues tan sólo el hombre es hombre ''completo'' cuando entra como elemento en esta combinación de tres factores: esposo, esposa e hijo.

Y aquí tenéis por qué en realidad, y aunque otra cosa parezca, no soy yo el que soporto a Jantipe, sino ella la que soporta a mí;y como de lo único que debo lamentarme es de que no haya recibido principios que la ayudasen a suavizarsu natural, tal vez demasiado vivo. Pero esto no estaba en mi mano como no lo estuvo escogerla: que cuando la naturaleza habla en la juventud, haría falta ser un dios para no escucharla; ahora sí lo está, en cambio, al decirme: Tanto te da y tanto te quita, Sócrates; pues baja la cabeza y no seas injusto además de avaro, que siempre sales ganancioso.

-Creo, pese a lo que dices, que tu bondad natural disimula los dolores que tiene que producirte su compañía-dijo Platón.

Iba a responder Sócrates cuando el más pequeño de sus hijos Menexesenos, le gritó que ya venían Aristómenes y Karmandros.

-Pues corre a su encuentro y diles que no echen por la viña y que estoy aquí esperándoles-y luego, volviéndose hacia Platón-: Platón, ¿quieres alcanzarme esa rosa que tienes justo sobre tu cabeza?

El joven, con la mayor diligencia, la arrancó; pero tan vivamente y sin reparar en las espinas del tallo, que se las clavó en la mano, Sócrates la tomó delicadamente en la suya y sin hacer caso del percance, y mientras Platón se llevaba instintivamente los dedos heridos a los labios para contener la sangre, siguió:

-¡Mirad qué maravilla!-y levantando en alto mostró el capullo que se abrió a la caricia del sol; un capullo de un blanco inmaculado-. Mirad qué finura, qué color, que transparencia, qué perfume. ¡Umh!...Claro que no sé cómo Platón no la ha tirado al pincharse-acabó, devolviéndosela.

-Gran torpeza hubiera sido-replicó el joven admirando la embalsamada flor sin acordarse ya de los pinchazos-; por bien empleadas las espinas con tal de tener la rosa.

-Pues lo mismo me pasa a mí con Jantipe.